Lejos, en la nube de algodón que guardo en mi memoria para esconderme cuando quiero silencio, te vi un día llorando.
Siempre tenías una sonrisa; solo recuerdo tu alegre mirada cuando el mundo se hallaba lejos.
Cuando se partió en cenizas y el cielo se hizo oscuro, tú me decías: «Chiquillo, si todo es perfecto».
Me hablaste del tiempo, de las riñas que lo habitaban, del frío día que con pan viejo se superaba.
De las noches cortas, de la música entre velas, de las risas entre olivos entre gente cansada.
De bordar heridas en paños rotos que entre todos se curaban.
Todo lo que aprendiste entre hilo y leña, lo que regalabas tras tu esfuerzo cosechando almas, sin querer más monedas de pago que el feliz secreto de tener un faro para poder encontrarnos.
Hoy, en tu nube, llorabas feliz porque habitamos tus recuerdos.
El látigo chasqueó rozando su mejilla. Del sobresalto, una gota de sudor resbaló por su frente. No quería creerlo, pero estaba allí, atado en cruz —o en equis, vaya usted a saber— en un aparato de tortura digno de un castillo medieval. Por voluntad propia. O eso pensaba él.
Todo había empezado unos días antes, paseando a Brownie, su caniche. El perro ladraba como un camionero malhablado en plena autopista. Pequeño, sí, pero convencido de que podía amedrentar a cualquier mastodonte.
De un tirón se escapó corriendo y Pablo lo siguió hasta encontrarlo cara a cara con un doberman negro como la noche, firme a los pies de su dueña.
—Perdone usted, es que teme a los perros… y claro, la mejor defensa es el ataque. —Tranquilo. Klaus es un caballero. No lo degollará… salvo que yo se lo ordene.
Pablo tragó saliva.
—Muy educado el perrito. El mío… bueno, digamos que es un poco asilvestrado. —No cuesta mucho. —La mujer, de acento nórdico, casi ruso, sonrió—. Con hambre, todos los perros obedecen. Yo le he visto pasear por aquí. Si coincidimos otra vez, le enseño un par de trucos. ¿Da? —Me parece un plan excelente.
Y se despidieron. Al girar la esquina, Pablo cometió el error reflejo de mirar la silueta de su nueva conocida, melena lacia cayendo sobre curvas firmes. Al otro lado de la calle lo esperaba Marta, su esposa, con mirada fulminante.
—¿Te parece bonito ir mirando culos ajenos? —Hola, Marta. Solo es una vecina, no te preocupes. Yo solo tengo ojos para ti.
Al día siguiente, allí estaba ella de nuevo. Doberman impecable, vestido casi indecente, sonrisa fácil. Nastya, se llamaba. Los paseos se convirtieron en rutina: él aprendió un par de palabras en ruso, ella el secreto del gazpacho andaluz. Brownie no aprendió nada, salvo a mendigar golosinas.
Pero Marta no era tonta. A veces los seguía con la mirada oscura de quien planea tormenta. Y un día, lo esperó en la puerta.
—Privét. —escupió la palabra. —¿Eso es lo que te enseña la rusa esa? —No, mira: “SIDIET”. —El perro se sentó al instante—. ¿Ves? Solo practicamos con los perros. —¿También ella se sienta cuando se lo ordenas? —Marta, te estás pasando. —¡Joder, Pablo! Ya ni me miras. Solo quieres estar con tu amiguita la rusa. —Marta, no tiene nada que ver con nosotros. —Claro que sí. El problema no es ella, somos nosotros. Nos estamos dejando. —No lo creo. Estamos bien. —¿Bien? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos sexo? —Pues… —Ni te acuerdas.
Él se encogió de hombros.
—Tampoco es algo que tengamos que hacer todos los días. —Díselo al Pablo de antes, que no me dejaba en paz. —Y tú siempre estabas cansada. —Sí, pero al menos había chispa. Ahora no hay nada.
Un silencio incómodo.
—Quizás deberíamos ir a terapia. —No pienso gastar un euro en eso. Pero… —ella dudó—… tal vez podamos probar algo distinto. —No me hables de tríos ni de intercambios. —No, no es eso. Pero tengo… fantasías. —Perfecto. Estoy dispuesto a escuchar y a probar lo que quieras. —¿Seguro? —Segurísimo.
Ella sonrió con una calma inquietante.
—Entonces deja que te sorprenda.
Y lo sorprendió. Vaya que sí.El látigo volvió a sonar. Y Pablo, atado en su particular potro de tortura, contra todo pronóstico, pensó: «Y pensar que Brownie era el único al que había que poner a raya».
Esa tarde la volví a ver. Pequeña princesa despojada de casta, de los silencios entre notas y de la oscura desdicha. Liberándonos del germen en su oculta morada. Herida de muerte por el poder de mi raza. Pero vivirá para siempre, aunque le quieras dar caza.
Me asusté al verla, sin sus tinieblas, bajo la luz fría de los cables de trenza. Agonizaba un sortilegio de terrorífica presencia. Y supe de su miedo en sus alas de hada.
—Te propongo un pacto: yo pasaré y tú no te moverás —cantaba mi hechizo—. De esa forma tú vivirás.
Pasé al lado de esa forma esquiva, de coraza negra. Bendije las paredes para que corriera. Y, para cumplir mi promesa, me despedí de mi princesa de antenas negras.
Entré con miedo, pero no había rastro de pesadillas. Esta noche sería para descansar, sin sombras oscuras que me atormentaran. Solo un acostumbrado paisaje de otoño en mi bosque de puertas, en la isla flotante. Lo previsto, nada más.
Así que di media vuelta, simulé un bostezo y me dispuse a intentar una siesta dentro de mi propio sueño.
Escuché un sonido y temí lo peor: una puerta abriéndose. Era verde, como su mirada; extraña, como la solidez del líquido evaporado. De esa forma se movían sus caderas: como si fueran lluvia y viento. Vino hacia mí con una sonrisa, como si mi cara de sorpresa fuese un poema romántico, de esos que escribía un tal Bécquer hace ya tiempo.
—Hola. Quise llamar primero, pero veo que no cierras las puertas. Te gustan las sorpresas, pienso. —Hola, bienvenida a mi morada. Si son como tú, no necesitan aviso. —¿Has probado alguna vez pastel de sueños de otro? —preguntó, mientras me mostraba el paquete que llevaba en las manos. —No he tenido el placer. Me encantará probarlo —admití, mientras invocaba una mesita, dos sillas y hasta un juego de té con su tetera humeante. —Veo que ya has aprendido algunos trucos. Ahora prueba esto.
La misteriosa mujer rasgó el paquete que traía. De su interior salió una impresionante tarta. Parecía de chocolate, y su tamaño triplicaba al de su envase. Ella sacó una daga de su vestido verde y cortó dos porciones.
Era imposible describir el sabor. Me recordaba a los días de lluvia en casa de mi abuela. Al horno de la cocina de leña. A la sonrisa de mi prima, con la cara manchada, pidiendo más en la merienda. Sabía a casa y, a la vez, a palacio real.
—No tengo palabras. —Pero sí tienes recuerdos. Es a lo que sabe la comida en estos sitios. Lo que pasa es que el recuerdo de este pastel es mío. Aquí compartimos recuerdos… y la habilidad de imaginar. —¿Conoces a más gente como nosotros? —Claro que sí. Somos pocos los que logramos cruzar la frontera, pero quizás más de los que crees. —¿Y qué pasa con ellos? —Lo normal. Con algunos te llevarás bien, con otros no. A los últimos seguramente los evitarás, y listo. Con los que comulgues intentarás coincidir. Llegarás a llevarte muy bien con unos pocos, y esos se convertirán en parte de tu familia. —Como en la vida normal. —Sí, como estando despierto. Con algunas diferencias. Aquí hay otras reglas. —¿Cómo cuáles? —Ya las irás viendo. Ahora me tengo que ir. Hoy madrugo. —No te conozco, pero no me importaría coincidir otro día contigo. —¿De verdad no me conoces? —¿Nos conocemos en el mundo real? —No. Solo en el sueño. Nos vemos otra noche. Aunque si me necesitas, solo tienes que cruzar mi puerta. Quedará abierta para ti.
Mario tenía la expresión triste de quien habla solo. Su desgastada ropa, fruto de batallas interminables, contaba historias de un camino con un final impreciso en la cúspide del destino. Sentado un martes por la mañana en un parque que, por no saber qué hacer, se le hacía grande, miró hacia el horizonte y suspiró.
—¡Cuack!
En el asiento de al lado subió un pato. Blanco, con plumas desordenadas, un pato más de los que nadan en el pequeño lago del parque, ajenos a quienes los miran curiosos desde la barrera. Este en especial parecía embravecerse con sus congéneres, a juzgar por las cicatrices de su pico. Se acercó a Mario con cuidado. Llevaba una bolsa coloreada en el pico que depositó justo al lado de su pierna.
Sorprendido, el ocioso caballero miró a su alrededor. Los pajaritos cantaban, las lagartijas hacían carreras con los ratones, ni un alma humana cerca. Abrió curioso la bolsa y sonrió levemente.
En el interior había un bocadillo cuidadosamente envuelto y una lata de gaseosa con sabor a limón. Miró al pato, y este lo miró con su rostro de ánade. Hambriento como estaba, Mario exclamó al cielo:
—Gracias.
—De nada —dijo el pato.
—Gracias, Dios, por escuchar mis plegarias.
—Dios escuchará sus plegarias, pero el bocadillo es cosa de nosotros, los patos del lago.
—¿…De los patos? —dijo Mario, confuso.
—Sí, los que vivimos en este parque.
—¿Os ha enviado Dios?
—No, no tiene que ver. Verás: desde pequeño nos alimentas. No hubo una sola tarde que, viniendo al parque, no compartieras tu bocadillo con nosotros. De adolescente nos invitabas a papas fritas, de esas de bolsa; las que saben a queso eran mis favoritas. Luego venías con tu novia y nos traías pan. Por último, le enseñaste a tu hijo a compartir el bocadillo, como lo hacías tú. Hoy te vimos especialmente hambriento, así que nos permitimos este detalle.
—¿Cómo…?
—La gente se empeña en creer que da suerte tirar monedas al agua. Nosotros no las necesitamos, así que usamos unas cuantas de esas monedas. Pedimos uno de jamón serrano, como los que te veíamos comer.
—Pero… los patos no hablan…
—Conocemos vuestro lenguaje, pero normalmente no tenemos nada que deciros.
Hoy se abrirá un ciclo. Los astros se alinearán, terminará el sepelio. Se abrirán las puertas del nirvana, las almas se elevarán desde sus oscuros féretros. Habrá juicio, júbilo errante, canciones de inicio. Nos reencarnaremos en aquello que deseamos.
La crucifixión quedará atrás. No habrá batallas, ni mentiras, ni duelo. Solo orden. Solo silencio. Un descanso roto en la felicidad de muchos. Un sol radiante en un ocaso pactado.
La cola era inmensa, una serpiente hambrienta, inquieta, intentando cazar su presa. Tanto trámite moderno por internet, y aún así, aquí estábamos: esperando. El cielo reflejado en gris me devolvía al mismo lugar de siempre, la cola del paro.
—Perdona, ¿eres la última? —Pues sí. Ya lo ves. Ahora eres tú el que va detrás. —Eso parece.
Venía bien distraerse con esos pantalones cortos y esa cara de descaro. Eran días malos y cualquier distracción servía. Tanto luchar por mantener un trabajo digno y, después de diez años, echarme por no cumplir no sé qué requisitos. En fin, mejor pensar en el futuro, aunque la crisis en ciernes y la falta de estudios no presagiaban suerte, sino malos augurios.
—¿Ha cambiado mucho la cosa? Hace unos diez años que no venía por aquí. —No lo sé, mi caso es parecido. —Pues andamos apañados. —¿Diez años en la misma empresa? —Sí. Me echaron por no tener determinados estudios. —¿Qué hacías? —Trabajo de oficina: revisaba contratos, llamaba a clientes… algo así como secretario de un gestor. ¿Y tú? —Camarera, en un bar de copas. Me pillaron sisando el bote. Pero en realidad descubrí quién lo hacía: nuestro propio jefe. —Qué cabrón. —Y aún así, un cabrón intocable. —Me imagino. ¿Y cuánto tiempo llevabas? —Cinco o seis años. Aunque ya estaba buscando otro curro. Un restaurante te deja sin vida. —Ya, trabajo de actores y estudiantes. —¿Cómo? —Que se gana dinero, pero para toda la vida no sirve. —Nada, te ha salido una rima. —¿De verdad? Es que llevo un poeta dentro. —¿Ese es tu método para ligar? —¿Qué? No. En serio, me gusta la poesía. Pero no lo voy pregonando. —Pues ya que tenemos tiempo, recítame algo. —Pero soy muy malo recitando… además no me sé ninguno de memoria. —Venga ya, seguro que un poeta tiene recursos. —No, de verdad. Qué vergüenza. —Si me gusta, te invito a una cerveza. —Vale… intentaré improvisar algo. —Pero me tiene que gustar, ¿eh? —Ejem, a ver…
“La cola era inmensa, una serpiente hambrienta, inquieta, intentando cazar su presa. Tanto trámite moderno por internet, y aún así, aquí estaba de nuevo, en la cola del paro. El cielo reflejado en gris me lo recordaba.”
—Me gusta. Pero eso no es poesía. —Es prosa poética. —Sí, lo que tú digas. Pero te lo estás inventando. —De eso se trata: inventarme algo. —¿Para ganar una cerveza? —Para beber de tu risa. —De mi risa y de mi tiempo. —Ya que nos sobra… vivámoslo en el momento. —Pues nos queda una eternidad. —Vivirla contigo no suena mal. —Más que poeta pareces rapero. —Trabajo pendiente… si volvemos a vernos.
—Vale, la cerveza te la has ganado. Aunque no sé si con tus rimas fáciles conseguirás trabajo.
En la oscuridad de su hogar la esperaba, cabizbajo, temeroso. Quizás hoy ya no vendría, o quizá fuera la última noche. Guardaba la poca energía que le quedaba para recibirla. El sopor lo arrullaba en una duermevela que parecía la hibernación de su desdicha.
Ese aura azul tocó a la puerta y lo despertó de inmediato. Ya la sentía cruzando la calle, subiendo las escaleras, dudando frente a la entrada. Cuando abrió, ella se abalanzó a sus brazos, buscando entregarse entera, refugiándose en el sabor de la almohada.
No hubo saludos, flores ni cenas con velas: solo la desesperación de dos cuerpos devorando la espera. Terminaron en silencio. Ella, con el aura gris, cansada; él, sonriendo por dentro, con un destello azul en la mirada.
—Jonas, ¿a dónde va lo nuestro? —No va, Sofía, simplemente fluye. —No sé por qué sigo viniendo. —Porque me deseas más allá de lo lógico. —Pero podríamos evolucionar, ser algo más que una visita de viernes. —Somos distintos. De otro modo no funcionaría. —Algún día encontraré a alguien y esto terminará. —Mientras tanto seguirás viniendo. —Sí, aunque empieza a ser peligroso. —No te lo niego. —Cuando salgo me siento vacía. —Y si nos viéramos todos los días te sentirías así siempre. Lo sabes. —Lo intuyo. —Es mejor esto. —Dime al menos que me quieres. —Te quiero. Te necesito más de lo que imaginas. Pero no te puedo dar más. —Me tengo que ir. —Lo sé. ¿El viernes? —Puede.
Cerró la puerta dejando tras de sí su estela oscura. Hambre de cariño en cada paso, dispuesta a buscarlo afuera para entregárselo luego, cuando su aura vuelva a ser azul y el cielo brille oscuro.
Mi sueño hoy estaba oscuro. Era un mal presagio. Las nubes emborronaban el horizonte, y el sol era apenas una minúscula estrella que alguna vez existió. Llovía en el jardín de las puertas, empapando los senderos que llevan hacia otras mentes durmientes.
Una de esas puertas me era desconocida. El aire se respiraba entrecortado, oscureciendo el entorno. Algo enfermo habitaba allí, rezumando maldad y ganas de huir. Pero yo me negaba a renunciar a mi espacio secreto. Tendría que enfrentarme a ese destino.
Abrí la tenebrosa puerta. Era la pesadilla de un demente: viento arrasando un lugar olvidado por las lágrimas, polvo en las aceras, herrumbre en las señales de tráfico. En ese lugar yo vestía cuero negro. Mi linterna se había convertido en un farol de mano, y la pistola de plástico, ahora, en una ballesta con flechas luminosas.
Caminé por la carretera hasta encontrar un edificio en medio del vacío. Una casa muerta, enorme y deforme, no una torre que buscara el cielo. Escupía sombras por su puerta y de sus ventanas supuraba una sangre oscura, enferma.
Me acerqué con cautela. Entrar no era mi idea, así que esperé. A ver si el mal que habitaba allí quería mostrar su rostro.
Y lo hizo. De su interior emergió algo que una vez fue humano, mirándome con ojos infectados de penumbra.
—Has entrado en el sueño de un insano. Pronto estarás con nosotros.
Dijo la horrenda criatura, acercándose lentamente. Disparé cerca, a sus pies. Sabía que el daño que le hiciera a la criatura también lo recibiría el dueño de esta pesadilla. El dardo rozó su pierna y se clavó en el suelo, incendiando la oscuridad con un destello.
La criatura sonrió, inmóvil. Le afectaba la luz tanto como a nosotros el fuego.
—¿Crees que eso nos va a detener? —respondió, avanzando cojeante, riendo.
Hurgué en mi bolsillo. Era el momento. Allí no estaba la campanilla que me había entregado el extraño visitante, sino un teléfono viejo. Sonó de repente, con un timbre áspero y gastado.
Contesté la llamada, asustado por la cercanía del ser oscuro.
—¿Quién es? —Veo que por fin te has enfrentado a tu primera sombra. ¿Es muy grande? ¿Está sola? —Es poco más alta que un hombre, pero salió de una casa viva, que destila oscuridad. —Esa es su guarida, la puerta por la que ha entrado. ¿Tienes algo que ilumine? —Sí. —Bien. Si no es muy grande, temerá la luz. Hazla retroceder, que vuelva a su refugio. Luego ingeníatelas para quemarla. Si la sombra te toca, estarás perdido. No dejes que ocurra.
Reaccioné rápido. Dos disparos frente a sus pies hicieron que retrocediera. Disparé entre sus piernas, varias veces, hasta levantar un muro de luz. La criatura avanzaba a trompicones hacia atrás.
Mi gatillo se hizo ligero. Dos flechas más ocuparon el lugar donde ella había estado, y la sombra terminó por retirarse. Ya cerca de la casa, fue arrancada del cuerpo que poseía: una espesa criatura de humo negro, atravesada por mis dardos, fue engullida por la mansión tenebrosa.
El cuerpo quedó desplomado en el suelo. Corrí a socorrerlo. Antes, estampé mi farol en la puerta del edificio, que ardió al instante. El hombre, recobrando su forma humana, abrió los ojos con miedo. Fue entonces cuando comprendí que estaba despertando.
Corrí hacia la puerta de mis sueños. Crucé sin aliento. Desperté sudando, en un instante.