
Ella me dijo, a la luz de la sombra que dejaba la luna en una farola, que el primero es el que más te marca, que con ese beso vas a medir todos los demás. Tras fundir mis labios con los suyos y alimentarme de su pasión hasta asesinar la noche, le dije que estaba equivocada, que desde ahora, el sabor que quería paladear toda mi vida es el de ella, y que si no fuera posible, en cada aliento que me perdiera, en cada caricia que me quede atrapado iba a estar impreso su nombre.
Y así fue, nuestro beso terminó en un suspiro, en un pestañear de ojos cerrados de tanto deseo, en lágrimas de varios días y soledad en los portales. De rabia de recuerdo ajeno midiendo los bancos del parque. Del alcohol de mis venas, ojos cerrados y todo girando a su vera.
En mi soledad encontré caricias en las luces de neón, en el ruido de la oscuridad y en la tristeza de otros ángeles, que, varados en la arena, agitaban sus alas llenas de alquitrán intentando remontar su vuelo. Pero mis labios estaban secuestrados por aquellas palabras, y cada perfume que aspiraba, tenía el sabor del recuerdo, de que a la sombra de aquella farola nunca supiste que tu beso era el primero.
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