Etiqueta: HumorNegro

  • Tracción, freno y conciencia

    Tracción, freno y conciencia

    —Buenos días. Soy Piluco Motora y voy a ser su instructor de a bordo.
    ¿Es la primera vez que se enfrenta a este armatoste de metal?

    —Bueno… salvo en el simulador.

    —Bien. Salgamos de aquí.
    Compruebe sistemas. ¿Comunicaciones?

    —Activas.

    —¿Alarmas?

    —Negativo.

    —¿Luces?

    —Funcionando.

    —Perfecto. Solicite permiso de salida y vamos a probar la tracción.

    —A la orden. Permiso concedido y tablero de mandos en orden.

    —Si no hay tránsito ni obstáculos, suelte el freno.

    —Frenos desactivados.

    —Acelere suave hasta la curva. Luego mantenga velocidad y trácela.

    —Perfecto.

    —Habiendo superado los simuladores, entiendo que ya sabe manejar a la bestia.
    ¿No es así?

    —Mayormente, sí.

    —Entonces nos centraremos en lo complejo: seguridad, ética y emergencias.

    —¿Ética?

    —Sí, ética.

    —¿Qué problema ético nos vamos a encontrar llevando un tren?

    —Unos cuantos. Le pongo un ejemplo.
    Imagine que en un cambio de vías hay cinco personas. Puede salvarlas desviando el tren, pero en la vía muerta hay una persona durmiendo. ¿Qué haría?

    —Mmm… Pasar por la vía donde solo hay una persona.

    —Bien. Y si descubre que esa persona es un científico brillante, a punto de curar la leucemia infantil.

    —¿Estamos hablando del dilema de Foot y Thomson?

    —En la otra vía hay unos punkis de botellón.

    —Vale. Salvamos al científico.

    —Pero el científico adora a los niños. De una manera… peculiar.
    Eso sí, les ahorrará una enfermedad agónica.

    —Entonces pasamos por encima del científico.

    —El científico erradicará todas las enfermedades del mundo, arreglará la economía y acabará con el hambre y el déficit de vitamina C.

    —Pasamos por encima de los punkis.

    —Pero los punkis luchan contra la pobreza y la opresión.
    El científico es un depravado.

    —Pues nos cargamos al científico.

    —Además, el científico ha prometido que, si le salvamos, nos compra un piso en Móstoles.

    —Me está saturando. Nos cargamos a los otros.

    —Fíjese cómo se complica la cosa.
    Uno de los punkis ha contraído una enfermedad desconocida. Gracias a ella, el científico podría salvar al mundo de futuras pandemias…
    pero tiene que estar vivo para conservar el virus.

    —Oiga, yo solo quiero ser maquinista. No quiero un trauma que me persiga de por vida.

    —¡Lo sabía!
    Pare. Usted no está capacitado para llevar un tren.

    Idles – NEVER FIGHT A MAN WITH A PERM

    —¿Y quién sí esta preparado?

    Piluco sonrió por primera vez.

    —El tren.

    *Dedicado a todos los que se juegan la vida entre vías. No son pocos los peligros a los que se enfrentan y siempre están a tela de juicio cuando ocurre algo.

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  • La teoría del pollo urbano

    La teoría del pollo urbano

    —¡Pollos!

    La carretera estaba dormida. El frescor de la mañana hacía que, por esa zona de la ciudad, nadie transitara. El apagado de las farolas anunció la llegada del sol. En una esquina, un señor mayor, con aires de sofoco, gritaba a los cuatro vientos.

    —¡Malditos pollos!

    Un vecino de la zona, alertado por el estruendo, salió de su casa a ver qué ocurría.

    —¿Le ocurre algo, señor?

    —Sí, sí que me pasa. ¿Quiere saber qué es lo que me ocurre?

    —Claro, hombre. ¿Necesita ayuda?

    —Que hay pollos. Eso es lo que me pasa.

    —Pues yo no veo…

    —Pollos en todos lados. Grandes, pequeños. Con plumas. Es una invasión.

    —Oiga, que esto es una ciudad. Aquí no hay…

    —Que sí, ahí mismo tiene uno.

    —Pues yo no lo veo.

    —Hace un segundo estaba allí. Es igual, están. En todos sitios. Vigilando. Mirando fijo con sus ojitos negros. Picoteando el suelo para disimular.

    —…Si usted lo dice…

    —Yo creo que los pone el gobierno. Para mantenernos vigilados. Unos animalitos con ese aspecto tan inofensivo.

    —Claro. Como Calimero.

    —No sé si es que los adiestran o les introducen un chip en el cerebro. Debe de ser eso. Por eso aparecen siempre. ¡Mire, mire! ¿Los ha visto?

    El hombre saltaba y señalaba al mismo tiempo, mientras el vecino se encogía de hombros.

    De pronto, un resplandor azul rompió el silencio de la calle. Dos Citroën C5 de la policía pararon atravesando la calzada, como si la escena lo exigiera, dejando huellas negras como prueba del delito. Entre tres agentes agarraron al señor y lo introdujeron en uno de los coches.

    —¡Pollos! —iba gritando—. ¡Pollos!

    El vecino se acercó, curioso, al policía que permanecía allí recogiendo datos.

    —Oiga —le dijo—, ¿qué le pasaba a ese señor? No parecía peligroso.

    —Ese hombre ha atacado hace unas horas una granja avícola —respondió el inspector sin dejar de tomar notas—. Parece ser que salió de una institución psiquiátrica hace nada.

    —Pues loco sí que parecía. Ver pollos donde no hay más que patos.

    Hizo una pausa.

    —¿Los ha visto? Mire. Por ahí anda uno.

    Sleaford Mods – Tied Up In Nottz

    Nunca sabremos si aquel hombre estaba equivocado.
    Pero desde entonces, nadie los volvió a mirar de la misma manera.

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  • Un hombre y un destino

    Un hombre y un destino

    Enrique es un buen tipo. 

    —¡Hola! 

    A Enrique le encantaba caminar por el paseo marítimo. 

    —Qué aroma, el del mar. 

    Le gustaba mirar gaviotas, sentir la brisa, contemplar el cielo rojizo sobre la marisma. 

    —Y sacar mil fotos con el móvil. 

    Y, claro, a Enrique le encantaba subir esas fotos a sus redes sociales. 

    —Y que me den likes

    Siempre terminaba en el bar de la esquina antes de volver a casa. 

    —Muchos, muchos likes

    Pedía bravas y una cervecita. 

    —Y corazoncitos rojos. 

    Pero hoy, el destino le tenía algo preparado. 

    —Muchos, muchos… 

    Esta noche Enrique iba a morir. 

    —¿Perdona? ¿Qué? 

    Sí, esta noche Enrique moriría, sin remedio, en su bar favorito. 

    —De coña. Ni muerto entro yo en ese bar. 

    Enrique entró en el bar como cada noche. 

    —QUE NO, que me voy a casa. 

    ¡Enrique entró en el bar! 

    —Que no quiero. 

    Enrique, tienes que entrar en el bar. 

    —Sí, claro, para morirme. 

    ¡Que entres! 

    —Oye, ¿y tú quién coño eres? 

    Soy tu destino. Y el destino está escrito. Hoy mueres en el bar. 

    —Ajá. ¿Y de qué, listillo? 

    De envenenamiento. 

    —Joder, qué feo. Que uno con veneno se queda con la lengua fuera, ¿no? 

    Una croqueta envenenada será la causa de tu muerte. 

    —¿Croquetas? ¿Y quién me quiere matar con croquetas? 

    Un hater de tus redes. Te odia tanto que ha decidido matarte con lo que más amas: atiborrarte de croquetas. 

    —Como decía el poeta: “Caminante no hay camino…” 

    A Enrique le gusta la poesía. 

    —Ahí te quedas, destino. 

    Oye, Enrique… te estás pasando el bar. ¿A dónde vas? 

    —¡A casa! 

    Pero que tienes que morirte, Enrique. ¡Vuelve al bar! 

    —Claro, claro… 

    Enrique subió las escaleras, abrió la puerta de casa. Allí lo esperaban. 

    —María, ¿qué hay para comer? 

    —Hombre, Enrique, llegas temprano y sobrio. 

    —Sí, es que el bar ha dejado de gustarme. 

    —Perfecto. Hoy toca croquetas. Te quiero ver comértelas todas. 

    The Divine Comedy – National Express

    ¿Y si lo inevitable solo necesita un “no hoy”?

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  • 980 puntos

    980 puntos

    Mi cabeza, en constante deterioro, no retiene mucha información. Sé vagar por las calles, a duras penas caminando, arrastrando los pies mientras ando. Emito un sonido lastimero; es así como se sabe que he llegado. El olor es lo peor: la descomposición es lenta, pero avanza; lo veo. Es el mayor síntoma de estar muerto.

    Hace poco no lo estaba. Pero la mala fortuna me quitó ese don: resbalar en el instante preciso, hacer crujir el cráneo contra un asfalto lo suficientemente duro y, como resultado más fatídico, morir en un chiste. Ya está hecho; ahora mi cuerpo vaga en silencio.

    Tuve elección, lo sé. Hubo un túnel oscuro, una luz que guiaba, un juicio y la posibilidad de escoger un destino.

    —Recapitulemos.

    • Amor a una madre ausente: 50 puntos
    • Ansias de tenedor y cuchara: −15 puntos
    • Sacrificio por mantener la familia: 80 puntos
    • Mal genio al despertar: −30 puntos

    —En total tenemos 980 puntos. Es una cifra decente. Tenemos además el atenuante del sentido de la ética muy desarrollado y el agravante de no haber seguido ninguna religión mayoritaria.

    —Pero veo que todas son válidas; no existe una única religión.

    —Sí, pero tú te inventabas la tuya. ¿Qué es eso de que Dios perdona por acariciar perritos? ¿Cómo que robar está bien si a la víctima no le afecta?

    —Yo veo que aceptas religiones con mandamientos muy distintos.

    —En verdad son solo guías de conducta. Simplemente te ayudan a conseguir puntos para tu calificación final.

    —Vale, tengo 980 puntos. ¿Qué hago con ellos?

    —Pues al paraíso no puedes ir; para eso necesitas superar los 1.000. Pero te puedo ofrecer un limbo de 900 puntos, con posibilidad de revisión cada 500 años. Con 950 tienes la opción de hacer un curso puente para el paraíso de alguna religión menor. Hay uno en la que te encierran en una cueva con la copia de tus familiares; la emitimos en la televisión local y la gente apuesta.

    —¿No existe la reencarnación?

    —Sí, pero debes tener al menos 1.500 puntos (1.600 si te reencarnas en gatito). Puedes reencarnarte en bicho por 100, pero no te lo aconsejo: vuelves aquí al mes sin apenas puntos.

    —¿Y volver como fantasma?

    —Para eso hace falta una muerte traumática; se concede prórroga si justificas que dejaste algo importante por hacer.

    —Mi muerte ha sido traumática —dije yo.

    —No confundamos términos: tu muerte ha sido absurda.

    —¿No hay alguna forma de volver?

    —Bueno, sí hay una, pero no sé si te va a gustar. Aunque tienes un buen recuento luego, hay que esperar algo.

    —A mí me parece buena idea —respondí.

    —Tú sabrás. ¡Miguel! ¡Gabriel! Aquí tenéis un candidato para el Apocalipsis.

    “Vamos”.

    Laibach – Jesus Crhist Superstar

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