Categoría: Cuentos cortos

  • Cantos de gorrión

    Cantos de gorrión

    Sus ojos arañaban el suelo.
    Llegó a la parada del bus diez minutos antes.
    Sola.
    Así era mejor.

    Respiró hondo, sacó despacio unos auriculares más grandes que sus orejas. Miró hacia arriba sin levantar la cabeza y pulsó play.

    Una gota.
    Dos.

    Una sombra vestida de melodía la atrapó en un llanto de lluvia. La empujó al fondo del mar y la golpeó con saña.
    Gritó. Su mente gritó con rabia, la misma que coleccionaba entre tejidos, zurciéndola en cantos de gorrión bajo su manga. La rabia voló. Se elevó, atravesó la nube que la golpeaba con inquina, destrozándola en humos de vapor mientras perdía inercia.

    Y caía.
    Se dejaba caer hasta el asfalto, acariciada por el viento y el sonido de su mente en susurros. Apuntando al suelo firme, lista para caer de pie sobre las suelas de sus zapatos.

    El sonido del bus rompió el azul del cielo.
    Apagó el sueño y sacó el monedero.
    Una sonrisa caminaba hasta el último asiento.
    El sonido de un violín la esperaba inquieto, bajo la mirada atenta de un auricular compartido.

    Björk – Hunter

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  • Una sola onza

    Una sola onza

    El aroma era de salsas, asado y pan casero en cestas de mimbre.
    Había un desorden organizado esperando su turno en la cocina.
    Pero el salón estaba radiante.
    Como la mirada de ella, acariciando con interés sus palabras.

    Él sonreía feliz con cada danza de cuchillo y tenedor en el círculo del plato.
    Incapaz de interrumpir la ceremonia del paladar, esperó a que ella abriera la conversación.

    —No puedo describirte con palabras esta sensación. Mi imaginación se queda corta.

    —¿De verdad? Entonces prueba la ensalada.

    —¿Normalmente coméis tanto? No logro comprender cómo podéis procesar tanta comida.

    —Normalmente comemos un poco más de lo que necesitamos.
    Pero esta ocasión es diferente. No se trata de alimentarte.
    Se trata de que pruebes un poco de todo.
    Que te hagas una idea de lo que hacemos cuando invitamos a alguien a cenar.

    —¿Y esto? ¿Cómo se come?

    —Con palillos. ¿Ves?

    La destreza de él contrastaba con la patosa inexperiencia de ella.
    Tras resbalar entre los extremos del palillo, el nigiri fue a encestar en el bolsillo de la camisa del sorprendido comensal.

    —Se puede comer con las manos —dijo entre risas—.
    Pero espera… mójalo antes en esta salsa negra.

    —Sé qué expresiones usáis. “¡Qué rico!”.
    Pero para mí es indescriptible. Son sensaciones nuevas.
    No sé si terminaré saturando los sentidos.

    —Entonces adelantamos la sorpresa final.

    —¿Aún hay más?

    —Lo mejor siempre se guarda para el final.

    Ilusionado, se dirigió a la cocina. Iba tarareando a The Beatles.
    Regresó al instante con una pequeña bandeja cubierta.
    Vestido con la sonrisa de los domingos, presentó el postre.
    Destapó el contenido con una breve ceremonia.
    Una sola onza.

    —No puedes irte de aquí sin haber probado el chocolate.

    —Aquí también tenéis la máxima de que lo bueno debe ser breve, ¿no?

    —Sí.
    Aunque casi nunca se cumple.
    Prueba.

    Un ritual delicado acompañó el gesto.
    La onza se acercó a la boca.
    Un sonido seco confirmó el mordisco.

    Su mirada se iluminó de forma discreta.
    Cerró los ojos.

    —Increíble —dijo, olvidando que aún masticaba.

    —Es maravilloso, ¿verdad?

    —Sí.
    Ha sido todo maravilloso, Doctor.
    Pero vamos a tener que dejarlo aquí.

    —Ha llegado la hora.

    —Sí. Me temo que no será agradable si me quedo mucho más.
    Mi cuerpo empieza a descomponerse.
    Pero antes…

    —¿Antes?

    —Necesito probar otra cosa.

    Él no esperó.
    Comprendió.
    Y la besó.

    Suave.
    Largo.
    Amargo como el chocolate negro.

    En la puerta, un último beso.
    Ella le susurró al oído:

    —Esto ha sido lo más dulce de la velada.

    Se dijeron adiós con la mirada.
    Y ella desapareció en la noche.

    The Beatles – Savoy Truffle

    Hay historias que no buscan ser entendidas, sino saboreadas.
    Esta es una de ellas. (Sirvase con Cabernet Sauvignon)

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  • La niña que miraba el verano

    La niña que miraba el verano

    No podía dejar de mirarla.
    La nieve resbalaba por el cristal.
    Dejaba su húmeda estela al pasar.
    Ella seguía el rastro con la yema del dedo.
    Mientras, sus padres hablaban entre susurros.

    Extraños susurros,
    de una preocupación ajena a los copos de nieve
    y a la luz de la mirada de ella.

    —Esto es ya aberrante.

    —Mujer, no te preocupes, dicen que es un fenómeno aislado.

    —¿Aislado? Sequías en octubre. Cuarenta y ocho grados en noviembre.
    Pero que lleve tres días nevando en verano…

    —Sí, vale, el clima está trastocado.

    —Y las cosechas se están perdiendo…
    Nos estamos cargando los ecosistemas…

    —Vale, sí, pero ¿qué podemos hacer nosotros?

    —No sé. Algo tendríamos que hacer…

    La conversación era un murmullo
    frente a la mirada atenta de la niña.

    Los copos de nieve brillaban en bucle,
    en brazos del viento de verano.

    Danny Elfman – Ice Dance

    Ella no sabía que aquello tenía un nombre.

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  • Siete segundos

    Siete segundos

    En el piso de arriba se escuchó abrir.

    Suspiro.

    Tres segundos.

    El golpe seco del cerrar de la puerta.

    Dos segundos.

    El sonido del ascensor respondiendo a la llamada. Siempre estaba en el segundo. Subía alegre mientras contaba el tiempo.

    Siete segundos.

    El deslizar de la apertura del ascensor le aceleraba el pulso.

    Dos segundos.

    El mismo ruido al cerrar.

    Un segundo.

    El clic del botón de llamada aseguró una pausa del ascensor en la planta en la que estaba.

    Dos segundos.

    Suspiro.

    Al abrir la puerta notó su perfume. Estaba allí. Tal y como había deseado. Tal y como había previsto.

    —Hola.

    —Hola.

    Silencio.

    Un segundo.

    Él pulsó el botón B. Le hubiera gustado pulsar todos los botones. Que el camino hacia la planta baja durara más de los siete segundos de costumbre.

    Uno.

    Ella disimuló la mirada.
    “Se ha peinado raro”, pensó fijándose en su pelo.
    “Le sienta bien”.

    Dos.

    A él le quemaba la mano de la necesidad de rozarla con la suya. Quiso provocarlo. Un roce fortuito. Pero… ¿y si se molestaba?

    Tres.

    “No sé cómo las chicas se meten tanto con él”, pensó intentando no mirarle.
    “No se puede negar que es guapo”.

    Cuatro.

    Dos suspiros se silenciaron en el movimiento del ascensor.

    Cinco.

    “Además, es listo. Solo le falta una chispa de valentía”.

    Ella dibujó en su mente que él le tomaba de la mano. Sin querer, la rozó.

    Seis.

    Los dos se miraron un segundo.

    Siete.

    La puerta del ascensor rompió la complicidad de la mirada.

    —Adiós.

    —Adiós.

    Esta vez, los suspiros fueron a destiempo.

    Love of Lesbian – El Hambre Invisible

    Siete segundos bastan para no olvidarse.

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  • La noche entró por la ventana

    La noche entró por la ventana

    Mi primera vez fue especial.
    Entonces era muy joven y no entendía nada.
    Recuerdo aquella noche de verano como si fuera ayer.
    Lo que no recuerdo es su nombre.
    Algo que lamento mucho: que se desprendiera de mi mente como el humo del tabaco.

    Hacía poco que lo conocía, pero ya se aventuraba a visitarme a menudo.
    Esperaba a que la noche oscureciera la casa, a que las luces se apagaran, a que mis padres se aislaran en su cuarto.
    Entonces entraba despacio por la ventana, bajo mi permiso, claro.

    Nunca nos habíamos atrevido a tanto.
    Jugábamos atravesándonos el alma a suspiros, acariciándonos el aura, hablando de mostrarme una vida eterna.
    Juntos.

    Estaba nerviosa.
    Sabía que quería hacerlo.
    Pero no sabía qué iba a pasar.

    La respiración se volvió un cántico al empezar a recibirlo.
    Esperaba dolor, pero no lo hubo.
    Esperaba algún tipo de placer morboso, pero tampoco apareció.

    Sentí inmensidad.
    El poder insaciable de tenerlo dentro.
    De poder someterlo.

    Pero se me fue de las manos.

    Fui marioneta en sus brazos.
    Una chica atolondrada entre convulsiones.
    Gritos desesperados en una noche en silencio.

    Hasta que logré expulsarlo
    y desapareció tal y como vino.

    En silencio.

    Mi primera posesión fue dulce, extraña y, a la vez, un tormento.

    Luego vinieron otras.

    Pero ya bajo el poder de mi conjuro.

    Marilyn Manson – Minute Of Decay

    Desde aquella noche supe que el poder no siempre se invoca: a veces se aprende a contener.

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  • Paredes blancas

    Paredes blancas

    Blanco

    Las paredes acolchadas, de un blanco impoluto.
    El suelo también: blanco por fuera, blando por dentro.
    Por lo demás, nada. No había nada.
    Un catre roído por el paso del tiempo.
    Y una figura oscura, con una camisa blanca amarrada para impedirle el movimiento.

    Fuera de la habitación, tras la puerta blindada, dos hombres se miraron.
    Se saludaron sin ganas y comenzaron a acercarse a la celda.

    —Sé que te enteraste de mi ascenso. Teníamos igualdad de oportunidades. He tenido más suerte. ¿Sin rencores?

    La mirada fue contenida, pero el odio chispeó un instante. Aun así respondió rápido, para no aparentar dudas.

    —No. Ante todo, somos profesionales.

    —Bien, ¿qué tenemos por aquí?

    —Este paciente presenta una patología muy extraña. Es una variante del TLP, pero con una característica clara: solo reacciona de manera agresiva cuando observa en los demás muestras de alegría.

    —Sí, he leído algo. Los llaman los asesinos de las celebraciones.

    —Coloquialmente lo llamamos joputismo.

    —Pero aquí no hay ningún motivo para la alegría… ¿No sería mejor…?

    —No estará pensando en…

    —Debemos quitarle esa camisa de fuerza.

    —Pero no voy a ser yo quien lo haga. Aún no le hemos medicado.

    —Venga, hombre. Ya lo hago yo.

    El psiquiatra respiró hondo y entró en la habitación acolchada.
    El paciente giró la cabeza y le devolvió una mirada lejana.
    Desabrochó las correas de seguridad, dejando libres las manos.

    Mientras tanto, el compañero que se había quedado fuera abrió la pequeña compuerta de observación. Sonrió levemente y dijo:

    —Por cierto, felicidades por el nuevo cargo. Debe de ser una alegría disfrutar de un ascenso merecido.

    Al paciente se le desencajó la mirada.

    Clan Of Xymox – Louise

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  • Mokichan y Kami: Reflexiones pegajosas

    Mokichan y Kami: Reflexiones pegajosas

    El té ya estaba frío, como de costumbre. Las teclas de su VAIO último modelo no paraban de sonar. Había mucho trabajo y poco tiempo que perder. Tocaron a la puerta. Esperaba a alguien.

    Entró un joven con traje y corbata, hizo una reverencia exagerada y comenzó a hablar:

    —Buenos días, señor Kurosawa.

    —Hola… ¿tú eres?

    —Soy Sora Takahashi. Usted pidió verme —se notaba nervioso; el sudor brillaba en su frente—. Soy uno de los creativos de las series de animación.

    —Ah, sí —dijo Kurosawa, haciéndose el despistado—. Me mandó una idea con un personaje nuevo, ¿verdad?

    —Sí, Mokichi Sato y Kami. Conversaciones filosóficas y trascendentales. Imagine el primer episodio en el parque elevado de los trenes antiguos, un lugar emblemático en Tokio.

    —Sí, me acuerdo de la conversación. Sobre los sueños de los trenes: sueñan con humo, velocidad y pasajeros que nunca llegarán a tiempo.

    —Tengo más capítulos en mente, Kurosawa-san. Puedo desarrollarlos si quiere.

    —No, lo que me interesa es qué dicen nuestros contactos en redes: fans y críticos.

    —Según el sondeo, los fans están encantados. Dicen que es la mejor idea desde Nomoshira, el dragón sintético. Nuestros contactos en redes piden bocetos, guiones y una historia breve para poder comentar mejor. Les basta con un reel animado.
    —¿Y los críticos?
    —Piden filosofía clásica.

    —¿Filosofía clásica?

    —Sí. Sobre el Ikigai o el Shikata ga nai, quizás.

    —Conozco los conceptos de nuestra filosofía. Lo que no entiendo es qué pinta un niño pequeño hablando de filosofía con un moco colgando de la nariz.

    BABYMETAL – ギミチョコ!!- Gimme chocolate!!

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  • Geografía de una huida imposible

    Geografía de una huida imposible

    A veces estaba harto.
    Harto del azul de las pantallas, de las bocinas siniestras y de las calles estrechas, que solo cambiaban de sentido en la dirección incorrecta. Pensé en abandonarlo todo. En reiniciar mi vida en un sitio apartado.

    Creí que el desatino de perderme en un bosque sería un buen destino. Quería que mi silencio fuera el trino de los pájaros. Que el frescor del arroyo me recordara que estaba vivo. Que las mañanas no fueran de prisa, fueran de lirios.

    Encontré un lugar de árboles cortados, rotos por máquinas de acero, y animales hambrientos, tristes y sucios. Así que seguí buscando mi refugio.

    El mar parecía ideal. Rumor de olas de tinta de poetas. Espacio abierto esperando un puerto. Amor expandido en sal de brisa y gaviotas desafiando en su vuelo a la desdicha. Una mancha negra me dijo que tampoco aquel era mi sitio. Su aroma a pez muerto confirmó mi huida.

    Busqué una abertura para esconderme, una gruta salvaje digna de las frases de Verne. Pero en lugar de aventuras encontré ruido de taladros y manchas de aceite.

    Solo me quedaba el cielo para escapar de este mundo. Busqué la escalera más larga, subí sin mirar abajo. Encontré en el último peldaño un fragmento de vapor que me ayudó con el impulso. Me depositó en una gran nube, con aroma a fresa y textura de algodón, donde rebotaba sin esfuerzo sobre una nueva dimensión.

    —Has tardado en venir.

    Y allí estabas tú. Tan bonita, tan coqueta. Luciendo una sonrisa de primavera en tu rostro de otoño.

    —Pero… ¿qué haces aquí?

    —Lo mismo que tú. Y que los demás.

    —¿Hay alguien más?

    —Claro que sí. Todos los desencantados con la realidad.

    —Siendo tantos… podríamos hacer algo.

    —Claro que sí. Siendo nube, podemos llover.

    Hania Rani — ‘F Major’

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  • La sortija

    La sortija

    A veces se sentía abrumado.
    Demasiadas atenciones, muchas exigencias y muy poco espacio para asimilarlo todo.
    Demasiado poco tiempo para gestionar la vida.

    Con el amor le había pasado lo mismo. En el pasado.
    Ahora tenía un método.
    No entendía cómo funcionaba, pero era efectivo.

    Fue poco después de casarse con la mujer más maravillosa que había conocido.
    Vivían una época de ilusiones, arrumacos y largas sesiones de sábanas revueltas.
    Sin importar el día.
    Sin importar el ruido.

    Una noche, tras una ducha caliente al terminar el trabajo, se encontró con un panorama helado.
    Su mujer dejó de hacerle caso.
    Desaparecieron los mensajes ocultos, las miradas ardientes, las caricias y los besos.
    Ella seguía allí, pero a lo lejos.

    Tras unos días extraños, llenos de “no me pasa nada” y “tengo sueño”, ocurrió exactamente lo contrario.
    Después de una ducha helada se encontró con el fuego.
    Ella se deshizo en besos, en ganas de tenerlo a su lado.
    Volvieron los abrazos furtivos y el susurro al oído de la palabra adecuada.

    Al principio pensó que aquello tenía que ver con alguna señal oculta de su cuerpo tras la ducha.
    Pero pronto aprendió que no.
    Que el causante de su dicha era el anillo.
    Que quitárselo y volvérselo a poner actuaba como un poderoso hechizo.
    Ella respondía al instante, según giraba la sortija en su dedo.

    Pasó mucho tiempo feliz.
    Con atenciones constantes y halagos diarios.

    Hasta que llegó el día en que necesitó soledad.
    Desconexión.
    Un paréntesis de amor.

    Giró el anillo y encontró silencio.
    Lo volvió a girar… y apareció el cariño.

    Por mucho que la magia reinase en su matrimonio, en todas las parejas hay enfados.
    Aquel día fue especialmente duro para ambos.
    Lo que empezó como una tontería fue oscureciendo hasta convertirse en tormenta.

    Ella salió corriendo a la habitación y, en un acto de rabia, lanzó su anillo de casada por la ventana.

    Él, con una pena monumental, quiso arreglar aquella pelea absurda.
    Y lo intentó de la forma que mejor resultado le había dado siempre.

    Giró el anillo en su dedo anular
    y esperó.

    Al poco tiempo llamaron a la puerta.
    No esperaban a nadie.

    Abrió con la incógnita aún latiéndole en la cabeza y la sorpresa se apoderó de su rostro.
    Era el dependiente de la frutería de abajo.

    En la mano izquierda sostenía el anillo de su mujer.
    En la cara, una sonrisa extraña que ya le prevenía de lo peor.

    Tras recibir un coqueto guiño, pensó —no sin cierta resignación— en el Monte de las Llamas del Destino.

    Radiohead – Talk Show Host

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  • …Como el año que fué…

    …Como el año que fué…

    Las doce campanadas me supieron a poco.
    Aún con las burbujas cosquilleando el paladar, busqué unos labios que saborear.

    Volé escaleras abajo, sentí el relente en la nuca y saludé a la luna, que me miraba enamorada. Me fundí entre la gente, donde todos éramos todos: un mismo cuerpo castigado por los tambores. Y ahí te encontré, entre las miradas de miles, derramando el perfume de tu pelo al deseo de un mito.

    Bonjour, beau garçon.

    Me dijiste en tu francés olvidado.

    —Hola, Juliette. Qué raro verte sola.

    Fui directo a la yugular.

    —Espero a mi novio. Va a llegar tarde.

    —Si quieres, te acompaño en la espera.

    —No sé si es buena idea. La última vez fuiste tú quien perdió a la chica.

    —Esta vez manos quietas. Solo… quizá un beso.

    Compartimos vaso, licor y recuerdos. Un poco de saliva en un baile. Un adiós y un te quiero. Seguí mi camino con los ojos cerrados y los labios ardiendo.

    La primera campanada dio a luz entre el estruendo. La máquina gritaba, sedienta de dolor, y quise calmarla con la pócima de un espíritu oscuro que acechaba buscando verbo, invocando futuros recuerdos.

    Con los acordes venideros comenzó el ritual del celo. Mis ojos en su pelo. El viento nos envolvía y yo temblaba. El roce de mis manos, el rojo de sus labios, mi mente en su cuerpo. Me acerqué despacio para descubrirme peón en su juego. Ella cazaba sueños solo para exhibir su trofeo.

    Escapé de la espada a tiempo y, en la huida, me sentí herido. Me aparté del ruido y descansé a orillas del mar. Contemplé el infinito y me sentí pequeño. Mientras lloraba en seco, una silueta en sombras se me aproximó.

    Que fais-tu ici tout seul, mon amour ?

    —¿Juliette?

    Je te cherchais.

    —Pero… ¿no estabas con tu novio?

    —Sí, vale. Ellos se van, pero el amor queda.

    —¿Qué amor es el que queda?

    —El que no nos hace coincidir.

    Javier Álvarez – 00

    Feliz año.
    Que las campanadas no se os queden cortas.
    Que encontréis labios cuando el ruido termine,
    una silueta que vuelva cuando creáis estar solos,
    y un amor —aunque llegue tarde—
    que se atreva a ir hacia vosotros.

    Que el año nuevo no os pida prisa.
    Solo verdad.

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