Con admiración. Quizá con cierta envidia. La miraba de manera hipnótica.
Quiso desprender de sus labios el brillo que tanto había intentado imitar. Ensayaba su manera de caminar. La mirada precisa, la sonrisa perfecta, como aquella vieja canción que ya no sonaba en el coche de la abuela y que ahora le parecía una triste mentira, por haberse ido tan lejos.
Él entendería su obsesión. El deseo de verse bonita. Interesante. Tan cercana antes, tan extraña ahora.
Y ahora.
Miraba aquella fotografía de colores ausentes y sonrisa perfecta.
La carretera estaba dormida. El frescor de la mañana hacía que, por esa zona de la ciudad, nadie transitara. El apagado de las farolas anunció la llegada del sol. En una esquina, un señor mayor, con aires de sofoco, gritaba a los cuatro vientos.
—¡Malditos pollos!
Un vecino de la zona, alertado por el estruendo, salió de su casa a ver qué ocurría.
—¿Le ocurre algo, señor?
—Sí, sí que me pasa. ¿Quiere saber qué es lo que me ocurre?
—Claro, hombre. ¿Necesita ayuda?
—Que hay pollos. Eso es lo que me pasa.
—Pues yo no veo…
—Pollos en todos lados. Grandes, pequeños. Con plumas. Es una invasión.
—Oiga, que esto es una ciudad. Aquí no hay…
—Que sí, ahí mismo tiene uno.
—Pues yo no lo veo.
—Hace un segundo estaba allí. Es igual, están. En todos sitios. Vigilando. Mirando fijo con sus ojitos negros. Picoteando el suelo para disimular.
—…Si usted lo dice…
—Yo creo que los pone el gobierno. Para mantenernos vigilados. Unos animalitos con ese aspecto tan inofensivo.
—Claro. Como Calimero.
—No sé si es que los adiestran o les introducen un chip en el cerebro. Debe de ser eso. Por eso aparecen siempre. ¡Mire, mire! ¿Los ha visto?
El hombre saltaba y señalaba al mismo tiempo, mientras el vecino se encogía de hombros.
De pronto, un resplandor azul rompió el silencio de la calle. Dos Citroën C5 de la policía pararon atravesando la calzada, como si la escena lo exigiera, dejando huellas negras como prueba del delito. Entre tres agentes agarraron al señor y lo introdujeron en uno de los coches.
—¡Pollos! —iba gritando—. ¡Pollos!
El vecino se acercó, curioso, al policía que permanecía allí recogiendo datos.
—Oiga —le dijo—, ¿qué le pasaba a ese señor? No parecía peligroso.
—Ese hombre ha atacado hace unas horas una granja avícola —respondió el inspector sin dejar de tomar notas—. Parece ser que salió de una institución psiquiátrica hace nada.
—Pues loco sí que parecía. Ver pollos donde no hay más que patos.
Hizo una pausa.
—¿Los ha visto? Mire. Por ahí anda uno.
Sleaford Mods – Tied Up In Nottz
Nunca sabremos si aquel hombre estaba equivocado. Pero desde entonces, nadie los volvió a mirar de la misma manera.
Tanto tiempo he pasado frente a este lienzo en blanco. Tanto, que de pronto fueron años. Dos, para ser exactos.
Mezclando mi acento con el verbo amar. Contando líneas para no hacer caso. Rebuscando sinónimos, ordenando vocablos al azar.
Y aún me falta mucho. Me leo poco. Me miro poco. Aunque a veces me encuentro en el espejo y sonrío.
Ya no me pesa la pluma cuando la empuño. Y quiero más.
Quiero narrar batallas al ritmo de una guitarra sucia. Aprender cómo suena tu risa si te atreves a escucharla. Convertir el cristal roto en gotas de lluvia y rodar en la nube de tinta cuando caiga la primavera.
Esa que se me hizo tarde cuando por fin comprendió mis letras.
Quiero entender que no es el final, que no es más que el comienzo. Que la senda está por andar, pero que ya no camino lento. Que ya no sirvo al silencio, aunque vea las estrellas pasar.
De frente hay muchos folios en blanco. Detrás veo mil líneas: dispersas, tímidas de melodía, pero grandes de ánima furtiva.
Dime tú, si al leerlas no son buena semilla.
Para quien tenga curiosidad por el origen del trazo, aquí quedó la primera huella: Venus sobre Marte
Hoy mis sueños no eran sueños. Confirmé la realidad nada más despertar en el aeropuerto.
—¿Qué onda, güey?
Ahí estaba, apoyado en una columna de la zona de llegadas. Era igual que en el sueño: vaqueros gastados y americana tejana. No me lo esperaba allí. Agradecí su presencia. Sabía a protección.
—Pero… tú no podías venir. —Ya, pero me llegó el pasaje, no más.
Al fondo había una pareja peculiar. Una chica que parecía Yoko Ono y un hombre delgado vestido con colores estridentes. Me acerqué a ellos sin contener la sonrisa.
—¿Wilson? —Somos Wilson —dijeron los dos a la vez, como si fuera un acto ensayado.
—Yo soy Katty —añadió una joven rellenita, con una diadema de orejas de gato—. ¿Veníamos en el mismo vuelo? Me pareció haberte visto.
Había una multivan de siete plazas alquilada a nuestro nombre. En el GPS, unas coordenadas ya marcadas: una antigua parroquia en un pueblecito cercano.
Ikelos resultó ser un viejo sacerdote, sotana negra abotonada y cuello blanco. Con voz apagada y expresión cansada nos dijo:
—Sei qui. Ti stavo aspettando.
Nos hizo pasar al interior de la iglesia, un edificio de varios siglos que bien podría datarse en la época de Calixto I. Nos acomodamos en los bancos principales y bromeó sobre su captura en el sueño.
—Si hubierais elegido esta iglesia, no habríais podido atraparme. Conozco cada uno de sus recovecos.
—Muy interesante —le corté—. ¿Cómo podemos ayudar a nuestra amiga?
—Puedo abrir una puerta hacia ella —respondió—, pero tenemos que estar cerca. ¿Sabéis dónde está?
—En un hospital. En algún lugar de Noruega, cerca de Oslo. Puedo localizar el sitio exacto.
—Bien. Tendremos que movernos hasta allí.
En ese momento me llegó un mensaje al móvil. No tenía número identificable. Solo una frase:
Te necesito dormido.
Comprendí el significado.
—Exacto —dije—. Mañana buscaremos la forma de llegar allí. Hoy descansaremos.
Expliqué al grupo que tenía que entrar en el sueño. Nadie se fiaba de Ikelos, así que decidieron vigilarlo. Yo, simplemente, busqué un lugar donde cerrar los ojos: en la furgoneta, en el asiento trasero.
Así desperté en el sueño.
Hildur Guðnadóttir – Bridge of Death
Cuando los sueños empiezan a dar direcciones, ya no estás soñando: estás siendo convocado.
A veces se sentía abrumado. Demasiadas atenciones, muchas exigencias y muy poco espacio para asimilarlo todo. Demasiado poco tiempo para gestionar la vida.
Con el amor le había pasado lo mismo. En el pasado. Ahora tenía un método. No entendía cómo funcionaba, pero era efectivo.
Fue poco después de casarse con la mujer más maravillosa que había conocido. Vivían una época de ilusiones, arrumacos y largas sesiones de sábanas revueltas. Sin importar el día. Sin importar el ruido.
Una noche, tras una ducha caliente al terminar el trabajo, se encontró con un panorama helado. Su mujer dejó de hacerle caso. Desaparecieron los mensajes ocultos, las miradas ardientes, las caricias y los besos. Ella seguía allí, pero a lo lejos.
Tras unos días extraños, llenos de “no me pasa nada” y “tengo sueño”, ocurrió exactamente lo contrario. Después de una ducha helada se encontró con el fuego. Ella se deshizo en besos, en ganas de tenerlo a su lado. Volvieron los abrazos furtivos y el susurro al oído de la palabra adecuada.
Al principio pensó que aquello tenía que ver con alguna señal oculta de su cuerpo tras la ducha. Pero pronto aprendió que no. Que el causante de su dicha era el anillo. Que quitárselo y volvérselo a poner actuaba como un poderoso hechizo. Ella respondía al instante, según giraba la sortija en su dedo.
Pasó mucho tiempo feliz. Con atenciones constantes y halagos diarios.
Hasta que llegó el día en que necesitó soledad. Desconexión. Un paréntesis de amor.
Giró el anillo y encontró silencio. Lo volvió a girar… y apareció el cariño.
Por mucho que la magia reinase en su matrimonio, en todas las parejas hay enfados. Aquel día fue especialmente duro para ambos. Lo que empezó como una tontería fue oscureciendo hasta convertirse en tormenta.
Ella salió corriendo a la habitación y, en un acto de rabia, lanzó su anillo de casada por la ventana.
Él, con una pena monumental, quiso arreglar aquella pelea absurda. Y lo intentó de la forma que mejor resultado le había dado siempre.
Giró el anillo en su dedo anular y esperó.
Al poco tiempo llamaron a la puerta. No esperaban a nadie.
Abrió con la incógnita aún latiéndole en la cabeza y la sorpresa se apoderó de su rostro. Era el dependiente de la frutería de abajo.
En la mano izquierda sostenía el anillo de su mujer. En la cara, una sonrisa extraña que ya le prevenía de lo peor.
Tras recibir un coqueto guiño, pensó —no sin cierta resignación— en el Monte de las Llamas del Destino.
Le llamaban monstruo, pero no era más que la sombra de lo que había sido. Paseaba por las tardes, cabizbajo, por la zona del parque, buscando un misterio sin llegar a hallarlo.
Nadie se le acercaba. No querían estar cerca. Evitaban su mirada, no caminaban tras sus pasos, no querían sentir sus suspiros de cansancio.
Quedaban muy atrás aquellos tiempos. Tan lejos que se volvieron fábula, leyenda, mito. Se corrompieron en periódicos amarillentos. Se enterraron en fosas comunes, bajo causas ajenas y recuerdos oxidados.
Como esos otros recuerdos lejanos que empañaban su mente de bruma y de miedo.
Hildur Guðnadóttir – Fólk fær andlit
Algunas ciudades no expulsan a sus monstruos. Solo los dejan envejecer.
Parecía triste. La mirada al suelo, sentado en silencio en aquel sillón que le venía grande. Parecía perderse en él, en sus sueños. En sus heridas infantiles: tan fáciles de curar y tan dolorosas al mismo tiempo.
¿Es que los adultos no se dan cuenta?
pensó el soldadito de plomo.
Vio caer una lágrima por su mejilla. Silenciosa como el mar en calma. Melancólica como el olvido.
Al acercarse un poco más, el juguete de metal rompió su silencio.
—¿Qué te pasa, niño?
—Mi mamá no quiere que hable con desconocidos.
—Pero yo no soy un desconocido. Soy un juguete.
—Mi mamá no quiere que juegue con juguetes armados.
—Pero soy de latón. No puedo disparar.
—Mi mamá no quiere que tenga juguetes violentos.
—¿Y qué quiere tu mamá?
—No lo sé. No quiere que haga nada.
—Claro… por eso estás triste, ¿no?
—Estoy triste porque no tengo con quién jugar. Mis padres no quieren. No tienen tiempo para mí.
—Pero estoy yo aquí. ¿Qué quieres hacer?
—No puedo jugar si llevas un arma.
—Entonces dibuja una flor en su lugar. Verás cómo lo cambia todo.
El niño empezó a pintar colores sobre su uniforme de cobre. Disimuló con pétalos pequeños la bayoneta que llevaba en el brazo.
Se entretuvo toda la tarde dibujando y hablando.
Descubrió que, al pasar las páginas de aquel libro, podía convertir en cuento las palabras que solo escuchaba en sus sueños. Que, aunque a veces fueran mentira, eran lo más cierto.
Un resplandor arañó el cielo nocturno del desierto. Dejó una estela dorada que fue perdiendo intensidad hasta detenerse. Quedó una estrella colgada en un lugar en el que nunca antes hubo nada. Y allí esperó.
A los pocos días aparecieron. Eran tres. Cada uno montado en un camello. Avanzaban lentamente hacia el punto donde la estrella se había detenido. Iban buscando respuestas; bajo ella tan solo encontraron una pregunta.
La estrella estaba suspendida sobre una cueva, poco antes de la pequeña aldea que ponía fin a las penurias del desierto. Según se aproximaban, vieron que el astro no era tal. Era una esfera brillante que flotaba de manera imposible. De ella colgaban hilos dorados que iluminaban el refugio.
De los tres, el de túnica negra bajó de su montura y entró en la cueva.
Dentro había un anciano con gesto preocupado. A su lado, una joven vestida con una bata verde descansaba en un sillón flotante. De su cuerpo salían varios de aquellos cables luminosos, que parecían alimentarla. El pecho subía y bajaba con una calma artificial, como si el tiempo no fuera exactamente el mismo a su alrededor.
—¿Pero qué pasa aquí? —dijo el hombre negro, asustado.
—No temas, caballero de Oriente —respondió el anciano—. Dios es el artífice.
—Vengo por respuestas para mi pueblo.
—Diles que ha nacido el Niño Dios.
Entonces lo vio. Tras la penumbra, un niño dormía en una cuna. Alrededor de su cabeza flotaba un aro dorado, repleto de pequeñas luces parpadeantes. El forastero se acercó. El bebé abrió los ojos y le regaló una sonrisa sin dientes.
El hombre salió apresurado para avisar a sus compañeros. Les contó lo que había visto. Los otros dos desmontaron de inmediato; querían comprobarlo con sus propios ojos.
La esfera emitió un zumbido grave. Cambió ligeramente de tonalidad y dejó ver una abertura. De ella saltó un ser que quedó suspendido en el aire. De su espalda surgían alas metálicas que lo impulsaban con precisión. Descendió haciendo filigranas, dejando rastros de luz a su paso, hasta aterrizar frente a los tres viajeros.
Ellos retrocedieron. Decidieron que aquello debía de ser un ángel.
La criatura llevaba una armadura plateada cubierta de luces de distintos colores. Se quitó el casco y reveló su rostro: alto, de facciones suaves, con una espesa cabellera rubia. No supieron decir si era hombre o mujer. Tampoco por su voz.
—¿Sois los tres magos de Oriente?
Se miraron entre ellos. El ser alado sonreía con una felicidad difícil de ocultar, como un niño a punto de estrenar un juguete.
El de la barba blanca rompió el silencio:
—Podemos decir que sí. Estudiamos la magia de las estrellas y venimos del Oriente.
—No temáis —dijo el ángel—. Es tiempo de dicha. Pero para que mi jef… esto… para que Mi Señor tenga constancia de vuestra presencia, necesito que os vea.
—¿Y cómo va a vernos? —preguntó el de barba castaña.
—Con este artilugio.
Sacó un objeto rectangular con varias lentes.
—¿Es como un catalejo?
—Algo así.
Lo dejó sobre una roca y, entusiasmado, corrió a abrazarlos.
—Ahora juntaos y sonreíd.
Tras el destello, desapareció en un vuelo acrobático.
Los tres viajeros, confundidos, comenzaron a aceptar el carácter divino de todo cuanto allí estaba ocurriendo.
Desde el interior de la esfera, todo parecía más pequeño. Más irreal.
El panel de control marcó negativo en patógenos y autorizó la entrada del individuo disfrazado de ángel. Tras inspeccionar el traje, uno de los técnicos le dio una palmada en el hombro a su compañero, puso los ojos en blanco y dijo:
—No te podías resistir a hacerte un selfie con ellos, ¿verdad?
El otro sonrió, todavía eufórico.
—Para ti no sé —respondió—, pero para mis hijos, que su padre tenga una foto con los tres Reyes Magos… eso vale oro.