
Ella cuidaba bien de sus hijos.
Con su vida, si hiciera falta.
Procuraba comida en los largos días de invierno
y calor en las noches frías.
No los abandonaba,
por mucho que tuviera que enfrentarse
a la más feroz criatura que pudiera rondar por allí.
Por eso no entendía qué quería aquella bestia
de mirada iluminada y piel brillante.
Estaba plantada frente a ella,
amenazando con rugidos estridentes,
dando embestidas al aire
con sus patas curvas.
Ya las conocía bien.
Horribles como el abismo negro de las cuevas.
Grandes como un día sin grano.
Invadían las calles sin pedir permiso,
caminando a lo loco, sin destino.
No las vio jamás comer,
pero en su interior se removían sus presas,
que a veces vomitaban por esa boca fea
que se les abría a los lados
y dejaba escapar a sus víctimas
mientras quedaban paradas.
No iba a permitir perder el grano del suelo
ni el gusano que cruzaba su terreno
porque aquella criatura se quedara allí, bramando.
Una bestia tan torpe como ese bichejo
no merecía respeto.
Sr. Chinarro – Los ángeles

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