Etiqueta: relato

  • Aquello que se fue

    Aquello que se fue

    No lo encontraba.

    —¿Dónde estará mi vestido? Ese que era de color… —pensaba en voz alta—. De color…

    Su vestido favorito era rosa.
    Pero no estaba.

    Había sacado toda la ropa del armario. La cama era ahora un montículo desordenado de telas sin alma. ¿Se lo había prestado a alguien? ¿A la Paqui? ¿A su hermana? No creía. Lo recordaría.

    Su memoria no era buena. Vivía despreocupada, atrapada en un día a día de prisa y agobios. Pero hubo algo que la hizo detenerse.

    Un vestido igual.
    Del mismo corte.
    Del mismo tacto.

    Gris.

    No era suyo. Era horrible. No podía serlo.

    Pensó en el duende de los calcetines. Aquel cuento que le contaban de niña, con ilustraciones preciosas y la voz pausada de su abuelo. Sonrió sin ganas y se encogió de hombros.

    Tenía hambre.
    Sería solo eso.

    Fue a la cocina.

    La cafetera que le había regalado su novio… antes era rosa.
    Ahora era del mismo gris sucio que el vestido que no debía existir.

    El peluche de su hermana. Ese que su novio ganó en la feria. Un armatoste rosa, con ojitos tristes. Fue corriendo a su habitación para comprobarlo.

    Allí estaba.

    Un oso rechoncho, gris apagado, con una siniestra mirada anaranjada.

    Empezó a asustarse.

    Las flores eran grises.
    Las zapatillas.
    Las golosinas de su hermana.

    Todo era gris.

    Buscó en el diccionario.

    Rosa:
    f. Flor del rosal, notable por su belleza y la suavidad de su fragancia.
    Suele llevar el mismo calificativo de la planta que la produce.
    Rosa de Alejandría, de pitiminí.

    No había ninguna referencia al color.

    Entonces lo vio.

    No había cuadros.
    Habían desaparecido todos.

    Quiso llamar a alguien, pero su móvil ya no estaba. Ni las cortinas. Ni las sillas del salón. Decidió abrir la puerta y salir a buscar ayuda.

    Pero ya no había puerta.

    En la calle también faltaban cosas.
    Las farolas.
    Los cristales de los escaparates.
    Los coches.

    No había coches.

    Preguntó a la primera persona que vio.

    —¿Qué pasa? —dijo, asustada, sin saber bien qué explicar—. ¿Qué está pasando?

    —¿No te has enterado? —respondió el transeúnte, con el ceño fruncido—. Lo están borrando todo.

    —¿Es el fin del mundo? —preguntó ella, perdiendo la cordura.

    —Algo parecido. Guarda lo que puedas y sal de aquí.

    —¿Pero… a dónde voy?

    —No lo sé. De primeras, sal de aquí.

    —¡Pero si todo está desapareciendo!

    El hombre abrió su mochila y sacó un teclado antiguo. De los viejos, con la imprenta IBM en la esquina superior derecha. Empezó a teclear con saña.

    —¿Qué hace? ¿Qué me está haciendo?

    —Salvándote la vida.

    A su alrededor apareció cristal. Como si estuviera dentro de una pecera. Pero no era vidrio. Estaba hecha de minúsculas letras, de caracteres de texto que se superponían unos a otros, formando patrones inquietantes, cargados de un sentido que no alcanzaba a comprender.

    El hombre guardó el teclado y sacó una emisora vieja, como un walkie-talkie de juguete.

    —Sí… la tengo.
    —Parece humana.
    —No, está confundida.
    —Sacadla de aquí antes de que se dé cuenta de que forma parte del código…
    —Antes de que se nos escape de las manos.

    Y entonces, todo se apagó.

    Rival Consoles – Untravel

    Aún no sabía que aquello no era el final, sino el primer borrado.

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  • La noche entró por la ventana

    La noche entró por la ventana

    Mi primera vez fue especial.
    Entonces era muy joven y no entendía nada.
    Recuerdo aquella noche de verano como si fuera ayer.
    Lo que no recuerdo es su nombre.
    Algo que lamento mucho: que se desprendiera de mi mente como el humo del tabaco.

    Hacía poco que lo conocía, pero ya se aventuraba a visitarme a menudo.
    Esperaba a que la noche oscureciera la casa, a que las luces se apagaran, a que mis padres se aislaran en su cuarto.
    Entonces entraba despacio por la ventana, bajo mi permiso, claro.

    Nunca nos habíamos atrevido a tanto.
    Jugábamos atravesándonos el alma a suspiros, acariciándonos el aura, hablando de mostrarme una vida eterna.
    Juntos.

    Estaba nerviosa.
    Sabía que quería hacerlo.
    Pero no sabía qué iba a pasar.

    La respiración se volvió un cántico al empezar a recibirlo.
    Esperaba dolor, pero no lo hubo.
    Esperaba algún tipo de placer morboso, pero tampoco apareció.

    Sentí inmensidad.
    El poder insaciable de tenerlo dentro.
    De poder someterlo.

    Pero se me fue de las manos.

    Fui marioneta en sus brazos.
    Una chica atolondrada entre convulsiones.
    Gritos desesperados en una noche en silencio.

    Hasta que logré expulsarlo
    y desapareció tal y como vino.

    En silencio.

    Mi primera posesión fue dulce, extraña y, a la vez, un tormento.

    Luego vinieron otras.

    Pero ya bajo el poder de mi conjuro.

    Marilyn Manson – Minute Of Decay

    Desde aquella noche supe que el poder no siempre se invoca: a veces se aprende a contener.

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  • Doce campanadas y un maullido

    Doce campanadas y un maullido

    Capítulo especial de fin de año de:

    El Fary y el gato gurú.

    —Venga, que van a dar las campanadas. Yo sé que no comes uvas, pero te he traído atún.

    —Verás, es que yo…

    —Una… ñom.

    Las campanadas, como tantos otros años atrás, hicieron repicar la ilusión de las personas. Hubo risas, brindis y algún atraganto. Cada alma tenía una esperanza distinta. Solo coincidían en una cosa: querían un año nuevo mejor, lleno de ilusiones por construir.

    En un rincón de la plaza, Javier y su gato brindaban en secreto. No por su futuro éxito, sino porque juntos ya no estaban solos.

    Un rayo de luz ensombreció la mirada del gato. El cielo reventó en colores. Cerró los ojos con fuerza y se desplomó en los brazos de su amigo.

    —¿Gato? ¿Qué te pasa?

    El felino yacía inmóvil, con la respiración débil y el pulso acelerado.

    —Gato, responde… ¿qué te está pasando?

    Entre la muchedumbre apareció ella. Vestido corto, gafas de marca y ese paso rápido y decidido de las heroínas de los telefilmes de Marvel. Se agachó junto a ellos y, con voz calmada, dijo:

    —Soy veterinaria. Déjeme verlo.

    —Estaba bien… ha sido de repente.

    —¿Coincidió con los fuegos artificiales?

    —Sí. Justo cuando empezaron.

    —Vale. Tengo la clínica a dos calles de aquí. ¿Vamos y le echamos un vistazo?

    —Sí, por favor.

    Tardaron unos minutos en llegar, pero durante el camino el gato empezó a reaccionar. Ya en la clínica fue reconocido, auscultado y tratado. Ella le inyectó una sustancia transparente y se lo devolvió a su amigo. El gato temblaba. Javier lo apretó con cuidado contra su pecho.

    —No se preocupe. Solo ha sido un susto.

    —Menos mal… estaba muy preocupado.

    —Debe de tener miedo a los fuegos artificiales. A veces, tras un susto muy fuerte, pueden desmayarse. El corazón está bien.

    —Es un alivio. No sé qué haría sin él.

    —Les he visto pasear por el parque estos días. Es conmovedor ver a alguien llevar a su mascota a todas partes, pero no es buena idea traer a un gato a una fiesta de fin de año. No le voy a cobrar la consulta… pero me debes una copa.

    —Las que quieras.

    —Y sería bueno que lo trajeras para un chequeo completo. Cuanto antes, mejor.

    —Sin falta.

    —El día dos, a las tres y media.

    —Perfecto.

    —¿Cómo te llamas?

    —Javier.

    —No, el gato.

    —Eh… Bigotitos.

    —Ni de coña me vas a llamar así —dijo el gato, saliendo de su letargo.

    Ella se quedó paralizada.

    —¿O eres ventrílocuo… o tu gato está hablando?

    El gato levantó una ceja. Solo una.

    LA CASA AZUL – La Revolución Sexual

    Hay años que empiezan con propósitos.
    Otros empiezan con un gato que decide hablar.

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  • Dulce aroma de invierno

    Dulce aroma de invierno

    El invierno se precipitó entre luces parpadeantes.
    No fue bien recibido: fue inevitablemente aceptado.
    El dolor de tripa hizo el resto y lo arrastró hasta ese lugar tan frío, donde cosían con hilo negro la agonía que trae el destino.
    Era hora de dormir para despertar nuevo.
    O tal vez, para no hacerlo.

    Suspiró lento. Se aferró al sonido que lo mantenía vivo.
    Imaginó agarrarse a la tierra, al aire, a la raíz de un árbol… pero se desvaneció pronto y comenzó el sueño.

    —Todo va a ir bien —decía alguien, blandiendo una aguja.
    —No pasa nada —susurraban las máquinas.
    —Tranquilo… —dijo su corazón, agotado de galopar.

    El olor a desinfectante y el silbar de los aspiradores se fueron apagando.
    Se volvieron calor.
    Calor de manos en la frente.
    Abrasos que te devuelven al cielo de la infancia.
    Aroma de clavos y miel, de anís y fuego.
    La textura de la harina en las manos hábiles, arrugadas por el tiempo.

    Se vio niño, en aquella casa.

    —Hola, mi niño.
    —¿Abuela? ¿Eres tú?
    —¿Quién voy a ser si no?
    —¿Estoy muerto?
    —Oh, no. —Entornó la mirada y sonrió—. Siempre tan dramático.
    —Entonces… ¿por qué estoy aquí?
    —No estás aquí. Yo solo quería que comprendieras que no estás solo. Que la vida fluye, y que lo malo casi siempre tiene remedio.
    —¿Entonces…?
    —Despertarás. Y sanarás.
    —Y me perderé tus roscones de vino…
    —Y ganarás una sonrisa cuando abras los ojos.

    La figura de la anciana empezó a desvanecerse.

    —Espera, abuela… dime qué pasa luego. ¿Qué hay cuando ya no estemos?
    —¿Y perder la sorpresa? —rió—. Mejor espera. No pienses en eso.

    La voz se alejó hasta volverse un murmullo.
    Se confundió con el ruido de las máquinas, las luces intensas y el zumbido del aire fresco.

    Una dama de bata blanca se acercó.
    En una sonrisa radiante le dijo:

    —Ya pasó lo malo. Todo fue bien. Ahora toca reposo.
    —¿Qué pasará ahora?
    —Tranquilo. Yo cuidaré de ti.

    Popol Vuh – Kyrie

    Sonrió. Todo estaba bien. O al menos, eso quiso creer cuando el silencio volvió a quedarse a su lado.

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  • Memorias de una cueva

    Memorias de una cueva

    La pared era un tanto rugosa, pero a él no le importaba. La acarició dándole forma: curvas alargadas, una pasada larga para asegurar el contorno. Se alejó un poco y respiró complacido. Ya estaba adoptando una forma concreta. Cerró los ojos y lo vio: primero una lanza en movimiento; después, la urgencia de sus patas. Aspiró el aroma de paz y comprendió de inmediato lo que faltaba. 

    Miedo. 

    Faltaba miedo en la pared. 

    El miedo que mueve las figuras. La rabia de los brazos lanzando sus armas. El coraje de arriesgar vidas en el intento. Eso era lo que él deseaba, y no le dejaban hacerlo. Agarró cenizas y grasa con rabia, dispuesto a destruir su obra. Pero, al llegar a la pared, solo pudo acariciarla. Rellenó formas, construyó objetos. 

    Se apartó de nuevo. 

    Escuchó el murmullo del viento. El calor del fuego. El aroma de paz que da el alimento. Respiró hondo y comprendió que aún faltaba algo. 

    Sed, frío y cansancio. 

    El rugir de tripas que impulsa a correr. La agonía de la herida. El latido de un corazón descalzo, sintiendo el río helado hasta las rodillas. Agarró el carbón aún ardiendo y lo precipitó sobre su lienzo, con la calma que da la rabia en un lugar tan seguro. 

    Se alejó otra vez, y lo supo completo. 

    Tan completo como podía hacerlo. 

    No podía de otro modo. 

    El niño entonces se sentó en el suelo y se deshizo en llanto. 

    El padre gruñó a lo lejos. 

    La madre se acercó y dijo: 

    —¿Qué haces aquí, lamentando lo que no has vivido? Deberías correr, trepar árboles, hacerte fuerte para cazar con ellos. Deja de manchar las paredes con experiencias que no te pertenecen. 

    El abuelo llegó cojeando. Descansó las piernas junto al niño y observó la obra que lo había tenido tan ocupado. 

    Se quedó sorprendido. 

    En la pared había un bisonte siendo cazado. Había calculado sus heridas, su sufrimiento. El arrojo de los hombres hambrientos que esquivaban sus cuernos. El respeto a los pequeños bovinos que huían. El temor por las heridas de los suyos y las ganas de volver a verlos. Pronto. 

    —¿Hiciste esa ilustración sin haber cazado nunca? —preguntó el abuelo, mirando al muchacho que aún tenía los párpados húmedos. 

    —Ojalá hubiera ido. 

    —Mujer —dijo a la madre—. Tu hijo será buen cazador. Probablemente llegue a ser tan viejo como yo. Cuidará de los suyos y llevará alimento a esta comunidad. Déjale hacer. No solo está aprendiendo: está enseñando cómo se hace. 

    El niño, satisfecho con su obra, buscó refugio junto al fuego. 

    Iron Maiden – Quest for Fire

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  • Clase de literatura universal. Año 2400

    Clase de literatura universal. Año 2400

    “Lección de historia”

    —Hoy recitaremos una de las pocas obras que nos ha dejado el siglo XXI: Libros en blanco.
    —Buag, seño, es muy aburrido.
    —Ya, Jaimito. Pero comprende que después de la guerra poco más se pudo salvar.
    —¿No quedaron más autores, sita?
    —Sí, Raquelita. Quedaron algunos… pero casi ninguno sobrevivió a la censura de la IA Electra. A finales de ese siglo sólo estaba permitido leer lo que cupiese en un TikTok.
    —¿Y de siglos pasados?
    —Solo quedó El Lazarillo de Tormes y Cincuenta sombras de Grey. Que, a propósito, entran en el examen. ¿Sabéis algo de DeOniros, creador del verso?
    —Sí, sita. Que murió en la más absoluta pobreza, al final de la guerra.
    —Exacto, Cristinita. ¿Quién sabe algo más?
    —Lo devoraron los cerdos salvajes.
    —Julito, eso es solo un mito. Según los indicios, vivió hasta los noventa años. Trabajaba recortando filamentos membranosos para las máquinas. Parece que siguió publicando de forma clandestina.
    —¡Qué va, sita! Dicen que tonteaba con una de ellas, y que esta le dejaba escribir si le ajustaba bien los circuitos.
    —¿Quién te dijo eso, Cristinita?
    —Mi papá.
    —Hay que reconocer que tras la guerra quedó destruida gran parte de la civilización… y de la gran red, donde habitaban las máquinas, no quedó nada.
    —¿Y fue ahí donde se extinguió la raza humana?
    —No, Nicolasito. Ellos se extinguieron luego, cuando les dio por experimentar con la genética.
    —Ya decía yo que no hacían nada bueno. Quedaron mutados y esterilizados.
    —Vale, Jaimito, pero gracias a eso existimos nosotros. Por favor, Julito, deja de perseguirte la cola.
    —Perdón, seño.

    Pink Floyd – Welcome to the Machine

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  • Del Nokia al “papito”: Crónica de una evolución tecnologica.

    Del Nokia al “papito”: Crónica de una evolución tecnologica.

    Suena el timbre del establecimiento. Un señor con cara de despistado se asoma al mostrador. Una jovencita risueña acude a atenderlo.

    —Buenos días, señor. ¿Qué puedo hacer por usted?
    —Hola, jovencita, tengo un problema con este móvil.
    —¡Hala, señor, qué teléfono más vie… esto… tan de época! ¿Lo trae a arreglar porque le tiene cariño? Normal, llevará con usted toda la vida.
    —No, el teléfono está perfecto. El problema está con la pantalla.
    —¿La pantalla? Pero si está entera y reluciente…
    —Sí, hija, pero resulta que se me apaga en nada. Estoy leyendo un mensaje y, a la que pestañeo, se apaga. Tengo que estar todo el rato dedo arriba, dedo abajo.
    —Anda, como la Lore… esto… Bueno, eso creo que se puede regular.
    —Lo peor es que, además, para devolver el mensaje, no me caben los dedos…
    —Eso le digo yo a mi novio. Es que también escribe raro. Pone: “vccaroñlo tre voy a ponbnwer mirewtso a Ciuyenca está nocjhgfgf”. Menos mal que yo ya le entiendo.
    —¿No hay manera de poner letras más grandes?
    —Ufff, en ese móvil no lo creo. Si ponemos las letras al doble de tamaño, se le acaba la memoria fijo. ¿Ha pensado en cambiar de móvil? Mi novio se compró uno y, bueno… lo dejé. No aguantaba leer sus WhatsApp, se volvieron muy sosos.
    —Pero mi móvil funciona bien.
    —Fíjese en este… es divino de la muerte. ¿Ve qué pedazo de pantalla? Ahí le cabe hasta la… el dedo gordo, el dedo gordo.
    —Muy bonito… pero…
    —Además, se asoma y él se enciende solo.
    —¿Y no se apaga?
    —No, hasta que deje de mirar la pantalla. Cuidado con lo que mire, abuelete, que se queda sin batería.
    —Ya, bueno, pero al escribir pasará igual.
    —Bueno, este precisamente tiene integrada una IA.
    —¿Ia? Suena a rebuzno.
    —No, burra, no es. Un poco zorra, sí. Escuché su voz. Diga: “Hola, Sognia”.
    —Hola, Sonnia.
    —“¿Qué hay, mashote? ¿En qué te puedo ayudar, papito?”
    —Adelante, pídale algo. Nada guarro, que luego tengo problemas yo en el curro.
    —“Las once y veinte, mi amol. ¿Quiere que se lo diga en inglés o que se lo susurre al oído?”
    —¡Uy!
    —Le ha gustado, ¿verdad? No, si es que la tía es la caña. ¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?
    —Pero, hija, ¿cuánto vale este aparato?
    —Na, 1400 euros, pero lo puede pagar cómodamente en diez años.
    —“Vamos, papito, llévame a casa.”

    Carolina Durante – Elige tu propia aventura

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