
Debo ser fuerte, pues tras la derrota siempre hay un gran tropiezo.
Ocurrió que quedé con la mente desparramada, yaciendo en el suelo de tanto pensarlo. Con el frío resentimiento de encontrarte lejos y la necesidad de verte, empañó la silueta de tus caderas, y se difuminó en el tiempo.
Una mañana de escarcha y pereza, de manta pegada y párpados negados, apareciste en mi sueño como un fantasma del pasado. Y yo que, con la ventana abierta, mostrando limpia la casa —aroma a café, nevera llena y polvo bajo la alfombra—, quería recibir miradas indiscretas, escapar de caricias cuando tocaba y mostrar sonrisa ancha por si la percha me gustaba.
Pero sentía tu mirada en la nuca, pidiendo la atención que no te negué nunca.
Ahora, que coleccionaba orquídeas en traje de baño, que invitaba a té, a dulces árabes de miel de palma, a cava con azúcar de caña. Que mostraba a cuerpos extraños mis extravagancias, sintiéndome a gusto siendo tan raro y completo al saber lo que les gustaba.
Pero desordenadas tus ideas, que mi mente hizo mías, en un rincón quedaban, fosilizadas.
Quédate. Quédate aquí conmigo,
pero no me pidas nada.
Sé mi corriente de mar,
quien se pasea por mi almohada.
Quien sube la persiana en la mañana,
pero no eclipses la luz de mi luna,
pues ella me espera cada noche en la ventana.
Crystal Castles – Not in Love
