Etiqueta: Onironauta

  • Carta 3: Todo cae

    Carta 3: Todo cae

    Querido diario,

    Doy gracias por haber podido despertar hoy. Aunque el sueño fue confuso y recuerdo bien poco, el sabor de la angustia por la experiencia pasada quedó conmigo, y así lo plasmo en estas líneas matutinas que se van convirtiendo en un acto diario.

    Fue muy simple: solo me sentí caer en la oscuridad. No veía estrellas, árboles, luces… nada. Me derrumbaba en un escenario tenebroso, girando sobre mí mismo, sintiendo el aire traspasar mi cuerpo, y un final duro de trayecto que nunca llegaba.

    El terror de sentirme descender fue cediendo a una sensación de pérdida, como si el tiempo se escurriera como la arena de un reloj entre los dedos de una mano incapaz de sujetar nada. Es así como empecé a ver mi vida proyectada frente a mí, por completo, desde el principio.

    Contemplé el imposible momento de mi nacimiento. Desde el primer llanto me vi creciendo, recreando escenas olvidadas: el sabor del calor de mi madre, el frío de una habitación vacía cuando llegó el momento. Imágenes en blanco y negro de una caída en bici, de las olas del mar entre mis pies descalzos, con ese tono sepia que tienen los recuerdos antiguos que un día se perdieron en la memoria y solo dejaron el olor a mueble viejo.

    Mi primer beso fue ya a color. Sonaba la melodía de despedida y el ruido de cristales rotos que, aunque restaurados con pegamento, nunca volvieron a sonar igual las veces que se rompieron después. Pasaron las tardes de verano paseando por la alameda; esos días de ocio y calor desaparecieron en la oficina. De monitor de pantalla verde se reflejó entonces mi vida.

    La danza de cortejo a golpes de tambor con sonido envolvente terminó en marcha nupcial, en telarañas en los bolsillos, y en dejar las risas en casa, acomodadas en el sofá sobre películas eternas de falsos documentales de vidas ajenas.

    Con el primer crujido de espalda, el primer suspiro de aliento difícil entre escalones, el tiempo se hizo más rápido y el camino más adverso. Me advirtieron del acecho aceitoso de sabores tradicionales y de la conspiración dulce del café amargo. Quisieron que caminara rápido, sin descuidar el trabajo, sin descansar en tramos largos, porque a fin de mes llegaba descalzo.

    Cuando ya quise intuir un final de cruces plantadas en fosas comunes y palabras de ánimo para la familia, caí en la cuenta de que no había pasado todavía. Que me daba tiempo a seguir con mi vida, a domar mi destino. Decidí despertarme ya y no esperar a ver el final del abismo.

    El olor a café desde mi ventana me supo a victoria.

    Lacuna Coil – Swamped

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  • Aroma de Acecho

    Aroma de Acecho

    Camino de tierra al amanecer, bañado por una luz cálida y tenue. Sobre el suelo, pétalos de flores blancas y rojas dispersos y parcialmente pisados, sugieren el rastro de una presencia invisible. La escena es tranquila y poética, envuelta en sombras suaves y misterio.

    Tú y tu pequeña sombra, distante, en tu mundo, carente de color de leyenda, de aroma salado detrás de las piedras, de carretilla blanca a amenazar y flores divinas que inundan tus pisadas. Siempre pidiendo fermentos desde la madrugada, aullando a la luz de la puerta cerrada, sonriendo feroz a la cercanía de batallas imaginarias, en puestos de armas, en las barricadas. Sales ilesa de pecado y con sed en tus entrañas, buscando el olor de las mantas y el sabor del aroma de acecho que vendrá al cerrar tu mirada.

    Behemoth – God = Dog

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  • Zalamera en sueños

    Zalamera en sueños

    Otra vez estás aquí, zalamera, preñada de velas azules de cuentos chinos e incienso sabor a mares del sur, con tu mirada intensa, descaradamente pícara, y tu brillo de carmín sangrando en los labios, cubiertos de deseo. Llenándome la cabeza de pajaritos traviesos, de risas de aventuras que no ocurrieron, de ganas de la vida fácil, con veredas en el mar y sabor a sal de playa, a juramento tenso y oración en la capilla por la necesidad imperiosa de que resbale la toalla.

    Pero siempre vienes a mí en el lugar impreciso, en el momento urgente de una pluma flotante y tintas lejanas, donde solo soñar es posible, pero no recordar el momento ni apuntar un segmento de esbozos. Solo mantenerme despierto.

    Por eso, tus caricias son el efímero recuerdo del fragmento de un sueño.

    St. Vincent – Marrow

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  • Surcando el universo

    Surcando el universo

    Otra vez sonaba. No sé qué tenía esa melodía… vieja, rasgada como la corteza de los árboles, llena de musgo, de aroma de niño. Las notas subían por la barriga y se instalaban en el pecho. ¿Quién dijo que se escucha con los oídos? Era un hechizo que irradiaba el alma desde la punta del vello, electricidad estática que navegaba por la yema de los dedos.

    —Papá, ¿puedes ponerla otra vez?
    —Ponla tú. ¿Sabes hacerlo?
    —No…
    —¿Ves esa palanca? Sube la aguja con cuidado. La canción es la tercera de esta cara. Tienes que contar los surcos. ¿Ves ese espacio, justo ahí?
    —¿Ese? ¿Entre los dos más grandes?
    —Exacto. Coloca la aguja justo antes de que empiece. Baja la palanca… despacio.

    El vinilo giró. Un leve crujido, como el murmullo del universo al despertar, dio paso a los primeros acordes. Las palabras flotaban, en un idioma antiguo y nuevo a la vez, como mantras en voz baja: Words are flowing out like endless rain into a paper cup…

    Me recorrió un escalofrío. Las imágenes se volvían líquidas, en blanco y negro al principio, como si fueran recuerdos de otra vida, y luego estallaban en colores suaves y vivos. El disco giraba, la aguja arañaba el tiempo, y yo flotaba.

    —¿Podemos ponerla otra vez?
    —Claro que sí. Esa canción la escribió un joven llamado Lennon. La compuso como quien lanza un hechizo al cielo. Nosotros la escuchamos por primera vez en una fiesta —una de esas que llamábamos guateques— sin entender del todo qué decía. Pero no hacía falta. Su magia se fue pasando de alma en alma. Y ahora, al verla vibrar en ti, sé que el conjuro seguirá vivo.
    —¿La ponemos otra vez?
    —Sí.

    Evanescence – Across the Universe (V.O. The Beatles)

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  • Sombrero de paja

    Sombrero de paja

    Perfil femenino envuelto en sombra, con sombrero vintage, evocando un instante de deseo contenido y misterio poético.

    Por mucho que la fría capa de tu piel me diga que no, que el rugir de mi sed no recuerde el estremecido arqueo de tu cuello, sé que en un instante oculto tu mirada suplicaba deseo. Y esperabas el momento en que pasara paseando por tu sueño, escondida tras tu sombrero de canciones de antaño, de miel de anhelo camuflado en tu pensamiento, a la espera de que fueran mis labios quienes invocaran el juramento.

    Snail Mail – Valentine

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  • Carta 2: Susurro dormido

    Carta 2: Susurro dormido

    Dormitorio onírico al amanecer con niebla entrando por la ventana abierta, cortinas blancas moviéndose suavemente y un cuaderno abierto sobre la mesilla de noche. Una figura femenina fantasmal se disuelve en humo cerca de la ventana, rodeada de un aroma suave de jazmín, azahar y vainilla. Atmósfera surrealista, símbolo de un sueño lúcido y deseo contenido.

    Querido diario;

    Hoy he despertado nublado, triste, con la sensación de abandono de aquel can que, en su afán por encontrar restos de una familia desconsiderada, acabó varado en el asfalto. Supongo que se debe al sueño que tuve esta noche, y como va siendo costumbre, aquí lo dejo por escrito.


    Las sombras tocaban mi ventana con un aroma reconocible y dulce: jazmín, azahar y vainilla. Me acerqué, quise verla flotar, esperando entrar, y como si cumpliéramos una cita previamente pactada, la dejé pasar.
    Pero al abrazarla se hizo humo. No podía tocarla. Era solo el reflejo de una necesidad antigua: la de querer, y no poder amar.

    En una sonrisa apenas distinta de una caricia, se acercó a mi oído y me susurró su forma. Me dio un nombre: el de una súcubo que destierra la frontera entre éter y piel, entre el deseo de valer y la posibilidad de lograr.
    Me dijo que solo tenía que desearlo, que gritara su nombre y lo hiciera mío. Pero por más que quería, no podía.
    El aire no pasaba por mi cuerpo. No había sonido en mi mundo mudo.

    Desirya.

    Grité al sol, a los astros, al viento que seguía esperando paciente tras la ventana.
    Grité al amanecer, a esa luz escondida entre nubes que apenas asomaba.
    Grité también a mi propio lamento.
    Pero ya no había nada.
    Ya estaba despierto.

    Björ – Unravel

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  • Hechizo al resplandor de la luna

    Hechizo al resplandor de la luna

    Playa nocturna con restos de una hoguera ritual junto al mar, envuelta en humo tenue bajo la luz de la luna. Una figura femenina difusa baila entre las brasas, con el océano de fondo y un ambiente místico, onírico y poético.

    La playa todavía huele a humo, ese que nos dio alegría en miradas cruzadas a través del ritual del calor y la fe errante. Fue allí donde se quemó el manuscrito conjurado y me dio de beber tristes versos de aire libre y arena salpicada de mar. Allí rozaste mi piel sin querer, y sin querer ardimos al son de la danza de la hoguera, de la purificación de la espuma, del sabor a sal de tus besos, escondidos entre llamas, allá donde girábamos sin saber dónde nos llevarían las estrellas.

    Con el sol, solo quedaron tus huellas.

    Con la luna brilló el recuerdo, que la calima fue borrando.

    Vetusta Morla – 23 de Junio

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  • El resplandor azul

    El resplandor azul

    Eco azul desparramado en la pared, tras la violenta rendición de aquel que se fue.
    No fue digno de este futuro oscuro, aunque su luz no brillase enalteciéndole;
    nadie merece ser arrancado de cuajo, de la misma forma que nadie merece ser eterno.
    Por eso, mi desconocido,
    lo lamento.

    Brutus – Liar

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  • Verde por fuera

    Verde por fuera

    —Me revienta ver pasar esos coches viejos y su contaminación fósil —dijo, mientras arrojaba una colilla por la ventanilla de su flamante Tesla.

    Artic Monkeys – Do I Wanna Know

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  • Tirada de dados

    Tirada de dados

    Escena cósmica onírica con nebulosas resplandecientes en tonos azules y púrpuras, ondas etéreas de eco fusionándose con polvo estelar bajo una atmósfera de misterio y poesía visual.

    Oscurecida por nubes,
    sollozo errante que devuelve mi voz;
    ruido blanco que, a mi entender,
    se diluye en cánticos lejanos,

    como perdidos en Orión,
    en la promesa de Eco, musa errante,
    que en susurros se pierde
    entre galaxias de números primos.

    Steven Wilson – Drive Home

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