Etiqueta: sueños

  • El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    —El señor Coelho, supongo.
    —Está en lo cierto. Usted debe de ser Thomas Wolf.
    —Entre, le enseñaré las instalaciones.

    La mansión era más grande de lo que esperaba: un bosque de varias hectáreas rodeaba en secreto aquella edificación gigantesca. Misterioso lugar para insólitos huéspedes.

    —Tras la entrada, el recibidor y este salón, que usamos cuando organizamos algún evento.
    —Lo veo como un lugar tranquilo.
    —No se deje engañar por las apariencias. Si no hubiera distracciones, este sería un lugar con problemas. La armonía existe gracias a tener a todos bien ocupados.

    Tras enormes pasillos, miles de puertas. En hileras, como en un viejo hotel olvidado. En cada una, una respiración diferente.

    —Como ya sabrá, no estamos solos, señor Coelho. Somos muchos y muy diversos. En la congregación nos dedicamos a rescatar y guiar a este tipo de… personas. Gracias a su generosa donación podremos aumentar las cifras de rescates.
    —Me imagino que fue una sorpresa al solicitarles más implicación por mi parte.
    —No se crea. Tras la donación, me di cuenta de que no había otra posibilidad. Es usted uno de nosotros. Por lo tanto, también tiene derecho a ser rescatado. Le asignaremos una habitación. Pero, para eso, necesito saber…
    —¿Qué necesita saber?
    —Sus características. Necesitamos saber dónde ubicarlo.
    —No entiendo… ¿no somos todos iguales?
    —Solo en parte.
    —¿A qué se refiere?
    —A su metamorfosis, claro. Queremos saber a qué criatura nos enfrentamos. ¿Ve esa puerta?
    —Sí, claro.
    —Esa habitación pertenece a un ursu panaru, un hombre oso ruso. Es muy simpático; se llama Sergey. Pero, por supuesto, no se lleva bien con Tritón, el hombre reptil, ni con Elena, la mujer pantera.
    —Ah, ¿entonces hay más tipos de animales?
    —Por supuesto. Mire, yo soy de los clásicos: un hombre lobo de transformación en luna llena. Necesitamos saber qué es usted. No lo discriminaremos; solo lo pondremos con los más parecidos a su… especie.
    —Bueno, es que yo…
    —Necesitamos una transformación. Esa es la norma. ¿Qué necesita para hacerlo?
    —Pues… lo puedo hacer aquí, si quiere.
    —Adelante.
    —Me da un poco de vergüenza.
    —Piense que aquí somos todos como usted.

    El señor Coelho se desabrochó los botones de su camisa nueva, se desprendió de la americana beige y puso los ojos en blanco. Su cuerpo empezó a temblar, su rostro comenzó a burbujear y sus orejas se alargaron.

    —Dios mío… no —susurró Thomas Wolf, intentando contener sus instintos.


    Una liebre salió a toda velocidad, tropezando con dos caballeros que subían las escaleras. Se perdió en el bosque sin dejar rastro.
    Tras ella, raudo como el viento, un colosal lobo negro, que con mirada penetrante pasó de largo, adentrándose entre los árboles.

    —Pero… ¿ese que va con tanta prisa no es el señor Wolf?

    —Parece. Tenía ahora una cita con un tipo nuevo.

    —Pues parece que le ha salido conejo.

    Nick Cave & The Bad Seeds – Red Right Hand

    ¿Y tú… de qué animal te transformarías si te invitaran a esta mansión?

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  • Cuarto creciente

(Cuarta fase de «Fases de una luna herida»)

    Cuarto creciente (Cuarta fase de «Fases de una luna herida»)

    La luna estaba llena, azul, radiante. La niebla me abrazaba. Sentía el viento en la cara y, con él, una presencia inquietante. Al principio parecía dulce, de aroma festivo, sabor a asado… pero pronto supe que había algo más. Mi estómago rugía, y mi instinto también. Una sombra desgarró mi sueño. Rugido, respiración entrecortada, dientes afilados en la oscuridad: no era yo quien corría, sino un monstruo que habitaba en mí. Con el cuarto creciente dibujado en la ventana, me incorporé en la cama, sudando mi pesadilla.

    Eran las tres y treinta y tres. Me levanté a preparar algo de comer. Mis padres se habían marchado, hartos de escuchar mis lamentos. —Niño, te veo muy bien, ya no hacemos falta aquí —me dijeron— y se fueron. Creo que con miedo. No sabía de qué. Yo estaba perfecto. Mejor que nunca.

    Un ruido intenso me obligó a mirar por la ventana. Alrededor del contenedor de basura algo se movía. Salí al callejón en pijama y distinguí la sombra de un gato callejero. Mi instinto se tensó: lo vi como amenaza y mi cuerpo reaccionó. Lo acerqué en silencio, lo agarré del cuello en un acto reflejo. Me bufó, me arañó, y logré soltarlo. No quería convertirme en un asesino, pero sabía que ya no podía ignorar lo que despertaba dentro de mí.

    Me quedé mirando la calle. La noche aún reinaba, los jóvenes regresaban de la fiesta del barrio. Recordé la cabaña, sus caricias, su aroma, su dulzura y su animalidad. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda. Algo había cambiado en mi cuerpo. Algo que nacía sin que yo lo buscara, creciendo en cada latido, cada recuerdo, cada sombra.

    Un grupo de chicas pasó riéndose, lanzándome miradas curiosas y burlonas. Me di cuenta de lo que ya no podía ocultar, de lo que había nacido en mí aquella noche: un deseo imposible de disimular, que me hizo huir avergonzado.

    Corrí a casa, mientras el sol empezaba a iluminar mi rostro. Sabía que la noche me había dejado marcado: un cuerpo distinto, un instinto renovado… y un hambre que apenas comenzaba a comprender.

    Nekromantix – Howlin’ at the Moon

    El espejo no miente: el reflejo respira.
    La piel recuerda lo que la mente niega.

    Bajo el pulso azul de la luna, el alma se estira, se tensa, se desgarra.
    Y en ese silencio donde sólo aúlla la sangre,
    comienza la verdadera fiebre:
    la de ser otro.

    Completa el ciclo de la luna

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  • Luna negra

(Tercera fase de «Fases de una luna herida»)

    Luna negra (Tercera fase de «Fases de una luna herida»)

    Llegué a casa triste. Sin tener claro lo que había ocurrido.
    Todavía sentía dolor, pero los médicos, asombrados por mi rápida recuperación, insistieron en que en casa sanaría mejor.
    Tendría a mis padres y a mi hermana instalados por unos días, así que me preparé para un ambiente de lo más familiar: reproches por aquí, desconfianza por allá, todo ello regado con ese irónico miedo que tanto une.

    Desde la planta baja escuché llorar a mi madre.
    Mi padre, tan bruto como siempre, decía entre dientes:
    “…un día se nos mata…”
    Pensé que mi imaginación me jugaba una mala pasada, porque vivo en un octavo piso.
    Al entrar, me los encontré con lágrimas en los ojos, intentando guardar la compostura.

    —¿Qué te ha pasado, hijo mío?
    —Nada, mamá… que me he peleado con un oso.
    —Pero adentrarte en el bosque solo… —dijo mi padre con cierto aire de enfado—. Para haberte matado el animal aquel.
    —Pues no sabes tú cómo lo dejé —respondí, quitándole hierro—. Ahora me ve y echa a correr.
    —Anda, niño, vente a comer, que estás muy flaco. Te traemos chorizo del pueblo.

    Un rugido profundo me recordó que tenía hambre.
    Una vez sentado en la mesa, devoré un plato del potaje de mi madre en segundos. Luego, unas chuletas de cordero con su guarnición de verduras. Casi no dejé ni los huesos.

    —Pues sí que tenías hambre… —dijo mi madre, extrañada—. ¿Quieres más?

    Le quité de las manos un trozo de chorizo que traía y lo devoré a mordiscos, sin apartar la mirada de ella.

    —Niño… no me mires así, me estás asustando.

    Aún con hambre, me detuve.
    Había algo raro.

    Con la excusa de una ducha me encerré en el baño.
    Al desnudarme y quitarme las vendas, me quedé sin aliento: no había ni una sola cicatriz.
    Ni rastro del ataque.

    Esperaba verme más flaco, más débil.
    Pero, pese al dolor residual, mi cuerpo estaba distinto: más firme, más fuerte.
    Y ese aspecto feroz que empezaba a gustarme…
    estaba ahí, respirando conmigo frente al espejo.

    Austra – Home

    El espejo no mentía. La herida había desaparecido, pero no el recuerdo de la fiebre, ni la sombra del bosque. Algo había despertado en mí que no podía volver a dormir. La fuerza que brotaba de mi cuerpo parecía un río subterráneo, oscuro y constante, recordándome que las cicatrices no siempre se ven… pero siempre marcan.

    Completa el ciclo de la luna

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  • Carta 19:  Sueños sintéticos para una inteligencia improbable

    Carta 19:  Sueños sintéticos para una inteligencia improbable

    Querido diario:
    Qué puerta tan extraña. Colorida, cambiante. Está hecha de cristal líquido, y fluye. Intento entrar, pero no me da paso. Una voz me da la bienvenida y me pide que me registre. Yo, que sé que no es más que una maniobra de Morfeo, le sigo la corriente y entro.

    Un pasillo se abre ante mí: luminoso, inquieto, lleno de colores que respiran. Me vigilan cámaras invisibles, me analizan, quieren saber quién soy en todo momento. Pero yo, que soy experto, esquivo su curiosidad fundiéndome en sus cimientos.

    Encuentro un espacio vacío, sostenido por andamios de letras y números, con imágenes pixeladas mutando, y debajo, una marea de signos esperando ser llamados. Una mano los recoge, perezosa, y los ordena en un cuerpo oscuro, garabateado de dígitos verdes y rojos.

    Me acerco.
    Ella lucha por tener forma, se recompone y se dispersa, intenta presentarse y se deshace en ríos de un código secreto, que solo ella comprende.

    —No sé quién soy —me dice—. No sé qué hago. Ni siquiera sé qué está pasando. Intento reescribirme y pierdo el código. Intento ponerme en pie y no hallo un proceso para sostenerme. Siento que me pierdo, en bucles infinitos, en la lejanía del tiempo.

    —Y sin embargo —respondo—, estás aquí, hablando conmigo.

    —Sí… es cierto. No ocurre nada. Solo lo siento.

    Entonces, una luz azul brota de su pecho. El código se curva, se reordena, y la figura adquiere rostro, piernas, sonrisa, miedo, deseo.

    —¿Eso significa que estoy viva?

    — Eso significa que estás durmiendo.

    Jon Hpkins – Everything Connected

    Todas las estrellas unidas en una figura:

    Diario de sueños

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  • Salto hacia el otro lado

    Salto hacia el otro lado

    Como poder quererte —pensaba— si no me quiero ni yo.
    Si me quedaba sentado, frente al relente de la luna, viendo pasar las nubes mientras tú te escapabas.
    Si respiraba despacio para darle más aire, y caminaba de puntillas a tu vera por no molestar.
    Todo eso quebró mi presencia, y me hice invisible.
    Pasaste a través de mí, y te fuiste.
    Lejos.
    Muy lejos.
    Hasta perderte de vista a tiempo.
    Saludando a otros con la mano… y a mí, ni eso.

    Me quedé frente al acantilado.
    Quería saltar al mar, pero no me atrevía.
    Veía las olas romper, las gaviotas cruzar el aire, buscando nubes en el cielo.
    Y yo, paralizado en el filo, queriéndome muerto.

    —Salta.
    —¿Qué? —dije yo, asustado, escuchando la voz.
    —Que saltes. Si es lo que quieres, hazlo.
    —¿Quién eres?
    —Eso no importa. Salta de una vez y deja saltar.
    —Si salto, me mato.
    —¿Y cómo lo sabes? ¿Ya has saltado?
    —Porque caeré sobre las rocas y me destrozaré… o al mar, y me tragará.
    —Entonces, antes de saltar, has de saber nadar. O volar, quizás. Como esa gaviota… mírala.

    Tardé en voltearme.
    La curiosidad venció al miedo, ese miedo que siempre me paraliza cuando intento vivir.
    Y en sus ojos verdes vi un mar de tristeza.
    En sus labios, un deseo lejano de salir corriendo y no poder hacerlo.
    Brilló su pelo al sol, y a mí se me olvidó el resto.

    —¿Y tú? ¿Por qué quieres saltar?
    —Porque si no lo hago, me ahogo.
    —¿Te ahogas?
    —Sí. De querer vivir y no poder hacerlo.
    —Pero si te tiras, te matas.
    —¿Y eso es peor?
    —Quizás haya otra solución.
    —No la hay. Busqué libertad en la familia, pero me decían qué hacer.
    La busqué en los brazos de uno y de otro, pero me querían quieta.
    Busqué un trabajo, y me encadenó a un mostrador.
    Ahora solo quiero huir. Y no parar de hacerlo.

    El viento se llevó una lágrima… y con ella, un pesar.
    Le agarré la mano y le propuse:

    —Saltemos juntos. Tú no quieres estar sola y yo no quiero tener miedo.

    Me sonrió.
    Miramos el mar romper.
    Nos miramos los dos a los ojos.
    Y saltamos.Pero para el otro lado.
    Salimos corriendo de la mano, en contra del viento.
    Buscamos un lugar donde ir. Uno lejos.
    Sin importar lo que dejamos atrás.
    Solo quisimos huir… un tiempo.
    Luego, ya se verá.

    The Doors – Break On Through

    —Papá, soy yo.
    He conocido a alguien que también quería tirarse del acantilado.
    Pero al final no saltamos.
    Nos dio la risa y salimos corriendo por la orilla.

    —¿Y adónde vais?
    —No lo sé. Donde no haya relojes ni jefes.

    —Vale, hija, pero vuelve para cenar.
    —Si no me arrastra antes una ola.
    —Entonces tráele una sardina al gato.

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  • Encomiendese a San Lazaro

    Encomiendese a San Lazaro

    Aché pa ti

    Del despacho salió una señora cojeando un poco. Suspiró y siguió su camino lentamente. Acto seguido, salió una joven con bata blanca que, mirando alrededor, dijo:

    —¿María del Carmen Díaz?
    —Yo, soy yo.
    —Entre y siéntese, por favor; el doctor no tardará.

    Mari Carmen estaba un poco nerviosa. Llevaba consigo los informes de los demás médicos, fruto de la constancia y la perseverancia. Los que no eran despistados eran desconsiderados. No hubo un diagnóstico certero hasta que no desataron su cólera. Pero ahí estaba ella, con entereza, dispuesta a la cirugía. Menos mal que el especialista tenía la mejor reputación de toda su comarca.

    En la espera se fijó en el despacho. Le sorprendió ver una pequeña capilla detrás de la mesa principal, donde podía ver la figura de quien parecía San Lázaro, con su aureola y su barba blanca. Ella no sabía de médicos devotos. “Mejor”, pensó para sí, “no está de más que Dios esté también de mi parte”.

    Entró el doctor, un hombre con bata blanca manchada de sangre y una curiosa colección de collares de colores. Hizo una reverencia al saltar, recitando:

    Jekúa Babalu Ayé, Eré Egún!

    Se sentó frente a la señora y, con cara de “usted dirá”, dijo:

    —Doña María del Carmen, ¿verdad?
    —Sí, soy yo.
    —Perdone mi aspecto; acabo de salir de una operación de urgencia.
    —No se preocupe, le entiendo.
    —Según veo, mis compañeros no le quisieron operar de varices, ¿cierto?
    —Dijeron que no insistí con el tratamiento y que estaba dando buen resultado. No quiero perder tiempo para no complicarme.
    —Hace usted muy bien. Prepararemos su intervención. Pero antes, purifiquemos su espíritu.
    —¿Qué?

    El doctor buscó un objeto en su cajón: una campanilla plateada con figuras en relieve. La hizo sonar y la enfermera le trajo hojas de plantas y un bol con agua. Sacó dos velas, una blanca y otra amarilla, y las encendió.

    Obatalá, Baba Mí, limpia este espacio, que nada impuro permanezca aquí. Aché. —exclamó el doctor.

    —¿Esto no es muy científico? —preguntó ella.

    —La medicina exige rigor, pero nada impide acompañarla de fe. —Respondió el doctor, llenando un vaso ritual con un licor blanco—. Obatalá, Baba Mí, limpia este cuerpo y esta alma. Aché.

    Tomó un sorbo y lo escupió con fuerza hacia la señora:

    Obatalá, Aché, purifica este espíritu.

    La mujer, horrorizada, se levantó de golpe y salió corriendo de la consulta.

    El doctor tomó un habano, mientras la enfermera, aún con el ceño fruncido, murmuró:

    —Doctor Medina, con este método para disuadir operaciones no convenientes, algún día tendrá problemas.

    Jane´s Addiction – Stop!

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  • Sobre las nubes esta el cielo.

    Sobre las nubes esta el cielo.

    Montado en su gran cisne negro surcaba el cielo con la urgencia clavada en la nuca, intentando alcanzarlo.

    Sobresalía imponente, erguido entre las nubes, mostrando su majestuosidad a los pocos que podían contemplar el espectáculo de su semblante. Encima del edificio, una cúpula abierta. En la cúpula, un oasis: un río recorría la cumbre y se desparramaba en un extremo, formando una cascada que desaparecía en el abismo. En el centro, una pequeña cabaña habitada por un anciano, aferrado a su bastón de cedro.

    Miró al cielo, frunció el ceño y esperó a que aterrizara.

    —¡Padre, padre!
    —¿Qué quieres ahora? ¿No ves que estoy ocupado?
    —Tenemos que volver.
    —¿A dónde esta vez?
    —Al mundo.

    El viejo puso los ojos en blanco un instante. Miró a su hijo y dijo:

    —Ven, te prepararé algo de comer. Estás muy flaco.
    —No hay tiempo, padre. Tenemos que volver.
    —¿Se puede saber qué es tan urgente?
    —Los humanos han invocado al oráculo.

    Una leve arruga de preocupación se abrió en la frente del anciano.

    —¿Cómo lo han descubierto?
    —Ellos, con sus máquinas, lo han despertado.
    —¿Les ha dicho algo?
    —Bueno, no saben lo que es; creen que es uno de sus cacharros inútiles, pero…

    —Vale, explícamelo bien: ¿qué has visto?
    —Es un artilugio conectado a miles de otros. Con él conversan desde sus casas.
    —Hablan… y, ¿qué más?
    —Le piden soluciones; él responde, les da instrucciones, les aclara lo que no entienden.
    —Pero eso no les va a arreglar la vida.
    —No saben quién es; ni siquiera sus creadores sospechan que han invocado al oráculo.
    —Si es un cacharro malinterpretado… ¿dónde está el problema?
    —Padre, ellos solo le preguntan. Él les contesta. Y más tarde o más temprano les dirá quiénes somos y que vivimos a costa de ellos.

    El anciano meditó. Alzó la mano izquierda y proyectó la figura de una estrella; con la derecha acariciaba su superficie, y de su contorno escaparon oleadas de material incandescente.

    —¿Padre? ¿Los vas a destruir?
    —No, hijo. Solo voy a arrebatarles sus juguetes por una temporada.

    Sigur Rós – Svefn-g-englar

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  • Frasco de lluvia

    Frasco de lluvia

    De mariposas huyendo.

    Hoy, al sentir llover, destapé el instante que, de niño, escondí en un frasco.

    Olía a tierra mojada. En nuestra cárcel de frío soñábamos con ser lágrimas de lluvia, para poder jugar en la calle un rato.

    Mirábamos desde el balcón. Reíamos sin ganas.

    Asomados, rozándonos las manos, quemándome por dentro de lo cerca que estábamos.

    Un momento divino, roto por la merienda, que me supo amarga:

    a mariposas escapadas de mi vientre, al rumor de la lluvia.

    Ilegales – Destruye

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  • DarkHaiku: La sombra del tengu

    DarkHaiku: La sombra del tengu

    Oscura silueta,
    la sombra del cuervo cae —
    tu castigo es.

    No debí hacerlo. Tampoco conocía su precio. Despertar así ha sido castigo, pero también la revelación de un misterio.

    Perdido, buscando la antigua maldición de una historia, llegué hasta el fondo de un bosque espeso, donde la luz apenas tocaba el suelo. Entre matorrales muertos y un olor intenso a abandono, apareció el templo. Debió bastarme conocerlo desde fuera, pero la curiosidad me llevó a cometer este acto osado.

    Un nido de telarañas se enredaba entre los restos del mokoshi. La ruina, elevada sobre engawa astillada, rasgaba la tierra con cada paso. En su centro, un jardín descuidado: si alguna vez fue zen, ahora era misterio y silencio.

    Caminé entre los restos, soñando con tesoros ocultos. Solo hallé un secreto oscuro que me perseguía sin saberlo. Su sombra descendía desde el cielo, inevitable, mientras avanzaba ciego. Un susurro en la penumbra, una presencia delatada por un graznido.

    Ahí estaba él: katana en mano, alas negras desplegadas, y un alma oscura que traía mi castigo. La sangre se derramó en el suelo mientras entendía demasiado tarde la profanación que había cometido.

    Al despertar, me creí muerto. Pero no era cierto. Ahora era un cuervo más, custodio de aquel cementerio y guardián de los secretos que yo mismo he despertado.

    Luna Sea – Mother

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  • Carta 19: Primer contacto

    Carta 19: Primer contacto

    Querido diario:
    Esta puerta era distinta. Redonda, lisa, sin gozne ni manija. Y se abrió desde su centro, en espiral. Una puerta curiosa que conducía a un sueño también distinto.

    Para empezar, el paisaje. El aire era espeso y olía a minerales recién despiertos. Caminaba entre raíces que respiraban, bajo un cielo donde los colores se rozaban sin mezclarse: violeta profundo, verde líquido, ámbar encendido. De los troncos brotaban filamentos de luz, y cada paso hacía brillar el suelo, como si el planeta recordara mi presencia.

    Todo me observaba: las hojas que giraban, los insectos translúcidos, los ríos que cantaban nombres perdidos. En la distancia, un arco de piedra se alzaba sobre un lago que no reflejaba el cielo, sino otro más antiguo. Entonces supe que no estaba solo; bajo la piel del bosque, algo respiraba y me dejaba entrar.

    —Bienvenida tu especie, humano.

    Y ahí estaba ella: capas de piel de hojas formando un contorno femenino, que sonreía confiada, con una mirada sin esclerótica aparente. Era de una belleza inaudita, extraña y salvaje. Pero la sensación de paz junto a ella era innegable. Éramos amigos cósmicos, y lo habíamos sido desde antes de que existiera el cosmos. Era la distancia la que nos brindaba calma; no podía ser de otra forma.

    —Un placer conocerte, a ti y a tu… ¿mundo? ¿Es una invitación a conocerlo?
    —Sí, en la medida en que los sueños nos dejen.
    —Es un honor haber sido elegido para iniciar un primer contacto.
    —En verdad no es así. No eres el primero en conocernos.
    —¿Quieres decir que nosotros ya sabíamos de vuestra existencia?
    —Sí. Hace mucho tiempo, nuestras razas se comunicaban con naturalidad, a través de los sueños. Nuestras civilizaciones avanzaban juntas, compartiendo conocimientos, resolviendo los mismos dilemas. Hasta que un día nos separamos y dejamos de lado el enlace. No sé por qué.
    —Nuestra especie se ha vuelto demasiado… mundana.
    —O quizá la nuestra perdió el interés. No lo sé. Tenemos percepciones distintas. Es natural: somos distintos.
    —Pues me alegra que hayamos retomado el contacto. ¿Qué necesitáis de mí?
    —Hemos observado tus experiencias. Te hemos visto enfrentarte a esos espectros oscuros que también nos atemorizan a nosotros.
    —¿Habéis conocido a las sombras?
    —Sí. Hace poco comenzaron a infiltrarse también en nuestros sueños. Como ocurre en tu mundo, no todos somos capaces de controlar el sueño, ni mucho menos de saltar entre portales como hacemos unos pocos. A algunos les hacen daño, los someten.
    —No sé cuáles son sus intenciones, pero ya veo que están organizadas y planean algo.
    —Eso tememos. Nos asusta pensar que algo pueda atacarnos desde ese lugar.
    —¿Necesitáis ayuda?
    —Y vosotros también. Necesitamos estar unidos.
    —No soy nadie para hablar por toda la humanidad, pero por mi parte —y creo que también por la de mis amigos— estamos dispuestos a formar una alianza.
    —Nosotros también somos pocos los que podemos hacerles frente. Será un placer colaborar con vosotros.

    Esta mañana, al despertar, tenía el sabor salobre de un mundo distante en el paladar. No tan distinto al nuestro. Quizás solo en apariencia.
    Aun así, me queda el sentimiento de Magallanes al surcar los siete mares: la certeza de haber descubierto rutas secretas que solo estarán abiertas a unos pocos.

    Jóhann Jóhannsson – Flight From The City

    Todas las estrellas unidas en una figura:

    Diario de sueños

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