Etiqueta: reflexiones oníricas

  • Paredes blancas

    Paredes blancas

    Blanco

    Las paredes acolchadas, de un blanco impoluto.
    El suelo también: blanco por fuera, blando por dentro.
    Por lo demás, nada. No había nada.
    Un catre roído por el paso del tiempo.
    Y una figura oscura, con una camisa blanca amarrada para impedirle el movimiento.

    Fuera de la habitación, tras la puerta blindada, dos hombres se miraron.
    Se saludaron sin ganas y comenzaron a acercarse a la celda.

    —Sé que te enteraste de mi ascenso. Teníamos igualdad de oportunidades. He tenido más suerte. ¿Sin rencores?

    La mirada fue contenida, pero el odio chispeó un instante. Aun así respondió rápido, para no aparentar dudas.

    —No. Ante todo, somos profesionales.

    —Bien, ¿qué tenemos por aquí?

    —Este paciente presenta una patología muy extraña. Es una variante del TLP, pero con una característica clara: solo reacciona de manera agresiva cuando observa en los demás muestras de alegría.

    —Sí, he leído algo. Los llaman los asesinos de las celebraciones.

    —Coloquialmente lo llamamos joputismo.

    —Pero aquí no hay ningún motivo para la alegría… ¿No sería mejor…?

    —No estará pensando en…

    —Debemos quitarle esa camisa de fuerza.

    —Pero no voy a ser yo quien lo haga. Aún no le hemos medicado.

    —Venga, hombre. Ya lo hago yo.

    El psiquiatra respiró hondo y entró en la habitación acolchada.
    El paciente giró la cabeza y le devolvió una mirada lejana.
    Desabrochó las correas de seguridad, dejando libres las manos.

    Mientras tanto, el compañero que se había quedado fuera abrió la pequeña compuerta de observación. Sonrió levemente y dijo:

    —Por cierto, felicidades por el nuevo cargo. Debe de ser una alegría disfrutar de un ascenso merecido.

    Al paciente se le desencajó la mirada.

    Clan Of Xymox – Louise

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  • Amiga esp(a)cial

    Amiga esp(a)cial

    —Pero… solo es una niña.

    —Sí, es una niña que ha salido de un huevo.

    —¿Y qué problema hay? Dijimos que tendríamos que aprender a manejar la tolerancia.

    —No es falta de respeto, es que… somos tan distintos.

    —Tampoco tanto.

    —¿Ah, no? Veamos. ¿Cuántos ojos tiene nuestro hijo?

    —Dos, ¿cuántos quieres que tenga?

    —Vale, y ella… ¿cuántos tiene?

    —Pues…

    —Ni lo sabes.

    —Mirándolo así…

    —Paco, me parece bien que los pongan en el mismo colegio, que hablen y se lleven bien. Pero por muy tolerante que sea… me niego a que nuestro hijo quiera salir con la chica reptiliana del colegio.

    Stereolab – Metronomic Underground

    ¿Y si la invasión no fuera venir… sino quedarse y enamorarse de nuestros hijos?

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  • Con brillo azul en la mirada

    Con brillo azul en la mirada

    Hace algún tiempo que aparecen y no sé por qué. 
    Vienen calculando la pose, con apariencia cuidada y mirada íntima. 
    No sé qué hechizo algorítmico habrá estallado a mi alrededor para provocar semejante desfile. 
    Es un sin cesar: llegan para ser contempladas, dejan su estela y desaparecen. 

    Las hay para elegir: por el brillo de la mirada, por el gesto, por la temperatura del cuerpo que sugieren. 
    De porte elegante, enfundadas en fantasía, casi por desnudar. 
    Apuntando hacia la luz con destellos azules, y siempre un guiño pintado, por si ven que me pierdo. 

    Este suceso me recuerda otros tiempos. 
    El amor también era efímero, nubes densas escapando del invierno casero. 
    El sabor era casual y el roce discreto. 
    Y el misterio, lejos de ocultarse, ardía en las miradas para quien sabía leerlas. 
    Ardía en llamas para que el viento se llevara las cenizas. 

    Como hoy —si no más— había quien se negaba a rendirse del todo. 
    Ocultaban la ferocidad bajo vestidos largos de cadenas errantes. 
    Disfrazaban las ganas de sangrar barriendo bajo las alfombras, 
    llevando velo blanco, creyéndose novia, 
    creyendo en el hechizo del cuento 
    y en el ladrón que venía a su secuestro. 

    Pero hoy hemos cambiado. 
    No son los mismos secretos. 
    Ni son los mismos dueños. 
    O eso creo. 
    Vivimos en la ilusión de mostrarnos libres, bailando descalzos y solos, 
    sonriendo telones abiertos mientras tendemos el presupuesto del tanto por ciento. 
    Creemos que el camino es nuestro, 
    pero en la etiqueta está su precio 
    y la caducidad oculta en una hilera de ceros. 

    Al no parecer interesado, las damas se van… 
    convertidas en otros. 

    Acompaña esta lectura con ‘Mi Orden’, de Bala — un golpe seco de oscuridad luminosa para cerrar el círculo.

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  • Ella ya no está

    Ella ya no está

    Hoy no estaba.

    No estaba.

    Se fue para siempre.

    Mi alada compañera de sombras.

    Sin despedirse, sin siquiera suspirar mi nombre.
    Tan bien como me conocía… y no pudo decirme su adiós.

    Pinté una cruz en su ausencia:
    recuerdo de las veces que me contesté por ti.
    Cuando una mañana gris apareciste y yo grité tu nombre.
    Me escondí en mis principios difamados.
    Deseé tu muerte y desaparecí de tu lado.

    Pero volviste.
    Y me esperaste, silenciosa, a que pasara.
    Me asustaste de nuevo y huí como un cobarde,
    deseando veneno para tu especie
    y para ti un final más cruel.

    Otra vez estabas. Y otra más.
    Intenté luchar. Conseguí escapar.
    Me oculté en la luz y me dejaste en paz,
    inmóvil en tu rincón.

    Hubo un pacto:
    una firma de sangre,
    de tolerancia con margen lateral.
    Con cláusulas de distancia
    y letra pequeña.
    Muy pequeña.
    Insignificante y oculta.

    Esta vez saludaste.
    Lo hiciste con mi voz, claro,
    pero educada, moviendo flagelos de ritmo lento,
    respetando distancias
    y evitando enfados.

    Hubo tiempo de conversación fugaz,
    ritmo de ascensor y sonido disperso.
    Psicotronía del atardecer cálido y ventoso,
    arena pesada en mis párpados
    y en ti mis lamentos.
    Y tú ahí estabas, dándome espacio,
    escuchando atenta mi desaliento.

    El tiempo te convirtió en aliada.
    Ideas obtusas de hadas absurdas.
    Caricia del son de una nana.
    “Invadiréis el mundo”, dije entre risas un día,
    y al siguiente me pareciste más bella.

    Hablabas sin voz.
    Mirabas atenta.
    Quisiste ser mi musa y pensé:
    “buena idea”.
    ¿Qué puedo perder?
    ¿Mi cordura, tal vez?
    Qué va.
    Imposible hallar donde nunca existió un tal vez.

    Tósigo en el ambiente,
    señal aséptica de la masacre.

    ¡Corre!
    ¡Huye!

    Asesinos con máscara,
    de bata blanca y desinfectada fragancia.

    ¡No le hagáis daño,
    ella no ha hecho nada!

    Venían a llevarla
    entre las celdas de una escoba.

    Pero no estaba.

    Ella ya no estaba.

    Hoy hago memoria de un lamento.
    Mañana tu nombre se habrá olvidado.

    Tulsa – Autorretrato

    A veces las ausencias duelen más que los miedos que las preceden…
    y tú, ¿qué criatura imposible te ha dejado un hueco impensable en tu alma?

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  • Memoria en Do Sostenido

    Memoria en Do Sostenido

    No sé cómo lo harás tú —somos tan diferentes…
    El otro día, contándonos secretos al oído, descubrí el desparrame de imágenes que me narras. La superficie rugosa de tu camino, esa prosa impulsiva sobre el mar de tu mente.

    Y yo, folio en blanco. Silencio sobre la herida que, si no sana y tampoco empeora, si se marchita, no es por falta de amor: es que le grito desde tan lejos que ya no escucha.

    Yo, para invocar momentos, necesito la melodía de los elementos. Los rasgos perdidos de rostros viejos se ordenan en partitura secreta; en el sonido eterno del expandir primigenio, detonado en Do sostenido.

    No puedo evocar aroma, ni verbo ni cielo sin hacer sonar primero la vibrante sinfonía de la esencia del recuerdo.

    Baiuca + Carlangas – Fisterra

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  • El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    —El señor Coelho, supongo.
    —Está en lo cierto. Usted debe de ser Thomas Wolf.
    —Entre, le enseñaré las instalaciones.

    La mansión era más grande de lo que esperaba: un bosque de varias hectáreas rodeaba en secreto aquella edificación gigantesca. Misterioso lugar para insólitos huéspedes.

    —Tras la entrada, el recibidor y este salón, que usamos cuando organizamos algún evento.
    —Lo veo como un lugar tranquilo.
    —No se deje engañar por las apariencias. Si no hubiera distracciones, este sería un lugar con problemas. La armonía existe gracias a tener a todos bien ocupados.

    Tras enormes pasillos, miles de puertas. En hileras, como en un viejo hotel olvidado. En cada una, una respiración diferente.

    —Como ya sabrá, no estamos solos, señor Coelho. Somos muchos y muy diversos. En la congregación nos dedicamos a rescatar y guiar a este tipo de… personas. Gracias a su generosa donación podremos aumentar las cifras de rescates.
    —Me imagino que fue una sorpresa al solicitarles más implicación por mi parte.
    —No se crea. Tras la donación, me di cuenta de que no había otra posibilidad. Es usted uno de nosotros. Por lo tanto, también tiene derecho a ser rescatado. Le asignaremos una habitación. Pero, para eso, necesito saber…
    —¿Qué necesita saber?
    —Sus características. Necesitamos saber dónde ubicarlo.
    —No entiendo… ¿no somos todos iguales?
    —Solo en parte.
    —¿A qué se refiere?
    —A su metamorfosis, claro. Queremos saber a qué criatura nos enfrentamos. ¿Ve esa puerta?
    —Sí, claro.
    —Esa habitación pertenece a un ursu panaru, un hombre oso ruso. Es muy simpático; se llama Sergey. Pero, por supuesto, no se lleva bien con Tritón, el hombre reptil, ni con Elena, la mujer pantera.
    —Ah, ¿entonces hay más tipos de animales?
    —Por supuesto. Mire, yo soy de los clásicos: un hombre lobo de transformación en luna llena. Necesitamos saber qué es usted. No lo discriminaremos; solo lo pondremos con los más parecidos a su… especie.
    —Bueno, es que yo…
    —Necesitamos una transformación. Esa es la norma. ¿Qué necesita para hacerlo?
    —Pues… lo puedo hacer aquí, si quiere.
    —Adelante.
    —Me da un poco de vergüenza.
    —Piense que aquí somos todos como usted.

    El señor Coelho se desabrochó los botones de su camisa nueva, se desprendió de la americana beige y puso los ojos en blanco. Su cuerpo empezó a temblar, su rostro comenzó a burbujear y sus orejas se alargaron.

    —Dios mío… no —susurró Thomas Wolf, intentando contener sus instintos.


    Una liebre salió a toda velocidad, tropezando con dos caballeros que subían las escaleras. Se perdió en el bosque sin dejar rastro.
    Tras ella, raudo como el viento, un colosal lobo negro, que con mirada penetrante pasó de largo, adentrándose entre los árboles.

    —Pero… ¿ese que va con tanta prisa no es el señor Wolf?

    —Parece. Tenía ahora una cita con un tipo nuevo.

    —Pues parece que le ha salido conejo.

    Nick Cave & The Bad Seeds – Red Right Hand

    ¿Y tú… de qué animal te transformarías si te invitaran a esta mansión?

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  • El faro de tu memoria

    El faro de tu memoria

    Lejos,
    en la nube de algodón que guardo en mi memoria
    para esconderme cuando quiero silencio,
    te vi un día llorando.

    Siempre tenías una sonrisa;
    solo recuerdo tu alegre mirada
    cuando el mundo se hallaba lejos.

    Cuando se partió en cenizas
    y el cielo se hizo oscuro,
    tú me decías:
    «Chiquillo, si todo es perfecto».

    Me hablaste del tiempo,
    de las riñas que lo habitaban,
    del frío día que con pan viejo se superaba.

    De las noches cortas,
    de la música entre velas,
    de las risas entre olivos
    entre gente cansada.

    De bordar heridas en paños rotos
    que entre todos se curaban.

    Todo lo que aprendiste entre hilo y leña,
    lo que regalabas tras tu esfuerzo cosechando almas,
    sin querer más monedas de pago
    que el feliz secreto de tener un faro
    para poder encontrarnos.

    Hoy, en tu nube,
    llorabas feliz
    porque habitamos tus recuerdos.

    Vetusta Morla – Las Sabanas de Mis Fantasmas

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  • Milagro y pico

    Milagro y pico

    Mario tenía la expresión triste de quien habla solo.
    Su desgastada ropa, fruto de batallas interminables, contaba historias de un camino con un final impreciso en la cúspide del destino. Sentado un martes por la mañana en un parque que, por no saber qué hacer, se le hacía grande, miró hacia el horizonte y suspiró.

    —¡Cuack!

    En el asiento de al lado subió un pato. Blanco, con plumas desordenadas, un pato más de los que nadan en el pequeño lago del parque, ajenos a quienes los miran curiosos desde la barrera. Este en especial parecía embravecerse con sus congéneres, a juzgar por las cicatrices de su pico. Se acercó a Mario con cuidado. Llevaba una bolsa coloreada en el pico que depositó justo al lado de su pierna.

    Sorprendido, el ocioso caballero miró a su alrededor. Los pajaritos cantaban, las lagartijas hacían carreras con los ratones, ni un alma humana cerca. Abrió curioso la bolsa y sonrió levemente.

    En el interior había un bocadillo cuidadosamente envuelto y una lata de gaseosa con sabor a limón. Miró al pato, y este lo miró con su rostro de ánade. Hambriento como estaba, Mario exclamó al cielo:

    —Gracias.

    —De nada —dijo el pato.

    —Gracias, Dios, por escuchar mis plegarias.

    —Dios escuchará sus plegarias, pero el bocadillo es cosa de nosotros, los patos del lago.

    —¿…De los patos? —dijo Mario, confuso.

    —Sí, los que vivimos en este parque.

    —¿Os ha enviado Dios?

    —No, no tiene que ver. Verás: desde pequeño nos alimentas. No hubo una sola tarde que, viniendo al parque, no compartieras tu bocadillo con nosotros. De adolescente nos invitabas a papas fritas, de esas de bolsa; las que saben a queso eran mis favoritas. Luego venías con tu novia y nos traías pan. Por último, le enseñaste a tu hijo a compartir el bocadillo, como lo hacías tú. Hoy te vimos especialmente hambriento, así que nos permitimos este detalle.

    —¿Cómo…?

    —La gente se empeña en creer que da suerte tirar monedas al agua. Nosotros no las necesitamos, así que usamos unas cuantas de esas monedas. Pedimos uno de jamón serrano, como los que te veíamos comer.

    —Pero… los patos no hablan…

    —Conocemos vuestro lenguaje, pero normalmente no tenemos nada que deciros.

    —Entiendo. Tengo alucinaciones, ¿no?

    —Probablemente, pero… ¿está bueno el bocadillo?

    —Divino.

    The Soft Boys – I Wanna Destroy You

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  • De vuelta

    De vuelta

    Hoy se abrirá un ciclo.
    Los astros se alinearán, terminará el sepelio.
    Se abrirán las puertas del nirvana, las almas se elevarán desde sus oscuros féretros.
    Habrá juicio, júbilo errante, canciones de inicio.
    Nos reencarnaremos en aquello que deseamos.

    La crucifixión quedará atrás.
    No habrá batallas, ni mentiras, ni duelo.
    Solo orden. Solo silencio.
    Un descanso roto en la felicidad de muchos.
    Un sol radiante en un ocaso pactado.

    Y yo… hoy llegaré tarde y cansado.

    Dead Can Dance – The Host of Seraphim

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  • Haiku enlatado para el fin de los tiempos.

    Haiku enlatado para el fin de los tiempos.

    Ichiko Aoba – Lullaby

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