
A veces estaba harto.
Harto del azul de las pantallas, de las bocinas siniestras y de las calles estrechas, que solo cambiaban de sentido en la dirección incorrecta. Pensé en abandonarlo todo. En reiniciar mi vida en un sitio apartado.
Creí que el desatino de perderme en un bosque sería un buen destino. Quería que mi silencio fuera el trino de los pájaros. Que el frescor del arroyo me recordara que estaba vivo. Que las mañanas no fueran de prisa, fueran de lirios.
Encontré un lugar de árboles cortados, rotos por máquinas de acero, y animales hambrientos, tristes y sucios. Así que seguí buscando mi refugio.
El mar parecía ideal. Rumor de olas de tinta de poetas. Espacio abierto esperando un puerto. Amor expandido en sal de brisa y gaviotas desafiando en su vuelo a la desdicha. Una mancha negra me dijo que tampoco aquel era mi sitio. Su aroma a pez muerto confirmó mi huida.
Busqué una abertura para esconderme, una gruta salvaje digna de las frases de Verne. Pero en lugar de aventuras encontré ruido de taladros y manchas de aceite.
Solo me quedaba el cielo para escapar de este mundo. Busqué la escalera más larga, subí sin mirar abajo. Encontré en el último peldaño un fragmento de vapor que me ayudó con el impulso. Me depositó en una gran nube, con aroma a fresa y textura de algodón, donde rebotaba sin esfuerzo sobre una nueva dimensión.
—Has tardado en venir.
Y allí estabas tú. Tan bonita, tan coqueta. Luciendo una sonrisa de primavera en tu rostro de otoño.
—Pero… ¿qué haces aquí?
—Lo mismo que tú. Y que los demás.
—¿Hay alguien más?
—Claro que sí. Todos los desencantados con la realidad.
—Siendo tantos… podríamos hacer algo.
—Claro que sí. Siendo nube, podemos llover.
Hania Rani — ‘F Major’

Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.