
Para huir del calor, en esta mañana de calima y sueño, quise refugiarme en algo fresco, en un pensamiento tal vez, en una emoción mejor. Así lo procuré, para que el aire acondicionado no fuera el protagonista absoluto.
Imaginé la sierra de mi niñez. Me vi pasar entre olivos, en enero, por la vera del campo de un pequeño pueblo. La estufa de carbón dando aroma a las calles, que, amenazando con lluvia, me obligaban a volver pronto. Con el estómago vacío y el espíritu lleno de tanto aire puro.
Pensé en que, tan lejos, en el Japón de mis haikus, también ocurría lo mismo. Que en la falda del Fujiyama regresaran niños de jugar por los prados. Una anciana de ojos rasgados preparando con mimo el mizutaki nabe. Y que ese sabor quedara prendado en la memoria de muchos. Como aquí, entre azahar, el del puchero.
No creo que se diferencie el sentimiento del pincel en el lienzo, en un esbozo de shodō, del acorde en mi menor de quien toca flamenco.
Aire escarchado.
Crepitar de madera.
Bueno es puchero.
Kinoko Teikoku – Chronostasis
きのこ帝国 – クロノスタシス

Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.