
– La ciruela es la forma que tiene Dios de comunicarnos placer. -Dijo metiéndose la fruta de golpe en la boca.
– Hermana Valentina, algún día, con sus impertinencias, se va a atragantar y morirá sin remedio
– Mejor, así conoceré por fin a Dios, me han dicho que es mi marido.
– Si no vas directamente al infierno, por blasfemar tan a menudo.
– Igual, en el infierno incluso me tratan mejor, porque mi marido no es capaz de tener un detalle conmigo. ¿Será guapo el diablo, hermana María?
La monja, que fingió no haberla escuchado, pero no pudo evitar que le enrojeciera el rostro dejándole las mejillas color cereza, agachó con espanto la cabeza.
– Hermana Valentina, deja de meterte con la hermana María, ¿no ves que anda ocupada con sus labores?
– Bueno, ¿qué mal hay en una conversación agradable mientras se trabaja? ¿O es que hay también que guardar silencio al remendar o barrer? Que yo sepa la penitencia del silencio es voluntaria.
– Lo que no puedes hacer, hermana, es incordiar a todas tus compañeras todo el tiempo. Ya podías echar una mano en vez de andar siempre de acá para allá deambulando.
– Ya, si me dejarais salir de vez en cuando, yo no me aburriría tanto.
– Ya hemos hablado de eso, las normas son las normas. Pienso que el castigo es una solución bastante efectiva para evitar caprichos innecesarios.
– Y ¿quién me va a castigar, Dios? Pues la Madre superiora aprecia mucho la cantidad de dinero que le da mi padre, el duque, para que yo no moleste en sus asuntos y pase desapercibida.
La joven novicia cerró de un portazo la sala y desapareció por el laberinto de pasillos.
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