
Un escritor miente de manera estética, apuñalando palabras sangrientas o engalanando acentos superfluos para que, cuando el lector imagine que vive en la gran patraña fabricada para su placer, se crea aquel personaje oculto entre la muchedumbre, que ríe inmerso en la comedia, o llora desconsolado en la tragedia que lo envuelve.
Hay autores de infundios perversos, oscurecidos por el narrar del sufrimiento propio, maquillado con carmín y rosas de espina alegre que marca al lector con un espejo con cicatrices. Encorvadas por el destino y regadas con lágrimas vivas, impacientes por un nuevo revés que lo devuelvan al abismo de donde una vez salieron.
Los hay también que dibujan piadosos versículos de salvación, creadores de la fe de ratas, aliñadas con dulces milagros translúcidos, imaginarios de bogavantes con piel de bendiciones, de finales felices y perdices confitadas, al alegre filo de la cuchara de palo con la que remueve su poción, con la que elevará su conjuro a un desenlace misterioso.
También quien talla la verdad, la expresa en madera y barro, la moldea con cemento armado de tinta y huesos en piel de cordero. Sopla jarrones de viento, que roba lamentos eternos de oxidados tumultos de enfurecidos conversos. Que, partiendo el molde, terminan calcando líneas del mismo fragmento.
Pero siempre está aquel que, entre la maraña de sus lamentos, entre las líneas rectas del invento, las que abrazan lo absurdo, las que invitan a las palabras a en la danza de los necios. Aquel que confunde tan solo con el palpitar de su pecho, puede que, en el fondo de su delirio, sea quien esté en lo cierto.
Igorrr . Downgrade Desert
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