
-Padre, he pecado.
-¿Qué es lo que te aflige, hijo?
– He tenido pensamientos impuros.
– ¿Por qué dices eso? ¿Qué ha pasado?
– La miro y pienso en ella, desnuda, mirándome con esos ojos seductores.
– Pero ¿De qué imagen se trata? ¿Cómo es?
– Ella es… Viste con una túnica azul, de expresión divina, con sus manos juntas en procesión, reviviendo la pasión y el dolor en el que está atrapada. Se lamenta en un suspiro, la tristeza es un pesar que no abandona. Pero hay deseo en su rostro, hay una caricia callada del roce de la seda sobre su piel. Gime silenciosa, presa de su delirio, ahí es donde yo me pierdo. Imagino sus labios pidiéndome besos, sus manos recorriendo mi espalda…
– ¡Ya basta! Lo he entendido, ¿dónde tienes esa depravada imagen?
– Aquí, la llevo siempre conmigo.
– Quiero ver de qué se trata.
– Es esta.
– A ver. ¡Pero si es una estampa de La Milagrosa! ¿Cómo se te ocurre, pequeño pervertido? ¿Cómo se te ocurre tener ese tipo de pensamientos con nuestra señora? Anda, reza cinco Padrenuestros y no se te ocurra rezar ninguna Ave María, no sea que te tenga que echar agua bendita helada por encima. Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
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– Padre, he pecado
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