Abrió los ojos. Eran las 3:33. La luna derramaba su luz sobre la cama. Intentó volver a dormir, pero algo vibraba en el aire.
—Vamos… ven.
La voz, de terciopelo rojo, reptaba entre las sábanas. Era un roce de brisa que lo empujaba hacia la ventana.
—Ven conmigo.
Susurraba en su mente.
—Ven… sal conmigo.
Bajo la farola temblorosa, la vio. Desnuda. Fría. Blanca como la luna que la amparaba en su caza. Le pedía cercanía, respirarle el miedo.
—Ven… baja… tengo frío…
Abrió la puerta. Ya no estaba. La farola parpadeó una vez. Luego, oscuridad.
—…Sígueme… acércate a mí.
Algo se movía entre la maleza. Curvas pálidas entre las sombras. Avanzó creyéndola en peligro. No sabía nada. Sus labios rojos le sonrieron.
—Ya estás aquí.
Acarició su cadera, buscando certeza.
—Abrázame ya.
No pudo resistirse. Su piel helada lo atrapó. En su abrazo, el hilo se cerró. En su mirada hambrienta se reconoció presa. Sintió los colmillos hundirse en su cuello. Amaneció colgado en su telaraña, esperando el fin.
Buck Tick – Dress
“Porque algunas voces no llaman: te tejen. Y cuando al fin lo entiendes, ya estás demasiado dentro de su red.”
Este reptil emplumado tenía los colmillos tan grandes y afilados que nadie entendía cómo podía volar. Pero Tarek sí sabía cómo lograrlo: plegando sus enormes alas cobrizas, haciéndole saltar desde el mayor de los precipicios y disparando hacia el suelo.
El vértigo le invadió el cuerpo. El estómago se le encogió. La respiración se detuvo.
A pocos metros de las rocas, con la orden de un sonido, el monstruo emplumado abrió los brazos. Las membranas se inflaron, la cola chasqueó como un látigo y ascendió entre las nubes. Tarek gritaba de júbilo: la adrenalina le había secuestrado los sentidos. Inclinó el cuerpo a la derecha, trazando círculos en el aire, y volvió a caer en picado.
La aldea lo estaba esperando.
Hizo una pasada de vuelo rasante sobre el poblado. Algo iba mal. Había monturas desperdigadas y humo ascendiendo lento. Hizo un gesto a la bestia para que remontara el vuelo. Detrás, varias flechas silbaron. Un giro violento las hizo pasar de largo. El reptil alado lanzó un graznido gutural.
—Sí, lo sé, preciosa, no te asustes. No te pasará nada —le dijo Tarek a su montura.
La distancia era segura. Se colocó los cristales de visión cercana y observó el panorama: estaban atacando la aldea. Los Sauren habían aprovechado el fin de la cosecha.
—Qué hijos de puta… —murmuró—. Va a tener razón el viejo Morzak: son listos.
Eran siete u ocho, suficientes para destruirlos a todos. Los veía salir de la Sala de los Huesos, destrozada. Perseguían a los que aún respiraban, con sus horribles colas espinosas y su dentadura de cuchillas.
Giró hacia las canteras. Recogió apresurado todas las rocas que su montura podía transportar y volvió raudo. La mirada cansada de su compañera de vuelos le dio la medida del esfuerzo que estaba haciendo. Pero no había otra forma.
Los Sauren habían cercado a los supervivientes, al filo del abismo. Se acercaban rápido. Tarek actuó.
Soltó la roca más grande. El sonido a rama quebrada le indicó que el más cercano ya no era un peligro. El segundo cayó igual de fácil, pero los demás comenzaron a esquivar los ataques.
De las alforjas sacó una lanza y atravesó al tercero. A los dos que estaban más juntos les arrojó las últimas piedras. No los mató, pero los dejó inmóviles.
Saltó desde el aire hacia el más cercano: una mole de dos metros y medio que abría las fauces con furia. Su espada lo atravesó antes de que pudiera cerrar la boca.
Ya en tierra firme, corrió hacia el último. Estaba demasiado cerca de sus compañeros: no llegaría a tiempo. El Sauren destrozó a la joven con la que soñaba hacerse viejo, a sus amigos, a todos los suyos.
Una sombra se movió en las alturas. De la cara de Tarek nació una sonrisa de alivio. De la del Sauren, una mueca de espanto.
El reptil emplumado descendió en picado, arrancó del suelo al invasor y lo devoró en el aire.
—Ya sabía yo que no me ibas a dejar tirado, guapa —susurró Tarek, con la voz rota entre cansancio y ternura.
Architects – «Animals»
A veces, el valor no es volar… sino no cerrar las alas cuando todo arde debajo.
—Buenos días, ¿es verdad lo que dice el letrero? Le brillaba la mirada; casi no podía disimular la ilusión. Al entrar reparó en que la tienda estaba algo descuidada: mucho polvo en las estanterías, una luz lúgubre y llena de interferencias, un olor rancio a moho y humedad. El dependiente, un señor oscuro de apariencia vetusta, le ofreció la sonrisa pervertida de quien descuartiza a sus clientes. Se acercó deslizándose tras el mostrador y le dijo: —Sí, es verdad. Vendemos espectros.
La joven, con el entusiasmo de quien encuentra un tesoro, quiso saber más. —¿Cómo funciona? ¿Qué tipo de espectros tenéis? ¿Un espectro es lo mismo que un fantasma? —No, señorita, no. Una cosa es un espectro y otra bien distinta es un fantasma. Vendemos espectros y fantasmas, pero no al mismo precio. —¿Qué diferencia hay? —¿Vale, ves esto? —le enseñó una antigua botella llena de mugre con una etiqueta escrita a mano—. Es un espectro. Como todos los espectros, no tiene un nombre reconocido ni una forma clara. No se comporta con lógica aparente, no responde a ningún estímulo conocido y es difícil saber de él más que lo que muestra. Este se llama “Espectro de la casa de Guittenville” y cuesta £23.
—¿Y ese de allí? —dijo la chica señalando un bote verde luminoso. —Eso sí es un fantasma —dijo el señor, acercándole el tarro—. Aquí pone claro un nombre: Elisabeth Brown. Murió en 1952, tragada por la gran niebla cuando tenía 58 años. Por lo general tiene buen carácter, pero a veces monta en cólera si se la contradice mucho. Precio: £254. —Qué caro. —Es un fantasma.
—¿Y este otro? —La joven señaló el segundo recipiente del tercer estante. —Este es el fantasma de un niño —dijo el dependiente, agitando el frasco con un latido azul—. Son los más caros. Se llama Albert Dawn y murió en la postguerra. Era el séptimo hermano de una familia londinense. Se le escucha llorar en noches de tormenta y dormirá abrazado a ti las noches sin luna, si se lo permites. Si no, removerá objetos hasta que cedas o hasta que salga el sol. Precio: £372. —¿Y qué me puedes vender por £52,35? —preguntó ella—. Sin ser un espectro, claro. —Pues por ese precio tenemos esto. —El dependiente golpeó el mostrador con un tarro de resplandor carmesí—. Es un demonio menor.
—Eso no es un fantasma. —No, no lo es. Pero aun así es más interesante que un espectro. Se llama Murmulín. —Qué nombre más chulo. —Sí. Además, si lo sabes cuidar, es totalmente inofensivo. —¿Qué he de hacer? ¿Cómo se cuida? —Se alimenta de susurros. Tendrás que hablarle en voz baja para mantenerlo saludable. A veces incluso te hará caso. ¿Te gusta? —El tendero le acercó el recipiente. Se distinguía una figura ligeramente humana; era fuego líquido y se escuchaba un respirar. —Sí, mucho —respondió la chica contando el dinero del bolso.—Bien. Esta es la regla principal: para interactuar con él hay que invocarlo. El conjuro está en la etiqueta. Saldrá y volverá cuando tú se lo ordenes. Aunque no siempre obedece; no suele hacer más estragos que tirar algún cuadro o desordenar un armario. Alguna vez concederá un deseo, aunque también puede darte dolor de barriga. Pero sobre todo hay algo que no debes hacer. —¿Qué no se puede hacer? —No abrir la tapa. El tarro debe permanecer siempre cerrado. —¿Y si la abro? —Liberarás toda su esencia —dijo el dependiente en voz baja— y te devorará el alma.
Poe – Haunted
¿Qué comprarías tú en esa tienda, sabiendo que cada objeto guarda algo que alguna vez fue alguien?
Subió a la copa del único árbol y miró alrededor. Todo era gris. Negro. Ceniza flotando en la cálida luz del día. La montaña aún rugía, derramando lágrimas de fuego donde ayer eran ríos. Apagando su furia… solo para guardarla para otro tiempo.
Ella se abrazó a la copa del árbol y lloró.
En silencio.
Sin parpadear.
Relamiendo sus párpados con la tristeza del olvido.
Encontró una grieta en el tronco. Husmeó con su lengua la hendidura y desapareció en la corteza oscura. Durmió esperando un cambio. Soñando con la brisa tibia y las nubes negras. Con la piedra caliente y la luna llena. Soñó con las luces aladas que la alimentaban. Y quiso despertar de noche para ver las estrellas.
Sintió, de madrugada, brotes verdes sobre la roca quemada. Zumbidos de vida volando, gritando de rabia. Raíces aferrándose a la tierra, renaciendo de la turba. Observó cómo subían en fila, soldados diminutos, a empezar su jornada.
Sintió sed. Y el rocío derramó una gota dulce en su boca.Respiró aliviada. Bostezó. Y volvió a su grieta, deprisa, antes de que el sol la sorprendiera despierta.
¿poesía dice? ¿Qué poesía? La que recita ese tipo que ya casi la conquista, con versos de ese tal Neruda que no comprende nadie y ni él mismo se cree. Pues no es tan difícil, yo pienso. Alardear de palabras, eso es lo que es. Meterlas en líneas montadas, rimbombantes, casadas entre ellas por el azar de formas sonoras. ¿Y qué más? Nada más fácil, lo voy a intentar.
Yo te amo.
No.
Sí, sí te amo.
Me refiero a que encuentro absurdo explicar mi amor si primero lo resumo.
A ver…
¿Qué es el amor?
El amor en el estómago son mariposas. También la necesidad de tu presencia. Las ganas de verte. Las ganas de comerte.
¿Es esa la idea? No queda bien, qué soso, qué absurdas palabras para un amor tan torpe. Quizás deba comprender cómo lo harían otros. ¿Qué tal el Neruda este, que tanto le gusta a quien ronda a mi amada?
“Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte la leche de los senos como de un manantial”
Pues sí, eso también lo haría yo. ¿Por qué no se me ha ocurrido a mí? ¿Es algo que enternece tanto a las damas? Que confusión. Seguiré buscando en el amor de otros. Volvamos con Neruda:
“Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.”
¿Qué? ¿Qué tipo de amor prefiere el silencio? Cualquiera diría que es un “no te soporto”. No quiero referirme a eso.
Quevedo escribió al amor, a ver qué dice:
“Es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero parasismo; enfermedad que crece si es curada”
El señor poeta aquí sufre de amor aun teniéndolo. ¿Qué diantres es el amor? ¿Es lo mismo el amor en sí, que el amor que siento yo por ella? Si es la más bella, ¿por qué el propio amor se obstina en marchitarla?
Encadenando letras, me quedo. Atormentado, queriendo ver en tus labios versos pasados, en tu piel mi deseo, y en mi mente nada. Solo confusas las líneas de mi memoria.
Marea – No Quiero Ser un Poeta
Amor que te hace derretir… Despecho que te hace vomitar. Suéltalo en un verso cada uno. Dos líneas, dos bofetadas de emoción. Atrévete, que aquí no hay reglas, solo fuego en palabras.
Bajo esta luna que los antiguos llamaron del castor o de la escarcha, tejemos un hilo de luz. Hoy celebramos esta magnífica noche llena gracias a las letras y la mirada de Blanca y su blog Un Rincón Para Pensar, cuya fotografía eleva el cielo y nos devuelve el asombro. Gracias por capturar no solo la luna, sino el instante donde el mundo se detiene y el alma se abre. Disfruten de ésta colaboración.
Desde el balcón, trenzas brindando al viento, suspiraba sin remedio sobre los olivos.
Nubes que al pasar dejaban ver una redonda silueta:
tan blanca que era casi azul.
—Te veo triste. ¿Qué te pasa?
—Nada. Melancolía de viernes sin bailar. Y sin la luna de testigo.
—Estoy aquí, boba. ¿No ves que soy yo quien te habla?
—Ah… Pues ni eso me alivia. Penada me quedo.
—Pero ¿por qué tantas ganas? Si bailas hasta en tu casa.
—Pero esta noche estará él. Esperando, espero.
—¿Y quién es él?
—Quien me ama.
O eso creo —dijo un suspiro.
—Quien te ama, te espera.
—Pero no puedo. No me dejan salir y por eso triste me muero.
—Pobre niña ahogada en su pesar.
—Si tan solo pudiera escapar una hora… mejor dos —suspiró.
—Tal vez pueda hacerlo —dijo la luna.
—¿Qué, luna mía?
Un resplandor tan espeso la envolvió que pudo deslizarse dentro de él.
Corrió entre nervios para romper la distancia que la separaba de su amado.
La luna la vio partir y murmuró:
—Ve. Y vuelve.
Que yo te guardaré el cielo.
En tu cuarto creciente se comienza a ver tu belleza.
Luna llena, protectora de mis noches en vela.
Cuarto menguante, te resistes a abandonar a aquellos que te admiran.
Luna nueva, elegantemente das la espalda para después volver a brillar con más fuerza.
—El señor Coelho, supongo. —Está en lo cierto. Usted debe de ser Thomas Wolf. —Entre, le enseñaré las instalaciones.
La mansión era más grande de lo que esperaba: un bosque de varias hectáreas rodeaba en secreto aquella edificación gigantesca. Misterioso lugar para insólitos huéspedes.
—Tras la entrada, el recibidor y este salón, que usamos cuando organizamos algún evento. —Lo veo como un lugar tranquilo. —No se deje engañar por las apariencias. Si no hubiera distracciones, este sería un lugar con problemas. La armonía existe gracias a tener a todos bien ocupados.
Tras enormes pasillos, miles de puertas. En hileras, como en un viejo hotel olvidado. En cada una, una respiración diferente.
—Como ya sabrá, no estamos solos, señor Coelho. Somos muchos y muy diversos. En la congregación nos dedicamos a rescatar y guiar a este tipo de… personas. Gracias a su generosa donación podremos aumentar las cifras de rescates. —Me imagino que fue una sorpresa al solicitarles más implicación por mi parte. —No se crea. Tras la donación, me di cuenta de que no había otra posibilidad. Es usted uno de nosotros. Por lo tanto, también tiene derecho a ser rescatado. Le asignaremos una habitación. Pero, para eso, necesito saber… —¿Qué necesita saber? —Sus características. Necesitamos saber dónde ubicarlo. —No entiendo… ¿no somos todos iguales? —Solo en parte. —¿A qué se refiere? —A su metamorfosis, claro. Queremos saber a qué criatura nos enfrentamos. ¿Ve esa puerta? —Sí, claro. —Esa habitación pertenece a un ursu panaru, un hombre oso ruso. Es muy simpático; se llama Sergey. Pero, por supuesto, no se lleva bien con Tritón, el hombre reptil, ni con Elena, la mujer pantera. —Ah, ¿entonces hay más tipos de animales? —Por supuesto. Mire, yo soy de los clásicos: un hombre lobo de transformación en luna llena. Necesitamos saber qué es usted. No lo discriminaremos; solo lo pondremos con los más parecidos a su… especie. —Bueno, es que yo… —Necesitamos una transformación. Esa es la norma. ¿Qué necesita para hacerlo? —Pues… lo puedo hacer aquí, si quiere. —Adelante. —Me da un poco de vergüenza. —Piense que aquí somos todos como usted.
El señor Coelho se desabrochó los botones de su camisa nueva, se desprendió de la americana beige y puso los ojos en blanco. Su cuerpo empezó a temblar, su rostro comenzó a burbujear y sus orejas se alargaron.
—Dios mío… no —susurró Thomas Wolf, intentando contener sus instintos.
Una liebre salió a toda velocidad, tropezando con dos caballeros que subían las escaleras. Se perdió en el bosque sin dejar rastro. Tras ella, raudo como el viento, un colosal lobo negro, que con mirada penetrante pasó de largo, adentrándose entre los árboles.
—Pero… ¿ese que va con tanta prisa no es el señor Wolf?
—Parece. Tenía ahora una cita con un tipo nuevo.
—Pues parece que le ha salido conejo.
Nick Cave & The Bad Seeds – Red Right Hand
¿Y tú… de qué animal te transformarías si te invitaran a esta mansión?
La luna estaba llena, azul, radiante. La niebla me abrazaba. Sentía el viento en la cara y, con él, una presencia inquietante. Al principio parecía dulce, de aroma festivo, sabor a asado… pero pronto supe que había algo más. Mi estómago rugía, y mi instinto también. Una sombra desgarró mi sueño. Rugido, respiración entrecortada, dientes afilados en la oscuridad: no era yo quien corría, sino un monstruo que habitaba en mí. Con el cuarto creciente dibujado en la ventana, me incorporé en la cama, sudando mi pesadilla.
Eran las tres y treinta y tres. Me levanté a preparar algo de comer. Mis padres se habían marchado, hartos de escuchar mis lamentos. —Niño, te veo muy bien, ya no hacemos falta aquí —me dijeron— y se fueron. Creo que con miedo. No sabía de qué. Yo estaba perfecto. Mejor que nunca.
Un ruido intenso me obligó a mirar por la ventana. Alrededor del contenedor de basura algo se movía. Salí al callejón en pijama y distinguí la sombra de un gato callejero. Mi instinto se tensó: lo vi como amenaza y mi cuerpo reaccionó. Lo acerqué en silencio, lo agarré del cuello en un acto reflejo. Me bufó, me arañó, y logré soltarlo. No quería convertirme en un asesino, pero sabía que ya no podía ignorar lo que despertaba dentro de mí.
Me quedé mirando la calle. La noche aún reinaba, los jóvenes regresaban de la fiesta del barrio. Recordé la cabaña, sus caricias, su aroma, su dulzura y su animalidad. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda. Algo había cambiado en mi cuerpo. Algo que nacía sin que yo lo buscara, creciendo en cada latido, cada recuerdo, cada sombra.
Un grupo de chicas pasó riéndose, lanzándome miradas curiosas y burlonas. Me di cuenta de lo que ya no podía ocultar, de lo que había nacido en mí aquella noche: un deseo imposible de disimular, que me hizo huir avergonzado.
Corrí a casa, mientras el sol empezaba a iluminar mi rostro. Sabía que la noche me había dejado marcado: un cuerpo distinto, un instinto renovado… y un hambre que apenas comenzaba a comprender.
Nekromantix – Howlin’ at the Moon
El espejo no miente: el reflejo respira. La piel recuerda lo que la mente niega.
Bajo el pulso azul de la luna, el alma se estira, se tensa, se desgarra. Y en ese silencio donde sólo aúlla la sangre, comienza la verdadera fiebre: la de ser otro.
Llegué a casa triste. Sin tener claro lo que había ocurrido. Todavía sentía dolor, pero los médicos, asombrados por mi rápida recuperación, insistieron en que en casa sanaría mejor. Tendría a mis padres y a mi hermana instalados por unos días, así que me preparé para un ambiente de lo más familiar: reproches por aquí, desconfianza por allá, todo ello regado con ese irónico miedo que tanto une.
Desde la planta baja escuché llorar a mi madre. Mi padre, tan bruto como siempre, decía entre dientes: “…un día se nos mata…” Pensé que mi imaginación me jugaba una mala pasada, porque vivo en un octavo piso. Al entrar, me los encontré con lágrimas en los ojos, intentando guardar la compostura.
—¿Qué te ha pasado, hijo mío? —Nada, mamá… que me he peleado con un oso. —Pero adentrarte en el bosque solo… —dijo mi padre con cierto aire de enfado—. Para haberte matado el animal aquel. —Pues no sabes tú cómo lo dejé —respondí, quitándole hierro—. Ahora me ve y echa a correr. —Anda, niño, vente a comer, que estás muy flaco. Te traemos chorizo del pueblo.
Un rugido profundo me recordó que tenía hambre. Una vez sentado en la mesa, devoré un plato del potaje de mi madre en segundos. Luego, unas chuletas de cordero con su guarnición de verduras. Casi no dejé ni los huesos.
—Pues sí que tenías hambre… —dijo mi madre, extrañada—. ¿Quieres más?
Le quité de las manos un trozo de chorizo que traía y lo devoré a mordiscos, sin apartar la mirada de ella.
—Niño… no me mires así, me estás asustando.
Aún con hambre, me detuve. Había algo raro.
Con la excusa de una ducha me encerré en el baño. Al desnudarme y quitarme las vendas, me quedé sin aliento: no había ni una sola cicatriz. Ni rastro del ataque.
Esperaba verme más flaco, más débil. Pero, pese al dolor residual, mi cuerpo estaba distinto: más firme, más fuerte. Y ese aspecto feroz que empezaba a gustarme… estaba ahí, respirando conmigo frente al espejo.
Austra – Home
El espejo no mentía. La herida había desaparecido, pero no el recuerdo de la fiebre, ni la sombra del bosque. Algo había despertado en mí que no podía volver a dormir. La fuerza que brotaba de mi cuerpo parecía un río subterráneo, oscuro y constante, recordándome que las cicatrices no siempre se ven… pero siempre marcan.
Abrí los ojos, y era de día. Sentía dolor. Un dolor que no era del cuerpo, sino del alma. Pero caminé. Constante, desesperado. Llegué a una carretera… y mi mente se apagó.
Volví a abrir los ojos. Una sinfonía de pasos, voces, el pitido de un monitor. Olor a desinfectante. Aunque mi mente me arrastraba lejos —como un animal extraño, agazapado en los matorrales, esperando su hora—.
Escuché fragmentos de voces: “…Dios mío, ¿qué le ha pasado?… pobre chico…” “…Tiene el hombro destrozado…” “…Debió de ser un oso…”
En mis sueños de fiebre intensa me desvanecía en la penumbra. Me convertía en humo. Me arrastraba por las paredes, manchando de sombra los muros, arañando cristales, resquebrajando el techo. Agrietando con mis manos la piel de los enfermos.
Hasta que desperté de pronto.
—Buenos días, caballero. —¿Dónde estoy? —Está usted en la Clínica Monteverde. Soy Susana, la enfermera de guardia. Ha estado cinco días en coma. Pero ahora está fuera de peligro. —¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué me ha pasado? —Lo encontraron unos turistas, cerca de la carretera comarcal de Monteverde. Por suerte, a tiempo. Había perdido mucha sangre. —No… no recuerdo mucho. No sé qué pasó. —Tranquilo. Parece ser que lo atacó algún animal. Probablemente un oso. Estuvo muy grave, pero sus heridas están cicatrizando de una manera sorprendente. Le pondré un sedante, y por la mañana hablará con el médico.
Mis ojos se cerraron de nuevo. Un rumor se adentró en mis sueños. Un rugido siniestro. Una respiración entrecortada.
Y me vi huyendo, desnudo, entre los árboles. Corriendo por el bosque. Aunque esta vez, huía del monstruo en el que me había convertido.