La sortija

A veces se sentía abrumado.
Demasiadas atenciones, muchas exigencias y muy poco espacio para asimilarlo todo.
Demasiado poco tiempo para gestionar la vida.

Con el amor le había pasado lo mismo. En el pasado.
Ahora tenía un método.
No entendía cómo funcionaba, pero era efectivo.

Fue poco después de casarse con la mujer más maravillosa que había conocido.
Vivían una época de ilusiones, arrumacos y largas sesiones de sábanas revueltas.
Sin importar el día.
Sin importar el ruido.

Una noche, tras una ducha caliente al terminar el trabajo, se encontró con un panorama helado.
Su mujer dejó de hacerle caso.
Desaparecieron los mensajes ocultos, las miradas ardientes, las caricias y los besos.
Ella seguía allí, pero a lo lejos.

Tras unos días extraños, llenos de “no me pasa nada” y “tengo sueño”, ocurrió exactamente lo contrario.
Después de una ducha helada se encontró con el fuego.
Ella se deshizo en besos, en ganas de tenerlo a su lado.
Volvieron los abrazos furtivos y el susurro al oído de la palabra adecuada.

Al principio pensó que aquello tenía que ver con alguna señal oculta de su cuerpo tras la ducha.
Pero pronto aprendió que no.
Que el causante de su dicha era el anillo.
Que quitárselo y volvérselo a poner actuaba como un poderoso hechizo.
Ella respondía al instante, según giraba la sortija en su dedo.

Pasó mucho tiempo feliz.
Con atenciones constantes y halagos diarios.

Hasta que llegó el día en que necesitó soledad.
Desconexión.
Un paréntesis de amor.

Giró el anillo y encontró silencio.
Lo volvió a girar… y apareció el cariño.

Por mucho que la magia reinase en su matrimonio, en todas las parejas hay enfados.
Aquel día fue especialmente duro para ambos.
Lo que empezó como una tontería fue oscureciendo hasta convertirse en tormenta.

Ella salió corriendo a la habitación y, en un acto de rabia, lanzó su anillo de casada por la ventana.

Él, con una pena monumental, quiso arreglar aquella pelea absurda.
Y lo intentó de la forma que mejor resultado le había dado siempre.

Giró el anillo en su dedo anular
y esperó.

Al poco tiempo llamaron a la puerta.
No esperaban a nadie.

Abrió con la incógnita aún latiéndole en la cabeza y la sorpresa se apoderó de su rostro.
Era el dependiente de la frutería de abajo.

En la mano izquierda sostenía el anillo de su mujer.
En la cara, una sonrisa extraña que ya le prevenía de lo peor.

Tras recibir un coqueto guiño, pensó —no sin cierta resignación— en el Monte de las Llamas del Destino.

Radiohead – Talk Show Host

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