Diario de un soñador lúcido.

Carta 25: Ikelos

Querido diario:

Hoy mis sueños no eran sueños.
Confirmé la realidad nada más despertar en el aeropuerto.

—¿Qué onda, güey?

Ahí estaba, apoyado en una columna de la zona de llegadas. Era igual que en el sueño: vaqueros gastados y americana tejana. No me lo esperaba allí. Agradecí su presencia. Sabía a protección.

—Pero… tú no podías venir.
—Ya, pero me llegó el pasaje, no más.

Al fondo había una pareja peculiar. Una chica que parecía Yoko Ono y un hombre delgado vestido con colores estridentes. Me acerqué a ellos sin contener la sonrisa.

—¿Wilson?
—Somos Wilson —dijeron los dos a la vez, como si fuera un acto ensayado.

—Yo soy Katty —añadió una joven rellenita, con una diadema de orejas de gato—. ¿Veníamos en el mismo vuelo? Me pareció haberte visto.

Había una multivan de siete plazas alquilada a nuestro nombre. En el GPS, unas coordenadas ya marcadas: una antigua parroquia en un pueblecito cercano.

Ikelos resultó ser un viejo sacerdote, sotana negra abotonada y cuello blanco. Con voz apagada y expresión cansada nos dijo:

—Sei qui. Ti stavo aspettando.

Nos hizo pasar al interior de la iglesia, un edificio de varios siglos que bien podría datarse en la época de Calixto I. Nos acomodamos en los bancos principales y bromeó sobre su captura en el sueño.

—Si hubierais elegido esta iglesia, no habríais podido atraparme. Conozco cada uno de sus recovecos.

—Muy interesante —le corté—. ¿Cómo podemos ayudar a nuestra amiga?

—Puedo abrir una puerta hacia ella —respondió—, pero tenemos que estar cerca. ¿Sabéis dónde está?

—En un hospital. En algún lugar de Noruega, cerca de Oslo. Puedo localizar el sitio exacto.

—Bien. Tendremos que movernos hasta allí.

En ese momento me llegó un mensaje al móvil. No tenía número identificable. Solo una frase:

Te necesito dormido.

Comprendí el significado.

—Exacto —dije—. Mañana buscaremos la forma de llegar allí. Hoy descansaremos.

Expliqué al grupo que tenía que entrar en el sueño. Nadie se fiaba de Ikelos, así que decidieron vigilarlo. Yo, simplemente, busqué un lugar donde cerrar los ojos: en la furgoneta, en el asiento trasero.

Así desperté en el sueño.

Hildur Guðnadóttir – Bridge of Death

Cuando los sueños empiezan a dar direcciones, ya no estás soñando: estás siendo convocado.

Diario de sueños

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