Etiqueta: pesadillas

  • Bestiario del amor (carta de cuarzo rosa)

    Bestiario del amor (carta de cuarzo rosa)

    Este texto surge como parte del reto Escribir Jugando del mes de Enero, una invitación a leer la carta del cuarzo rosa desde la emoción y la resistencia al amor. Animaos y participad.

    Esta vez, el amor se le presentó en forma de gato siamés,
    ronroneando entre caricias y agasajos.

    En el pasado fue distinto.
    Tomó forma de caniche ladrador y poco mordedor,
    de serpiente escurridiza, lengua bífida,
    incluso de un león feroz que caminaba siempre cansado
    y miraba distante, ajeno.

    Pero ahora era otra cosa.
    Tenía un color translúcido, como el cuarzo rosa,
    y llevaba el perfume leve de una flor de beech recién abierta.

    Acarició la idea como un sueño sin sentido
    y, a la primera oportunidad, huyó sin remedio:
    no fuera a despertarse el león
    y acabara con todo.

    Travis Birds – Una Romántica

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  • Sanción administrativa

    Sanción administrativa

    En la pantalla del auto apareció un aviso. El habitáculo estaba en silencio, ese silencio limpio que solo tienen las máquinas nuevas. Venía sobre un escudo oficial de la Dirección General de Tráfico. En él había contenido interactivo bajo petición verbal. Él lo activó con el comando pertinente.

    —Usuario F53824931X, contraseña V_451xRz, activar mensaje.

    —Buenos días, Usuario F53824931X. Su vehículo matriculado MX3314RVT ha sido sancionado. ¿Se identifica como actual conductor?

    —¿Motivo?

    —Ha rebasado una línea prohibida. Habiendo condiciones de tráfico correctas, esta sanción tiene un cargo administrativo de 800 créditos. ¿Desea realizar un traspaso de fondos?

    —Un momento. El vehículo está funcionando en modo automático. Al no ser yo el conductor, deben reclamarle la sanción a la marca del auto.

    —Negativo. Hay notificada una actualización del software de su vehículo hace 4 días.

    —Y yo tengo cita para esta operación en dos días. Ellos no pueden hacerlo antes.

    —Entiendo, Usuario F53824931X, pero la ley de tráfico prevalece sobre los inconvenientes que pueda tener con la empresa que ejecuta la actualización.

    —¿Y qué hago si no me dejan hacerla antes?

    —Conducir en modo manual.

    —Vale. Activar modo manual.

    En la pantalla apareció otro aviso. El mismo escudo gubernamental. La misma intención de recaudar créditos.

    —¿Y ahora qué?

    —Usuario F53824931X, tiene una sanción por conducción manual con el carnet de conducir caducado.

    —Pero…

    —Gracias por contribuir a la seguridad vial.

    Hinder – Born to Be Wild

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  • Informe preliminar

    Informe preliminar

    —Tranquilo, no dolerá. 

    Ya no era solo el nerviosismo de pensar que podría tener algo grave; era la incomodidad de someterse a las pruebas necesarias. Antonio respiró hondo, pensó en su familia y accedió a entrar en la sala. Se desnudó completamente, se puso el ridículo delantal verde que no le cubría nada y el gorrito plastificado para recoger el pelo, y esperó. 

    Al poco tiempo entró una señora robusta. Le asustó un poco, pero ella lo tranquilizó enseguida. 

    —¿Está usted preparado? 

    —No mucho, pero… en fin. 

    —Tranquilo. Es un poco incómodo, pero no suele doler nada. Le pondremos un sedante. El proceso es algo complejo: introduciremos una sonda por el ano y, mediante una cámara, podremos ir viendo. Contamos con el colonoscopio más avanzado de la zona. 

    —Ya… qué bien —dijo Antonio, sin mucha convicción. 

    —Eso también lo hace más fino y cómodo. 

    Lo llevaron a una camilla y le pusieron una vía en la mano. Por ahí fluyó el sedante, que le indujo a una especie de duermevela. Después lo trasladaron al cuarto donde le harían la exploración. 

    —Señor Gómez, yo soy Fermín Spector. Seré quien le realice esta prueba. Relájese. No le va a doler nada. 

    Antonio estaba demasiado atontado para contestar. Movió ligeramente la cabeza. Eso bastó. Comenzaron con la introducción del aparato. Y era verdad: no dolía. Aunque embotado, permanecía atento a la conversación del personal sanitario. 

    —Avanzamos sin dificultad. 
    —¿Cómo lo ve, doctor? 
    —Limpio. Mucosa rosada. Textura correcta. Nada reseñable. 
    —¿Ni pólipos? 
    —Negativo. Esto está mejor que muchos intestinos jóvenes. 
    —Seguimos. 

    El sonido era extraño, pero la conversación resultaba calmada. 

    —Aquí también todo normal. Pliegues bien definidos. Irrigación perfecta. 
    —Da gusto cuando el cuerpo coopera. 
    —Sí… no siempre ocurre. 

    Hubo un breve silencio. 

    —Espere. 
    —¿Qué pasa? 
    —No es patológico. No exactamente. 
    —¿Entonces? 
    —Hay algo… distinto. 

    A duras penas alcanzaba a ver la pantalla con la que trabajaban. Un leve zumbido desplazó la imagen. Lo poco que distinguió lo sorprendió. 

    —Ahí está, pare. 

    —¿Qué es lo que…? Oh, Dios mío. 

    Intentó mover la cabeza. En la pantalla se veían luces. Luces de colores. Se movían. No estaban quietas. 

    —Déle zoom, por favor. 

    —¿Pero qué diablos es esto? 

    —No lo sé. Intente ampliar más. 

    Antonio empezó a ponerse nervioso. Trató de girarse, pero alguien lo sujetó con firmeza. 

    —Estése quieto, por favor. Ya estamos terminando. 

    —¿Pero qué pasa? 

    —Nada malo. Solo… extraño. Vamos a darle un poco más de sedación, ¿de acuerdo? 

    Antonio despertó en una camilla distinta. Más grande. Más cómoda. Frente a él estaba el médico que había realizado la prueba. 

    —Bien, señor Gómez, ya sabemos qué es lo que le aflige. 

    —¿Es grave? 

    —No lo sabemos con exactitud, pero grave no lo creo. No es cáncer, no se preocupe. 

    —Entonces… ¿qué eran esas cosas raras que se veían en el monitor? 

    —Usted sabe que tenemos una serie de organismos vivos en el intestino, ¿verdad? 

    —Sí, conozco algo sobre ese tema. 

    —Y sabe que, a veces, se descontrolan. 

    —¿Algo así como la candidiasis? 

    —En su caso es un poco más. 

    —¿A qué se refiere? 

    —En su caso han evolucionado hasta comenzar una civilización inteligente. 

    Queens of the Stone Age – I Appear Missing

    Antonio pensó que, al final, no estaba tan solo como creía.

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  • Nada en un átomo

    Nada en un átomo

    Nada.

    En ese momento no había nada.
    Nada comprimido en un átomo
    que colapsó en una décima de segundo.

    Y estalló.

    Y se expandió.

    Y se quedó helado.

    Del frío salió el calor.
    El calor se transformó en materia.
    Y la materia comenzó a emitir un sonido constante.

    Tic tac.
    Tic tac.

    Las partículas giraban rápido y chocaban entre sí.
    Se agrupaban y se dividían,
    formando filamentos que se entrelazaban.

    Giraban y se expandían, formando nubes de materia energética,
    iluminando el espacio creciente.

    Espirales.
    Órbitas.
    Caos sincronizado.

    Cuerpos rocosos empujados al infinito,
    avanzando, expandiéndose
    en la oscuridad interminable.

    Hasta que no hubo cadencia.

    La inmensidad se volvió fría y dispersa.
    El tiempo se congeló.

    Las estrellas se apagaron
    en explosiones de hielo.

    La inercia se acabó.

    Y empezó a caer.

    A contar los segundos hacia atrás.

    La roca volvió sobre sus pasos,
    disgregándose en llamas,
    acumulándose de nuevo en el espacio.

    Cada vez más pequeño.

    Cada vez más caliente.

    Cada vez más denso.

    Colapsando en sí.

    Nada.

    Nada en un átomo.

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  • Bisonte de invierno

    Bisonte de invierno

    Irrumpió en el espacio con violencia.
    Se exhibió ante todos los habitantes de la cueva, mirándolos uno a uno con descaro furioso.
    Resopló vapor y desapareció por donde había entrado.

    Era un bisonte de invierno.
    Pelaje blanco como manto helado.
    Astas de negro azabache reluciente.

    Se fue, pero dejó la estela de su presencia.

    El sabio del pueblo abrazó el augurio y gritó:

    —Hay que salir a cazar. ¡Ya! Todos preparados.

    Los hombres partieron hacia el sueño de un mito.
    Algunos regresarán.
    Otros no.

    Heilung – Norupo

    El augurio fue claro.
    El precio, no.

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  • Equilibrio

    Equilibrio

    Le gustaba caminar descalza.
    Sobre un cable eléctrico.
    Abrazada por el viento, despacio.

    Allá en lo alto todo parecía más pequeño, menos importante, efímero:
    el tráfico denso de alegres colores y humos malolientes,
    las personas que gritaban a su paso,
    los tristes reflejos de las nubes
    dejándose caer en forma de charco.

    Todo era anecdótico
    a un hilo de aire,
    caminando lento.

    El sol se acercaba a verla, calentando sus pasos,
    meciéndola uno a uno.
    Avanzaba hacia el abismo
    con la alegría de una adolescente en fiesta,
    bañada por la luz de neón.

    Caminando, se hizo lejos.
    Y se volvió turbio.

    Un movimiento sísmico,
    ondas chocando contra sus dedos,
    la hizo tropezar en el último intento:
    rompió el equilibrio,
    derramó su atención en el horizonte,
    sacó su fragilidad de la línea
    y la lanzó al espacio.Y en mitad de la espiral del vacío
    voló.

    Apparant – Goodbye

    Unas migas de pan fueron ofrecidas.
    Todo un regalo.
    Suficiente para bajar del trono
    y querer devorarlas.

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  • El lugar donde comienza el invierno

    El lugar donde comienza el invierno

    La primavera fue un suspiro.
    El verano intentó aferrarse a mi pecho y se desplomó convertido en grito.
    El otoño llegó en viento:
    suspiro frío, hojas cayendo,
    nostalgia de tus dedos en los míos,
    distancia de sal,
    miedo al olvido.

    Mi voz quiso hacerse canto,
    y se quebró en el intento.

    La tarde se hizo bruma
    y ocultó la arena de la playa,
    la que guardaba mis pasos
    cuando aún recordaba tu mirada.

    Me quedé con el sabor dulce del trayecto,
    del adiós que se deshizo en tus labios
    mientras caminaba hacia el puerto.

    Y me quedé varado.

    Entre humo y pasos de ciego
    resistiendo en silencio.
    Acaricio el muro que un día me rompió
    y que ahora sostiene mi peso,
    guiándome lejos,
    hacia el murmullo tibio del riachuelo
    que marca el ascenso
    hasta el lugar secreto
    donde ya se ve el invierno.

    Beacon – Fault Lines

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  • Los tres reflejos. Capítulo 5: Perfect Day

    Los tres reflejos. Capítulo 5: Perfect Day

    Laura deslizaba imágenes en su móvil. Pero su mirada estaba lejos, más allá de la pantalla; perdida en otra órbita, en ese imposible movimiento de tres cuerpos que parecía empeñado en repetirse.
    La reproducción se detuvo un instante y dejó escapar el audio del reel. Una sonrisa le tembló en la boca.

    Just a perfect day. Drink sangria in the park…

    Marta no podía vivir en silencio. El silencio la roía, le subía por la nuca. Volvió a dar “play”. No recordaba aquel vinilo que nunca quitó del tocadiscos. Temió un pinchazo en el pecho y quiso mover la aguja. Pero esta solo avanzó unas líneas, dócil, y la canción continuó.

    And then later, when it gets dark, we go home…

    Pedro conducía sin rumbo. Sin prisa por llegar a ningún sitio. Las noticias pasaban ante él como lluvia en un parabrisas: ruido, nada más. En la entrada de la autopista dejó atrás al locutor, apretó el botón del dial. Surgió una canción vieja, un espejismo de tiempos que ya no sabía si le pertenecían.

    Just a perfect day, feed animals in the zoo…

    Los tres escucharon la misma canción.
    Los tres, en puntos distintos del mapa y en un mismo punto del alma.
    Lou Reed suspiró desde su tumba y se puso las gafas de sol para mirar la casualidad.

    Then later a movie too, and then home…

    Los tres empuñaron el teléfono. Marcaron.
    Comunicando.
    Después, las llamadas perdidas.

    Oh it’s such a perfect day…
    I’m glad I spent it with you…
    You just keep me hangin’ on…

    En el arcén, los cristales de Pedro se cubrieron de lluvia. Y la memoria, aprovechando el hueco, le devolvió aquel día entre risas y juegos.

    —Seis, cinco. Bebes tú —dijo Laura señalándolo.
    —¿Yo otra vez? Voy a acabar mal… —Pedro casi pudo saborear el trago que ya no tenía en la mano.
    —Me está entrando sed —dijo Marta, mirando su vaso vacío—. Relleno la jarra y cambio el disco. Este va a suplicar clemencia como siga girando.
    —¿Qué vas a poner? ¿The Clash, como esta tarde? —preguntó Laura.

    Las dos sonrieron con esa complicidad que a veces da vértigo.

    —A ver —dijo Marta—. ¿Cuál es la balada que no te cansarías de escuchar?
    —Tengo muchas… Como Ever Flow, de Pearl Jam…
    —No, balada —insistió Marta—. Las baladas envejecen rápido. Se pegan a los sentimientos, y los sentimientos… mudan de piel.
    —Yo he salido con otras chicas y me ha pasado igual con la misma balada —dijo Pedro sirviendo los vasos.
    —Sí: la de Holiday de Scorpions —respondió Marta.
    —¡Es verdad! Siempre estabas con esa cursilada —rió Laura—. La única que no me cansa es Perfect Day. Es profunda y no va de amor.
    —Sí que va de amor —dijo Pedro, teatral, ofendido.
    —Va de amor —confirmó Marta—. Pero a las drogas.
    —Para mí va de desamor —replicó Laura—. Pero con ese golpe dulce de recordar lo bueno.

    El teléfono de Pedro empezó a sonar. Era Laura.
    Puso el manos libres, pero el WhatsApp se encendió antes de que pudiera arrancar.

    —Hola, Laura. ¿Cómo estás?
    —Bien. Estaba escuchando una canción y me acordé de ti. ¿Tienes las ideas claras?
    —Estoy hecho un lío. ¿Tú no?
    —Yo no. Yo tengo claro lo que quiero.

    Chat paralelo
    Marta: ¿Ya no me respondes las llamadas?
    Pedro: Te estaba llamando ahora. Comunicabas. ¿Podemos hablar?
    Marta: Te echo de menos.
    Pedro: Y yo a ti.

    —¿Y si quedamos? —propuso Pedro.

    Marta: Vente a casa.
    Pedro: Voy para allá. Pero estoy lejos.

    —Podemos quedar, sí —dijo Laura—. Pero también deberíamos hablar con Marta.
    —Voy a verla ahora.
    —Voy yo también.
    —Déjame ir primero, y luego vemos.

    Laura colgó. Miró las gaviotas cruzando el cielo y llamó a Marta.

    —Hola, Laura.
    —Te estuve llamando.
    —Y a mí me dio miedo responder.
    —Tranquila. ¿Estás bien?
    —Estoy hecha un lío. Te echo de menos… pero también a Pedro.
    —¿Y eso es malo?
    —No te entiendo.
    —¿Podemos quedar?
    —He quedado con Pedro. ¿Nos vemos después?
    —Creo que voy para allá.
    —Pero deja que hable con él antes.
    —Estoy en la costa. Tardaré un rato.

    Marta quiso dejarse llevar por la música, pero los nervios eran más fuertes. Le arañaban el vientre como un gato impaciente. Quería dormirse y despertar cuando alguno llegara. Le daba igual cuál. Solo quería que alguien rompiera la grieta del silencio. El tiempo a solas solo le enseñó una verdad: no quería estar sola.

    Pedro aceleraba. Se había ido demasiado lejos. Ahora debía desandar ochenta kilómetros. Lluvia, carreteras secundarias, un coche que avanzaba lento y una mente que corría demasiado.
    ¿Y si ellas habían decidido que estaban mejor sin él?
    ¿Y si perdía a las dos?
    No sabía qué iba a pasar. Solo sabía que la herida empezaría a cerrar cuando la viera.

    No.
    Cuando las viera a ellas dos.

    Suspiraron al mismo tiempo, sin saberlo.

    Pedro subió las escaleras de dos en dos. Perdió al subir el norte y la respiración. Laura estaba allí, frotándose el frío de las manos. Mirando el timbre como si pudiera adivinar el futuro. Con la tripa hecha un nudo.

    —Hola, Laura —dijo Pedro con la respiración golpeándole el pecho—. ¿No te dije que esperaras?

    Se abrazaron. Se negaron el beso. Llamaron al timbre. Él no quiso usar la llave: sentía que no tenía derecho.

    Marta abrió. Quiso abrazarlos a los dos. Su cuerpo fue más sincero que su cabeza.

    —Entrad.

    Se desplomó en el sofá. Las ojeras le brillaban con lágrimas recién peleadas.

    —¿No ibais a venir por separado? Ahora no sé a quién abrazar.

    Pedro dudó. Laura no. Ella entendió antes lo que Marta necesitaba.

    —Ven aquí, Pedro —dijo Laura, firme y suave—. Ahora, lo que necesita Marta.

    El abrazo fue torpe. Tenso. Raro. Se separaron.
    El silencio se espesó. Laura lo rompió.

    —No os entiendo.
    —¿Qué no entiendes? —preguntó Pedro.
    —Esto es mejor en el suelo. Así se habla mejor. En triángulo.

    Marta sonrió apenas.

    —¿Vas a hacernos terapia de grupo?

    —Algo así. A ver, Pedro: te gusta Marta. La quieres. Te atrae. Te cae bien. Pasáis buenos ratos. ¿Sí?

    —Sí…

    —Y tú, Marta: ¿sientes lo mismo? ¿Le has echado de menos? ¿Te lo comerías ahora mismo? ¿Querrías que lo vuestro no terminara?

    —Sí… pero…

    —Ahora vamos con los “peros”. Marta: ¿te gusto? ¿Te caigo bien? ¿Te atraigo?

    —S… sí —susurró Marta.

    —¿Y tú, Pedro? ¿Te gusto? ¿Te haces bien conmigo?

    —Sí.

    —Vosotros me gustáis a mí. Los dos. Marta me ha hecho descubrir un mundo. Pedro, desde siempre. Incluso cuando yo fui la que te dejó —dijo Laura, sin apartar la mirada.

    —Pero habrá que elegir —dijo Pedro.

    —Sí. Elegir lo que menos nos rompa.

    —No sé si es… —Marta tragó aire.

    —Te lo pregunto así —dijo Laura—: ¿tienes algún motivo para odiarme? ¿Crees que puedo hacerte daño?

    —No.

    —¿Y tú, Pedro? ¿Crees que puedo haceros mal?

    —Creo que no.

    —Yo quiero estar con vosotros. Pero si alguno no puede, o no quiere, desapareceré. No seré un estorbo. ¿Queréis pensarlo a solas?

    Marta y Pedro se miraron.

    —Sí… déjanos pensar. Pero…
    —Quédate esta noche —dijo Marta.

    —¿Me dejaréis ir por ropa para mañana?

    Laura se levantó para salir, pero Marta le sujetó la mano. Firme y dulce.

    —No. Te dejo algo mío.

    Extremoduro – Buscando una Luna

    Ilegales – Destruye!

    Marta miro el disco, una versión extraña grabada en directo, sin pausa para los surcos, sin sello de la discográfica. Lo deposito con cariño en el aparato y pulso para que la aguja se enamorara de la rugosidad del surco.

    – Que triste, ayer cayó Jorge Martinez y hoy Robe.

    – ¿Quen es Jorge Martinez? – Pregunto Laura cuando empezo los vitores del concierto que estaban reproduciendo.

    – El calvo de Los Ilegales.

    – Joder, ¿También ha muerto?

    – Si, se van los mejores.

    – Como Pedro, que se va siempre de viaje de trabajo sin llevarnos.

    – Hablando de Pedro… ¿Has pensado si te gustaría tener hijos?

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  • Diario de un soñador lúcido 

Carta 23: Diario de una búsqueda

    Diario de un soñador lúcido Carta 23: Diario de una búsqueda

    La lluvia caía fina y obstinada. La catedral respiraba una oscuridad gris, gastada. La festividad tenía algo incómodo, un murmullo apagado, aroma de incienso rancio y el sabor antiguo de tradiciones manipuladas. En el centro de la plaza, entre el gentío, dos notas de color discordantes discutían sin descanso. 

    —Venir hasta acá y no entrar es la cosa más absurda que podemos hacer. 
    —Pues yo no entro ahí. Me da muy mala onda ese sitio. 
    —Pero aquí no hay más que ver. ¿Para qué coño hemos venido entonces? 
    —Para mirar los pajaritos. 
    —No hay pajaritos. 
    —Pues la gente pasar. 

    A su alrededor, las personas grises, de caras mustias y miradas vacías, caminaban por inercia. 

    —Yo no entro ahí —remató uno de los Wilson, cruzado de brazos. 

    Del gentío salió una sotana blanca con estola púrpura. Su sonrisa era amable, pero su mirada mentía sin esfuerzo. Se plantó ante los gemelos-discutiendo-a-coros y preguntó: 

    —A ver, ¿por qué discutís? Reñir en la puerta de la casa del Señor es pecado. 
    —Él, que no quiere entrar en la catedral. 
    —¿Y por qué no, hijo? Es la casa de nuestro salvador. 
    —Será, pero es una casa muy siniestra. 
    —Oh, no. Lo parece porque es muy antigua. Pero dentro todo es paz y quietud. 
    —Me da mal rollo. 
    —Tranquilos, hijos míos. Yo os acompañaré. 

    La gente gris empezó a rodearlos, empujando con suavidad hacia la gran puerta del Perdón. 

    —No sé si esto es buena idea —susurró el Wilson reacio, esta vez al unísono con su pareja, como si el miedo les ajustara el mismo tono. 

    En lo alto del tejado, alguien vigilaba. Gabardina larga, sombrero tejano. Si aquello fuera un western, sería Clint Eastwood. Hizo un gesto breve con la mano. 

    A la señal, algo cayó desde lo alto del campanario: Katty, la chica-gato. Vestía de negro mate. Se deslizó por la piedra como agua derramada, flexionó apenas al aterrizar y arqueó la espalda con un gesto felino antes de moverse. Entró por el pórtico lateral sin ser vista. 

    Dentro, el templo era más pequeño que por fuera. Un pasillo de bancos hasta el altar y tres puertas: la principal y dos laterales. Katty cerró apresurada la puerta por la que había entrado. 

    El clérigo entraba justo en ese instante con los gemelos. Notó algo extraño: la catedral vibraba como si estuviera conectada con él por un hilo invisible. Los Wilson aprovecharon para cerrar su puerta también. 

    —¿Qué diablos…? —musitó el sacerdote, desconcertado. 

    —Le cazamos —dijo Don mientras entrábamos por la única puerta abierta. Al cerrarse tras nosotros, el sonido pareció sellar el sueño. 

    El sacerdote empezó a gesticular. Sus ojos se desenfocaron, como si otra mente se asomara por detrás de su cráneo. Un remolino se abrió en el centro de la sala: una espiral que tragaba los primeros bancos con hambre silenciosa. Katty saltó sobre él. Nosotros le rodeamos. Le agarramos de los brazos y el portal quedó congelado en un temblor de luz. 

    —¿Qué hostias queréis de mí? 
    —Necesitamos saber algo. 
    —¿Y sabéis que yo os puedo ayudar? 
    —Seguro, Ikelos —respondí—. Nadie sabe mejor cómo destruir un sueño. 

    Le contamos lo que sabíamos de las sombras, de cómo estaban poseyendo a la gente a través del sueño. De cómo habían secuestrado a nuestra amiga. Queríamos saber dónde estaba y cómo rescatarla de su cautiverio. 

    Ikelos sonrió con un filo torcido. 

    —La respuesta es fácil. Si han de esconderla, será en su propio sueño. 

    Y algo en su voz sonó demasiado seguro, como si ya hubiera estado allí. 

    Ghost – Cirice

    «“Tras despertar, sentí que el sueño se tensaba… como si aguardara el siguiente golpe.”

    Diario de sueños

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  • Nana triste para un niño viejo

    Nana triste para un niño viejo

    Hoy no me toca soñar.

    El aire surca extraño y, entre sábanas, se dispersa en remolinos.
    Mi mente se derrite en gotas de cansancio herido:
    no quiere darme reposo, solo gira y gira, sin motivo y sin caducidad.
    Invoco ovejas blancas aladas, un ejército inútil
    cuando los párpados no me pertenecen
    y son presa del capricho de un tal Cortisol.

    Entre tanto, flotan imágenes en tonos pardos,
    carcomidas por el baúl que las guarda,
    que hoy, traicionero, ríe satisfecho.
    Mientras yo sigo rotando, ellas se proyectan en el techo:
    mirada distraída, flequillo en los ojos,
    pantalones de pana gruesos
    y unas ganas de volar contenidas en un salto.

    Lo dejé escapar, a ver si así me canso.
    Quise enseñarle los días presentes del futuro pasado.
    Y él, sentado en la duda, mirando desde mis ojos,
    comprendió que era yo.

    —¿Todavía no vuelan los coches? —preguntó,
    como quien sostiene una promesa rota.

    —No. Pero hay ojos en el cielo —respondí.

    Pareció animarlo.

    —¿Vive gente en la luna? ¿Ya consiguieron habitarla?

    —¿Para qué alcanzarla? Es más bonita lejana.

    —¿Y robots? ¿Ya los inventaron?

    —Sí. Y hablan con nosotros, aunque no tengan cuerpo.

    Le conté inventos osados que nos acompañan en el bolsillo,
    de cómo ya no hace falta hablarles:
    nos entienden por gestos.
    Le hablé de un oráculo tejido en una telaraña.
    De cómo nunca estamos solos,
    aunque cada vez estemos más lejos.

    Y yo, al ser soñador, esperaba que algún día, hablando,
    nos entendiéramos todos.
    Que estábamos aprendiendo a hacerlo.

    —Si eres un soñador, ¿por qué no estás durmiendo? —dijo.

    Y solo entonces entendí
    que ya no estaba despierto.

    Pauline en la Playa – Quién lo iba a Decir

    A veces el sueño llega cuando dejamos de perseguirlo.

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