
Tulsa – Oda al Amor Efímero


El blanco reinaba en la estancia: suelo, paredes, luces, incluso la diminuta camilla flotante que transportaba el cuerpo inerte de una mujer. Solo un destello verde rompía la monotonía del lugar, situado al lado izquierdo de su cabeza. Explicaba que ella estaba viva.
La pared se rasgó formando una boca abierta. Por ahí entraron dos seres grises, pequeños y en apariencia desnudos. Rodearon la camilla y pulsaron mandos invisibles tras la caída de su pelo negro.
—Ya está preparada, ¿qué hacemos con ella?
—Esperar.
—¿Vamos a inyectarle fluidos?
—No, los experimentos los prohibieron.
—¿Nos la vamos a comer?
—¿Para qué nos la vamos a comer?
—Yo qué sé. Er’chupè dice que las criaturas de la Tierra están ricas.
—Er’chupè necesita proteínas, además, solo come ganado.
—¿Y ella no es ganado?
—No, es de una especie pensante.
—Ah, como Er’chupè. Entonces es para tener sexo. ¿Dónde están sus esporas de Gñum?
—Nada de sexo.
—Uf, menos mal, qué asquito. Con esa piel tan lisa y ese pelo negro ahí… Entonces, ¿qué vamos a hacer con ella?
La apertura de la pared volvió a abrirse hacia la oscuridad. De ella salió otro ser, exactamente igual a los anteriores, pero con una banda plateada de color morado. Tomando por sorpresa a los que estaban en la sala, dijo:
—Vamos a iniciar el protocolo de primer contacto.
—Ostias, L’idl, ¿en serio?
—Sí, vamos a empezar por este espécimen humano. ¡Despiértela ya!
—Sí, claro… ¿y qué le decimos?
—Pues no sé, es mi primer “primer contacto”. Que venimos en son de paz y eso.
—Sí, claro… ¿y si nos pregunta por qué hicimos esas figuras en sus cosechas?
—Le decimos que eran mensajes… felicitándoles el Dih’ad’carnavahl.
—Ese día ya lo celebraste tú. Te dijimos que no tomaras agua salada, que sabes cómo nos ponemos.
—Sí, L’idl, te pasaste la noche derrapando con la nave. Por los sembrados de los terrícolas.
—Bueno, fue sin querer.
—Pero te gustó, L’idl, lo repetiste varias veces.
—Bueno, le echamos la culpa a Er’chupè.
—Sí, claro… Bueno, y a todo esto, ¿por qué un primer contacto? ¿Qué necesidad hay?
—Orden de Ehr’presidenth.
—¿El mismo que nos hacía experimentar con los humanos?
—¿Quién si no?
—¿Y qué ha hecho ahora?
—¿Sabes esas lucecitas que son muy bonitas, flotan en el aire y no hacen nada más?
—¿Te refieres a la estafa de los Ragalianos?
—Exacto. Ha comprado millones de ellas.
—Ah, claro, se las quiere vender a los humanos.
—Sí, ese es el plan.
—Vale, será fácil. ¿Pero a cambio de qué?
—Agua salada. Tienen mucha.
The Interrupters – Alien


Debo ser fuerte, pues tras la derrota siempre hay un gran tropiezo.
Ocurrió que quedé con la mente desparramada, yaciendo en el suelo de tanto pensarlo. Con el frío resentimiento de encontrarte lejos y la necesidad de verte, empañó la silueta de tus caderas, y se difuminó en el tiempo.
Una mañana de escarcha y pereza, de manta pegada y párpados negados, apareciste en mi sueño como un fantasma del pasado. Y yo que, con la ventana abierta, mostrando limpia la casa —aroma a café, nevera llena y polvo bajo la alfombra—, quería recibir miradas indiscretas, escapar de caricias cuando tocaba y mostrar sonrisa ancha por si la percha me gustaba.
Pero sentía tu mirada en la nuca, pidiendo la atención que no te negué nunca.
Ahora, que coleccionaba orquídeas en traje de baño, que invitaba a té, a dulces árabes de miel de palma, a cava con azúcar de caña. Que mostraba a cuerpos extraños mis extravagancias, sintiéndome a gusto siendo tan raro y completo al saber lo que les gustaba.
Pero desordenadas tus ideas, que mi mente hizo mías, en un rincón quedaban, fosilizadas.
Quédate. Quédate aquí conmigo,
pero no me pidas nada.
Sé mi corriente de mar,
quien se pasea por mi almohada.
Quien sube la persiana en la mañana,
pero no eclipses la luz de mi luna,
pues ella me espera cada noche en la ventana.
Crystal Castles – Not in Love


Querido diario:
Despertar en un sueño es algo complicado de imaginar. Un entorno abstracto que envuelve tu mente, y de pronto sabes que estás dormido. Pero es como montar en bicicleta: preparas el pedal, saltas y ya estás dentro. Construyendo un mundo en tu interior con la efímera materia que nos presta Morfeo.
Ahora, cada vez que entro en sintonía onírica, aparezco en la cima volante donde construí mi hogar. Levanté sus muros con piedra y musgo, con madera envejecida por el viento. Y quise que significara descanso, pues yo estaría durmiendo.
Tras mi humilde morada, y a modo de cementerio, había un bosque de puertas plantadas. Se erguían como enigmas, aparecían cuando querían. Algunas persistían, otras se desvanecían. Solo sé de ellas que son puentes: unas llevan a mis recuerdos, otras a mis anhelos y algunas a lugares extraños, fuera de mí, donde se ocultan los secretos.
Normalmente soy yo quien las cruza, pero hoy vi una abrirse… y entró un visitante inesperado. Llevaba un bastón decorativo, un traje oscuro de etiqueta, sombrero, y caminaba lento. Parecía salido de una película muda. Se acercó a mí y me saludó con un gesto.
Me considero educado, así que le traté con respeto:
—Bienvenido a mi mundo. Tome asiento, ¿quiere un refrigerio?
—Es muy bonito este sitio, una versión realista de los cuadros de Leonora Carrington.
—Gracias, aunque todavía le doy los últimos toques. Está quedando divino. ¿Qué le trae por aquí?
—¡Oh! Es por simple cortesía. Le vi por estos lugares y quería que supiera que no está solo.
—¿Se refiere a que hay más que han aprendido a caminar dormidos?
—Me refiero a que ya no solo hace eso: usted salta entre mundos, y eso no es nada fácil. Es tarde, y debo levantarme muy pronto. Solo vine a darle este presente.
Dejó en mi mano una bolsita de terciopelo morado. Dentro encontré una campanilla plateada. Lo miré sorprendido, y él dijo:
—Es un instrumento de aviso, úselo cuando crea que debe hacerlo.
El hombre del cinematógrafo antiguo se disolvió en el viento. Desperté preguntándome si todo aquello había sido un sueño.
Little Dragon – Ritual Union


Ese fastidioso olor, deshecho de estar vivo.
Al menos ella lo estaba: fieramente viva.
Caminaba sola, desprendiendo su aroma a soledad, arrogancia y afán de libertad. Tanto, que tuve que asomarme a verla. Y ahí la encontré: casi desnuda en un peligroso bosque, desafiando a los espíritus eternos de los árboles más viejos.
Quise acercarme de frente para no asustarla. Me despojé de mi capa invisible de oscuridad y le dije:
—Bonita noche para pasear por este maravilloso lugar.
—Joder, me has asustado.
—Es que debe darte miedo pasear sola en un sitio como este.
—Ahora ya no, tú me proteges, ¿no es así?
—Tal vez, si me dices qué te trae a mis tierras.
—¿Este bosque es tuyo?
—El bosque es de las criaturas que viven en él. Mi casa está cerca, y sí, es mía. Solo quiero asegurarme de que yo tampoco corro peligro. Hay muy mala gente por ahí.
—Esto te lo aseguro. Acabo de romper con mi novio. Ese sí que es mala gente.
—Entonces, ¿vienes huyendo de él?
Murió el sonido del viento mientras pensaba la pregunta. O quizás no pensaba. Su mirada se tornó triste, pero sus palabras se volvieron firmes:
—No, no huyo de él. Pero no tengo a dónde ir. Mis pasos me llevaron aquí.
—¿Te escapaste de casa?
—Vivía con él, pero últimamente me gritaba mucho. Bebía demasiado y me hacía la vida muy difícil. Me cansé de tanto mal humor y tanta miseria.
—Y terminaste en un bosque encantado, lleno de criaturas siniestras.
Caminamos un rato en silencio. Llegamos al páramo más sombrío. Ella aminoró la marcha. Parecía asustada: se veía tan frágil con su minúsculo trajecito y su mirada inquieta.
—¿Qué sabes tú de criaturas siniestras?
—Solo sé que están.
—¿Y te gustan?
—¿Las criaturas del bosque? Vivo en plena naturaleza, claro que sí.
Ella sonrió, con inocente picardía, como la joven que espera un beso en el portal de su casa. Y eso hice, sin dudarlo: mordí sus fríos labios con pasión, y ella me empujó. Muy suave, como sin querer evitarlo. Su sonrisa no desaparecía: estaba ahí, acompañándome.
—¿Te gustaría ser una de ellas?
—¿Qué?
—Criatura de la noche.
Me lo dijo y me abrazó. Yo estaba confundido, no sabía qué pretendía. Pero me sentía cómodo en sus brazos. A pesar del dolor, que se iba acentuando en mi cuello, que desprendía parte de mí en cada succión, y que me imposibilitaba pensar.
Mi abrazo fue fundido a negro.
Ese fuerte olor, deshecho de estar muerto. Al menos yo lo estaba: quieto, inmóvil, sin pulso. Hasta que abrí los ojos al pasar la luna y volví a estar despierto. Pero ahora era distinto. Era eterno.
Kiss – Creatures of the Nigth


Hola amigos, bienvenidos a mi canal de Facebook Watch “Aprendiendo modernidades para Seniors Maduros,Obesos y Obtusos.” Que maravilla de juventud, lo que evolucionan con la tecnología y lo raros que se están volviendo. Y es que en nuestra época de jóvenes alocados las tendencias eran más claras, más puras y sobre todo, más duraderas.
Esto le ocurrió a mi amigo Fernan Palm Death con su hija primogénita que ya empieza a experimentar con su identidad.
– Coño, Ana, ¿qué haces con la ropa de mi abuela puesta?
– ¡Hay! Pá, eres un rancio. No te enteras de nada.
– No, no me entero de nada, pero tu hueles a naftalina cosa mala. ¿A qué se debe este look?
– nada broh, que ahora soy una Dark Academy.
– Mira, no me llames broh, que soy tu padre. ¿Dark academy? ¿Y eso qué es?
– Mira que eres carcamal, broh, que diga, pá. Es un estilo de vida, una forma de enfrentarse al efímero y decadente camino del vivir.
– O sea, que te has metido en una secta.
– Que no, pá. Es más bien un movimiento cultural, una forma de distinguirnos de las demás ovejas del corral, nosotros somos “la negra”.
– ¿Es una tribu urbana?
– Algo así.
– ¿Haciendo alusión a la oveja negra?
– Claro, nosotros no vamos por el mismo camino que los demás. Transcurrimos nuestra existencia entre mares de letras, en sinfonía con una naturaleza marchita que nos alumbra con su esencia maldita.
– Esperate, estas hablando como una gótica.
– Bueno, algo tiene que ver con el movimiento que me citas, broh. Digo, pá.
– Hombre, que alegría. Yo conozco algo este tema, porque aunque tu no lo creas, yo era heavy de joven.
– Si, ya lo sé, si hace tres semanas que mamá te tiró la última camiseta de Iron Maiden, esa que ya no se le veía la cara al monstruito por el agujero tan grande que tenía.
– Pues era un recuerdo.
– Era un recuerdo que te ponías todos los días, pá.
– en fin, que si tú eres gótica y las góticas no son otra cosa que heavys vestidas de encaje, estamos en la misma división.
– Pá, no tienen nada que ver.
– Pero no escucháis música Gótica, ¿no?, Lacuna Coil y esas cosas, ¿no?
– Lacuque? Yo sueño escuchar a Batch. Verás, te voy a poner una película de ejemplo para que entiendas el concepto de lo que nos gusta.
– Espera, espera, ¿estás buscando una pelicula en Disney?
– Si, claro, vamos a ver Frankiewinnie.
– En fin, ahora Disney quiere crear tribus urbanas…
Como ya decíamos antes, queridos seguidores del canal, tenemos mucho que aprender de nuestros hijos y sus tendencias. En la próxima entrada hablaremos sobre el movimiento Goblincore y su emergente interés de la juventud por esta tendencia.
¡¡¡Hasta la próxima!!!
J.S. Batch – Toccata y Fuga en Mi Menor
Dark Academia
Movimiento estético y cultural centrado en la literatura, la melancolía, la estética clásica y los ambientes académicos oscuros. Inspiración en bibliotecas, otoño, cafés y símbolos intelectuales.
Goblincore
Estilo que celebra lo caótico, lo natural y lo “feo”: hojas secas, hongos, charcos y objetos recolectados del bosque. Espíritu DIY, mágico y a veces femenino o queer.
Heavy / Metalero
Tribu clásica de música metal: cuero, melenas largas, riffs potentes y actitud rebelde. Su influencia persiste en estética gótica y Dark Academia.
Disney / Frankenweenie
Película de Tim Burton sobre un niño y su perro revivido. Ejemplo visual de lo oscuro, poético y excéntrico que atrae a los Dark Academia.
Bach
Johann Sebastian Bach, compositor barroco. Su música clásica y estructurada es apreciada por los Dark Academia como contrapunto al mundo moderno.
Broh / Pá
Argot juvenil usado en España: “broh” ≈ amigo, “pá” ≈ padre o forma coloquial de dirigirse a alguien cercano.
Oveja negra
Persona que se diferencia del grupo dominante, rechaza las normas y sigue su propio camino. Icono de identidad dentro de estas tribus.

Lluvia indecisa,
rompete en hojas,
suspirando herido.
—
Me quedé sentado, viendo amanecer tu mediodía.Aquel verano se quebró en un octubre frío, de gotas dispersas y lamentos sombríos.Recordé el perfume a jazmín de tu ausencia,el conjuro de tus labios, invocados en visiones arcanas con orejas de gato.Apareció el viajero, y quise creerlo real.Ahora vuelo —de la Alhambra al destello del Bōjō Kannon—sin conocer todavía el nombre del miedo.Daisuki da yo.
Poison Girl Friend – Hardy Ver Smile With You


Se estremecía en el frío de la ventana,
incordiando a la lluvia,
predicando a la luna llena
que sin mí no era nada.
Se estremecía en el ocaso,
en el brillo de las estrellas,
en la lejana sombra,
de aquel cirio de llama apagada.
Gritando auxilio
donde ya nadie le escuchaba.
Release the Bats – The Birthday Party


—Tienes que ir, Anuk.
—Claro, Zarnilla… pero ¿de dónde sacamos el jodido dinero?
—Yo tengo esto.
El suspiro de Anuk se perdió en la penumbra. No había otro remedio.
—A ver qué comemos estos días… —murmuró, con un filo de resignación.
Sacó del frasco dos luciérnagas, quizá tres. Sus diminutas luces palpitaban como corazones de cristal. Las metió en un bote, lo agitó suavemente; el resplandor se dispersó en destellos verdes. Enganchó el bote a un pañuelo y se lo colgó al cuello.
Saltó por la ventana. El aire frío le lamió el rostro. La rama crujió bajo sus pies mientras avanzaba hasta el extremo. Un silbido breve, afilado como aguja en la noche.
—Vamos, Ramper… no tardes.
Se quedó inmóvil, orejas de punta, atento al murmullo líquido del bosque. Una ráfaga de aire tibio y un aleteo profundo rasgaron la oscuridad. La sonrisa le llegó sola.
Saltó. Giró en el aire. Aterrizó sobre el lomo aterciopelado de su murciélago fiel. Ramper describió un círculo sobre la casa-árbol antes de lanzarse hacia el norte.
El río les guiaba, derramando su luz plateada sobre los rápidos. Un descenso en picado, el rugido del agua creciendo. Anuk bajó, apoyó las manos sobre una roca fría y húmeda, raspó el musgo con cuidado y lo guardó en una bolsa de tela áspera.
—Vamos, Ramper.
Subieron. Desde las alturas, el mar de copas de árboles se extendía como un océano verde. Anuk se inclinó, se colgó por el cuello del murciélago y cortó ramas de los gigantes más viejos. El aroma de la savia fresca se mezclaba con el de la noche húmeda. Cuando tuvo suficientes, volvió al lomo de su compañero y tiró de las riendas.
—Por aquí, compañero.
La montaña se alzó como una bestia dormida. Entraron en una cueva pequeña; la humedad rezumaba de las paredes. Ramper se colgó del techo y Anuk recogió hongos fluorescentes, cuyo resplandor azul bañaba las piedras en una penumbra mágica.
—Venga… nos queda la última parada.
El olor les llegó primero. Ácido. Podrido. Un aliento espeso que parecía colarse bajo la piel. Sobrevolaron la ciénaga, rastreando la superficie turbia. Los gases luminiscentes emergían del barro en burbujas fantasmales.
Anuk lo vio y saltó.
El ciempiés era un monstruo articulado, con un brillo aceitoso en cada placa. Lo abrazó por el centro, luchando por inmovilizarlo, y le ató un pañuelo grueso a las fauces para que no escupiera veneno. El bicho se sacudió con una violencia que le arrancó del suelo. Anuk golpeó contra la tierra y todo se volvió negro.
Un tirón brusco lo arrancó de las fauces abiertas. Ramper, en un aleteo feroz, lo alzó hacia el cielo.
—Al bosque, Ramper… ya lo tenemos todo.
Volaron como una sombra líquida, sin ruido, hasta entrar por la ventana abierta de una casa hecha con madera muerta. En el centro, sobre una mesa arañada, una vieja de nariz afilada removía un caldero. El vapor olía a hierro, tierra y hierbas quemadas.
—Te estaba esperando, trasgo… has tardado. ¿La de siempre?
—Sí, bruja. La de siempre.
—¿Traes los ingredientes?
—Sí.
Ella revisó uno por uno:
—Musgo de río… muérdago… setas luminosas… ¿y el veneno?
—En el pañuelo.
—Me vale. ¿Traes el dinero?
Anuk le tendió un saquito con minerales brillantes. Ella sonrió apenas, una grieta en su rostro, e hizo desaparecer el pago entre sus dedos nudosos.
—No es suficiente. Necesito algo más. Un murciélago como ese, tal vez.
—¡Ese era el precio acordado, bruja! Mi murciélago no se negocia.
—Está bien… tráeme más setas otro día. Ya sabes cómo aplicarlo.
Sacó de una estantería un frasco pequeño con humo azul oscuro que giraba dentro como un animal atrapado. Se lo entregó. Anuk lo ató a su espalda con cuerda de lana y, en un salto, montó a Ramper.
Regresaron al árbol-hogar. La ventana estaba abierta. Zarnilla esperaba con las orejas tensas.
—Rápido, rápido… está muy mal. Muy mal.
Anuk subió las escaleras de dos en dos. En el nido, la lechuza estaba desplomada: alas abiertas, pico entreabierto, ojos vidriosos. Abrió el frasco y lo acercó al pico. La niebla azul entró en sus pulmones.
De pronto, la lechuza abrió los ojos, soltó una arcada y vomitó. En el suelo cayó una rana roja, todavía entera, húmeda, muerta. La lechuza aleteó y comenzó a ulular, vibrando de energía.
—¿Cuándo va a aprender que no puede seguir comiendo esas jodidas ranas rojas de la ciénaga? —gruñó Anuk.
—A veces es el hambre quien manda… —respondió Zarnilla, bajando las orejas.
Flogging Molly – Drunken Lullabies


Querido diario.
Salí de la cama en pijama y con un gorro de dormir, al estilo de los dibujos animados antiguos: un poco ridículo, un tanto inútil. Salí por la ventana sin pensarlo y comencé a subir por peldaños de nubes grises, que crujían truenos al pisar. Por supuesto, ya sabía que estaba soñando.
En mis experimentos en el reino de Oniros había ido creando terreno para refugiarme, por si llueve mucho en sueños húmedos. Construí una isla flotante en un mar de nubes, y levanté una posada por si algún día vienen amigos. Tras ella hay una explanada verde, de hierba cortada y flores silvestres con aroma a lavanda.
Al dirigirme hacia allí, vi aparecer una puerta de madera oscura y remaches dorados. El resplandor me sorprendió al entrar: una fuerte iluminación blanca, paredes acolchadas manchadas de rojo carmín y una puerta metálica con ventanilla enrejada. En la esquina estaba ella, con triste mirada y camisa de fuerza. Me dijo:
—Vete, van a venir a verme.
—¿Quién? ¿Quién te va a visitar?
—El doctor. Me tienen que dar el alta. Yo… yo estoy bien.
La puerta se abrió de golpe, con un sonido apagado. Entró un señor con bata blanca y un artilugio raro sobre una mesita con ruedas.
—Señorita, tenemos que hacerle pruebas, no ponga resistencia para que no le duela.
El facultativo empuñó el extraño instrumento: estaba hecho de cuchillas de afeitar que giraban a derecha e izquierda, formando una terrorífica batidora. Sonrió complacido ante la expresión de terror de la joven. Se aproximó a ella, riendo bajo. De la mesita con ruedas tomé un bisturí y, sin pensarlo mucho, se lo clavé en la espalda al médico insano.
Sin dejar de lado su hilarante aspecto, giró la cabeza pero no el cuerpo. Me miró a los ojos y me dijo:
—¿Crees que eso puede detenerme, extraño?
—No, yo no puedo… pero ella sí.
Rápidamente me dirigí a ella, me agaché para mirarla a los ojos y ayudarla a levantarse, mientras le decía:
—No temas, es solo una pesadilla. Tú tienes poder sobre tus sueños. No dejes que tus miedos te hagan sufrir.
—Pero es mi doctor, me dice que estoy loca.
—Pero tú no lo crees.
—Pero yo no lo creo.
El temible médico empezó a volverse transparente, pero siguió avanzando con su mirada siniestra y su arma cercenadora.
—En ti está el poder, en él no. Quítaselo todo.
Ya estaba encima, pero no era más que una sombra.
—Hazlo desaparecer, no tengas miedo; no hay nada cierto si tú no quieres que lo sea.
El doctor se hizo humo y se disolvió en el ambiente. El arma cortante cayó justo a mis pies: se había transformado en una inofensiva pistola de plástico, de aspecto futurista, como las que usaban los niños en el pasado. Disparé a la pared y abrí una brecha con el rayo que lanzaba.
Por el corte entró arena de playa y aroma a Mediterráneo. La cogí de la mano —ya se había liberado de la camisa de fuerza— y la saqué de la habitación sombría.
Pasamos un buen rato hablando y riendo, sentados en la playa, muy cerca de la orilla. Le conté mis aventuras entre mundos oníricos; ella sonreía complacida, sorprendida de estar en mi mundo. Pero ya era tarde y había que despertar. Así que antes de despedirme, le pedí algo:
—Esto estaba en tu sueño —le enseñé el arma de juguete—, pero creo que me podría ser útil. ¿Me la puedo llevar?
—Tómalo como un recuerdo de esta tarde de playa en mi sueño.
Así lo hice y regresé al mío, apresurando mis pasos. Al llegar me di cuenta de que ya no era una pistola de plástico: ahora era una ballesta de madera de tejo, oscurecida por las sombras de las pesadillas. El gatillo y los remaches eran de plata, color de luna llena reflejada en el lago. Y tenía una sola flecha, eterna, que me defendería en mis peripecias.
Ozzy Osbourne – Diary of a madman