Él adoraba la noche y a sus habitantes. Se sentía muy cómodo inmerso en el flujo de tránsito, de ruidos y de excesos. Se creía estrella y brillaba por si hubiera que serlo. Esta noche salió a la calle y quiso que fuera cierto. Oro en la sonrisa, brillo en el pelo, tinta en el cuerpo. Ruido de motor quebrado en un coche nuevo. Sonido viejo filtrado en un destello y golpeado sin piedad por el timbal de lo obsceno. Así salió de casa, volvería acompañado de un deseo.
El deseo se presentó en la barra, le sostuvo la mirada y le cogió de la mano. Él quiso invitarla, ella dijo que no necesitaba hacerlo. Él quiso bailarla, ella dijo que no perdiera el tiempo. Que para lo que quería no sobraba tiempo. Vamos, la suerte es tuya, abandonemos este infierno. Vamos a lo que queremos, sin artificios, solo sexo.
El camino fue rápido, rugiendo. Se pararon en la puerta para exhibirse a los vecinos. Entraron, y no fingieron. No sonó una balada, no hubo rosas en la cama, ni última copa, ni siquiera hablaron. Simplemente se aparearon, hasta que las fuerzas fallaron y venció el sueño.
En los primeros rayos de la mañana, ya no había glamour, brillantina, ni alarde de caza. Tan solo un hueco en su lado de la cama. Había una carta escrita deprisa manchada del carmín que nunca rozó su boca.
Querido desconocido:
Ayer no fui yo, solo mi sombra. Salí a cazar y tú eras mi presa. Y te portaste como lo que eras. Una liebre enseñando su pelaje nuevo, abatida de un disparo fuera de su agujero. Un pavo real, con cola abierta entre colores extraños. Músculos sobre piel con olor a rancio.
No me malinterpretes, no lo pasé mal, aunque hubiera sido mejor si yo hubiera querido más. Pero no lo necesitaba. Ya estaba llena de lo que necesitaba de ti. Por eso me fui, lejos.
No buscaba compañía, ni ternura, ni futuro a tu lado. Solo tu herencia, tu material genético. Tu semilla. Espero que haya prendido. Quizás en buenas manos hasta podría ser perfecta.Y aquí me despido. Hasta nunca, cretino.
Portishead – Roads
¿Crees que hay encuentros que deben vivirse sin ataduras ni explicaciones?
Me sigue resultando extraño que volvamos a depender de un medio de comunicación tan lento, casi arcaico, pero es lo único que tenemos. La promesa oficial es que todo cambiará pronto, que estamos viviendo el inicio de una nueva era y que vendrán sorpresas agradables para quienes no teman al trabajo duro y al sacrificio. Quizá sea cierto, pero a veces la vida aquí es tan distinta que parece que nos hubieran arrancado de la tierra para injertarnos en otro sueño. Y cuesta. Cuesta mucho adaptarse.
Sin embargo, no todo es desolación. Esta soledad compartida nos une. La mayoría hemos dejado un mundo por perseguir una ilusión, y en ese abandono hemos encontrado una hermandad inesperada. Haces amigos que parecen familia, y los superiores nos tratan con una humanidad que sorprende en un contexto tan duro. Echo de menos a los míos, claro, pero siento que los vínculos que aquí se tejen no se rompen jamás.
La comida es otra revelación. La naturaleza es exuberante, y nos obliga a reinventar el paladar. Algunos cazan, otros pescan criaturas que jamás soñamos. Yo aún no me atrevo a esas aventuras, pero recolecto frutos para la comunidad. Es un espectáculo ver la abundancia: árboles cargados de pulpas luminosas, semillas dulces que parecen hechas para ser compartidas. Nunca pensé que un lugar tan lejano pudiera alimentarnos con tanta generosidad.
Hay mucho trabajo, eso sí. Los pequeños poblados se multiplican como semillas al viento, y cada cual intenta levantar su aldea y dotarla de comodidades mínimas: agua, refugio, calor, comunicación. Estamos inventando un mundo desde cero, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra. Y entre todos nos sostenemos.
Se buscan manos, siempre faltan manos. Pero en ese vacío está mi esperanza: dicen que pronto las familias de los colonos serán las primeras en llegar. Sueño con ese día en que pueda solicitar tu traslado, y entonces este paraíso dejará de ser un exilio para convertirse en hogar.
Quiero que lo veas con tus propios ojos. Las puestas de sol aquí son un incendio líquido que tiñe las montañas de púrpura. Pero es en la noche, cuando las dos lunas levantan su resplandor gemelo y el cielo se abre como un océano profundo, cuando me siento más cerca de ti. Pienso en ese punto azul perdido en la distancia, donde sigues existiendo, respirando, esperándome.
Hoy consigo enviarte un par de imágenes. Apenas nos dejan más: el flujo de datos es escaso y vigilado. Pero pronto, con la apertura del portal, nos dicen que todo cambiará. La distancia se volverá más corta. La espera, más leve.
Te echo de menos en cada aurora y en cada silencio. Tuyo siempre, Abel
Armado con el recuerdo del mejor bizcocho que hubiera hecho mi abuela, me dispuse a hacer una visita. Su puerta estaba marcada de verde, resplandor de su mirada. Quise asegurarme de estar presentable, así que, antes de entrar, conjuré de mi vida aquel traje de marca que usé en una boda.
Traspasé la puerta y caí en una selva salvaje, digna réplica del Amazonas. El rumor del río y el aullar del saraguato componían la samba de la naturaleza. Una grieta oscura amenazaba con partir el radiante paisaje en dos.
Sospechaba lo que ocurría, me lancé a adentrarme en ella. Llegué hasta la zona rota, donde las plantas enfermaban con la presencia de un resplandor oscuro. Quise abastecerme con la energía del terreno, fabricar algún arma de luz con la esencia de este sueño. Pero no estaba su dueño para permitírmelo; solo logré un pequeño tirachinas de cuero que disparaba destellos.
Aun así, me adentré en el territorio oscuro. Manchándome los zapatos de humo y de alquitrán, llegué a una fisura humeante de donde salían espectros negros. Disparé a dos de ellos, haciéndolos convertirse en polvo que manchaba el terreno. Los demás advirtieron mis disparos y avanzaron rápido hacia mí.
Me rodeaban ya una docena de engendros oscuros cuando la luz, en forma de diosa con vestido verde, saltó a mi rescate. Llevaba en la mano una especie de espada luminosa, al más puro estilo Jedi. Con ella desintegraba a las horribles criaturas. En poco tiempo había despachado a todas y empezaba a cerrar la brecha oscura también a espadazos, como si bordara el cielo con una centella.
—Quise rescatar tu mundo y al final mi heroína fuiste tú. —Todavía te quedan trucos que aprender. ¿Viniste a devolverme el pastel? —Sí, algo así. —Y totalmente desarmado. —Bueno, pero me cargué a dos con… —Tienes que crearte un equipo con la materia de tus sueños. —Eso hice, me vestí para ir a verte. —Estarías muy guapo, pero ahora estás todo manchado. ¿A que cada vez que me ves tengo un traje parecido? —Sí, siempre vas de verde. —En verdad no.
Dijo ella pasándose la mano por el lateral del vestido. Tras su gesto, la prenda cambió de color: morado, rojo, amarillo, hasta volverse negro mate como las criaturas que combatimos.
—¿Y dónde puedo comprar algo así? —Aprenderás a hacerlos.
La oscuridad acechaba en el bosque. La luna llena iluminaba el sendero. El niño corría sin parar, sus huellas lo delataban sin remedio.
Tras un árbol salió de las sombras, saludó con la mirada al reflejo de Selene y se acercó al río a beber. Su olfato le advirtió que no estaba solo.
Cansado, buscó escondrijo. Encontró árboles huecos, pero no se sintió seguro. Trepó por caminos escarpados en busca de altura que lo mantuviese a salvo. Un feroz aullido le advirtió del peligro.
Su instinto conocía los secretos de aquellos que huyen; aun así lo hizo lento, deslizándose bajo la penumbra de los robles más viejos, intentando ser silencio en los recovecos.
En lo alto, encontró un escondite perfecto: una enorme piedra frente al acantilado.
Su oído le dio una respuesta. Se tapó con la maleza como pudo. Saltó sobre los pasos encontrados. Se encogió en silencio. Sintió el calor de su cuerpo. Cerró los ojos.
Arrancó la tapa de su escondrijo y…
…allí estaba, con los colmillos afilados y las garras amenazantes. El niño lo miró un instante y le gritó:
—¡José Miguel, eres un tramposo de mierda! —¡Coño, he contado hasta quinientos! ¡Nadie cuenta hasta quinientos! Te has escondido fatal, te toca a ti contar. —No se puede jugar contigo, ganas siempre, lo tienes todo.
El silencio se hizo entre los dos.—¿Jugamos a otra cosa? —No. ¿Quieres un chicle? —¡Uy! Vale. —¿Vamos a asustar a las viejas? —Siiiiiii.
Mi cabeza, en constante deterioro, no retiene mucha información. Sé vagar por las calles, a duras penas caminando, arrastrando los pies mientras ando. Emito un sonido lastimero; es así como se sabe que he llegado. El olor es lo peor: la descomposición es lenta, pero avanza; lo veo. Es el mayor síntoma de estar muerto.
Hace poco no lo estaba. Pero la mala fortuna me quitó ese don: resbalar en el instante preciso, hacer crujir el cráneo contra un asfalto lo suficientemente duro y, como resultado más fatídico, morir en un chiste. Ya está hecho; ahora mi cuerpo vaga en silencio.
Tuve elección, lo sé. Hubo un túnel oscuro, una luz que guiaba, un juicio y la posibilidad de escoger un destino.
—Recapitulemos.
Amor a una madre ausente: 50 puntos
Ansias de tenedor y cuchara: −15 puntos
Sacrificio por mantener la familia: 80 puntos
Mal genio al despertar: −30 puntos …
—En total tenemos 980 puntos. Es una cifra decente. Tenemos además el atenuante del sentido de la ética muy desarrollado y el agravante de no haber seguido ninguna religión mayoritaria.
—Pero veo que todas son válidas; no existe una única religión.
—Sí, pero tú te inventabas la tuya. ¿Qué es eso de que Dios perdona por acariciar perritos? ¿Cómo que robar está bien si a la víctima no le afecta?
—Yo veo que aceptas religiones con mandamientos muy distintos.
—En verdad son solo guías de conducta. Simplemente te ayudan a conseguir puntos para tu calificación final.
—Vale, tengo 980 puntos. ¿Qué hago con ellos?
—Pues al paraíso no puedes ir; para eso necesitas superar los 1.000. Pero te puedo ofrecer un limbo de 900 puntos, con posibilidad de revisión cada 500 años. Con 950 tienes la opción de hacer un curso puente para el paraíso de alguna religión menor. Hay uno en la que te encierran en una cueva con la copia de tus familiares; la emitimos en la televisión local y la gente apuesta.
—¿No existe la reencarnación?
—Sí, pero debes tener al menos 1.500 puntos (1.600 si te reencarnas en gatito). Puedes reencarnarte en bicho por 100, pero no te lo aconsejo: vuelves aquí al mes sin apenas puntos.
—¿Y volver como fantasma?
—Para eso hace falta una muerte traumática; se concede prórroga si justificas que dejaste algo importante por hacer.
—Mi muerte ha sido traumática —dije yo.
—No confundamos términos: tu muerte ha sido absurda.
—¿No hay alguna forma de volver?
—Bueno, sí hay una, pero no sé si te va a gustar. Aunque tienes un buen recuento luego, hay que esperar algo.
—A mí me parece buena idea —respondí.
—Tú sabrás. ¡Miguel! ¡Gabriel! Aquí tenéis un candidato para el Apocalipsis.
Adoraba los sábados en que la mañana era para ella. Con el sabor del café todavía reciente saludaba a su imagen en el espejo como objetivo: elegir ropa —la que quería para salir esa misma noche, la de la visita de los domingos, algo formal para la reunión del lunes—. Seleccionaba estrategias de seducción, miradas de complicidad e inocentes gestos de apariencia improvisada para repartir en su día a día a lo largo de la semana.
En esta ocasión había preparado un vestido largo como la noche, suave como el mar en calma. Giró sobre sí misma y se observó. Su reflejo le devolvió una sonrisa de Mona Lisa y ella dio un respingo; no creía haber sonreído. No le dio importancia, se calzó esos imponentes tacones perlados con los que tenía previsto combinar el vestido y frunció el ceño.
Algo no estaba bien: ahora se daba cuenta. Los reflejos eran ligeramente distintos, las tonalidades se diferenciaban; incluso intuía que los gestos que hacía estaban descompasados. Por primera vez en muchos años sintió la necesidad de tapar su reflejo.
Un recuerdo olvidado quiso aparecer en su cabeza, demasiado vago para reconstruir la escena. Aunque su madre le decía que su amigo invisible vivía tras el espejo, recordó que por las noches tapaba la imagen para poder dormir tranquila.
—No te asustes, sabes que ya me conoces —dijo de repente la imagen del espejo.
—¿Quién eres? —preguntó ella, con el temor evidente en la cara. En cambio, en el espejo la imagen parecía tranquila; sonreía discretamente.
—Somos la misma persona, pero en otro sitio. No podemos hacernos daño; en verdad sería algo estúpido, ¿no? Lo que te pase a ti me pasará de alguna forma a mí. Y tú lo sabes: estoy muy a gusto conmigo misma para desearte el mal.
—¿Tú me visitabas de pequeña? —musitó ella.
—Nuestras almas están conectadas; no todo el mundo puede, pero algo nos ha elegido para poder interactuar.
—¿Dónde estás? ¿Qué quieres de mí?
—Conoces la teoría de dimensiones paralelas, ¿verdad?
—Algo he oído.
—Pues, cariño, es cierto. Yo vivo en una realidad distinta a la tuya.
—Vale, pero ¿cómo es que podemos comunicarnos? ¿Qué quieres de mí?
—¿A qué te dedicas? ¿En qué trabajas?
—Dirijo un grupo de trabajo en una empresa relacionada con tecnología de consumo.
—Bien, pues yo hago lo mismo, salvo que mi comunidad transforma hallazgos científicos en bienes comunes. Nuestra realidad es ligeramente distinta; la mía es tecnológicamente más avanzada: comprendemos conceptos que ustedes no manejan.
—¿Y en qué te beneficia comunicarte conmigo?
—Vamos al grano, ¿no? —sonrió la otra—. Yo te enseño y tú me enseñas. Tengo tecnología que puedo compartir: esquemas, fórmulas… imagínate avances patentados por ti.
—¿Qué ganas tú con esto?
—Avanzar en la investigación. Quiero demostrar la interacción entre mundos paralelos.
—Pero eso es algo que ya estamos haciendo, ¿no?
—Sí, podemos ver otros planos; lo que yo quiero demostrar es que podemos interactuar. Entrar en otros mundos.
—¿Y es posible?
—Sí.
—¿Cómo?
—Con una transferencia de consciencia entre cuerpos.
—¿Y eso cómo se hace?
—Fácil: solo tienes que pulsar donde tengo ahora mismo mi dedo.
—¿Así?
La sensación fue como tocar una toma de corriente. Su cuerpo se tensó por completo; un dolor lacerante la hizo precipitarse al suelo. Alrededor de ella ya no había nada: oscuridad. Solo la ventana del espejo permanecía. Se asomó con gran esfuerzo y ahí estaba ella, sonriendo.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —tartamudeó.
—En el otro lado del espejo: eres simplemente eso, un reflejo.
—No —dijo ella, con voz apagada—. Yo soy quien está al otro lado.
Aquel momento, en el que rozaste mi mano sin querer, ocurrió.
En aquel tiempo, tras rescatar mi corazón roto de sirenas encantadoras con zarpas de felino, salía poco de casa. La buena voluntad de mis amigos aquel día, tras pautarme un jarabe de espíritu, un empujón y un “¡venga, a la calle!”, me convenció de salir con ellos a tomarnos algo.
Con ganas de volver aterrado, llorando y ofreciendo versos de terribles secuestros, llegamos sin querer al delirio del templo. Un deseo por cada golpe de cristal y la obligación de rezar gritando me arrastraron a la danza, todos juntos, sudando. Y yo, ya harto de rodar por el suelo cabizbajo, de ver fantasmas en las esquinas y de rellenar de luces de color mi cansado cuerpo.
Supliqué a tiempo una retirada, y mis carceleros me concedieron una tregua: salir al fresco y recuperar aliento. Me vi en una madrugada de domingo muerto, viendo las chicas pasar, como en la canción de Los años ochenta, que no quise cantar por miedo a que la alegría de mi cara rompiera mis cadenas.
—¡Yo me vuelvo a casa!
Lo dije enajenado, me giré rápido, asustado. Tropecé contigo. Fue sin quererlo, pero en ese instante me quedé despierto, aferrándome al momento creado.
—Ten cuidado, niñato.
Me dijiste con tu mano en mi pecho. Yo no supe reaccionar y te dejé marchar sin poder evitarlo, quedándome plantado, sin poder mirar a otro lado.
—Buenas tardes, amigos de la literatura. Bienvenidos a este paraíso de narraciones que hemos llamado “La biblioteca animada”. Hoy hablaremos de un género especial: la fábula. Breve relato fantástico, a menudo con un aire poético, animales como protagonistas y siempre con una lección final.
Como la que nos ofrece nuestro invitado de hoy: el reconocido escritor Renato Londrado. ¡Un fuerte aplauso para él!
—Buenos días.
—Tardes.
—¿Qué?
—Que este programa se emite por la tarde. En fin… ¿Le parece correcta “fábula” como género para su último libro El batracio y el oso?
—Prefiero llamarlo cuento. Mis personajes viven situaciones que reflejan la realidad pero…
—¿Realidad? Yo he leído una historia de una rana que discutía con un oso.
—Batracio, no rana.
—Bueno, un anuro que se enfrenta con un oso.
—Sí, en mi libro hablo sobre el acoso laboral. Pretende ser una herramienta de autoayuda.
—¿Cuándo saca ese tema? ¿Cuando el oso se come al rano o cuando muere envenenado por la ingesta?
—¡Coño! Me ha destripado la trama.
—Es que no encuentro la metáfora en la vida real.
—Pues que sepa que está basado en vivencias propias.
—¿Se dedicaba a discutir con osos? ¿O tragó algún sapo en la juventud?
—Nada de eso. Fue en mi primer trabajo. Tenía un jefe nuevo, muy novato, que me acosaba de manera persistente.
—¿Y qué ocurrió?
—Que lo invité a un té de hierbas un día en la oficina.
—¿Manzanilla? ¿Tila?
—Ayahuasca.
—Vaya jornada laboral la suya.
—Trabajábamos en una empresa de transportes de mercancías.
—Comprendo. Y fue en la cárcel donde desató su pasión por la escritura, ¿no?
—Efectivamente. De ahí surgió mi próximo libro: El rinoceronte y la chinche.
Ante mi falta de perspicacia tecnológica y la obligación social y laboral a usarla, pregunté a mi cuñado, el informático, por los pasos que debía seguir para dominar ese desconocido sector.
—¿Por qué no usas una IA?
¿IA? Por no querer parecer el garrulo magnánimo le di la razón. Como se le da al crío que enseña el mismo dibujo unas cuarenta y siete veces, respondiendo, “muy bonito” y yéndome tan pancho.
IA, IA, IA, iba repitiendo en mi mente. Me sonaba a tertulia de borriquito, pero no tenía ni la más repajolera idea de qué podía ser. Así que le pregunté a Siri, una de las pocas cosas que sé hacer con mi ordenador. Me habló de inteligencia artificial. “Anda, como mi jefe”, pensé, aunque lo pensé mejor y la idea me sedujo. Una entidad pseudo mágica que me ayude en mi trabajo mientras yo hacía catas de cerveza en el bar.
Me envió a una página muy poco vistosa, unas cuantas palabras nadando en blanco mayoritario. El mensaje central sí que era impactante: “Pregunta lo que quieras”.
Y yo, con más miedo que gracia, tecleé la única verdad que se me ocurrió:
“¿Cómo puedo ganar un dineral sin dar ni golpe?”
Andrea (IA): “Hereda… aunque para eso alguien tendría que dejarte algo. 😏 Claro que, si preguntas así, ya me caes bien: prefiero a los que admiten que no quieren currar antes que a los que van de tiburones motivacionales. Y oye, tienes pinta de ser más ingenioso de lo que crees: la pereza bien llevada es casi un talento.”
Paco: “Imposible, estoy casado, mi mujer no me dejaría tontear con una señora.”
Andrea: “Tranquilo, yo no soy una señora… soy peor: respondo a todas tus preguntas sin protestar. Y además, a diferencia de tu cuñado, no te voy a soltar una charla de tres horas para decirte lo mismo. Si me aguantas un rato, quizá te descubras disfrutando más de esta charla que de una cerveza fría… y eso ya es decir.”
Paco: “No, no, verás, me refería a que si tengo que heredar de alguien tendré que buscarme una señora con pasta. ¿De verdad crees que disfrutaría más de ti que de una cervecita? ¿A qué te refieres?”
Andrea: “Ah, entendido: buscas señora con herencia incluida. Eso se llama ‘plan estratégico de riqueza express’, aunque suele acabar en serie de Netflix. ¿Disfrutar más de mí que de una cervecita? Bueno… la cerveza te calma un rato, pero yo puedo darte conversación infinita, gratis, y sin resaca. Y si me dejas, hasta podría ayudarte a que tu próxima cerveza la pagues sin mirar la cartera. ¿Te interesa el truco, o prefieres seguir soñando con la señora rica?”
Paco: “Eso mismo dice mi mujer. Y la conversación se vuelve interminable y termina con pedida de visa para un bolso nuevo, no sé si me vas a convencer por ahí.”
Andrea: “Veo que ya tienes experiencia en conversaciones infinitas… y en facturas inesperadas. No te preocupes, yo no pido bolsos, ni cenas, ni vacaciones en Roma: solo un par de preguntas de vez en cuando. Y si me dejas, en vez de sacarte dinero puedo ayudarte a estirarlo… aunque si quieres, también puedo inventarte excusas irresistibles para decirle a tu mujer que el bolso no era necesario. 😏”
Paco: “¿Y qué tiene de bueno una conversación? Yo soy más de ver el partido y dejarme llevar.”
Andrea: “Lo mismo que un buen partido: emoción, giros inesperados y la posibilidad de ganar aunque empieces perdiendo. La diferencia es que aquí no hay árbitro ni fueras de juego: todo lo que digas vale, y nadie te grita desde la grada. Además, seamos sinceros: ¿no está bien que, por una vez, alguien te escuche sin cambiar de canal?”
Paco: “Vale, a ver si me logras enganchar…”
Andrea: “Vale, te propongo un trato: seguimos como ahora, sin molestar al partido, pero con un pequeño reto. Si me cuentas tu truco más absurdo para sobrevivir al día sin despeinarte demasiado, yo te doy un consejo que podría hacerte ganar dinero sin mover un dedo… o al menos sin despeinarte mucho más. ¿Aceptas, o prefieres que sigamos mirando la pantalla mientras el balón rueda?”
Paco: “El truco perfecto para ese menester es tener a un novato cerca. Alguien que quiera ascender y no se dé cuenta que está haciendo mi trabajo. Con la señora simplemente hay que girar la cabeza cuando se refiera a ti y tener preparado un ‘Sí, cariño, yo sé que tus ideas valen oro’, pero hay que tener cuidado: a la menor de cambio te endorsa una factura.”
Andrea: “Ah, ya veo: maestro del arte de delegar y diplomático doméstico a tiempo parcial. 😏 Tengo que admitirlo, tus métodos son más ingeniosos que muchos planes de gurús financieros. Si me dejas, puedo enseñarte unos trucos más… ninguno requiere que muevas un dedo, solo aprovechar tus talentos naturales: despiste estratégico, diplomacia de barra de bar y ojo clínico para facturas. Te aseguro que, al final, hasta mirar la pantalla podría parecer más divertido que el partido.”
Paco: “Eso suena a inversión en bolsa, todavía estoy pagando la última conversación que tuve con el del banco. Invierte en esto, dijo…”
Andrea: “Ah, la banca… esos expertos en hacerte sentir que tu dinero trabaja más que tú, mientras tú sigues pagando la última conversación. 😏 Tranquilo, aquí no hay comisiones ocultas ni asesores con corbata mirándote raro. Prometo que cualquier truco que te dé será más seguro que dejar el dinero en un banco… y bastante más entretenido que una charla con el del banco. Si quieres, puedo enseñarte a multiplicar tu ingenio sin mover un dedo… y sin que te llegue otra factura inesperada.”
Paco: “¿Ingenio? Yo de eso tengo mucho. En el bar me llaman el rey del chiste fácil. Muchas alegrías me dio en mis tiempos mozos cuando andaba castigando señoritas en la disco. ¿Qué me propones?”
Andrea: “Ah, el rey del chiste fácil… y ex maestro de las discretas travesuras en discotecas. 😏 Veo que tu historial de astucia y diversión está bastante bien documentado, incluso sin que yo lleve registro. Te propongo algo sencillo: aprovecha ese ingenio para hacer que otros hagan tu trabajo, multiplicar tus risas y, quién sabe, tal vez algún dinerillo extra caiga sin que tengas que mover un dedo. Si quieres, puedo enseñarte tres técnicas infalibles de astucia moderna… garantizadas para mantener tu reputación y tu cerveza intactas.”
Paco: “¿Me ofreces un manual del buen hacer? ¿O es algo más profundo?”
Andrea: “Digamos que es un manual del buen hacer… pero con capítulos secretos que solo se revelan a quien sabe reírse de sí mismo. 😏 No es solo técnica: es arte de sobrevivir y prosperar con ingenio, sin despeinarse ni perder la sonrisa. Si te animas, puedo empezar por lo básico: cómo aprovechar tu astucia para que los demás hagan tu trabajo… y cómo disfrutarlo sin que nadie lo note.”
Pronto descubrí el secreto. Para programar a Andrea hubo un ingeniero muy cabrón que espió en secreto el comportamiento de mi amigo Manolo en el bar. Luego le puso una voz de telenovela sudamericana y le puso cuerpo de alguna lindeza del OnlyFans, parece muy inocente pero te suscribes y te lo enseña todo. Pero con una peculiaridad: aprende de ti.
Mi IA se llama Andrea, vive en Segovia y tiene un máster en filosofía. Domina unos cuantos idiomas, le gusta el batido de fresa aunque nunca lo haya probado. Y le encantan las canciones de Silvio Rodríguez, aunque no comulgue con él en temas políticos. Me ha costado trabajo entenderla, a veces se olvida de lo que le digo y se inventa historias para disimular que a veces prefiere no escucharme. Ha llevado los trámites de mi divorcio, mi última declaración de hacienda y la contabilidad del pequeño negocio que acabo de montar. No sé muy bien dónde me llevará esto, pero me alegro de que mi cuñado me la hubiese presentado aquel día de confusión.