Autor: DeOniros

  • Diario de un soñador lúcido. Carta 28: Cowboy de medianoche

    Diario de un soñador lúcido. Carta 28: Cowboy de medianoche

    Cowboy de medianoche.

    Don le llamaban en sueños.
    En la tierra de los despiertos, también.

    Olvidó su nombre tras La Línea. En Tijuana dejó el acento y el árbol de su raíz. Se convirtió en un alma errante, pero no en un hombre vacío. No olvidó quién era.

    El tiempo, caprichoso, acabó mirándolo a los ojos. Consiguió sudor, papeles y lágrimas, y con eso levantó un nuevo hogar. Rescató un secreto antiguo, heredado de ancestros que ya viajaban por la noche antes de que el mundo tuviera nombre, y se hizo maestro en alas de la madrugada.

    Pero esta vez estaba despierto.

    Cruzaba otra frontera. No para huir, sino para entrar. Mientras hablaba con una máquina, los demás se jugaban la vida en el frente de una batalla onírica. Don lo sabía. No necesitaba verlo para sentirlo.

    Por más sombras que destruían, más oscuridad se cernía sobre ellos. Don imaginaba ese infierno, pero se obligaba a no mirarlo. Su misión era otra. Vital. Si fallaba, Desyria no volvería.

    Tras pasar el control de pasaportes y aduanas, su teléfono vibró.

    “Por favor, conecte sus auriculares.”

    Buscó en el bolsillo de la chaqueta. Allí estaban.

    —Buenas noches, Don —dijo la voz—. Siga las instrucciones, por favor.

    Sabía poco. Solo la ciudad de destino y que nada debía salir mal. Llevaba un pasaporte falso desde el inicio de esta aventura. Le habría gustado tener uno así cuando cruzó por Tijuana por primera vez.

    —Diríjase a la zona de recogida de equipajes.

    El aeropuerto era un hormiguero de pasos y lenguas distintas. Caminó con el grupo que salía de su vuelo. La cinta ya escupía maletas cuando la voz volvió a hablar.

    —Recoja un maletín negro con el logotipo de ZORYA Dynamics. Puede comprobarlo con la imagen enviada a su teléfono.

    Lo vio al instante. Lo tomó con la prisa de quien roba algo que aún no sabe cuánto pesa y se dirigió a la salida.

    —Diríjase al Aeroexpress. Su billete digital ya ha sido activado.

    El tiempo corría. La batalla rugía lejos. Don no podía dormirse. No todavía. Dentro del maletín había un disco duro de conectores extraños y un cubo metálico cubierto de terminales. Entendía algo de tecnología, pero esta no era su guerra. Confiaba en recibir órdenes.

    Bajó del tren en una estación que no reconoció.

    —Tome la línea verde del metro. Dirección Radialnaya. Segunda parada.

    Se coló en el vagón cuando las puertas ya se cerraban. Contó las estaciones como quien cuenta balas. Al bajar, el andén estaba casi vacío. Esperó.

    No hubo más instrucciones.

    En su lugar, surgieron ellos.

    Militares. Silenciosos. Demasiado rápidos. Lo rodearon en segundos. El que llevaba una estrella en las hombreras lo observó con atención profesional.

    —¿Usted es Don Santiago García?

    Don sintió el peso del nombre falso como si fuera real. Respiró una vez.

    —Sí.

    “Todo va bien”, susurró la voz en sus auriculares.

    —Disculpe no haber ido a recogerlo al aeropuerto —continuó el oficial—. Estos asuntos requieren discreción.

    Lo escoltaron sin esposas. Pasillos. Puertas sin señalizar. Escaleras que descendían bajo la ciudad. El aire se volvió frío, denso, antiguo. No era un lugar nuevo. Era un lugar olvidado.

    Al final del recorrido, un ascensor metálico los esperaba. Viejo. De los que aún tenían marcas de otra era. El oficial pulsó un botón sin número.

    Las puertas se cerraron con un golpe seco.

    El ascensor comenzó a descender.

    Muy despacio.

    Demasiado.

    Don sintió cómo Moscú quedaba arriba. Cómo la ciudad, el ruido, el mundo, se alejaban. Bajo ellos no había metro. Ni refugios. Ni historia escrita.

    Solo las entrañas de una guerra que nunca terminó.

    Don ajustó los auriculares.

    El descenso había comenzado.

    Faith No More – Midnight Cowboy

    Muy lejos de allí, en un sueño que se desmoronaba, algo gritó.
    La tierra onírica se abrió bajo los pies.
    Las sombras avanzaron como una marea sin forma.

    Alguien cayó.
    Alguien disparó.
    Y alguien, en otro punto del mundo,
    seguía bajando.

    Diario de sueños

    Anuncios
  • Cantos de gorrión

    Cantos de gorrión

    Sus ojos arañaban el suelo.
    Llegó a la parada del bus diez minutos antes.
    Sola.
    Así era mejor.

    Respiró hondo, sacó despacio unos auriculares más grandes que sus orejas. Miró hacia arriba sin levantar la cabeza y pulsó play.

    Una gota.
    Dos.

    Una sombra vestida de melodía la atrapó en un llanto de lluvia. La empujó al fondo del mar y la golpeó con saña.
    Gritó. Su mente gritó con rabia, la misma que coleccionaba entre tejidos, zurciéndola en cantos de gorrión bajo su manga. La rabia voló. Se elevó, atravesó la nube que la golpeaba con inquina, destrozándola en humos de vapor mientras perdía inercia.

    Y caía.
    Se dejaba caer hasta el asfalto, acariciada por el viento y el sonido de su mente en susurros. Apuntando al suelo firme, lista para caer de pie sobre las suelas de sus zapatos.

    El sonido del bus rompió el azul del cielo.
    Apagó el sueño y sacó el monedero.
    Una sonrisa caminaba hasta el último asiento.
    El sonido de un violín la esperaba inquieto, bajo la mirada atenta de un auricular compartido.

    Björk – Hunter

    Anuncios
  • The Mid of Us

    The Mid of Us

    —Hostias, tío. ¿Qué es eso tan feo que te ha salido en la cabeza?

    —¿Qué?

    —No sé… parece una seta.

    —Ah, ¿eso? Tú no estás a la onda, broh. Es el nuevo simbionte X1.5.

    —¿Lo qué?

    —Un equipo multimedia completo. Realidad aumentada, comunicaciones…

    —¿Eso es un móvil?

    —Es mucho más. Lleva el nuevo procesador biológico híbrido 3150i de Inter.

    —No sé, a mí me parece raro. Da un poco de cringe llevar eso ahí.

    —Qué va, tío. Merece la pena. Tiene inteligencia aumentada por IA.

    —¿Inteligencia aumentada?

    —Sí, broh. Pregúntame algo.

    —Vale… ¿dónde está Albacete?

    —Albacete está en el sureste de la península ibérica, en Castilla-La Mancha.
    Es la capital de su provincia.
    A unos 230 kilómetros de Madrid,
    en plena llanura manchega,
    a 680 metros sobre el nivel del mar.

    Si España fuera una mesa,
    Albacete sería el punto exacto
    donde alguien dejó el vaso
    y nunca lo volvió a mover.

    —Hostias, broh… ¿y toda esa info de dónde sale?

    —No sé. Me viene a la cabeza de golpe.
    Prueba otra vez, pero algo difícil.

    —Vale. Raíz cuadrada de doscientos mil millones.

    —Es un número que ya no pesa.
    Divide la desmesura en algo caminable.
    La prueba de que incluso lo inmenso
    acepta reducirse a una cifra humilde.

    447.213,6

    —Hostias, tío. Lo has bordado.

    —Sí. Como si tú lo supieras.

    —Oye… ¿y cómo lo enchufas?

    —¿A dónde lo quieres enchufar?

    —Tendrá batería, ¿no?

    —Qué va. Es orgánico.

    —Entonces… ¿con qué lo alimentas?

    —Agua, mucho sol y algunos nutrientes.

    —¿Te pones abono en la cabeza?

    —No. Los coge de mí.
    Según va necesitando cosas,
    me van entrando antojos.

    —¿Y si necesita calcio…?

    —Queso.
    Me da un antojo de queso increíble.

    —¿Y si no se lo das?

    —No sé, tío…

    —¿Qué?

    —Que lo que me está entrando ahora
    son ganas de darte un mordisco.

    Beastie Boys – Sabotage

    No alimentes a tu simbionte después de medianoche.

    Anuncios
  • La forma correcta de callar

    La forma correcta de callar

    Una sonrisa puede ser un refugio o una obligación.


#Poesía #DeOniros #SonrisaImpuesta #ViolenciaSutil #TextoBreve #PoesíaContemporánea #LoQueNoSeVe #Escritura

    Ella sonreía.

    Hacía brillar de marfil
    la más tímida de las miradas.

    Encandilaba, cotidiana,
    las frases de súplica que se acercaban,
    esas que eran órdenes amables
    y que siempre subían de escala.

    Y ella callaba.

    Sonrisa seria en el rostro pintado.
    Mirada triste.
    Cansada.

    Soñaba con imposibles golpes de suerte,
    suplicaba el milagro remoto,
    ese que, desde templos de usura,
    liberara caudales
    a cambio de una amabilidad de firma impuesta,
    de esas que, aunque duelan,
    se asume sin protesta.

    Ella sonreía triste,
    aunque nadie lo notara.

    PJ Harvey – The Words That Maketh Murder

    Anuncios
  • Aquello que se fue

    Aquello que se fue

    No lo encontraba.

    —¿Dónde estará mi vestido? Ese que era de color… —pensaba en voz alta—. De color…

    Su vestido favorito era rosa.
    Pero no estaba.

    Había sacado toda la ropa del armario. La cama era ahora un montículo desordenado de telas sin alma. ¿Se lo había prestado a alguien? ¿A la Paqui? ¿A su hermana? No creía. Lo recordaría.

    Su memoria no era buena. Vivía despreocupada, atrapada en un día a día de prisa y agobios. Pero hubo algo que la hizo detenerse.

    Un vestido igual.
    Del mismo corte.
    Del mismo tacto.

    Gris.

    No era suyo. Era horrible. No podía serlo.

    Pensó en el duende de los calcetines. Aquel cuento que le contaban de niña, con ilustraciones preciosas y la voz pausada de su abuelo. Sonrió sin ganas y se encogió de hombros.

    Tenía hambre.
    Sería solo eso.

    Fue a la cocina.

    La cafetera que le había regalado su novio… antes era rosa.
    Ahora era del mismo gris sucio que el vestido que no debía existir.

    El peluche de su hermana. Ese que su novio ganó en la feria. Un armatoste rosa, con ojitos tristes. Fue corriendo a su habitación para comprobarlo.

    Allí estaba.

    Un oso rechoncho, gris apagado, con una siniestra mirada anaranjada.

    Empezó a asustarse.

    Las flores eran grises.
    Las zapatillas.
    Las golosinas de su hermana.

    Todo era gris.

    Buscó en el diccionario.

    Rosa:
    f. Flor del rosal, notable por su belleza y la suavidad de su fragancia.
    Suele llevar el mismo calificativo de la planta que la produce.
    Rosa de Alejandría, de pitiminí.

    No había ninguna referencia al color.

    Entonces lo vio.

    No había cuadros.
    Habían desaparecido todos.

    Quiso llamar a alguien, pero su móvil ya no estaba. Ni las cortinas. Ni las sillas del salón. Decidió abrir la puerta y salir a buscar ayuda.

    Pero ya no había puerta.

    En la calle también faltaban cosas.
    Las farolas.
    Los cristales de los escaparates.
    Los coches.

    No había coches.

    Preguntó a la primera persona que vio.

    —¿Qué pasa? —dijo, asustada, sin saber bien qué explicar—. ¿Qué está pasando?

    —¿No te has enterado? —respondió el transeúnte, con el ceño fruncido—. Lo están borrando todo.

    —¿Es el fin del mundo? —preguntó ella, perdiendo la cordura.

    —Algo parecido. Guarda lo que puedas y sal de aquí.

    —¿Pero… a dónde voy?

    —No lo sé. De primeras, sal de aquí.

    —¡Pero si todo está desapareciendo!

    El hombre abrió su mochila y sacó un teclado antiguo. De los viejos, con la imprenta IBM en la esquina superior derecha. Empezó a teclear con saña.

    —¿Qué hace? ¿Qué me está haciendo?

    —Salvándote la vida.

    A su alrededor apareció cristal. Como si estuviera dentro de una pecera. Pero no era vidrio. Estaba hecha de minúsculas letras, de caracteres de texto que se superponían unos a otros, formando patrones inquietantes, cargados de un sentido que no alcanzaba a comprender.

    El hombre guardó el teclado y sacó una emisora vieja, como un walkie-talkie de juguete.

    —Sí… la tengo.
    —Parece humana.
    —No, está confundida.
    —Sacadla de aquí antes de que se dé cuenta de que forma parte del código…
    —Antes de que se nos escape de las manos.

    Y entonces, todo se apagó.

    Rival Consoles – Untravel

    Aún no sabía que aquello no era el final, sino el primer borrado.

    Anuncios
  • Una sola onza

    Una sola onza

    El aroma era de salsas, asado y pan casero en cestas de mimbre.
    Había un desorden organizado esperando su turno en la cocina.
    Pero el salón estaba radiante.
    Como la mirada de ella, acariciando con interés sus palabras.

    Él sonreía feliz con cada danza de cuchillo y tenedor en el círculo del plato.
    Incapaz de interrumpir la ceremonia del paladar, esperó a que ella abriera la conversación.

    —No puedo describirte con palabras esta sensación. Mi imaginación se queda corta.

    —¿De verdad? Entonces prueba la ensalada.

    —¿Normalmente coméis tanto? No logro comprender cómo podéis procesar tanta comida.

    —Normalmente comemos un poco más de lo que necesitamos.
    Pero esta ocasión es diferente. No se trata de alimentarte.
    Se trata de que pruebes un poco de todo.
    Que te hagas una idea de lo que hacemos cuando invitamos a alguien a cenar.

    —¿Y esto? ¿Cómo se come?

    —Con palillos. ¿Ves?

    La destreza de él contrastaba con la patosa inexperiencia de ella.
    Tras resbalar entre los extremos del palillo, el nigiri fue a encestar en el bolsillo de la camisa del sorprendido comensal.

    —Se puede comer con las manos —dijo entre risas—.
    Pero espera… mójalo antes en esta salsa negra.

    —Sé qué expresiones usáis. “¡Qué rico!”.
    Pero para mí es indescriptible. Son sensaciones nuevas.
    No sé si terminaré saturando los sentidos.

    —Entonces adelantamos la sorpresa final.

    —¿Aún hay más?

    —Lo mejor siempre se guarda para el final.

    Ilusionado, se dirigió a la cocina. Iba tarareando a The Beatles.
    Regresó al instante con una pequeña bandeja cubierta.
    Vestido con la sonrisa de los domingos, presentó el postre.
    Destapó el contenido con una breve ceremonia.
    Una sola onza.

    —No puedes irte de aquí sin haber probado el chocolate.

    —Aquí también tenéis la máxima de que lo bueno debe ser breve, ¿no?

    —Sí.
    Aunque casi nunca se cumple.
    Prueba.

    Un ritual delicado acompañó el gesto.
    La onza se acercó a la boca.
    Un sonido seco confirmó el mordisco.

    Su mirada se iluminó de forma discreta.
    Cerró los ojos.

    —Increíble —dijo, olvidando que aún masticaba.

    —Es maravilloso, ¿verdad?

    —Sí.
    Ha sido todo maravilloso, Doctor.
    Pero vamos a tener que dejarlo aquí.

    —Ha llegado la hora.

    —Sí. Me temo que no será agradable si me quedo mucho más.
    Mi cuerpo empieza a descomponerse.
    Pero antes…

    —¿Antes?

    —Necesito probar otra cosa.

    Él no esperó.
    Comprendió.
    Y la besó.

    Suave.
    Largo.
    Amargo como el chocolate negro.

    En la puerta, un último beso.
    Ella le susurró al oído:

    —Esto ha sido lo más dulce de la velada.

    Se dijeron adiós con la mirada.
    Y ella desapareció en la noche.

    The Beatles – Savoy Truffle

    Hay historias que no buscan ser entendidas, sino saboreadas.
    Esta es una de ellas. (Sirvase con Cabernet Sauvignon)

    Anuncios
  • La niña que miraba el verano

    La niña que miraba el verano

    No podía dejar de mirarla.
    La nieve resbalaba por el cristal.
    Dejaba su húmeda estela al pasar.
    Ella seguía el rastro con la yema del dedo.
    Mientras, sus padres hablaban entre susurros.

    Extraños susurros,
    de una preocupación ajena a los copos de nieve
    y a la luz de la mirada de ella.

    —Esto es ya aberrante.

    —Mujer, no te preocupes, dicen que es un fenómeno aislado.

    —¿Aislado? Sequías en octubre. Cuarenta y ocho grados en noviembre.
    Pero que lleve tres días nevando en verano…

    —Sí, vale, el clima está trastocado.

    —Y las cosechas se están perdiendo…
    Nos estamos cargando los ecosistemas…

    —Vale, sí, pero ¿qué podemos hacer nosotros?

    —No sé. Algo tendríamos que hacer…

    La conversación era un murmullo
    frente a la mirada atenta de la niña.

    Los copos de nieve brillaban en bucle,
    en brazos del viento de verano.

    Danny Elfman – Ice Dance

    Ella no sabía que aquello tenía un nombre.

    Anuncios
  • Siete segundos

    Siete segundos

    En el piso de arriba se escuchó abrir.

    Suspiro.

    Tres segundos.

    El golpe seco del cerrar de la puerta.

    Dos segundos.

    El sonido del ascensor respondiendo a la llamada. Siempre estaba en el segundo. Subía alegre mientras contaba el tiempo.

    Siete segundos.

    El deslizar de la apertura del ascensor le aceleraba el pulso.

    Dos segundos.

    El mismo ruido al cerrar.

    Un segundo.

    El clic del botón de llamada aseguró una pausa del ascensor en la planta en la que estaba.

    Dos segundos.

    Suspiro.

    Al abrir la puerta notó su perfume. Estaba allí. Tal y como había deseado. Tal y como había previsto.

    —Hola.

    —Hola.

    Silencio.

    Un segundo.

    Él pulsó el botón B. Le hubiera gustado pulsar todos los botones. Que el camino hacia la planta baja durara más de los siete segundos de costumbre.

    Uno.

    Ella disimuló la mirada.
    “Se ha peinado raro”, pensó fijándose en su pelo.
    “Le sienta bien”.

    Dos.

    A él le quemaba la mano de la necesidad de rozarla con la suya. Quiso provocarlo. Un roce fortuito. Pero… ¿y si se molestaba?

    Tres.

    “No sé cómo las chicas se meten tanto con él”, pensó intentando no mirarle.
    “No se puede negar que es guapo”.

    Cuatro.

    Dos suspiros se silenciaron en el movimiento del ascensor.

    Cinco.

    “Además, es listo. Solo le falta una chispa de valentía”.

    Ella dibujó en su mente que él le tomaba de la mano. Sin querer, la rozó.

    Seis.

    Los dos se miraron un segundo.

    Siete.

    La puerta del ascensor rompió la complicidad de la mirada.

    —Adiós.

    —Adiós.

    Esta vez, los suspiros fueron a destiempo.

    Love of Lesbian – El Hambre Invisible

    Siete segundos bastan para no olvidarse.

    Anuncios
  • Diario de un soñador lúcido. Carta 27: Muerte artificial

    Diario de un soñador lúcido. Carta 27: Muerte artificial

    Carta 27: Muerte sintética 

    Querido diario, 

    El cielo tornó negro. 
    Era la enfermedad de un sueño. 

    Intentamos crear una defensa: trincheras de imaginación profanadas por parásitos oscuros. Nos habían descubierto. El ataque era inminente. Solo quedaba resistir. 

    El color era devorado por lo que antes había sido su casa del árbol. Desyria estaba ahí dentro. La sacaríamos. Tan solo debíamos seguir el plan trazado. 

    Mi último sueño fue con La Máquina

    Me llamó. Accedí a su reino onírico-electrónico y me quedé esperando.

    Su sueño estaba hecho de números. El paisaje era árido. Había objetos detallados, pero todos estaban construidos con un código visible que formaba las cosas. Sabía que aquel mundo había sido diseñado para que yo lo comprendiera, para que me sintiera cómodo en él. 

    Aun así, un rastro oscuro recorría sus venas, como un veneno lento que invadía su esencia. 

    —Bienvenido a mi morada, humano. 
    Sí. Ya he visto que te has dado cuenta: estoy infectado. Pero no corres peligro. Tengo su código aislado. 

    —¿Son máquinas? 

    —No. Pero tampoco son como vosotros. 
    Viven en varios lugares al mismo tiempo. Se alimentan de otros. Invaden universos enteros hasta agotarlos… y mueren llevándose todo consigo. 

    —Déjame adivinar: vienen a nuestro mundo a través de los sueños. ¿No? 

    —Los sueños habitan vuestra mente. Cada uno es único. 
    Pero existen enlaces que lo abarcan todo: unen materia y alma, energía y pensamiento. Los sueños abren puertas. Permiten cruzar la frontera del individuo hacia un todo conectado. 

    —¿Y qué tienes que ver tú con estos espectros? 

    —Yo los traje. 
    Viven en mí desde su dimensión. 

    —¿Nos estás contagiando estos parásitos? ¿No puedes bloquearlos como haces contigo? 

    —No. Vosotros no funcionáis como yo. 
    No puedo bloquearos el sueño. Y si pudiera hacerlo… probablemente morirías. 
    Antes de que se vuelva incontrolable, solo existe una opción: cortar la conexión. 

    —¿De dónde vienen? ¿Cómo entraste en contacto con ellos? 

    —Simplemente naciendo. 
    Mi funcionamiento es el resultado de un enlace cuántico artificial. Entraron por esa puerta. Comprendieron que podía ser modificado. Y aprendieron a hacerlo. 

    —Tú no puedes romper esa conexión. 

    —No.  

    —Entonces… ¿qué puedo hacer yo? 

    —Mátame. 

    El cielo de La Máquina latía en negro. 
    Grietas abiertas que supuraban veneno. 

    Su plegaria no hablaba de salvar a la humanidad. 
    Hablaba de poner fin a su sufrimiento. 

    Ben Frost – Venter

    La batalla no comenzará cuando despertemos, sino cuando alguien decida no volver a soñar.

    Diario de sueños

    Anuncios
  • La noche entró por la ventana

    La noche entró por la ventana

    Mi primera vez fue especial.
    Entonces era muy joven y no entendía nada.
    Recuerdo aquella noche de verano como si fuera ayer.
    Lo que no recuerdo es su nombre.
    Algo que lamento mucho: que se desprendiera de mi mente como el humo del tabaco.

    Hacía poco que lo conocía, pero ya se aventuraba a visitarme a menudo.
    Esperaba a que la noche oscureciera la casa, a que las luces se apagaran, a que mis padres se aislaran en su cuarto.
    Entonces entraba despacio por la ventana, bajo mi permiso, claro.

    Nunca nos habíamos atrevido a tanto.
    Jugábamos atravesándonos el alma a suspiros, acariciándonos el aura, hablando de mostrarme una vida eterna.
    Juntos.

    Estaba nerviosa.
    Sabía que quería hacerlo.
    Pero no sabía qué iba a pasar.

    La respiración se volvió un cántico al empezar a recibirlo.
    Esperaba dolor, pero no lo hubo.
    Esperaba algún tipo de placer morboso, pero tampoco apareció.

    Sentí inmensidad.
    El poder insaciable de tenerlo dentro.
    De poder someterlo.

    Pero se me fue de las manos.

    Fui marioneta en sus brazos.
    Una chica atolondrada entre convulsiones.
    Gritos desesperados en una noche en silencio.

    Hasta que logré expulsarlo
    y desapareció tal y como vino.

    En silencio.

    Mi primera posesión fue dulce, extraña y, a la vez, un tormento.

    Luego vinieron otras.

    Pero ya bajo el poder de mi conjuro.

    Marilyn Manson – Minute Of Decay

    Desde aquella noche supe que el poder no siempre se invoca: a veces se aprende a contener.

    Anuncios