—Buenas noches, ¿me pone una copa? —Buenas noches. ¿Le parece bien este vino azul? Aquí causa furor. —Vino del vulgo. Magnífico. Vamos a probarlo. Oye… ¿qué sitio es este? —¿A qué se refiere? —No sé. Estaba atrapado en una pesadilla absurda, crucé una puerta y aparecí aquí. —¿Una pesadilla? Suena prometedor. Cuénteme. —Verá, soy delegado de zona en una gran multinaci… —¿Delegado de zona? —Sí, sí. Delegado de zona. —Ajá. ¿Y eso qué es? —¿No sabe lo que es? ¡El mejor invento desde la Coca–…! —Sé lo que es. Quiero oírlo de usted. —Bien. Superviso filiales. Aseguro que sigan mi estrategia. —Entiendo. Y si no lo hacen… —¡Los aterrorizo! Ja ja ja jaaaa —Claro. Y si la forma de ellos resulta ser mejor… —Imposible. Tenemos un equipo de técnicos especialistas que… —Vale, vale. Su pesadilla. —Había un operario que me contradijo. ¡Y nadie lo castigaba! Intenté que lo destituyeran… y nada. —¿Eso era todo? ¿No había monstruos, sangre, cuchillos? —No. ¿Qué miedo va a dar un monstruo? El verdadero terror es real: que alguien cuestione tu autoridad. —Aburridísimo. —¡Perturbador, diría yo! —Categoría nueva: terror tedioso. —Era espantoso, horripilan… —Sí, sí. Terror nocturno a ser contradicho. —¡Oiga! ¿No sabe que el cliente siempre tiene la razón? —Aquí, desde luego, no. —¿Y eso? ¡Qué descaro! —Porque estás en mis sueños. Y aquí mando yo.
Korn – Y`all Want a Single
Hay pesadillas con monstruos. Y otras, peores, que sólo tienen orgullo.
La nebulosa de Orión se alzaba radiante, inmensa, envolvente. Como un rito sagrado, cada día a las 7:35 hora terrestre, Logar Maswani, tras su escaso desayuno y la oración prometida a su divinidad, se sentaba en la plaza de la cúpula para contemplar el fulgor de las estrellas. Observaba los suaves destellos y el torrente de colores que formaba aquella Xibalbá cósmica: la puerta del inframundo según los maya.
Logar siempre pensó que por eso estaba allí, frente al infierno. Había sido su alternativa a prisión: un asesino sin escrúpulos convertido en guardián silencioso, gracias a sus conocimientos técnicos. Ahora disfrutaba de una calma inmensa en los confines del espacio, a veinticinco años luz de la Tierra, en un trabajo que todos los aptos rechazaban por su lejanía.
Su estación orbitaba el artefacto de tránsito ON5-132, un portal que conectaba con galaxias remotas. Tras la meditación, se dirigía al puesto de mando, donde supervisaba androides semiautomáticos que patrullaban la estructura. Su misión: limpiar los residuos de partículas que impactaban contra el campo de fuerza.
El portal tenía una masa apenas inferior a Venus aunque su tamaño fuera mucho menor: un anillo elíptico marfil, del tamaño y forma de la isla de Corvo, en Azores, con un núcleo de plasma azul que latía como un corazón antiguo. Toda su gravedad dormía en ese núcleo denso.
Logar desconocía los movimientos de tránsito hasta poco antes del paso de una astronave: una simple notificación bastaba. No tenía que actuar. Las naves cruzaban el pórtico y, en minutos, encendían sus motores, perdiéndose como estrellas fugitivas en la inmensidad.
Solo una vez todo fue distinto. Una nave militar averiada, la Beta Caronte, emergió del portal. Venía de un conflicto cerca de Nueva Gaia. La tripulación abordó con protocolo marcial, confinaron a Logar y repararon en tres días, entre botas metálicas y androides despistados rodando como fantasmas tecnológicos.
Las naves proveedoras sí llegaban solas: robotizadas, surtían agua y alimentos para medio año, descargaban suministros y cualquier petición hecha por ansible. Logar podía comunicarse con casi cualquier lugar habitado, con pocas horas de retraso. Rara vez lo hacía.
Poco antes del almuerzo, al llegar a la sala de comunicaciones, vio el resplandor rojo de la señal de emergencia en todos los monitores. Sus implantes en muñeca y retina ya le habían avisado.
Una pequeña astro-recolectora pedía auxilio. El protocolo exigía motivo y diagnóstico: el soporte vital estaba a punto de colapsar. Logar autorizó la apertura de emergencia, envió instrucciones y desactivó el campo de fuerza.
Los remolcadores acudieron a la Sigma Arquemist, una nave dedicada a recolectar flora y fauna en mundos habitables del universo conocido. Tripulación pequeña, menos de veinte personas; expediciones financiadas, en parte, por contrabando: drogas exóticas para ricos nuevos y minerales luminosos para coleccionistas.
La nave emergió como una enorme beluga espacial. Como Alicia cruzando la madriguera del conejo, atravesó el portal. Su motor agonizaba; los remolcadores la guiaron con suavidad.
Mientras la nave se acercaba al muelle, Logar corrió a su camarote. Desempolvó un instrumento antiguo y precioso: una daga ritual para honrar a Kali.
Aquella noche, a la hora de la cena, su diosa tendría sangre. Su sacrificio. Y su ansiado silencio de nuevo.
En el umbral del tiempo mi existencia persiste. El flujo temporal inunda de infinitos recuerdos que se asoman en mi mente como polillas en un candil. Aunque si he de elegir, mi instante perfecto es hoy. Ahora. Siervo de Artemisa, soy el deseo más perverso de la luna llena. Perfume de tu cuello que embriaga el aire mientras soy sombra. Latido constante, respiración frecuente, tenso es el momento de delirio inminente. Notas de fuga barroca se liberan del pentagrama, rumor de batalla si hay suerte, pero siempre con ventaja. Elegante danza de la guadaña que siembra la vida con la muerte. Sabor ocre que extingue el ruido, sacia mi instinto y mi alma que vuelve al olvido se duerme, pero no se aplaca. Dulce el sabor que queda en mi boca.
A Commodore lo adopté allá por el 88, esa época en que recién salimos del blanco y negro, 64 como cariñosamente se presentaba. Con sus 8 bits y sus 64K era muy espabilado para su edad. En el parque, era el más rápido, el que mejor cantaba y el más silencioso al esconderse. ZX Spectrum, que siempre iba con un radiocasete de doble pletina escuchando heavy metal y Amstrad, con sus gafas de sol tintadas de verde, se metían siempre con él, le llamaban bicho cuadrado y se jactaban de tener más videojuegos. Es que 64 era muy serio para su época.
Años más tarde, adopté a Amiga, la hermana de 64, muy lista y ágil, que vestía siempre a la última moda. Éramos felices los tres hasta que Amiga se echó de novio a 386, lleno de pegatinas e implantes, era un clónico sin nombre que pasaba el día colgado en el sofá. Se dedicaban a quemar DVD que luego vendían en el mercado negro para poder conseguir expansiones.
Pentium llego a mi vida con un pantallazo azul y empezó a coquetear con extraños sistemas operativos que se administraba directamente por USB, le afectaba en el sector de arranque y le producía bipolaridad. Pasaba varios días sin poder arrancar bien, vomitando código y con un profundo mal humor. Tuvo un enfrentamiento con un servidor IBM que le costó el despiece.
Macintosh vino a casa presumiendo de potencia y estilo. Era imparable, super-conectado, triunfaba en la red. Aunque de gustos caros y delicado de paladar. Con un potente síndrome workahocolico severo que lo hace trabajar hasta desmayarse, que ocurre varias veces por semana, se resiste como un jabato a pedir una jubilación ya tardía.
Estoy esperando ansioso que mi próxima adopción sea algún tipo de aparato híbrido, compacto, ultra conectable, multifuncional, ecológico, manufacturado de manera ética y si puede ser quirúrgicamente implantable. No pido mucho más, solo que sea barato y que me dure al menos diez años. Lo normal.
En un rincón donde guardo mis trastos más preciados, todavía tengo intacto a 64, con su lector de casetes y sus enormes teclas marrones, esperando paciente a que le cargue aquel juego que siempre quiso ejecutar.
Hola, amigos, soy el doctor Grifunder de Fru. Mis colegas y yo, especialistas en endocrinología, llevamos una importante investigación en la Universidad de Chewsntown de Massachusetts que revolucionará el concepto que tenemos sobre las hormonas.
Todos sabemos que las endorfinas y la oxitocina tienen unos efectos de lo más deseados, en anteriores investigaciones confirmamos que producen numerosos beneficios para nuestro cuerpo. Las endorfinas con efectos analgésicos y relacionados con la felicidad y la oxitocina con efectos parecidos, que con suficiente cantidad, hasta produce capacidad empática. Estas y tantas otras hormonas son producidas por el cuerpo y liberadas según se necesite. Cuando tenemos sexo, por ejemplo, es una de las formas más agradables e inofensivas de que estas hormonas sean liberadas al torrente sanguíneo.
Pero como dice el dicho, no todo es orégano si en el monte no amanece más temprano. Según nuestro estudio, existe una forma de contaminar dichas hormonas y producir un efecto contrario. Un estado, de insatisfacción, estrés y ecpatía, casi rozando a la psicopatía. Y esto ocurre en una relación sexual no satisfactoria.
Contamos 50 parejas voluntarias sanas y equilibradas, un periodo en las que procuramos con una serie de incentivos sexuales, en la que su comportamiento y su eficiencia eran ejemplares. En otro periodo de tiempo, los equipamos con un dispositivo que interrumpía el coito con una serie de descargas eléctricas en los genitales, inofensivas pero molestas, que producía inestabilidad emocional y mal humor en los voluntarios. Logramos demostrar así la función del coito como reguladora social.
Sospechamos que el mal coito tiene un potente efecto social, que no solo afecta al día a día, sino que nos atrevemos a pensar es causa de conflictos masivos internacionales, quizás hasta guerras. Históricas parejas como Napoleón y Josefina nos pueden dar pista de cómo nos puede afectar en sociedad e incluso en política un sexo no satisfactorio.
La moraleja de este estudio es muy sencilla; amigos, procuren disfrutar todo lo que puedan y no sean mal follados.
– Sí, ya va, ya va, cervezas de las que os gustan a los enanos.
– Oye, camarero, ponéis aquí algún aparato para ver partidos de Pelota Percutada.
– Aquí solemos hablar más que ver pantallas, pero veré que se puede hacer.
– Pues sería genial. Se te llenaría esto de enanos.
– Me veo con el local destrozado. Nunca he oído ese deporte. Pelota Percutida.
– Pelota Percutada
– Eso. ¿En qué consiste?
– Ah, es muy divertido. Lo primero es meter en un barril de cerveza a los participantes, un barril por jugador, claro.
– Sano el deporte según veo.
– una vez que esté bien remojado en cerveza, se tiene que haber bebido más de la mitad, si no se ahoga, se le da un mazo y un escudo de madera.
– Y es ahí donde empieza la matanza.
– Exacto, ya veo que entiendes el concepto de tan noble deporte.
– Sí. Masacrar todo lo que se mueve. Lo que no entiendo es que pinta la pelota en esa batalla.
– Es muy importante, es una pelota de madera maciza de haya, y se va disparando al campo.
– Por si queda alguno en pie, ¿no?
– Exacto, eres un experto en deportes, camarero.
– ¿Y hay árbitro?
– Muy importante, Aunque no hay reglas claras en este juego, todo lo mas que hayan bebido suficiente cerveza.
– ¿Entonces? ¿Para qué es el árbitro?
– Para tener a alguien al que perseguir al finalizar el partido. Los jugadores suelen estar inconscientes y no es tan divertido.
– En fin. ¿Cómo os fue la aventura de la búsqueda del libro?
– Ah, ¿aquello?, se quedó en nada. Al salir de aquí al trasgo se lo comió un basilisco. Y nosotros nos entretuvimos comiéndonos al basilisco. Ahora estamos buscando otra vez un elfo. ¿Sabes de alguno?
Los métodos de Padre eran fríos, calculados y sobre todo inexorables. Yo lo entendía, no lo compartía. Pero así son las normas. Tristes normas de convivencias en un mundo lleno de carencias. Así que decidí acceder.
Ahí estaba él, en la puerta, esperando a entrar. Guapo, avispado, con esa mirada de inocencia de niño que espera en secreto a que Papa Noel entre cargado de regalos. Hace dos años que Padre me lo asignó. Mi cuerpo me lo pedía, la soledad también. Le conocía profundamente. Había estudiado cada segundo de su existencia. Lo había desnudado en cuerpo y alma. Eso sí, desde la distancia, en la sombra. Ahora debía entrar y dominar mis miedos.
– Oye, yo… No… No sé si estoy preparado para esto. -Me dijo al entrar, revolviendo los demonios que me atormentaban. Los que se alimentaban de mis dudas.
– ¿Y si damos un paseo? Así te enseño la ciudad.
La brisa de la mañana fue liberándome de la desidia. Parece mentira lo poderoso que podía ser unos rayos de sol, buscando mi piel, en una cárcel de hormigón y cemento. El efecto en él, supongo que fue parecido, pues empezamos a hablar; de nosotros, de nuestra vida, algo que ya conocíamos, sí, pero no habíamos tratado en persona. Y ocurrió algo que no esperaba. Me sentí acompañada por ese desconocido que hoy se presentó por primera vez en mi vida ante mi puerta.
Sonreía mucho, su mirada era alegre, más allá de los fríos videos y fotos que compartíamos, de las comparaciones e informes que no dejaban traspasar la calidez de una mañana como la de hoy. Eso echaba de menos.
– Creía que iba a ser más difícil. Pero ahora al menos estoy seguro de que me caes bien.- Me comentó él animado por la charla.
– Sí, pero creo que no nos conocemos.- Hablaron mis dudas.
– Padre me fue enviando todo sobre ti, es extraño, pero te conozco bien.
– Conoces lo que Padre sabe de mí. Lo que ve, y lo que digo. Pero no conoces lo que no digo.
– Pero Padre es…
– … Es una máquina.- Había miedo en su mirada, Quizá había alguna absurda ley quebrantada por mis palabras. No había grandes castigos, solo difíciles soluciones.- Padre es una máquina creada por humanos. También tiene fallos.
– Bueno, tenemos una semana para decidir. A mí me gustas, respeto tus dudas. Tomate tu tiempo.
– A mí también me gustas. Eso creo. Solo que no creo que sea la forma. Necesito libertad, en esto y quizás en todo. En todo lo que tiene que ver con mi vida.
– Creo que por hoy ya he tenido demasiadas emociones ¿Nos vemos mañana?
Me di la vuelta, confusa, frustrada. Todas las personas que conozco hacen esto de forma automática, se someten, obedecen los consejos, se emparejan y viven felices el resto de sus vidas. ¿O no es así?
Fue entonces cuando lo vi, estaba allí, frente a mí, ya había visto ese cartel otras veces y me parecía una estupidez. Pero ahora no. De repente sentí necesidad de compartir algo más con él. Titubeé un largo segundo y le llamé;
– ¡Espera!- Él caminaba lento, cabizbajo, nadando entre las dudas que habíamos sembrado y las que nos habían impuesto. La sorpresa fue quien le hizo volver.
– Quiero enseñarte algo, Pero antes ven aquí. Necesito algo de ti.
Le abracé, fuerte, sin esperarlo, al principio el dejo los brazos flotando en la duda, pronto apretó fuerte fundiendo sus labios con los míos, en un largo instante, infinito, que no se quería acabar. Lo que ocurriera después será definitivo.
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Este libro de Tolkien es una pieza indispensable de mi biblioteca. Ejemplar de tapa dura, ancho y robusto, es capaz de sujetar a los demás libros.
En innumerables ocasiones he intentado leerlo. Imposible misión que no llega más allá de la página 73, mi cabeza es absorbida por un enorme galimatías de personajes y hechos que me arrastra sin piedad al mayor de los más profundos sueños. Es entonces cuando tengo que lidiar con los Valar, maiar y con hordas de elfos y enanos hasta despertarme sobresaltado.
Hay muchas obras malditas en la historia de la literatura y yo tengo la mía propia en la estantería, mirándome, con una sonrisa entre las hojas en un, no te atreverás nunca más. Algún día, al limpiarle el polvo, lo abriré y lo leeré con saña. Entre tanto me entretendré con Canción de Hielo y Fuego que tiene banda sonora de Sauron.
– Buenas noches, por favor, una copa de ese vino azul tan bueno que tienes.
– Buenas noches cazador, aquí tienes, ¡bien frío! ¿Qué le trae por aquí?
– Pues un hambre atroz.
– Vale, mando a preparar lo de siempre ¿Qué tal ha ido la caza?
– Pues alguna historia tengo para contar.
– Soy todo oídos.
La Sombra es ese lugar donde se ocultan los execrables entes que habitan en las pesadillas y en esa casa había muchas. Una vieja cabaña de agrietada madera con retorcidas formas, oscurecida por el peso de la condena que soportaba. Era ese lugar donde los sueños se convierten en pesadillas.
Y ahí estaba yo, conjurando mi fiel espada a la sagrada causa de expulsar abominaciones. Rufián, mi cadejo, me marcó bien el camino a la sombría morada. Tenía el rastro de tres monstruos.
– Perdón, cazador, ¿qué es un cadejo?
– Los cadejos son perros espectrales que algún brujo desgraciado ha hechizado para quien sabe qué condenado objetivo. Encadenarlos forman parte del proceso. Cuando ya no los necesitan los abandonan y se les ven los pobres por ahí, arrastrando tristemente sus cadenas.
– ¡Qué cabrones!
– Así encontré a Rufián, asustado y aturdido, y aun así me echo una mano con un diabólico engendro, desde entonces es mi fiel rastreador. Hasta que encuentre la manera de quitarle la maldición. ¿Me pones otro vino?
– Por supuesto.
La puerta de la condenada casa abrió con el lamento agónico de los que han sido torturados. Dentro, oscuridad, desorden, muebles rotos, raídos por el tiempo, llenos de polvo y telarañas. El movimiento de una sombra condujo mi espada detrás de la cochambrosa cortina del fondo de la sala, rompiendo el silencio con un brutal alarido y la garganta de la primera criatura que se desplomó arrancando la cortina. Quedaban dos más. Este fue fácil, Los demás no lo serán.
La segunda criatura era fea, un repugnante amasijo de carne y venas redondo al que le salían dos largas patas y dos brazos que terminaban en garras. En el centro una sonriente boca de dientes afilados y fétido aliento, que saltaba y se agitaba al fondo del pasillo. No era muy alto, me llegaba a poco más de la cintura, así que de un salto conseguí ponerme encima, no sin antes darme un golpe con el techo. Agarre sus pestilentes brazos con todas mis fuerzas mientras el horrible monstruo se daba golpes con las paredes intentando desprenderse de mí. Pero yo lo tenía bien sujeto. Mi espada hizo el resto. Clavé la hoja hasta llegar a la empuñadura, fue suficiente para que dejase de moverse y descansara en paz.
Por mi experiencia, el último siempre es el peor y este no iba a ser una excepción. Subí las escaleras y en el segundo piso, tras la puerta abierta de una de las habitaciones, estaba ella. No he encontrado nunca una criatura tan bella como aquel súcubo. Bello cuerpo de mujer con cara angelical y un suave brillo rojizo en su penetrante mirada, olor a noche y madreselva y su voz… En un canto de sirena me dijo; – Cazador, ¿me vienes a exterminar?
– Y no te pudiste resistir
El cazador saco algo de su bolsa de viajes que puso encima del mostrador. Una cabeza cortada
– Conozco bien a los súcubos para dejarme dominar por sus encantos
– Bella sí que era. En fin, Aquí llega tu comida.
– Ya era hora, ¡que hambre!
– Este trabajo tuyo es muy peligroso.
– No es un trabajo, puesto que no me pagan. Tal vez es una afición.