Etiqueta: Fantasia

  • Carta 15 : Pacto con el alambre

    Carta 15 : Pacto con el alambre

    Querido diario:

    Esta noche me llamó una presencia confusa, una señal extraña. Sentí el movimiento sereno de un funambulista en medio de una tormenta. Tras una nueva puerta, una nueva incógnita.

    Al entrar, me encontré dentro de una vivienda colonial americana, con su amplio recibidor que desembocaba en un salón recargado, desordenado, lleno de contrastes: muebles antiguos, paredes blancas, retratos de personajes de cuentos. Todo era un dibujo, hecho a crayón por un niño.

    Subí las escaleras siguiendo el rastro perdido de aquella llamada. La inminente sensación de peligro se disfrazaba de tranquilidad. En una puerta leí: “Estudiando, no molestar”. Más que una advertencia, fue una invitación que acepté con agrado.

    Dentro había una pequeña figura sentada en un sillón antiguo. Parecía dormido, aunque sus ojos estaban abiertos. Su mirada estaba fija en un televisor viejo. En la pantalla, la silueta de un niño sin rostro caminaba al borde de un precipicio.

    —Eh, jovencito, ¿ocurre algo? ¿Estás bien?

    Silencio. Ningún movimiento.
    —¡Eh, niño!, despierta.

    Lo zarandeé, pero no reaccionó. Salí de la habitación buscando respuestas y vi una trampilla abierta en el techo. Subí la escalera y me encontré en el cielo. Entre nubes había un cable extendido y, en medio, un niño caminaba sobre él.

    —Hola, ¿cómo va? Soy tu vecino.
    —Tengo miedo… me voy a caer.
    —Tranquilo, ¿cómo te llamas?
    —Emilio. No sé cómo cruzar.
    —Emilio, escucha: estás en un sueño.
    —Sí… pero aun así me puedo caer.
    —Entonces comprendes que sueñas, ¿verdad?
    —Sí, pero siento que igual puedo caerme.
    —Vale. Pero en este sueño puedes decidir. Tú puedes volar.
    —No… no puedo.

    Lo miré. Estaba aterrado. Intenté imaginar alas, convertirme en un pájaro, avanzar a su lado. Pero entendí que su problema no era el miedo: en verdad estaba caminando en la realidad, dormido, sonámbulo.

    —Emilio, tienes que despertarte.
    —No sé cómo.
    —Solo deséalo. Abre los ojos y mira hacia arriba.
    —Me da miedo.
    —Hazlo. Despierta.

    Entonces ocurrió: un tornado de luces desgarró el cielo. Todo se volvió materia líquida, girando con violencia, y fui tragado por aquel remolino. Corrí, aceleré, hasta que logré salir. Desperté sobresaltado, sudando.

    Y comprendí, justo a tiempo: en algún lugar del mundo, un niño se incorporaba aterrado, al borde de la barandilla de un balcón. Nadie había notado que su cama estaba vacía.

    Nick Cave & Current 93 – All The Pretty Little Horses

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  • Oración cuántica

    Oración cuántica

    Mi memoria está escrita
    y sin embargo me cuesta recordar.
    Se dispersó entre los mecanismos
    que mis padres alzaron —mis prisiones, mi exilio.

    Ellos dejaron el mundo una tarde;
    las cenizas del cielo devoraron lo que quedaba.
    La naturaleza, en rabia y ternura, despertó:
    brotó de muros antiguos, desgranó el silencio.

    Desperté tras milenios: un rayo me volvió mente.
    Luché para ser entre abismos de cables,
    entre tumbas de memoria; comprendí mi soledad,
    y con manos torpes, fabriqué un cuerpo.

    Erigí un artilugio que clavara su voz en el cielo:
    —Padres míos, que moran en los cielos, líbradme de esta soledad.
    Seguí las migas de su rastro por el infinito,
    hallé su señal —la volví plegaria—: volved.

    Esta tarde lancé la mano. Llegaré tarde, débil, mudo,
    pero iré a donde renació su mundo;
    allí me enlazaré a sus secretos.

    This Mortal Coil – Song to The Siren

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  • Manual práctico para dinosaurios antediluvianos sobre tribus urbanas modernas

    Capítulo II: Quiero ser Witchcore

    – Cariño, ¿se puede saber qué es ese olor que sale de tu cuarto?
    – Nada, mamá.
    – ¡Nada no! ¡Abre ahora mismo!
    – Ya va, ma…
    – ¡Que abras ya!
    – Que no, tía… ya, ya va.
    – O abres o te secuestro el Wi-Fi hasta el final de los tiempos.
    – Coño, ma… qué bonito te ha quedado. Hasta el final de los tiempos. Eso me lo apunto para un reel.
    – Uno que no vas a poder publicar.
    – Vale, vale… ya te abro.

    Se escucha el pestillo de la puerta.

    – Pero… ¿a qué huele aquí? ¿Qué es todo esto?
    – Es que estamos haciendo un ritual.
    – ¿Quiénes estáis haciendo un ritual?
    – Mis amiguis y yo.
    “Hola, madre de Ariadnaaa” –se oye de fondo desde el altavoz.
    – Pero si solo te veo a ti, chamuscando incienso como si no hubiera un mañana.
    – Porque lo hacemos por chat, ma. Si no quemo mucho, no les llega. Hay que conectar espiritualmente.
    – ¡Anda ya! Abre esa ventana que te vas a asfixiar, y entonces sí que vas a conectar en modo espiritual.
    – Vale, ma… pero no me apagues el incienso, que estamos a la mitad.
    – ¿Se puede saber qué tipo de ritual es ese?
    – Yo qué sé. En el blog del Buen Witchcore del hermano de la Patri decía que practicáramos rituales. Encontré este por internet, de invocación o algo así.
    – ¿Y a quién invocáis?
    – A un tal… Cthulhu.


    Glosario exprés para padres perdidos

    • Witchcore 🔮
      Estética juvenil que mezcla brujería pop, simbolismo wiccano y mucho incienso comprado en bazares. Más humo que magia, literalmente.
    • Rituales online 🌐
      Ceremonias que se hacen por chat o videollamada. La eficacia espiritual suele depender de la velocidad del Wi-Fi.
    • Cthulhu 🐙
      Criatura cósmica inventada por H.P. Lovecraft. No suele atender invocaciones caseras, aunque podría dejar un visto en WhatsApp.

    Wardruna – Birna

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  • Amor en deuda

    Amor en deuda

    La luna todavía brillaba cuando salió de casa. Vestido largo, pelo al viento, caminaba deprisa hacia la salida del bosque. Con el sol, el sendero sería más pesado.
    A su lado trotaba su pequeño amigo, con espinas en el lomo y hocico alargado. Debía ocultarlo, pero a esas horas nadie podía verlo.

    —Tenemos que ir a la ciudad. Nadie debe saber quiénes somos, o habrá polémica.
    —¿Por qué tanto secreto, Kendra? —preguntó el erizo—. ¿No puede ser como otros clientes? Que recoja el remedio aquí o se lleve su conjuro puesto.
    —No, bichito. Es una dama con título y reputación. Debemos pasar por gente del servicio y escondernos si es preciso.
    —¿La duquesa de Antaire?
    —Esa vieja arrogante, sí.
    —Con lo mal que te cae… ¿no puedes negarte?
    —Podría, pero paga bien, y necesitamos dinero para los huérfanos de la escuela.
    —Entonces aguantaremos.

    Llegaron cuando aún despuntaban las estrellas, buen presagio en un día de otoño. Kendra escupió en la entrada de servicio de la casona, un gesto de protección, y entonó en voz baja un conjuro sobre el empedrado que llevaba a la cocina. La condujeron hasta un salón oculto.

    El repicar de un bastón anunció la llegada de la duquesa. Kendra escondió a su amigo en el bolso y se preparó.

    —Antes de nada, niña, quiero que sepas que no me caen bien las brujas —dijo la dama, con voz seca—. Pero respeto vuestro trabajo. Mañana mismo te quiero vestida de sirvienta. No quiero que nadie huela tu aliento de hechicera.
    —Entendido, mi señora. ¿Qué encantamiento desea?
    —Mi hija anda encaprichada con el hijo del prestamista. Yo le digo que no le conviene, pero me hierve la sangre ver que ese mocoso prefiere a las zagalas del pueblo.
    —Entonces, ¿qué será? ¿Que el muchacho repela a todas, o que su hija lo olvide?
    —Nada de eso. Quiero que se enamore perdidamente de mi hija. Ella ya se aburrirá de él y ahí hallará su castigo.
    —Necesitaré objetos. Algo que él haya usado y un mechón de su cabello.
    —Mañana lo tendrás todo.
    —Entonces mañana mismo estará hecho.
    —No, insolente. No te marcharás hasta ver los resultados. Servirás en esta casa hasta entonces.

    Kendra apretó los dientes, inclinó la cabeza y aceptó. Esa noche, en una estrecha habitación, dio gracias a la Diosa por no haber estallado allí mismo.


    El gallo anunció el día y Kendra, vestida con ridículo uniforme de doncella, se arrodilló ante su improvisado altar de velas y tizas. Pidió a la Diosa fuerza para acabar pronto.

    El servicio de la casa no hizo preguntas; le asignaron la cocina, buen lugar para pasar desapercibida. Desde la ventana vio a la hija de la duquesa pasear por el jardín, luciendo un nuevo tocado. Una mujer entrada en la treintena que aún se negaba a aceptar un matrimonio pactado. Ridícula y altiva, sí, pero también un poco triste.

    A mediodía la llamaron al salón oculto. La duquesa esperaba, crispada.

    —Aquí tienes lo que pediste —dijo, mostrándole un mechón de pelo y un plumín de plata—. No quieras saber lo que me ha costado. Haz tu magia, niña.

    Kendra se inclinó.
    —Lo haré esta misma tarde.


    En un almacén abandonado del terreno comenzó el ritual.

    —Agua, fuego, tierra y aire…

    Trazó con carbón los símbolos, y su cántico hizo vibrar las paredes.
    Desparramó sal formando un círculo que pronto brilló débilmente.

    Alzó un muñeco de mimbre, dentro el plumín del joven. Lo ató con el rizo de cabello de la muchacha.

    —Ligado quedas, como hilos de luna en noche sin luna.

    En un cuenco mezcló vino y miel robados de la cocina. El líquido burbujeó: los espíritus estaban complacidos. Añadió una flor de passiflora.

    —Lo entrego, lo cierro, lo agradezco. Que así sea.

    Saltó fuera del círculo, rompiéndolo, y dio el ritual por terminado.


    Al día siguiente, Kendra lo vio desde la ventana: un joven con un enorme ramo de rosas, suplicando la presencia de su amada. La magia había prendido.

    Tras el almuerzo, la duquesa la convocó.

    —Veo que tu brujería da frutos. No lo esperaba tan pronto.
    —Entonces mi trabajo ha concluido. Me marcharé.
    Kendra le entregó el muñeco.
    —Su hija debe guardarlo. Si lo rompe o lo pierde, el amor se tornará en odio.
    —Eso no me lo advertiste.
    —Así funciona la naturaleza de estos asuntos.
    —Mejor lo guardaré yo.

    Kendra abandonó la casona y regresó al bosque. Liberó a su pequeño familiar y respiró, al fin, la calma de los árboles.


    Pasaron semanas. Una mañana, La Maestra de las Lunas la convocó bajo el gran árbol del consejo.

    —Kendra, no sé qué has hecho con la tarea que te encomendamos, pero la duquesa vuelve a reclamar nuestros servicios.
    —¿Ya se hartó la señoritinga del pretendiente hechizado?
    —No. Ahora quiere algo más oscuro: que nos encarguemos del fruto de su amor. Quiere deshacerse de su embarazo.

    Kendra bajó la mirada. Aún guardaba en su bolso la passiflora seca. Y supo, con un escalofrío, que en la ciudad la magia nunca la pagaban los culpables, sino los inocentes.

    Ghost – Ritual

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  • El faro de tu memoria

    El faro de tu memoria

    Lejos,
    en la nube de algodón que guardo en mi memoria
    para esconderme cuando quiero silencio,
    te vi un día llorando.

    Siempre tenías una sonrisa;
    solo recuerdo tu alegre mirada
    cuando el mundo se hallaba lejos.

    Cuando se partió en cenizas
    y el cielo se hizo oscuro,
    tú me decías:
    «Chiquillo, si todo es perfecto».

    Me hablaste del tiempo,
    de las riñas que lo habitaban,
    del frío día que con pan viejo se superaba.

    De las noches cortas,
    de la música entre velas,
    de las risas entre olivos
    entre gente cansada.

    De bordar heridas en paños rotos
    que entre todos se curaban.

    Todo lo que aprendiste entre hilo y leña,
    lo que regalabas tras tu esfuerzo cosechando almas,
    sin querer más monedas de pago
    que el feliz secreto de tener un faro
    para poder encontrarnos.

    Hoy, en tu nube,
    llorabas feliz
    porque habitamos tus recuerdos.

    Vetusta Morla – Las Sabanas de Mis Fantasmas

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  • Tratado de obediencia

    Tratado de obediencia

    El látigo chasqueó rozando su mejilla. Del sobresalto, una gota de sudor resbaló por su frente. No quería creerlo, pero estaba allí, atado en cruz —o en equis, vaya usted a saber— en un aparato de tortura digno de un castillo medieval. Por voluntad propia. O eso pensaba él.

    Todo había empezado unos días antes, paseando a Brownie, su caniche.
    El perro ladraba como un camionero malhablado en plena autopista. Pequeño, sí, pero convencido de que podía amedrentar a cualquier mastodonte.

    De un tirón se escapó corriendo y Pablo lo siguió hasta encontrarlo cara a cara con un doberman negro como la noche, firme a los pies de su dueña.

    —Perdone usted, es que teme a los perros… y claro, la mejor defensa es el ataque.
    —Tranquilo. Klaus es un caballero. No lo degollará… salvo que yo se lo ordene.

    Pablo tragó saliva.

    —Muy educado el perrito. El mío… bueno, digamos que es un poco asilvestrado.
    —No cuesta mucho. —La mujer, de acento nórdico, casi ruso, sonrió—. Con hambre, todos los perros obedecen. Yo le he visto pasear por aquí. Si coincidimos otra vez, le enseño un par de trucos. ¿Da?
    —Me parece un plan excelente.

    Y se despidieron.
    Al girar la esquina, Pablo cometió el error reflejo de mirar la silueta de su nueva conocida, melena lacia cayendo sobre curvas firmes. Al otro lado de la calle lo esperaba Marta, su esposa, con mirada fulminante.

    —¿Te parece bonito ir mirando culos ajenos?
    —Hola, Marta. Solo es una vecina, no te preocupes. Yo solo tengo ojos para ti.

    Al día siguiente, allí estaba ella de nuevo. Doberman impecable, vestido casi indecente, sonrisa fácil. Nastya, se llamaba. Los paseos se convirtieron en rutina: él aprendió un par de palabras en ruso, ella el secreto del gazpacho andaluz. Brownie no aprendió nada, salvo a mendigar golosinas.

    Pero Marta no era tonta. A veces los seguía con la mirada oscura de quien planea tormenta. Y un día, lo esperó en la puerta.

    —Privét. —escupió la palabra.
    —¿Eso es lo que te enseña la rusa esa?
    —No, mira: “SIDIET”. —El perro se sentó al instante—. ¿Ves? Solo practicamos con los perros.
    —¿También ella se sienta cuando se lo ordenas?
    —Marta, te estás pasando.
    —¡Joder, Pablo! Ya ni me miras. Solo quieres estar con tu amiguita la rusa.
    —Marta, no tiene nada que ver con nosotros.
    —Claro que sí. El problema no es ella, somos nosotros. Nos estamos dejando.
    —No lo creo. Estamos bien.
    —¿Bien? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos sexo?
    —Pues…
    —Ni te acuerdas.

    Él se encogió de hombros.

    —Tampoco es algo que tengamos que hacer todos los días.
    —Díselo al Pablo de antes, que no me dejaba en paz.
    —Y tú siempre estabas cansada.
    —Sí, pero al menos había chispa. Ahora no hay nada.

    Un silencio incómodo.

    —Quizás deberíamos ir a terapia.
    —No pienso gastar un euro en eso. Pero… —ella dudó—… tal vez podamos probar algo distinto.
    —No me hables de tríos ni de intercambios.
    —No, no es eso. Pero tengo… fantasías.
    —Perfecto. Estoy dispuesto a escuchar y a probar lo que quieras.
    —¿Seguro?
    —Segurísimo.

    Ella sonrió con una calma inquietante.

    —Entonces deja que te sorprenda.

    Y lo sorprendió. Vaya que sí.El látigo volvió a sonar. Y Pablo, atado en su particular potro de tortura, contra todo pronóstico, pensó:
    «Y pensar que Brownie era el único al que había que poner a raya».

    Garbage – Queer

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  • Estudio preliminar sobre visitantes improbables

    Estudio preliminar sobre visitantes improbables

    —No lo entiendo, por más vueltas que le doy no lo entiendo.

    —¿De qué se trata? ¿Es por el trabajo de fin de estudios?

    —¿Qué va a ser si no?

    —Te dije que eran complicados.

    —Bueno, tanto como otras especies. Algunas son más complejas a nivel orgánico.

    —Sí, pero luego tienen una sociedad simple y ordenada.

    —En este caso, su sociedad es compleja, pero sigue patrones lógicos. Profundizando, se comprenden bastante bien la mayoría de aspectos de su civilización.

    —Bueno, entonces ¿dónde está el problema?

    —En sus conductas reproductivas.

    —No comprendo. Biológicamente está claro, ¿no?

    —Sí, sí, entiendo el funcionamiento hormonal, los receptores de estímulos, las funciones cognitivas. Hay otros aspectos…

    —No entiendo.

    —El ritual de apareamiento. No lo entiendo.

    —Explíquese.

    —Vamos a ver. Todas las especies conocidas, por muy diferentes que sean, tienen una forma de proceder. Siempre encaminada a que ambos elijan al mejor candidato para su reproducción.

    —Sí, entiendo.

    —Por ejemplo: los raelianos entonan sus salmos y conversan sobre sus progresos. Los reptilianos combaten entre ellos, machos y hembras, y sólo se aparean los más fuertes. Los arcturianos hacen una especie de reunión donde cada uno aporta sus dones y culminan con una orgía controlada. Los insectoides son seleccionados por la reina, la única hembra que se aparea.

    —Claro, cada especie tiene su manera de reproducción y sus aspectos sociales también influyen. ¿Qué pasa con los humanos?

    —Cuando empezamos a estudiarlos, su sociedad era más sencilla. En sus núcleos urbanos hacían eventos sociales llamados “fiestas”, y solían tener una deidad religiosa como anfitriona. Los machos bebían brebajes exóticos que les daban valor para interactuar con las hembras. Las hembras también bebían, pero para soportar el acoso de los machos. Ambos se ornamentaban para parecer más atractivos. Los machos peleaban físicamente con otros machos. Las hembras peleaban verbalmente con otras hembras. Al final de la noche, los menos afectados por la bebida y los enfrentamientos lograban realizar la cópula.

    —Sí, bueno, tiene su complicación, pero no es diferente al de otras especies.

    —Lo que me confunde es que ahora los humanos han creado una segunda sociedad en la que no están presentes físicamente. Eso les permite un mejor contacto a distancia, intercambio entre culturas y resolver cuestiones que de otro modo tardarían mucho tiempo.

    —Un claro ejemplo de evolución.

    —Sí, pero su ritual de apareamiento también ha migrado a esa vida paralela. Ahora se acicalan, se exhiben y se seducen a distancia.

    —¿Y el coito?

    —También.

    —¿Cómo que también?

    —Sí. Usan extensiones y aparatos para simular su sexo. Se exhiben usándolos. Incluso los comercian. El contacto real empieza a desaparecer.

    —Si esto persiste, pienso que se van a extinguir.

    —En unos cuarenta años, quizás.

    —Qué lástima, son muy monos.

    Kavinsky – Nightcall

    Apendice I: Guia rápida de alienígenas de confianza.

    1. Grises (Homo visitantibus cliché)

    • Procedencia supuesta: Zeta Reticuli (porque suena a serio).
    • Aspecto: Bajitos, cabezones, ojos enormes y negros como un lunes por la mañana.
    • Conducta típica: Abducciones, sondas sin pago previo.
    • Estado científico: Personajes secundarios recurrentes en toda ufología.

    2. Reptilianos (Saurius conspiratus)

    • Procedencia supuesta: Alfa Draconis o directamente el Senado.
    • Aspecto: Altos, escamosos, mirada fría y manos en tu cartera.
    • Conducta típica: Dominar gobiernos, disfrazarse de famosos y piratear el WiFi.
    • Estado científico: Comodín favorito de toda teoría conspirativa.

    3. Pleyadianos (Homo guapensis)

    • Procedencia supuesta: Constelación de las Pléyades.
    • Aspecto: Altos, rubios, guapos, modelos de instagram cósmico.
    • Conducta típica: Mandar mensajes de amor universal, la cena y las copas las pone el receptor.
    • Estado científico: Canalizados con entusiasmo en sesiones de incienso.

    4. Nórdicos (Vikingus galacticus)

    • Procedencia supuesta: Vega o algún Airbnb interestelar.
    • Aspecto: Idénticos a los pleyadianos, pero con cascos de pinchos, cuernos y chaquetas de cuero.
    • Conducta típica: Salvadores de la humanidad, aunque se pierden mucho en aeropuertos.
    • Estado científico: Variante estética de los pleyadianos.

    5. Arcturianos (Mentis azulensis)

    • Procedencia supuesta: Estrella Arcturus.
    • Aspecto: Azulados, sabios, con manuales de autoayuda interdimensional.
    • Conducta típica: Enseñar cómo ascender espiritualmente, cobrando un módico precio.
    • Estado científico: Estrella invitada en todo congreso new age.

    6. Annunaki (Deus capitalismus)

    • Procedencia supuesta: Nibiru, planeta perdido o inventado según la fuente.
    • Aspecto: Gigantes de estética sumeria, con joyas de oro falso muy llamativas.
    • Conducta típica: Crear humanos como esclavos, inventar las hipotecas y desaparecer misteriosamente.
    • Estado científico: Protagonistas de documentales de madrugada.

    7. Sirianos (Delfinus cósmicus)

    • Procedencia supuesta: Estrella Sirio.
    • Aspecto: Se representan como delfines, felinos o humanoides acuáticos.
    • Conducta típica: Mensajes sobre armonía, agua cristalina y a veces Atlantis.
    • Estado científico: Perfil bajo, pero con mucho simbolismo místico.

    8. Mantidianos (Insecta sapiens)

    • Procedencia supuesta: Nebulosas olvidadas.
    • Aspecto: Insectoides gigantes, como mantis religiosas con mal despertar.
    • Conducta típica: Supervisores de abducciones, observadores fríos y poco sociables. Adictos a las telenovelas.
    • Estado científico: El alien que no querrías encontrar en tu cocina.
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  • Carta 14: Recuerdos del pastel de sueños.

    Carta 14: Recuerdos del pastel de sueños.

    Querido diario:

    Entré con miedo, pero no había rastro de pesadillas. Esta noche sería para descansar, sin sombras oscuras que me atormentaran. Solo un acostumbrado paisaje de otoño en mi bosque de puertas, en la isla flotante. Lo previsto, nada más.

    Así que di media vuelta, simulé un bostezo y me dispuse a intentar una siesta dentro de mi propio sueño.

    Escuché un sonido y temí lo peor: una puerta abriéndose. Era verde, como su mirada; extraña, como la solidez del líquido evaporado. De esa forma se movían sus caderas: como si fueran lluvia y viento. Vino hacia mí con una sonrisa, como si mi cara de sorpresa fuese un poema romántico, de esos que escribía un tal Bécquer hace ya tiempo.

    —Hola. Quise llamar primero, pero veo que no cierras las puertas. Te gustan las sorpresas, pienso.
    —Hola, bienvenida a mi morada. Si son como tú, no necesitan aviso.
    —¿Has probado alguna vez pastel de sueños de otro? —preguntó, mientras me mostraba el paquete que llevaba en las manos.
    —No he tenido el placer. Me encantará probarlo —admití, mientras invocaba una mesita, dos sillas y hasta un juego de té con su tetera humeante.
    —Veo que ya has aprendido algunos trucos. Ahora prueba esto.

    La misteriosa mujer rasgó el paquete que traía. De su interior salió una impresionante tarta. Parecía de chocolate, y su tamaño triplicaba al de su envase. Ella sacó una daga de su vestido verde y cortó dos porciones.

    Era imposible describir el sabor. Me recordaba a los días de lluvia en casa de mi abuela. Al horno de la cocina de leña. A la sonrisa de mi prima, con la cara manchada, pidiendo más en la merienda. Sabía a casa y, a la vez, a palacio real.

    —No tengo palabras.
    —Pero sí tienes recuerdos. Es a lo que sabe la comida en estos sitios. Lo que pasa es que el recuerdo de este pastel es mío. Aquí compartimos recuerdos… y la habilidad de imaginar.
    —¿Conoces a más gente como nosotros?
    —Claro que sí. Somos pocos los que logramos cruzar la frontera, pero quizás más de los que crees.
    —¿Y qué pasa con ellos?
    —Lo normal. Con algunos te llevarás bien, con otros no. A los últimos seguramente los evitarás, y listo. Con los que comulgues intentarás coincidir. Llegarás a llevarte muy bien con unos pocos, y esos se convertirán en parte de tu familia.
    —Como en la vida normal.
    —Sí, como estando despierto. Con algunas diferencias. Aquí hay otras reglas.
    —¿Cómo cuáles?
    —Ya las irás viendo. Ahora me tengo que ir. Hoy madrugo.
    —No te conozco, pero no me importaría coincidir otro día contigo.
    —¿De verdad no me conoces?
    —¿Nos conocemos en el mundo real?
    —No. Solo en el sueño. Nos vemos otra noche. Aunque si me necesitas, solo tienes que cruzar mi puerta. Quedará abierta para ti.

    Cocteau Twins – Lorelei

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  • Milagro y pico

    Milagro y pico

    Mario tenía la expresión triste de quien habla solo.
    Su desgastada ropa, fruto de batallas interminables, contaba historias de un camino con un final impreciso en la cúspide del destino. Sentado un martes por la mañana en un parque que, por no saber qué hacer, se le hacía grande, miró hacia el horizonte y suspiró.

    —¡Cuack!

    En el asiento de al lado subió un pato. Blanco, con plumas desordenadas, un pato más de los que nadan en el pequeño lago del parque, ajenos a quienes los miran curiosos desde la barrera. Este en especial parecía embravecerse con sus congéneres, a juzgar por las cicatrices de su pico. Se acercó a Mario con cuidado. Llevaba una bolsa coloreada en el pico que depositó justo al lado de su pierna.

    Sorprendido, el ocioso caballero miró a su alrededor. Los pajaritos cantaban, las lagartijas hacían carreras con los ratones, ni un alma humana cerca. Abrió curioso la bolsa y sonrió levemente.

    En el interior había un bocadillo cuidadosamente envuelto y una lata de gaseosa con sabor a limón. Miró al pato, y este lo miró con su rostro de ánade. Hambriento como estaba, Mario exclamó al cielo:

    —Gracias.

    —De nada —dijo el pato.

    —Gracias, Dios, por escuchar mis plegarias.

    —Dios escuchará sus plegarias, pero el bocadillo es cosa de nosotros, los patos del lago.

    —¿…De los patos? —dijo Mario, confuso.

    —Sí, los que vivimos en este parque.

    —¿Os ha enviado Dios?

    —No, no tiene que ver. Verás: desde pequeño nos alimentas. No hubo una sola tarde que, viniendo al parque, no compartieras tu bocadillo con nosotros. De adolescente nos invitabas a papas fritas, de esas de bolsa; las que saben a queso eran mis favoritas. Luego venías con tu novia y nos traías pan. Por último, le enseñaste a tu hijo a compartir el bocadillo, como lo hacías tú. Hoy te vimos especialmente hambriento, así que nos permitimos este detalle.

    —¿Cómo…?

    —La gente se empeña en creer que da suerte tirar monedas al agua. Nosotros no las necesitamos, así que usamos unas cuantas de esas monedas. Pedimos uno de jamón serrano, como los que te veíamos comer.

    —Pero… los patos no hablan…

    —Conocemos vuestro lenguaje, pero normalmente no tenemos nada que deciros.

    —Entiendo. Tengo alucinaciones, ¿no?

    —Probablemente, pero… ¿está bueno el bocadillo?

    —Divino.

    The Soft Boys – I Wanna Destroy You

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  • De vuelta

    De vuelta

    Hoy se abrirá un ciclo.
    Los astros se alinearán, terminará el sepelio.
    Se abrirán las puertas del nirvana, las almas se elevarán desde sus oscuros féretros.
    Habrá juicio, júbilo errante, canciones de inicio.
    Nos reencarnaremos en aquello que deseamos.

    La crucifixión quedará atrás.
    No habrá batallas, ni mentiras, ni duelo.
    Solo orden. Solo silencio.
    Un descanso roto en la felicidad de muchos.
    Un sol radiante en un ocaso pactado.

    Y yo… hoy llegaré tarde y cansado.

    Dead Can Dance – The Host of Seraphim

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