La elipse dibujada en el firmamento dejaba un extraño brillo, no parecía un cometa, más bien un corte de bisturí hiriendo el cielo bajo la luna llena.
El mago terminó su plegaria, guardó sus instrumentos rituales y echó una última mirada al estrellado cielo. Blasfemó un lamento y se preparó para dormir otros dos mil años.
Ya había alimentado de sueños el universo, ahora se merecía un descanso. Sonrió al ver la línea desaparecer y cerró los ojos.
En otro lugar del mundo, equivocaron el sortilegio creyéndolo mensaje divino, y emprendieron una búsqueda sin sentido. Manteniéndose los demás ocupados mientras duraba, allá lejos, el descanso del mago.
– Lo haría, pero tengo la tarjeta limitada, no me dejan hacer más compras.
– Vale, entretenme al dependiente, yo llego ya.
– Pero, Rafa, no llegas con el tráfico.
– Entretenlo todo lo que puedas, por favor. Inténtalo.
– Vale, pero esto está lleno, a más no poder.
– Tranquilo, que llegaré pronto.
Saltó las escaleras de dos en dos, tropezó con su vecina Encarna, que le apuntó con el dedo mientras entonaba improperios dignos de un camionero atravesado en un estadio de fútbol. Al llegar a la calle, vio que, entre claxons e insultos, la circulación se veía imposible. Estaba a veinte kilómetros de la tienda donde su amiga le esperaba. Sin pensar mucho se echó a correr.
Mientras tanto, en la tienda ya empezaba a formarse una pequeña cola tras el dependiente.
– Señora, por favor, si no le gusta, hay gente esperando para poder comprarla…
– Yo no he dicho que no me guste, pero es que no sé si me va a servir. ¿Me puede explicar para qué es esto?
– Está bien, se lo explico…
Sin aliento, Rafa se dio cuenta de que tan solo había recorrido dos kilómetros. Estaba sin aliento, no iba a llegar. Imposible coger un taxi, impensable seguir a pie, de pronto encontró la solución, estaba tirada en la acera con una luz verde parpadeando. Un patín eléctrico envejecido de los que se alquilan usando una aplicación. Desbloqueó el artilugio del demonio y acortó el camino esquivando tráfico por el parque.
– Señora, por favor, llevamos diez minutos. – En la tienda, el dependiente empezaba a perder la paciencia.
– Sí, ¿pero me puede explicar para qué es esa función? Le prometo poner cinco estrellas a su nombre en las encuestas de calidad.
– Vale, señora, pero decídase ya, que pierdo más ventas.
Tras el parque, a toda velocidad, Rafa entró por el callejón. Sabía perfectamente que, entrando por la puerta trasera del edificio, llegaría a cruzar la avenida en un tiempo récord. Y ahí se quedó, frente a la puerta metálica que daba acceso al edificio. Una voz en su cabeza le dijo que tocara la puerta, así lo hizo.
– Hola, ¿quién eres? – Abrió un tipo con cara de portero de discoteca tras el tercer golpe de nudillos.
– Hola, vengo de parte del jefe.
– ¿Qué jefe?
– Bueno, tú sabes, vengo a entregar el paquete.
– Ah, el paquete, vale, ¿lo tienes ahí?
– Verás, el paquete lo lleva alguien que está en la planta de abajo, la que conecta con la avenida. ¿Puedo bajar desde aquí? Así no le hago dar la vuelta.
– Bueno, no es lo habitual, pero es que llegáis muy tarde.
– Seremos discretos.
– Está bien, entra.
Detrás de la puerta había un almacén con aspecto abandonado. Rafa quiso adivinar que este local se usaba como depósito para las tiendas que había en la planta baja, pero que estaba en desuso. El armario humano abrió la puerta interior que daba a un pasillo, un ascensor le daba la bienvenida.
– No tardo nada.
– Vale, por el ascensor es más rápido, espero aquí, pulsa la B para llegar a la entrada principal. – Eso hizo, y una vez llegó salió por el portal del edificio, al final de la avenida estaba, tocaba correr otra vez. Al final de la avenida veía la tienda.
-Señora, le he explicado todas las características dos veces, estamos a punto de cerrar. ¿Se la va a llevar? – El dependiente de la tienda, que ya había agotado la poca paciencia que le quedaba, le estaba dando un ultimátum. A la amiga de Rafa le llegó un mensaje en el móvil.
“Estoy a dos kilómetros”
-Bien, me la llevo. ¿Me la puede envolver?
– Claro que sí, señora, ¿cuál va a ser la forma de pago?
Esquivando a la gente, y cansado de tanto correr, Rafa estaba llegando.
-Son setecientos euros, señora, por favor.
Con la tarjeta de crédito en la mano, abriéndose paso entre la gente, gritaba desde lejos.
-¡Cóbreme a mí, pago yo!
Con el paquete recién comprado y todavía sin haber recuperado el aliento, Rafa y su amiga salían de la tienda con cara de satisfacción.
-Casi no logras llegar, ¿se puede saber por qué era tan importante que compraras eso hoy?
Él, mirándola fijamente a los ojos, extendiendo el regalo recién envuelto y con un atisbo de vergüenza en la mirada, le dijo;
El amanecer era purga y premio para ellos dos. Los primeros rayos de sol aparecieron justo al término de los últimos besos, después… tan solo disfrutar del nacimiento del nuevo día.
Tras la luz, desafiando el aire, un ser alado, desafiando el viento, cruzaba el horizonte para acercarse a la pareja que contemplaba el cielo.
-¿Es una gaviota?
-No lo parece, es muy grande.
-Un águila imperial, quizás.
-Sigue pareciéndome grande.
La criatura alada, en su danza entre las nubes, se acercaba rauda.
-Un buitre o un cóndor.
-No, no me parece un ave.
Surcando las alturas, el reptil volador pasó por encima de ellos, emitía un sonoro y peculiar graznido desde sus fosas nasales.
-¡Es un pterodáctilo!
Los dos enamorados corrieron a refugiarse del colosal espanto que les sobrevolaba. La criatura no torció su camino, pasó de largo, solo le interesaba llegar a su destino.
Las noticias de la tarde, con pulcritud, relataron la inverosímil historia de la pareja enajenada por el amor que se procesaban.
-Oye Sgruolp- Se escuchó decir dentro de la cabeza del saurio. – Creo que el camuflaje de la nave está un poco anticuado
– Es lo que tienen los recortes de gastos en invasiones interplanetarias.
La cocina es un templo, cocinar es un ritual mágico, donde arcanos y sombras pasean con los ingredientes. No se trata tan solo de mezclar carnes y especias, verduras y condimentos, hay una ceremonia no escrita sobre el modo a proceder, el tiempo a emplear y el rezo adecuado, en forma de canto, o de palabras innovadoras de sabores.
Entregar cariño también es toda una ceremonia, así que, tras encender una vela y como incienso especias, y con toda la estima posible, os dejo esta sencilla receta con su ritual incluido.
Esencia de palmitos con arcano espiritual de queso.
Ingredientes;
Palmitos en conserva
Queso verde (roquefort, cabrales, gorgonzola…)
Un poco de nata
Tras el saludo a la Diosa, cada cual a su manera, cortamos los palmitos, dejándolos en forma de cilindros a tamaño de un bocado.
Mezclar el queso con la nata (no es necesario mucha, una cucharadita solo) en un recipiente y calentarlo al baño María hasta que quede totalmente derretido.
Verter el queso disuelto encima de los palmitos y dejar enfriar.
El mejor conjuro es el que nos dicta la mente. Es más efectiva una canción para atraer la alegría que cualquier salmo, así que a gusto del cocinero. Como me contó mi amiga Patricia un día, ser espiritual y ser ateo no está reñido, así que cualquiera que sea tu credo comulgará perfectamente con un saludo ceremonial al servir estos entrantes, cada cual en su idioma y a sus seres divinos.
De las promesas que me quedaron por cumplir que, amontonadas en el umbral de los meses pares, me concedían licencia de esperanzas, descarté las menos coloridas para que cupiesen en unas manos llenas de uvas verde esperanza.
El repiqueteo de las campanas me avisó de que quedaba un momento, un agonizante año que daba luz una prórroga en el tiempo me animó con el último párrafo.
Y por fin tañeron los misterios, en forma de campanada, como cada cambio de ciclo.
Una.
Prometo detener el tiempo, avanzarlo, resumirlo en verso.
Dos.
Mi corazón latirá lento, saboreando cada momento.
Tres.
Caricias y besos, cuando sean precisos. Aunque no tenga aliento.
Cuatro.
Ofreceré mi voz al viento. Que camine lejos. Muy lejos.
Cinco.
Que la dicha sea mi abismo y quedarme atrapado al caerme dentro.
Seis.
Prometo estar cerca, en mi lejano universo.
Siete.
Limpiar mi mente de malos recuerdos, dejarlos bien guardados.
Ocho.
Dedicar más tiempo al presente y un segundo al pasado.
Nueve.
Comprender que el futuro está hecho para ser imaginado.
Todo es hermoso según quien lo pinte, según la perspectiva de la fotografía, según los ojos con que lo quieras ver. Hay quien desprende luz que embellece su rostro con gestos, hay quien marchita su cuerpo según suena su voz.
Te encontré en septiembre, oculta entre libros, se ve que no viste y chocamos, tu rostro encarnado, yo hice un chiste fácil, en una rima descarriada, reímos y hablamos.
Eras la voz más brillante, su risa rompía en cascabeles, como en la llamada de blanco en una iglesia vieja. Su pasión estaba escrita, eran las líneas de un romancero.
Yo tendía a filas de atrás, tú a sentarte a mi lado, yo a perderme en palabras, tú a escuchar sin reparo, yo que creí a los demás, inmerso en un mundo de raros, los que me dijeron quién era buena y quien merecía mi agrado.
Pusiste distancia en mi mente y dejaste de entender oraciones, escalando sobre la gente, siendo as de corazones, y ya que no había razones de tenerte presente, le di vueltas a mi suerte marchitándose las flores.
Y me quedé solo.
Sin el tintineo de tu charla en la alegría entre pasillos, me arranqué a la oscuridad del último pupitre, buscando consuelo entre las horas muertas de humo y cemento.
No fue un infierno, cierto, ni sé seguro si perdí el cielo negando dos veces tras los pasillos, tampoco que hubiera luego de ser cierto. Pero nunca olvidé que no conocí el sabor de sus labios.
Aquel día, caminando descalza por la vereda del parque, abrazó aquel árbol que siempre contemplaba en su paseo y se convirtió en su raíz, intuyendo su destino.
Todo se volvió gris y antiguo, cascabeles en blanco y negro, donde antes vivía tu risa y ahora habita el silencio. Serenata a la luz de la luna, cine mudo al piano. Se nos apagó la vela de aquellas llamas de verano.
No sé lo que ocurrió, si tan solo fue una mirada la que nos trajo el color que habita bajo la almohada. Quise pedirte perdón y tú no lo necesitabas, que siendo nocturno tu herida de plata sangraba.
Dejó de llover otoño cuando la luna menguaba, olvido de aquellos ojos tristes, vino la luz en días de playa para volver a sentir tu mirada entre espuma salada, contándonos batallas caminando entre palmeras, en aquel lugar lejano donde sonaba una guitarra.
Cada vez entiendo menos de política, pero sé que, independiente al color, pues todo parece a tonos marrones, cada vez veo menos ganas de ocuparse de la gestión del país y más de salir en prensa, estar presente en sus fiestas privadas y vivir como tiempo atrás lo hacían los marqueses, de los demás y sin pensar en nadie.
De pequeño, en el colegio, me enseñaron sobre la democracia, me la presentaron como un cuento de hadas donde el príncipe azul eras tú y besabas a tu país con cariño, donde la malvada madrastra dejaría de tener el poder de someter a su antojo a los habitantes de este reino encantado. Lo cantaron como algo nuevo que nos haría libre y aquellos niños crecieron con una mentira que se fue pudriendo, se convirtió en una versión moderna y con glamour de aquellos cuarenta años de oscuridad, de procesión de rodillas y almas folclóricas en pena.
Este juego de ajedrez, de movimientos blindados con leyes y de distracciones de circo barato y fútbol en pantallas gigantes, se aleja mucho a esa idea de que con un voto se daría más oportunidad a un pueblo oprimido y que con este simple gesto habría más voz.
Lástima que mi imaginación no llega a tanto, no llego a poder imaginar una solución coherente, no sé cómo se puede repartir el poder.
Quizás se deba de castigar la corrupción por adelantado o celebrar un juicio final a cualquier gobernante, en el que se aprecie una balanza de promesas por cumplir y hambre del pueblo en su haber. O dejar que nos gobiernen máquinas que ellas sabrán qué hacer.
Ayer brillantes luciérnagas coloreaban la madrugada. Morpe y su canto triste me guiaron por baldosas amarillas, el templo se veía a los lejos, con brillo propio, apoteósico.
Al acercarme rugían los tambores, atrayendo acólitos que cantaban salmos al pasar. El aire, lleno de sílfides, las paredes pintadas con secretos, anunciando misterios, exigiéndome que cruzara dentro.
Ráfagas de luz, orquídeas salvajes en el interior, la danza de la muerte mostraba sus pasos a ritmo de los cascabeles. Baila, gritaba el espectro, retuerce tu cuerpo y grita mi conjuro, hasta quedar exhausto.
Me ofreciste tu mágico fluido, elixir de la vida, de piel de espíritu. Ardiendo en deseo, fui tras tu azul mirada, perdiéndome en el enredo, en la marea de danza de estruendo. Allí consumí el alba, que sabía a licor de tu boca y exorcizaba el silencio.
Hoy, no soy yo, soy el recuerdo de lo que no pasó.