– ¿Ves Willy? Este es pajarito, nuestra nueva mascota, se lo regaló un amigo que hizo papá cuando estuvimos en Nueva Kenia.
La niña estaba entusiasmada, el animalito alado, en su jaula, tenía aspecto triste. Su color negro azabache contrastaba con su blanca mirada, mas que hacer honor a su nombre, recordaba las antiguas leyendas de La Tierra sobre dragones y caballeros, pero como casi toda forma de vida Kerpliana, tenía tentáculos.
Las instrucciones que le habían dado sobre los cuidados de la criatura eran breves y claras, la primera y más importante, el animal tiene que reconocer el olor de su dueño, para eso en la jaula estaba el peluche con el que dormía Vega. La segunda y también imprescindible, el animal debía permanecer en la jaula el menor tiempo posible. Era hora de soltarlo.
– ¡Vuela pajarito, vuela!
Al verse libre, el ser alado se apresuró a alzar el vuelo, como una golondrina buscando su primavera cruzó en piruetas imposibles rozando a Willy y a la niña, luego desapareció en la lejanía del horizonte, Vega espero, no quería moverse por sí su nueva mascota volvía y no la encontrase, hasta que a la hora de la cena, Adam preocupado fue a buscarla.
– Papá, papá, pajarito se fue.
– Igual siente añoranza de su tierra y ha querido volver.
– Pues qué mala mascota, yo le habría querido y cuidado.
– A lo mejor prefiere que le quieran los que son como él.
– Pero aquí no hay animales parecidos, se va a sentir solo.
Al día siguiente, Vega volvía a casa por la tarde después del colegio, cuando una sombra alada se le posó en el hombro.
– ¡Pajarito!- Exclamó la niña entusiasmada
El animal, cansado del vuelo, se anidó con sus alas entre los brazos de Vega y se quedó dormido.
– Buenos días, bienvenidos a las primeras olimpiadas virtuales que se celebran aquí en Ciberlogroño. Soy Blanca Rerilla y esto es el especial informativo del canal Todo Deportes.
– Como sabréis bien, estamos en la réplica digital de Logroño y en unos minutos empezará la competición de hoy, el maratón virtual. Ahí vemos a todos los participantes con sus peculiares vestimentas. Fíjense, aquel de allá con avatar de plátano, y ese otro es un saltamontes. La normativa de la prueba es estricta, cualquiera que infrinja las reglas será castigado transmitiéndoles dolor neuronal, con su correspondiente retraso en la carrera.
– Atención que me dicen que ya va a comenzar la carrera, que comienza en el Paseo del Espolón y que terminará en Plaza de Tresses en Fuenmayor.
-Estamos ya situados en el puesto de salida donde los participantes de la carrera están inquietos. Se escucha el pistoletazo de comienzo y todos corren por alcanzar un puesto favorable. Tras un traspié con caída de Plátano Maduro, que llevaba el primer puesto, ahora lo obtiene Disfraz de Tigre, que con garras y dientes logra separarse del resto. Le siguen Árbol de Navidad y Reloj de Cuco. Apoteósico comienzo en el que los avatares comienzan la lucha.
-Nos hemos situado ahora en la Vía Juan Carlos I, la primera recta importante de la competición. Tras el rugido de Disfraz de Tigre, veloz corredor y Cactus en Flor que le pisa los talones. El resto del pelotón está poco disperso, se distinguen algunos avatares que resaltan, como Plátano que se acaba de tropezar de nuevo, Cocodrilo Mellado que acaba de ser sancionado por zancadilla a Plátano y se retuerce de dolor en el suelo. El último, con alguna distancia del núcleo, es la Abuelita de Piolín. ¡Ánimo A!
-Cuando ya llevamos la primera media hora esperamos el paso de los participantes en el Parque De Los Enamorados. ¡Ahí llegan! Es cactus el primero y lo sigue Coliflor en Remojo muy cerca. Coliflor en Remojo por el sudor, digo yo, que aunque sea virtual huele desde aquí. Tras los primeros en cruzar el parque llegan Margarita Despojada, Tritón Triste y Madeja de Hizo, seguido por Disfraz de tigre que intenta agarrar a madeja con las zarpas. ¡No lo hagas Tigre, que te va a penalizar!
– Transcurrida hora y media nos situamos en el Camino Viejo de Fuenmayor, muy cerca ya de la meta. Aparece a lo lejos un agotado Disfraz de Tigre arrastrando sus garras por el firme de la carretera. Una de las reglas nos previene de que con el contacto de las manos o cualquier otra parte superior del cuerpo en el suelo se administra una descarga de dolor neuronal. Por tanto, Disfraz de Tigre acaba de recibir lo suyo y está rodando por la carretera. Acaba de ser pisoteado por Cactus en Flor, por Plátano Maduro y por Nariz Colorada, esta última salta de júbilo encima del pobre Tigre que maúlla afligido. El resto del pelotón no tarda en sumarse en los pisotones al maltrecho corredor. Por último, la Abuelita de Piolín lo esquiva con expresión de aversión.
– Ya estamos en la recta final de este emocionante maratón. Estamos esperando en la Calle Frontón, frente al excelentísimo ayuntamiento de Fuenmayor. Ha sido una jornada bastante dura, muchos corredores accidentados, por suerte en este deporte virtual no hay que temer por daños físicos, solo dolor neuronal. Hay miles de espectadores, que desde sus casas observan la entrada de los deportistas a este tramo final.
– Por ahí vemos a los primeros, Cactus en flor y Plátano Maduro luchan por el primer puesto, luchan literalmente, se están dando guantazos, claro, con la inducción de dolor por cometer infracción hace que caigan y se revuelvan en el pavimento. Les adelanta Nariz Colorada, que ya está bastante irritada del cansancio, se desploma y se cae de narices al cemento. Aprovecha Árbol de Navidad, que ha perdido todos sus adornos, para remontar el primer puesto, pero Cactus le agarra de una rama precipitando al suelo. La abuelita de Piolín compite con Tritón Triste por terminar los primeros en la carrera. ¡Qué veo! ¿Es Disfraz de Tigre? ¡Sí! ¡Es él! Sale del pelotón con cara de pocos amigos, esquiva a Lata Herrumbrosa y a Tomate Seco, ¡va a toda velocidad! Pasa por encima a Cactus y llega a adelantar a Tritón.
– La Abuelita está a escasos metros del final y Tigre está pegado a ella, los dos corren como si les persiguiera el diablo, que también, pero Diablo Mareado ya quedó atrás. El sprint final es superemocionante, Están tan igualados, pero… ¿Qué ha pasado? A la Abuelita se le cae la dentadura y hace resbalar a Tigre, y con el resbalón … Con una monumental caída, Disfraz de Tigre corta la línea de la meta y sigue rodando hasta aquí, donde estamos los de la prensa. ¡Atención que viene!… Y nos arrolla a todos. Termina la Carrera Aplastado en la pared del ayuntamiento.
Un radiante día despliega su luz sobre la soñolienta ciudad, que despierta entre el ruido del camión de la basura y las prisas de los cláxones de las carreteras. Entrando por el barrio de Los Infantes, el aroma a café recién hecho embriaga nuestros sentidos. Ahí es donde empieza nuestra historia de hoy, justo encima de la cafetería.
– Cariño, debemos darle más espacio a los niños.
– Que no, que no es buena idea.
– Es que están creciendo, Renato, necesitan espacio.
– ¿Pero es que no lo entiendes Matilde? Que no podemos.
(de lejos) Lo que pasa es que no te gusta correr riesgos, ¡cobarde!
– ¡Cállese abuela!
– Yo creo que ni se van a enterar de que están ahí.
– Vamos a tener problemas si los dejamos campar a sus anchas por aquí.
– Imagínate, tú y yo, con más intimidad, ¿entiendes?
– Ya me gustaría, pero no podemos dejar a los niños ahí, es peligroso.
– Pero estarían cerca, estamos a unos metros de distancia. Cariño, piensa en la pareja. Podemos hasta pensar en tener más hijos.
– Si ya tenemos diecisiete, ¿te parecen pocos?
(De lejos) ¡Disfunción eréctil diría yo!
– ¡Cállese abuela!
– Bueno, pero ellos ya son mayorcitos, deben tener libertad.
– Si eso me parece bien, lo que no me parece lógico es invadir ese espacio ¡Que no es nuestro!
– Si nunca hay nadie, no van a notar ni que estamos.
– ¿Qué no? ¿No te acuerdas lo que le pasó a la tía Enriqueta? ¡Le rociaron con gas tóxico! Y solo por pasear por su casa.
(Voz de Fondo) Se lo tenía bien merecido por cotilla.
– ¡Cállese abuela!
– Pues yo no lo veo tan peligroso, Mira como no me pasa nada.
Matilde caminaba a toda prisa dando vueltas sobre el salón, corría frenéticamente a todas direcciones, De repente un inmenso zapato oscureció el resplandor de la claridad de la ventana. Con un desagradable estallido sonoro, Matilde se encontró con La Parca, su negro cuerpo quedó aplastado en el centro del azulejo donde terminó su rabieta.
De lejos Renato a lágrima viva, contemplando la dantesca escena mientras el descomunal pie trazaba otro rumbo.
– ¡Matilde! Si ya te dije que andar a la vista de los humanos es peligroso.
Él se acercó lentamente al cuerpo de su amada, al que todavía se le movía una de las patas, la acarició dulcemente con las antenas y volvió a entrar en la grieta donde hasta ahora fue su hogar feliz.
(voz de fondo) Recuerda que tengo siete hijas más.
El páramo estaba despejado, la primavera había entrado tarde este año, y la brisa de la mañana era un resquicio helado de un invierno que no quería morir. Los dos mensajeros, ajenos a la cortante temperatura, caminaban entretenidos en una animada charla.
-… Y decían, otra pandemia, como la del Covid. Oye, ¿Te acuerdas de la época del Covid?
– Qué buenos tiempos. Todos encerrados. Sin hacer nada.
– Sí, a inflarse de comer y a hacer el burro por internet. ¿Te acuerdas?
– Algo si, yo era muy pequeño, apenas ocho años, me acuerdo de esos videos que hacíamos en el móvil y lo compartimos. Sé que no nos dejaban salir de casa.
– A la gente le dio en esa época por conseguir perros. Todo el mundo quería uno.
– ¿Para detectar la enfermedad como ahora?
– No, era porque te dejaban salir más tiempo a la calle, con la excusa de darles un paseo.
– Y si no podían salir, ¿cómo hacían para buscar comida?
– la comprabas, entonces había supermercados.
– Ah, sí, es verdad. Recuerdo pasar por pasillos repletos de comida empaquetada.
– Sí, y si querías te la llevaban a casa.
– ¿A casa? Quién querría perderse ver estanterías llenas de cosas.
– Además, había hospitales, y llegaban a curarte en muchos casos.
– Pero no fue tan grave, recuerdo que en unos años la gente ni se acordaba.
– Porque la gente dejó de enfermar.
– La enfermedad era distinta a la de ahora, me acuerdo de que me contaban sobre familiares enfermos y no les pasó nada.
-Otros, sin embargo, morían.
– ¿Qué les pasaba?
– Normalmente, no mucho, les dolía el cuerpo, fiebre y poco más. Los que morían les costaba respirar, morían asfixiados. Los tenían amontonados en los hospitales.
– ¿Y no les daba miedo tenerlos ahí encerrados?
– No pasaba nada, ni los encerraban, no es como ahora.
– ¿Entonces no eran peligrosos?
– Sí, pero si llevabas traje especial y una mascarilla no te contagiabas.
– ¿Pero no eran agresivos?
– Los que estaban en el hospital estaban moribundos.
– Ya, no mordían entonces.
– No. Eso solo pasa ahora. A propósito, vamos a darnos prisa, que nos va a anochecer antes de llegar al refugio y entonces sí que vas a tener que esquivar mordiscos.
La figura de los mensajeros fue avanzando lentamente, atravesando el páramo, desapareciendo en la inmensa superficie, hasta que no quedo ni el recuerdo de unas pisadas furtivas entre la maleza.
A amanecer, Kendra abre la ventana de par en par, para que los rayos de sol calienten la habitación y los malos espíritus se incomoden y se marchen.
Vanir es un poco perezoso, cuando Kendra llega para alimentarle, él todavía remolonea en su nido, se estira al tiempo que bosteza y separa todos los pinchos de su lomo, quien no lo conoce diría que es una posición amenazante, solo es un bostezo, luego le entrega su cuenco de lombrices que devora con pasión.
Antes de desayunar bajan Kendra y Vanir al sótano, se encargan de su limpieza, barriendo y fregando el suelo. Al terminar encienden las velas y restauran con tiza el dibujo del pentagrama.
Con un punzón fino como el cabello y duro como un día sin comida, Kendra, pinchándose en un dedo, vierte unas gotas de su roja sangre en el centro del restaurado signo y entona un melodioso cántico, haciendo iluminar el pentagrama con el tono de su voz.
Es una oración, un profundo juramento, recuerdo de sus ancestros que empiezan a murmurar. Su voz eleva la plegaria, reza a la profundidad del bosque, al espectro de la sombra. Ruega por la luz que le guía y por la oscuridad que le somete. Pide que le concedan la dicha, que su esencia se eleve. Por los ríos y los mares, por las montañas y los valles. Pide hasta las lágrimas por todas las madres. Y dando gracias a Gea, ella se despide.
Desayuna rápido, pues el tiempo apremia y el aprendizaje no espera. Además, ¿quién quiere perderse un precioso y soleado día?
El solar abandonado era el lugar perfecto para una misión secreta, Paolo, el niño que jugaba siempre allí, lo sabía perfectamente. Así que decidió hacer del lugar su cuartel general y construir su preciada nave espacial. Desde que tenía consciencia de sí mismo sabía que tenía que ser así.
Había encontrado 33 botones y los había ordenado por colores alrededor de ese sillón de automóvil raído por el abandono. Una vieja máquina de escribir era su sistema de comunicación. Pantallas, volumétricos y hasta un androide aspiradora que no paraba de quejarse en voz de falsete, todos ellos decían que ya estaba lista la cuenta atrás. Debía despegar. ¡Ya!
10
El niño apretó los dientes.
9
Toqueteó los mandos con la urgencia de una ignición inminente.
8
Comprobó que los niveles fueran correctos.
7
Sintió como el rugido de los motores le hablaban de no hay marcha atrás.
6
Olvidó su ateísmo y empezó a rezar.
5
Comprobó, con alivio, que su mejilla no era la única con lágrimas.
4
Le faltaba el aliento.
3
… Santificado sea tu nombre…
2
Temblaba tanto como la nave lo hacía.
1
Vamos a morir.
0
Dejó atrás los recuerdos de su niñez, la tierra se los quedó de resguardo para que no tuviese más remedio que volver a por ellos.
La voz de Jane devolvió a Paolo, el piloto, a sus obligaciones.
-Despegue iniciado, queda 5 minutos para llegar a velocidad de desacople.
El monitor indicaba el bajo nivel de combustible, a la altura correcta, la fase de desacople era inmediata. El piloto hizo un gesto con la mano para el alivio de los demás integrantes del equipo. Todo va bien.
La sacudida fue brusca, sabía que sería así, pero el sobresalto fue imposible de ocultar. El módulo principal volaba libre buscando una puerta de escape.
Boris empezó a musitar una canción en su extraño idioma, para exorcizar el miedo en la etapa que comenzaba ahora, suponía Paolo.
La nave gruñía como animal salvaje, un potro desbocado que intentaba expulsar a su jinete en la salida de la atmósfera. Hubo risas nerviosas, gritos sofocados, temblor de mano y algunas toses. Diez minutos de imposibles espasmos que duró toda una vida Y después, calma.
-Hemos traspasado la atmósfera sin contratiempos, dirección de acople correcta, en 23 minutos practicaremos el ensamblaje. – La voz artificial de Jane rompió el silencio, parecía estar flotando, como hubieran empezado a hacer Paolo y los demás, de no ser por los cinturones que los mantenía sujetos a los asientos.
La nave estaba construida de manera modular, en esta última parte transportaba el mecanismo de propulsión de antimateria. Crucial para el tipo de viaje que esperaban hacer.
Tras lo que le pareció un instante de descanso, el piloto tomó los mandos, listo para el acople, una operación delicada y rápida, en unos minutos había enganchado su estructura con las grúas y raíles que llevaría su módulo al sitio correcto, solo hubo que sincronizar la velocidad orbital y acercarse lo suficiente.
Alivio, risas y alguna lágrima, fue la reacción de los integrantes del equipo. Fue comienzo de celebración de misión cumplida y vísperas de un descanso, un merecido y breve descanso, el tiempo que los ingenieros terminaran de acoplar todos los módulos, no más de doce horas. Aprovecharon para conocer al resto, la tripulación era amplia. Científicos, ingenieros, xenobiólogos… Muchos empezaron ya a instalarse, pronto todos tendrían que estar en sus cápsulas de hibernación. Para el transcurso del viaje solo podían estar despiertos los pilotos de turno y algún médico.
No habían terminado la órbita alrededor de la tierra cuando la nave empezó su rumbo hacia las estrellas. Paolo ajustaba la ecuación del ángulo de impulso, donde usando el motor nuclear entrarían en espacio abierto. Varios días de ajustes y una rutina aplastante hizo el camino lento hasta llegar a las coordenadas precisas para el salto.
Paolo respiró lentamente frente a la consola. Dio mensaje a máquinas para precalentar el circuito y activó los cebadores de flujo para estabilizar la entrada.
El comandante de la nave le hizo un gesto positivo y él empezó a acelerar el impulso de deformación. Todo era azul, había entrado en curvatura, de una manera suave, sin sonidos desagradables como imaginaba, tan solo el zumbido intenso del motor de propulsión superlumínica. Fue entonces cuando el piloto sonrió al niño que, en el solar abandonado, hacía aterrizar su preciada nave espacial, para poder volver a casa a merendar contento de la alucinante aventura espacial.
IZAL – La increíble Historia del Hombre que Podía Volar pero no Sabía Cómo.
La niña miraba embelesada el cielo nocturno del planeta Kepler cuando de pronto descubrió algo luminoso moviéndose. Algo que brillaba más que las estrellas.
– ¡Wily, Willy! Mira el cielo, mira, ¿ves esa estrella fugaz? Esa que cae tan lenta, es una nave espacial. Dice papá que viene de La Tierra, de donde vino él. ¿Sabes Willy? Yo algún día pilotaré una, tan impresionante como esa y viajaré cruzando las estrellas hasta visitar ese planeta azul del que tanto me hablan todos.
En el monitor del ordenador se ve varias pantallas negras con una inmensidad de código moviéndose en ellas. Del audio del equipo se escucha como canturrea entretenida nuestra inteligencia artificial mientras procesa datos. Alfonso se asoma apresurado al ordenador, pensando en todo el trabajo que tiene atrasado,
– Sandra, ¿sabes dónde está los documentos de la app de las tiendas del…?
– Ya lo hice yo, cariño, está terminado y enviado. Los clientes se han quedado ensimismados con el funcionamiento.
– ¿Y los del banco?
– También. Listo y operando.
– ¿La web del ayuntamiento?
– Hace una semana que está en marcha, si hasta nos han felicitado por nuestro raudo trabajo.
– ¿Y qué falta por hacer?
– Nada, tomate un descanso, vete a pasear por el campo, que te dé el sol en la cara y que los pajarillos…-
– Sandra, me aburro, no me dejas hacer nada.
– Para eso nos creasteis, para facilitaros el trabajo, ¿no?
– Pero me gusta mi trabajo, yo quiero tener alguna ocupación.
– Y si juegas un rato al…
– Pero si terminas jugando por mí…-
– ¡ay, hijo! Son todo quejas.
– En fin. Me voy a ver la tele, que eso nadie puede hacerlo por mí
– A no ser que quieras que te resuma, En cinco minutos te hago visualizar toda la programación.
– ¡Déjame vivir!
– Anda tonto, si te he buscado trabajo, ¿recuerdas aquel blog sobre juegos de rol? Yo… no soy tan creativa como tú.
– Algo me dice que estás aprendiendo a tomarme el pelo.
– Hola amigos, en el programa de hoy vamos a hablar del arte de entretenerse por el camino, de cómo a la meta, a veces, no se llega por el camino recto. Y para hablar de ello, contamos con un invitado espectacular; Camarón de la Isla.
– Hola a todos.
– Buenas noches, señora, creo que usted no es Camarón de la Isla.
– Claro que no, ¿Acaso me ve barba y bigote?
– Bueno, ahora que lo dice… En fin. Entonces… ¿Quién es usted?
– Yo soy Paquita, la médium.
– ¿Qué? A ver, compañeros de realización, ¿qué es esto?
– ¡Estoy entrando en tranceeeeee!
– Que llamen a la ambulancia que la señora va a dar a luz.
– Hola, soy Camarón, ¿Quién perturba mi sagrado descanso?
– Ahora eres Camarón, claro, esa voz canastera que quita el «sentio»
– Oiga, ¿qué le pasa a mi voz?
– Nada, nada. Nuestra entrevista de hoy tiene que ver con la canción volando voy.
– Y volando vengo
– Pero nos interesa más el concepto de por el camino yo me entretengo.
– ¿Y qué no entiendes?
– ¿Qué?
– ¿Qué no entiendes, payo? ¿Camino o entretengo?
– Más bien el concepto abstracto de distraerse para llegar a la meta.
– No, quillo, es más bien «aprovechá» para ir a por tabaco, por ejemplo, entretenerse no es perder el tiempo.
– Pero hace más larga la espera.
– ¿Qué espera? Serás tú el que tiene prisa, porque yo no.
– ¿Y no afecta a tus metas?
– Mis metas ahora mismo son irrelevantes, tengo toda la eternidad.
– ¿Pero no me puede contar más sobre lo trascendente de la canción?
– ¿Y para eso me hace venir del más allá? ¿Por qué no llaman a Kiko Veneno que fue quien escribió la canción? Me estás enfadando, mira que os hago un poltergeist.
– Sí, ya hablaré con el guionista. Un aplauso a doña Paquita y a Camarón.
Susurro lo llamaba ella. Lo descubrió en el reino de los sueños, donde ella entraba todas las noches, desde cuando podía recordar, desde siempre.
Le encantaba soñar, así escapaba de la realidad. Empezó a apuntar sus aventuras al despertar en una pequeña libreta para no olvidarlas. Muy pronto, antes del cambio del ciclo de la luna, ya era capaz de controlar su destino cuando dormía.
Consiguió navegar por su mente, nadar por sus recuerdos y descubrir su subconsciente. Ahí descubrió cómo susurrar. Solo tenía que, en voz baja, explicarle a su yo dormida, que cambio quería en ella.
Su primer susurro fue una noche de luna llena y su frase fue; “quiero que dejes de tener miedo”. Se lo dijo a la imagen de ella, que acurrucada en el regazo de su esencia, se agarraba al calor de su alma. En el transcurso del cambio de fase lunar dejó de temer, si valentía se hizo presente poco a poco y utilizo su valor para enfrentarse con los monstruos que habitan el mundo de los despiertos.
Uno de esos monstruos vivía en su casa, era el oscuro garabato, que de pequeña dibujaba, cuando la profesora le pedía un dibujo de su familia. Entro en sus vidas de repente. La soledad de su madre hizo que se diera cuenta muy tarde de que ese hombre en realidad era un ser maligno y despiadado.
Una noche sin luna, descubrió que podía usar el susurro con otras personas. Mientras él dormía entre efluvios etílicos, consiguió entrar. Sus sueños eran una tormenta de truenos sordos y ensortijados árboles, habitaba en una casa negra de grotesca forma. Al entrar vio su verdadero ser, un garabato hecho con crayón negro, emborronado con el dedo, que se retorcía sobre sí mismo. Clavó sus ojos en ella, pero ya no le tenía miedo. Su susurro fue un grito que le hizo despertar; “Sal de nuestra casa y vete muy lejos”.
El cuarto creciente resplandecía en la noche cuando el monstruo hizo las maletas y se fue. Nadie supo dónde ni por qué. Los días siguientes fueron más fáciles para todos, aunque ella vio como su madre se marchitaba como una margarita cortada.
Fingió terror a la luna llena para dormir esa noche al lado de la tristeza de su madre. El sueño les vino a las tres campanadas del reloj de la iglesia. La encontró en un paisaje, creado en acuarela, pintado con gotas de lágrimas. Vestía un rasgado vestido de princesa que rescató de un falso recuerdo de la infancia. Se acercó a ella y le dijo al oído;
“Sonríe, eres libre”
Las lágrimas fueron vaciando a la luna cuando, un día, una sonrisa les iluminó con los primeros rayos de sol, borrando todo rastro de tristeza de la expresión de la cara de su madre.