
Con admiración. Quizá con cierta envidia.
La miraba de manera hipnótica.
Quiso desprender de sus labios el brillo que tanto había intentado imitar. Ensayaba su manera de caminar. La mirada precisa, la sonrisa perfecta, como aquella vieja canción que ya no sonaba en el coche de la abuela y que ahora le parecía una triste mentira, por haberse ido tan lejos.
Él entendería su obsesión.
El deseo de verse bonita.
Interesante.
Tan cercana antes, tan extraña ahora.
Y ahora.
Miraba aquella fotografía de colores ausentes y sonrisa perfecta.
Silvio Rodriguez – Ojalá
