
Se quitó el casco con desesperación y lo estampó contra la arena multicolor del desierto. Rebotó con una gracia que el no compartía. Un error de cálculo, un número mal puesto, y terminó con un aterrizaje de emergencia en la cara opuesta del planeta.
Se dejó caer, vencido, sobre una formación rocosa que parecía hecha a pulso por un dios aburrido.
«Dos semanas para que organicen el rescate», pensó mientras trazaba formas en aquella tierra celeste. «Podría ser peor. Por esta zona el calor debería ser insoportable.»
Aparecieron entonces dos criaturas extrañas: redondas, con aletas de pez, rodeadas de tentáculos finos y un único ojo enorme como luna llena. Saltaban con ligereza, como si la gravedad fuese una anécdota.
Desconfiado, el piloto activó el reconocimiento del entorno en su ordenador de muñeca. Fotografió a la pareja extraterrestre. La respuesta llegó de inmediato: Herbívoros comunes. Nivel de peligro: bajo.
Uno abrió la boca y sacó una lengua que era más trompetilla que lengua. Emitió un sonido breve, un fa sostenido perfecto. El otro lo imitó. Al astronauta se le encendió el alma. De niño imaginaba exactamente esto: aliens amigables saludando con música.
El segundo improvisó una melodía sencilla: do, si, la, do. Su compañero repitió en una octava superior.
—Si, do, re, fa —entonó uno alargando la nota.
—Si, fa, mi, do —respondió el otro, encantado.
El humano buscó en el bolsillo de su manga. Sacó una pequeña armónica. Los extraterrestres no entendieron nada… hasta que la hizo sonar:
Do, re, mi, sol… do, re, mi, soooool.
Los dos lo imitaron inmediatamente.
Pasaron la tarde componiendo sin saberlo: melodías improvisadas, repeticiones torpes, armonías imposibles. El humano estaba feliz, sintiendo una conexión cósmica con criaturas que no sabían que existían unas horas antes.
Cuando el astro rey anunció la noche, se despidió de sus nuevos amigos y volvió a la nave. No quería quedarse al frío. El módulo habitable aún funcionaba: el retiro forzoso podía interpretarse como vacaciones espirituales en un desierto amable.

La silueta humana se fue perdiendo en la penumbra. Las criaturas siguieron hablando en su lenguaje de saltos y notas.
—Oye, Fiiun… qué criatura más rara.
—Y que lo digas, Fiiiin… rarísima.
—Eso sí, inteligente era: sabía hablar.
—Hablar, decía él. «Arriba, abajo, arriba, acatarradoooo», «Delante, sentado, cielo, avalanchaaa». ¡Sin sentido alguno!
—Sí, sí. Y nosotros intentado avisarle de que se estaba tumbando en el liquen ortiga.
—Pues va a pasar la noche rascándose como un poseso.
Joe Satriani – Always With Me, Always With You
Se fue, mientras los curiosos ojos del otro mundo lo miraban sin entender del todo.

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