Etiqueta: historias cortas

  • Algo en que creer

    Algo en que creer

    —Creo que les mandaron un listado con lo que yo podía comer y lo que no.
    —Claro que sí. Lo que en ningún sitio ponía es que tu alimento debía ser crudo.
    —Perdón, padres de intercambio, pensé que ya lo sabían. No se preocupen, llevo alimento biofilizado por si acaso.
    —Tranquilo, te prepararé una ensalada. Dios mío, qué confusión tan extraña.
    —¿Dijo “Dios mío”? ¿Ustedes también tienen creencias religiosas?
    —¿Ustedes no?
    —Oh, sí. Tenemos al dios Día y a la diosa Noche.
    —Qué interesante, tenéis dos dioses. Aquí solo creemos en uno.
    —En verdad son varios. La diosa Noche tuvo muchos hijos con el dios Día. Hasta que un día pensaron que lo mejor era vivir en reinos separados, por el tema de la superpoblación. El dios Día se quedó en el día y la diosa Noche se quedó en la oscuridad. Ella cuida de sus hijos, que son las estrellas.
    —Nuestro Dios solo tuvo un hijo: Jesucristo.
    —¿Y qué le pasó a la diosa?
    —¿Qué diosa?
    —Si tuvo un hijo tendría que haber una hembra, ¿no?
    —Bueno… lo tuvo con una chica. Se llamaba María.
    —¿Y cuando estuvo con ella vuestro dios no quemó todo vuestro mundo?
    —¿Qué? Nooo. Nuestro Dios no… Además no fue él. Envió a una paloma.
    —¿Fue un pájaro quien fecundó a la humana que dio a luz al hijo de vuestro dios? ¿Cómo era? ¿Tenía pico y plumas?
    —Nooo. Era como nosotros. Tenía barba y pelo largo. No dejan claro cómo fue el proceso. Pero fue algo más bien espiritual.
    —Ah. Es que nuestros dioses son muy… físicos. Dios es el sol. La Diosa es el planeta que orbitamos. Creo que nuestra carrera espacial fue una búsqueda de Dios. Los primeros en llegar se quemaron y hubo un episodio de ateísmo entre los nuestros.
    —Normal. Qué complicado, ¿no? Esperarse encontrar un ser todopoderoso y descubrir que es una bola de fuego.
    —Peor lo tuvo la pobre que esperaba ser fecundada por su dios y se encontró una paloma.
    Espíritu Santo.
    —¿Qué?
    —Que la paloma se llama Espíritu Santo.
    —Pues peor todavía: el fantasma de una paloma.

    El joven extraterrestre de intercambio se quedó pensativo. Sus grandes ojos violetas parpadearon despacio. Su expresión denotaba preocupación.

    —Vuestro proceso reproductivo no tiene que ver con las aves… ¿verdad?

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  • Lienzo en blanco

    Lienzo en blanco

    Acaricié la pantalla en busca de una frase.
    Blanco.
    Hubo un instante blanco con parpadeo en el inicio.

    Aguanté la respiración con impaciencia.
    Comenzó a moverse solo.
    El sonido fue al compás: menudas pisadas que golpeaban el lienzo antes de haber nacido.

    Y ahí estaba.
    Un huevo.

    Era de colores sintéticos, con un resplandor latente.
    Aumentó de tamaño en dos pulsaciones y se agrietó.

    Parecía un dinosaurio.
    Parecía un lagarto.
    Parecía algo nuevo.
    Sin clasificar.
    Sin intención de seguir creciendo si yo no lo alentaba a hacerlo.

    Quiso llamarse kayiriku o terikame.
    Pero yo no quise ponerle un nombre.
    Lo quería libre, que solo viniera cuando quisiera, no cuando lo llamo.

    La magia del verbo reventó el huevo.
    Lo hizo lento, como el marchitar del otoño.
    Pestañeó al verme pidiendo alimento.
    Y lo alimenté con adjetivos.

    Fue patoso, simpático, extraño de narices.
    De camino lento y mirada cálida.
    Lloraba sin descanso por una sonrisa tuya.
    Con ganas de aventura.

    De tanto saltar le salieron alas.
    Y voló con ganas, surcando el cielo estrellado.
    Se confundió un instante con una estrella fugaz y desapareció.
    Buscaba el planeta perfecto para llamarlo hogar y crecer contento.

    Banshee – Birth of Venus

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  • Melodía de hiel y huesos

    Melodía de hiel y huesos

    Era solo huesos. Una sonrisa triste, una mueca de dolor en media risa y unos ojos azules que miraban sin mirar. Lo demás era piel arrugada y huesos. Garabateaba figuras imprecisas en una libreta mientras contestaba el teléfono. Ella lo creía grande, y se quedó solo con eso: polvo en su chaqueta de cuero y un gesto desconsiderado.

    —Otra vez frío, niña. Tráeme otro nuevo.

    Cuando, después de tanta pelea, le ofrecieron aquel trabajo, no podía creerlo. De niña lo escuchaba su hermana, y ella aprendió a escucharlo también. Aquel cantautor de mirada gris y sangre en sus palabras. Aquel que le arrancó más de una lágrima, que la rescató del abismo. Y ahora él necesitaba de sus manos. Alguien que le consiguiera lo que hiciera falta en plena gira por el mundo.

    Viajar, conocer lugares, personas, historias. Ese era su placer secreto. Pero conocer, cara a cara, al hombre que tanto había sentido en sus versos… ese era un sueño. Aunque ahora se le hacía denso. Pesado. Aguantar los caprichos de un genio era más duro que admirar su talento.

    Una palabra de más, escapada como un cuchillo silencioso, quebró su paciencia.

    —Inútil.

    Le dolió más en el intelecto que en el orgullo. En la capacidad para descifrar la luz dentro de un lamento. Se quedó inmóvil, pensando. Hasta que no pudo evitar hablar.

    —Ahora lo entiendo.

    —¿Qué entiendes? ¿Tus errores en tu trabajo?

    —No. Entiendo tu pena. Entiendo que cantes al amor perdido. Que supliques que vuelva. Que te sientas desolado.

    —No sé qué tiene que ver eso con que me des lo que te pido.

    —Nada. Tiene que ver con tu condena. Con tu destino.

    —¿Ah, sí? ¿Cuál es mi destino, lista?

    —Estar solo.

    Ella desaparecería de su vida. Nunca supo el motivo. No quiso mirar más allá de sus versos heridos.

    Y él siguió escribiendo su verdad en soledad.
    Sólo huesos, sí… pero la música seguía sonando para aquel amor fugado.

    Lord Huron – The Night We Met

    ¿Y si la melodía nunca fue suya, sino tuya?

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  • El mañana quedo en blanco

    El mañana quedo en blanco

    El mañana me dejó sin verso, sin nada que decir.
    Me robó la voz mientras mi alma quería vivir.
    En la melodía del pretérito imperfecto me quedé varado, esperando.
    Sin una sílaba adornada que ofrecer,
    sin la defensa propuesta en la prisa,
    sin el sentido que sienta al verbo en su trono,
    en el abandono del esfuerzo olvidado.

    Coleccionaba palabras.
    Las buscaba en la orilla de mi razón,
    seleccionando las erres errantes
    y las que ardían de corazón.
    Las ordenaba por semblante, cadencia y plumaje.
    A las que rugían salvajes las escondía del reproche del contexto;
    a las que rimaban candentes les inventaba vocales con vuelo,
    y las hacía desfilar lento,
    trazando la respiración como si fuera un suspiro.

    Pero, aun así—
    sin retar al aliento restado,
    esquivando el fracaso escondido—
    me quedé sin licor en el vaso
    y con el tiempo perdido.
    Solo espero que, resistiendo el deseo del desespero,
    mis lágrimas se vuelvan relato
    y mi memoria, hoy, me regale un soneto.

    Urge Overkill – Dropout

    “Y si mañana vuelve en blanco… ¿será silencio, o será el principio de otro verso que aún no sé recordar?”

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  • Memorias de una cueva

    Memorias de una cueva

    La pared era un tanto rugosa, pero a él no le importaba. La acarició dándole forma: curvas alargadas, una pasada larga para asegurar el contorno. Se alejó un poco y respiró complacido. Ya estaba adoptando una forma concreta. Cerró los ojos y lo vio: primero una lanza en movimiento; después, la urgencia de sus patas. Aspiró el aroma de paz y comprendió de inmediato lo que faltaba. 

    Miedo. 

    Faltaba miedo en la pared. 

    El miedo que mueve las figuras. La rabia de los brazos lanzando sus armas. El coraje de arriesgar vidas en el intento. Eso era lo que él deseaba, y no le dejaban hacerlo. Agarró cenizas y grasa con rabia, dispuesto a destruir su obra. Pero, al llegar a la pared, solo pudo acariciarla. Rellenó formas, construyó objetos. 

    Se apartó de nuevo. 

    Escuchó el murmullo del viento. El calor del fuego. El aroma de paz que da el alimento. Respiró hondo y comprendió que aún faltaba algo. 

    Sed, frío y cansancio. 

    El rugir de tripas que impulsa a correr. La agonía de la herida. El latido de un corazón descalzo, sintiendo el río helado hasta las rodillas. Agarró el carbón aún ardiendo y lo precipitó sobre su lienzo, con la calma que da la rabia en un lugar tan seguro. 

    Se alejó otra vez, y lo supo completo. 

    Tan completo como podía hacerlo. 

    No podía de otro modo. 

    El niño entonces se sentó en el suelo y se deshizo en llanto. 

    El padre gruñó a lo lejos. 

    La madre se acercó y dijo: 

    —¿Qué haces aquí, lamentando lo que no has vivido? Deberías correr, trepar árboles, hacerte fuerte para cazar con ellos. Deja de manchar las paredes con experiencias que no te pertenecen. 

    El abuelo llegó cojeando. Descansó las piernas junto al niño y observó la obra que lo había tenido tan ocupado. 

    Se quedó sorprendido. 

    En la pared había un bisonte siendo cazado. Había calculado sus heridas, su sufrimiento. El arrojo de los hombres hambrientos que esquivaban sus cuernos. El respeto a los pequeños bovinos que huían. El temor por las heridas de los suyos y las ganas de volver a verlos. Pronto. 

    —¿Hiciste esa ilustración sin haber cazado nunca? —preguntó el abuelo, mirando al muchacho que aún tenía los párpados húmedos. 

    —Ojalá hubiera ido. 

    —Mujer —dijo a la madre—. Tu hijo será buen cazador. Probablemente llegue a ser tan viejo como yo. Cuidará de los suyos y llevará alimento a esta comunidad. Déjale hacer. No solo está aprendiendo: está enseñando cómo se hace. 

    El niño, satisfecho con su obra, buscó refugio junto al fuego. 

    Iron Maiden – Quest for Fire

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  • El Fary y el gato gurú

    El Fary y el gato gurú

    —¡Auuuu! ¿Qué pasa ahora? 

    Tras el zarpazo del gato había un misterio. El gato sonrió sin demostrarlo. Se acercó al humano para susurrarle al oído un conjuro de ánimo. 

    —¿Ves a esa chica con la que acabas de cruzarte? 
    —Sí. 
    —Felicidades, ha sonreído. Y esta vez ha sido a ti. 

    Javier, variando el ritmo, dio una sutil vuelta a su recorrido y, jadeando un poco, fue en dirección a la dama mencionada. Su guía felino le propinó otro zarpazo. 

    —¿Se puede saber a dónde vas, grumete sin rumbo? 
    —Me ha sonreído. Iba a ver si lo hacía de nuevo. 
    —No lo quieras todo a la vez, joven padawan. 
    —Pero ¿por qué no? 
    —A ver… ¿sabes imaginar? 
    —Creo que sí. 
    —Visualiza en tu mente. Yo tengo una sardina. 
    —Vale, tienes una sardina. 
    —¿La ves? ¿Ves la sardina? 
    —Bueno, imagino la sardina. 
    —¡No! Tienes que sentir la sardina, ser la sardina, oler como la sardina. 
    —Qué asco, ¿no? 
    —¡No! A ti te encantan las sardinas. 
    —Vale, soy una sardina y me encantan las sardinas. 

    El gato, impaciente, le dio otro zarpazo. 

    —Pon que, en un momento, yo, que tengo una sardina, te la doy. 
    —Vale, qué rico —dijo con una sutil cara de desagrado. 
    —Ahora ves que yo estoy esperando a que te la comas. 
    —Pero si acabo de desayunar. 
    —Cómetela. 
    —Que no. 
    —Que te la comas, coño. 
    —Ufff… me está empezando a oler mal esa sardina. 
    —Pues a la chica de la sonrisa le va a pasar lo mismo. Se va a hartar de sonreírte si la fuerzas. 
    —¿Y qué debo hacer? 
    —Esperar y… 
    —¿Esperar y qué? 
    —Debes ser paciente, Javi-san. Solo tienes que esperar y tener aroma a sonrisa
    —Pues es buen nombre. Creo que te voy a llamar Sonrisitas. 
    —Hazlo y morirás joven. 

    Niña Polaca – Joaquin Phoenix

    “Fin del capítulo. O eso parece… porque el gato ya me observa como quien prepara un plan.
    Y cuando ese felino planea… siempre acabamos en la pescadería.”

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  • Los tres reflejos Capitulo 3:  El Crepitar del Diamante

    Los tres reflejos Capitulo 3: El Crepitar del Diamante

    • Tocadiscos vintage con vinilo girando, luz tenue y cálida, detalle del surco brillando. Estética de fotonovela antigua, grano cinematográfico, tonos ligeramente amarillentos o magenta, textura analógica. Composición dramática: la aguja a punto de caer o ya tocando, reflejos suaves, sensación de silencio antes de la música. Atemporal, íntimo, con aire de presagio.

    Su viejo tocadiscos pedía “play” a gritos. Ella supo cómo hacerlo esperar. Hasta que sonó el timbre de la puerta. 

    El brazo del antiguo aparato se agitó de manera mecánica. Depositó con delicadeza el diamante en el camino del disco y empezó a arañar. 

    El susurro estático del giro de la aguja le caminaba lentamente por el vientre. 

    Abrió la puerta con los primeros acordes: 

    “Darling, you’ve got to let me know” 

    Ahí estaba ella. Con su vestido negro. Brillante. 

    “Should I stay or should I go?” 

    Sonrió con un “¿qué pasa?”, con una sensualidad punk y macarra. 

    “If you say that you are mine” 

    Laura dejó asomar su pierna por la abertura lateral de la falda. 

    “I’ll be here till the end of time” 

    A Marta se le iluminó la mirada. 

    “So you got to let me know” 

    Laura extendió su mano en medio de un baile mágico. 

    “Should I stay or should I go?” 

    No entendía qué le pasaba. Ni qué consecuencias habría. Solo sabía que tenía un urgente deseo de sangrar. De deshacerse entera. De fundirse con ella. 

    Agarró la mano que Laura le tendía y la arrastró adentro. 

    “Should I stay or should I go now? 
    Should I stay or should I go now? 
    If I go there will be trouble 
    And if I stay it will be double 
    So come on and let me know” 

    Entre sábanas deshechas amanecieron esa tarde. Risueñas, con caricias que no terminaban, deseando quedarse ahí siempre, recorriendo sus cuerpos. 

    —¿Tú no viniste a ayudarme a preparar la cena? 

    —Es que este era el aperitivo. 

    —¿Y qué me vas a dar de postre? 

    En un beso, Marta mordió suavemente el labio inferior de Laura y tiró de él. 

    —El postre luego. Vamos a preparar la cena antes de que llegue tu marido. 

    —No sé qué decirle… 

    —Que nos entretuvimos y que nos ayude a preparar la cena, ¿qué si no? 

    —No, me refiero a lo nuestro. 

    —No sé. Yo tampoco esperaba que hubiera más. Pero me estás enganchando. 

    —¿Os conocíais entonces? 

    —Sí, salimos una temporada en el pueblo, antes de irme a Londres. 

    —O sea… ¿qué el es tu novio del pueblo, ese que me contaste? 

    —Sí. No sabía que ahora era tu marido. ¿Estás celosa? 

    —No, eso fue hace mucho tiempo. 

    —¿De quién estás celosa? ¿De mí o de él? 

    —No me había puesto a pensar lo rara que es esta situación. 

    El ruido de la cerradura de la puerta rompió la conversación. 

    —Hostias, son las 7. Mi marido ya ha llegado. Corre al baño y yo te llevo la ropa. 

    Marta se empezó a vestir con rapidez. Recogió el traje negro de su invitada y escuchó la voz de Pedro: 

    —¿Marta? 

    —Voy, Pedro. Espérate ahí. 

    —¿Qué pasa? 

    —Nada, ahora te explico. 

    —Vale, vale —dijo Pedro, extrañado, desde el salón. Entonces entró Marta. 

    —Estábamos probándonos ropa. Resulta que Sonia va a exponer sus cuadros dentro de poco… 

    —Pensé que no te gustaban sus cuadros. 

    —Son una mierda, pero nos han invitado. 

    —¿A mí también? 

    —No, a Laura y a mí. 

    —Menos mal, que aburrido. 

    —Ya te digo… 

    —…¿Y Laura? 

    —Aquí —dijo ella con su traje flameante, un poco arrugado y con esa aura de serial killer que la hacía irresistible. Pedro no pudo evitar sonreír—. Dentro de poco tendremos fiesta, pero hoy me parece que cenamos pizza. ¿Ponemos música?

    The Clash – Should I stay or should I go now

    Cuando sonó la primera nota, entendieron la verdad: ya no eran dos caminos… sino tres reflejos llamándose a gritos.

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  • Con brillo azul en la mirada

    Con brillo azul en la mirada

    Hace algún tiempo que aparecen y no sé por qué. 
    Vienen calculando la pose, con apariencia cuidada y mirada íntima. 
    No sé qué hechizo algorítmico habrá estallado a mi alrededor para provocar semejante desfile. 
    Es un sin cesar: llegan para ser contempladas, dejan su estela y desaparecen. 

    Las hay para elegir: por el brillo de la mirada, por el gesto, por la temperatura del cuerpo que sugieren. 
    De porte elegante, enfundadas en fantasía, casi por desnudar. 
    Apuntando hacia la luz con destellos azules, y siempre un guiño pintado, por si ven que me pierdo. 

    Este suceso me recuerda otros tiempos. 
    El amor también era efímero, nubes densas escapando del invierno casero. 
    El sabor era casual y el roce discreto. 
    Y el misterio, lejos de ocultarse, ardía en las miradas para quien sabía leerlas. 
    Ardía en llamas para que el viento se llevara las cenizas. 

    Como hoy —si no más— había quien se negaba a rendirse del todo. 
    Ocultaban la ferocidad bajo vestidos largos de cadenas errantes. 
    Disfrazaban las ganas de sangrar barriendo bajo las alfombras, 
    llevando velo blanco, creyéndose novia, 
    creyendo en el hechizo del cuento 
    y en el ladrón que venía a su secuestro. 

    Pero hoy hemos cambiado. 
    No son los mismos secretos. 
    Ni son los mismos dueños. 
    O eso creo. 
    Vivimos en la ilusión de mostrarnos libres, bailando descalzos y solos, 
    sonriendo telones abiertos mientras tendemos el presupuesto del tanto por ciento. 
    Creemos que el camino es nuestro, 
    pero en la etiqueta está su precio 
    y la caducidad oculta en una hilera de ceros. 

    Al no parecer interesado, las damas se van… 
    convertidas en otros. 

    Acompaña esta lectura con ‘Mi Orden’, de Bala — un golpe seco de oscuridad luminosa para cerrar el círculo.

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  • Los tres reflejos Capitulo 2: Cristales empañados

    Los tres reflejos Capitulo 2: Cristales empañados

    Al ver el cristal del coche empañado, Pedro sintió una oleada de recuerdos. 
    El mismo lugar, la misma sensación de no volverá a pasar
    Ella se fue y no volvió. 
    Hasta ahora. 
    Quién sabe, quizá esta vez no quiera irse. 

    El móvil rompió el ensueño con un sonido chivato lleno de remordimientos. 

    Marta: ¿Te queda mucho? No quiero acostarme muy tarde. 
    Pedro: No tardaré, pero métete en la cama. 
    Marta: Despiértame si me duermo. 
    Pedro: Tranquila, estaré de vuelta antes. 

    Qué sorpresa se llevó al verla en su casa. Pedro había vuelto hacía poco de un viaje: una visita rutinaria a la oficina central en Madrid. Unas cuantas reuniones que lo mantuvieron fuera diez días. 
    Al regresar aquella tarde, se la encontró allí, en el salón. 
    Parecía que el tiempo no había pasado por su piel. 

    —Ah, ¿pero os conocéis? —dijo Marta, su mujer—. Es la amiga de Silvia de la que te hablé, la que salió con nosotros este viernes. 

    —Pues sí… Laura es del pueblo, ¿verdad? —dijo Pedro con una sonrisa. Dos besos y un recuerdo pendiente a comentar—. ¿Cómo está tu hermano Juan? 

    —Bien —Laura no salía de su asombro—. Se casó hace unos meses… con Estrella. 

    —¿Estrella Estrellada? 

    —La misma. 

    —¿Pero ella no andaba con Berto? 

    —Ya ves, los cambios que da la vida. 

    —¿Y Berto? 

    —Salió del armario y vive con un culturista en Sanlúcar de Barrameda. 

    —Veo que tenéis conversaciones pendientes —dijo Marta, con una chispa divertida en la mirada—. Podemos quedar este viernes. ¿Te apetece venir a cenar? 

    —El viernes es genial —respondió Laura—. Vengo a las seis y te ayudo con la cena. 

    Hubo complicidad oculta entre las dos, reflejos de sonrisas que Pedro no captó aquel día. 
    Pero sí notó algo: que el encuentro a la salida del trabajo no había sido fortuito. 

    Fueron a tomar café… y terminaron dibujando en el parabrisas empañado. 
    Corazones rotos que, con el calor, se fueron borrando. 

    —Tengo que volver a casa, Marta me está llamando. 

    —Lo comprendo. ¿Quedamos otro día? 

    —No sé… Nunca le había hecho esto a Marta —dijo Pedro, pensativo—. No sé qué decirle. 

    —Es complicado… 

    —En el pueblo era más fácil. 

    —¿A qué te refieres? 

    —A que el roce hace el cariño. Éramos pocos, y te enamorabas con el tiempo. 

    —¿Eso te pasó conmigo? 

    —Yo me enamoré perdidamente de ti. Pero no me refiero a eso. Lo que digo es que allí nos emparejábamos sin pensarlo. Una vez hechas las parejas, ya no había más. Fue cuando empezamos a irnos a la ciudad cuando todo se rompió. 

    —No, Pedro. Lo nuestro estaba condenado. Yo necesitaba salir, ver el mundo. Quería vivir en Londres, y allí estuve… hasta que me harté. 

    —Y ahora has vuelto. 

    —Sí. Ahora necesito otras cosas. 

    —¿Una pareja estable? ¿Un lugar donde te esperen? 

    —Sí y no. Aún hay mucha confusión en mi cabeza. Soy rara, lo sabes. 

    —Más que un piojo bizco. 

    —Anda, vámonos ya. 

    La besó apasionadamente. 
    En la radio sonó Iggy Pop: 

    “It’s a rainy afternoon in 1990 
    The big city 
    Geez, it’s been 20 years 
    Candy, you were so fine.” 

    La humedad de la noche quedó atrás con el chasquido de la llave en la cerradura. 
    El calor del hogar se le hizo raro, oscuro, de mentira. 

    Tras una ducha rápida, se deslizó desnudo entre las sábanas. 
    Abrazó a Marta, que dormía ajena a los pensamientos de su marido. 
    Ella se dio la vuelta y lo abrazó. Él se apretó contra ella. 

    —Ya llegaste —susurró, envuelta en una sonrisa somnolienta. 

    Le besó. Él le devolvió el beso. 
    Unas caricias. 
    Una risa sofocada por las mantas. 

    —Marta, tengo que contarte algo… 

    —Mañana me lo cuentas —dijo Marta, abrazándolo—. 
    Ahora follame. 

    Maria Rodés – Recordarte

    “El pasado susurra bajo el cristal empañado, mientras el presente arde entre sábanas y deseos.”

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  • Configuración inicial

    Configuración inicial

    Estaba nervioso.
    La lucecita parpadeó en el dispositivo que tenía en la mano.
    Solo hacía falta un poco más de presión y se activaría.

    Respiró una vez más… y apretó.

    En su cabeza escuchó una melodía conocida.
    Su mirada se volvió borrosa. Era normal: le habían advertido de los efectos de la primera conexión.
    Un poco de mareo, respiración agitada. Todo pasajero.

    Frente a él apareció un logo suspendido en el aire, como la luna tras la ventana, solo que demasiado cerca.
    Desapareció, y en su lugar surgió una hilera de letras de comando:
    parámetros a la izquierda, iconos a la derecha…
    y por fin, una voz.

    —Hola, Sergio. Soy LYS, tu asistente virtual. Vamos a configurar el equipo. ¿Está todo preparado en tu dispositivo móvil para realizar la transferencia?
    —Sí.
    —De acuerdo, Sergio. Empezamos.

    En el centro de su campo de visión apareció una barra de progreso ascendente.
    Tiempo estimado: tres minutos y cincuenta y cuatro segundos.

    —Mientras tanto, podemos configurar el entorno. ¿Lo hacemos ahora o prefieres dejarlo para más tarde?
    —Ahora.
    —Bien, empecemos. Por favor, sin mover la cabeza, mire todo lo que pueda hacia la derecha.

    Sergio obedeció.
    En unos segundos se encendió un piloto verde en el margen derecho de su visión.

    —Perfecto. Ahora haga lo mismo hacia la izquierda.

    Repitió el movimiento y el otro piloto se iluminó.

    —Muy bien. Ahora, hacia abajo.

    El usuario siguió las instrucciones: movió piernas y brazos, tocó superficies rugosas y lisas, aspiró aire, olfateó un perfume.
    Pequeñas luces verdes se iban encendiendo en la interfaz, aprobando cada gesto.

    —Por último, Sergio, vamos a configurar la función locutiva. Tienes que repetir en voz alta la frase que aparecerá en el escritorio.

    Frente a él surgió una ventana blanca, y las letras azul marino comenzaron a materializarse:

    Nueve naves nuevas navegaban negras…

    —Por favor, dilo en voz alta.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras…
    —Más rápido, por favor.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla…
    —Un poco más rápido.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla… a ver… ni nadie notó, ni nota, ni nombre…
    —Hay un error en la frase. Por favor, repita.
    —Nueve naves negr… ay, no…
    —Por favor, repita la frase.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla, ni nadie notó, ni nota, ni nombre, la nave nueve que es la novena.
    —Perfecto, Sergio. Hemos completado la instalación de tu unidad mental complementaria. Puedes acceder a las instrucciones si me lo solicitas. Para activarme, solo tienes que pensar en mí y estaré inmediatamente contigo. ¿Deseas proporcionarme una apariencia o prefieres que siga siendo un ente invisible?
    —Todavía no. Ya te iré configurando.
    —Como quieras, Sergio. Estaré aquí cuando me necesites.

    Pequeño silencio.
    Luego, con un tono más suave, la voz añadió:

    —A propósito: te he sacado cita con el logopeda el próximo martes a las 12:30.

    Gojira – Born For One Thing

    La pantalla se apagó, pero en el reflejo del cristal, LYS aún seguía mirándole.

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