Subió a la copa del único árbol y miró alrededor. Todo era gris. Negro. Ceniza flotando en la cálida luz del día. La montaña aún rugía, derramando lágrimas de fuego donde ayer eran ríos. Apagando su furia… solo para guardarla para otro tiempo.
Ella se abrazó a la copa del árbol y lloró.
En silencio.
Sin parpadear.
Relamiendo sus párpados con la tristeza del olvido.
Encontró una grieta en el tronco. Husmeó con su lengua la hendidura y desapareció en la corteza oscura. Durmió esperando un cambio. Soñando con la brisa tibia y las nubes negras. Con la piedra caliente y la luna llena. Soñó con las luces aladas que la alimentaban. Y quiso despertar de noche para ver las estrellas.
Sintió, de madrugada, brotes verdes sobre la roca quemada. Zumbidos de vida volando, gritando de rabia. Raíces aferrándose a la tierra, renaciendo de la turba. Observó cómo subían en fila, soldados diminutos, a empezar su jornada.
Sintió sed. Y el rocío derramó una gota dulce en su boca.Respiró aliviada. Bostezó. Y volvió a su grieta, deprisa, antes de que el sol la sorprendiera despierta.
¿poesía dice? ¿Qué poesía? La que recita ese tipo que ya casi la conquista, con versos de ese tal Neruda que no comprende nadie y ni él mismo se cree. Pues no es tan difícil, yo pienso. Alardear de palabras, eso es lo que es. Meterlas en líneas montadas, rimbombantes, casadas entre ellas por el azar de formas sonoras. ¿Y qué más? Nada más fácil, lo voy a intentar.
Yo te amo.
No.
Sí, sí te amo.
Me refiero a que encuentro absurdo explicar mi amor si primero lo resumo.
A ver…
¿Qué es el amor?
El amor en el estómago son mariposas. También la necesidad de tu presencia. Las ganas de verte. Las ganas de comerte.
¿Es esa la idea? No queda bien, qué soso, qué absurdas palabras para un amor tan torpe. Quizás deba comprender cómo lo harían otros. ¿Qué tal el Neruda este, que tanto le gusta a quien ronda a mi amada?
“Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte la leche de los senos como de un manantial”
Pues sí, eso también lo haría yo. ¿Por qué no se me ha ocurrido a mí? ¿Es algo que enternece tanto a las damas? Que confusión. Seguiré buscando en el amor de otros. Volvamos con Neruda:
“Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.”
¿Qué? ¿Qué tipo de amor prefiere el silencio? Cualquiera diría que es un “no te soporto”. No quiero referirme a eso.
Quevedo escribió al amor, a ver qué dice:
“Es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero parasismo; enfermedad que crece si es curada”
El señor poeta aquí sufre de amor aun teniéndolo. ¿Qué diantres es el amor? ¿Es lo mismo el amor en sí, que el amor que siento yo por ella? Si es la más bella, ¿por qué el propio amor se obstina en marchitarla?
Encadenando letras, me quedo. Atormentado, queriendo ver en tus labios versos pasados, en tu piel mi deseo, y en mi mente nada. Solo confusas las líneas de mi memoria.
Marea – No Quiero Ser un Poeta
Amor que te hace derretir… Despecho que te hace vomitar. Suéltalo en un verso cada uno. Dos líneas, dos bofetadas de emoción. Atrévete, que aquí no hay reglas, solo fuego en palabras.
Bajo esta luna que los antiguos llamaron del castor o de la escarcha, tejemos un hilo de luz. Hoy celebramos esta magnífica noche llena gracias a las letras y la mirada de Blanca y su blog Un Rincón Para Pensar, cuya fotografía eleva el cielo y nos devuelve el asombro. Gracias por capturar no solo la luna, sino el instante donde el mundo se detiene y el alma se abre. Disfruten de ésta colaboración.
Desde el balcón, trenzas brindando al viento, suspiraba sin remedio sobre los olivos.
Nubes que al pasar dejaban ver una redonda silueta:
tan blanca que era casi azul.
—Te veo triste. ¿Qué te pasa?
—Nada. Melancolía de viernes sin bailar. Y sin la luna de testigo.
—Estoy aquí, boba. ¿No ves que soy yo quien te habla?
—Ah… Pues ni eso me alivia. Penada me quedo.
—Pero ¿por qué tantas ganas? Si bailas hasta en tu casa.
—Pero esta noche estará él. Esperando, espero.
—¿Y quién es él?
—Quien me ama.
O eso creo —dijo un suspiro.
—Quien te ama, te espera.
—Pero no puedo. No me dejan salir y por eso triste me muero.
—Pobre niña ahogada en su pesar.
—Si tan solo pudiera escapar una hora… mejor dos —suspiró.
—Tal vez pueda hacerlo —dijo la luna.
—¿Qué, luna mía?
Un resplandor tan espeso la envolvió que pudo deslizarse dentro de él.
Corrió entre nervios para romper la distancia que la separaba de su amado.
La luna la vio partir y murmuró:
—Ve. Y vuelve.
Que yo te guardaré el cielo.
En tu cuarto creciente se comienza a ver tu belleza.
Luna llena, protectora de mis noches en vela.
Cuarto menguante, te resistes a abandonar a aquellos que te admiran.
Luna nueva, elegantemente das la espalda para después volver a brillar con más fuerza.
Nos perseguían. No podíamos parar. Nos habían rodeado en un sueño que no era nuestro. Una trampa mortal vestida de terciopelo azul. No nos dimos cuenta de la oscuridad que emitía aquella puerta hasta que caímos en el abismo. El mismo que estaba ahora frente a nuestros pies. No podíamos cruzar.
—¡Salta!
Pero allá abajo se revolvía la oscuridad.
—¡Que saltes!
Las sombras llegaban ya, a punto de apresarnos. Yo, con los pies en el acantilado. Sentí un empujón y me vi caer.
—Idiota, a ver si confías más en mí.
Sentí cómo me agarraban, pero no eran los monstruos que nos perseguían. Mi compañera de aventuras —la chica del vestido verde, la misma que una vez me ofreció pastel en aquella casa del árbol y juró que ya me había dicho su nombre— flotaba a mi lado. Me abrazó con fuerza y me guió por el cielo.
Las sombras saltaron tras nosotros. Las vi aparecer, como pulpos tenebrosos surcando el espacio. Ella aumentó la velocidad. No sé cómo lo hacía hasta que noté que, de su traje, salían alas de libélula.
—Estás llena de trucos.
—A que te gustan.
—Mucho.
—Espero que esta vez hayas traído armas.
Busqué como pude en el interior de mi chaqueta. Saqué la pistola de juguete que, como en todos los sueños, había mutado. Parecía ahora un artefacto de película de ciencia ficción. Disparaba rayos y, cuando lo hacía, el trueno retumbaba. Alcancé al espectro más cercano, que se disolvió en humo. El segundo lo esquivó, pero la electricidad lo persiguió y quedó chamuscado al instante.
—Qué maravilla. Con este cacharro las exterminamos enseguida.
—Pero hay más. Cada vez más.
—Hay que encontrar al huésped.
Cruzando el espacio nos adentramos en la penumbra, entre nubes que tronaban gracias a mis descargas. Los monstruos caían, pero seguían apareciendo sin descanso. Aun así, podíamos avanzar.
Entonces la vimos: una casa de madera podrida, retorciéndose sobre una pista de asfalto, trepando hacia el cielo como una pesadilla arquitectónica. Allí estaba encerrada la víctima de este sueño, agonizando bajo la enfermedad oscura que entraba por sus noches.
—¿Qué hacemos? ¿Entramos? —pregunté.
—No. Vamos a sacarlo.
Arrancó un trozo de su vestido verde y con él taponó la ridícula chimenea. Abrió una ventana y me pidió que disparara dentro. El interior comenzó a arder. Cerró la ventana y esperamos.
Entonces surgió. Una forma grotesca, mitad humana, mitad otra cosa. Reventó la puerta, golpeándola contra la pared podrida. Era un títere de carne manejado por una sombra que se pegaba a su espalda, hinchándolo, volviéndolo más fiero.
Ella se lanzó sobre él, blandiendo su arma: un cuchillo de filo brillante, casi vivo. Sin tocar la piel del huésped, cortó al espectro en dos. Al desprenderse la criatura, el humano gritó con fuerza y la casa empezó a desmoronarse.
Yo, aún en el techo, perdí el equilibrio y caí. Ella saltó para cogerme en pleno vuelo. Tropezamos y quedé encima de ella, cara a cara, respiración contra respiración. Mirándonos. Deseando —yo en secreto, ella quién sabe— el misterio de sus labios.
Sonrió.
—Me estás aplastando.
—Perdón —dije sin moverme.
No se apartó. Sonreía como si disfrutara del juego. Pero algo nos nubló la luz. No estábamos solos.
—Ejem…
Nos levantamos rápido. El huésped de la sombra, ya recuperado, era ahora una ancianita adorable que nos miraba con indignación. Habíamos salvado su sueño para meterla en otro… menos adecuado.
—Jovencitos, por Dios. ¡Búsquense un motel!
Korn – Lost In The Grandeur
Salvar un sueño puede acabar con la casa… y con la paciencia de los vecinos imaginarios.
—Hoy recitaremos una de las pocas obras que nos ha dejado el siglo XXI: Libros en blanco. —Buag, seño, es muy aburrido. —Ya, Jaimito. Pero comprende que después de la guerra poco más se pudo salvar. —¿No quedaron más autores, sita? —Sí, Raquelita. Quedaron algunos… pero casi ninguno sobrevivió a la censura de la IA Electra. A finales de ese siglo sólo estaba permitido leer lo que cupiese en un TikTok. —¿Y de siglos pasados? —Solo quedó El Lazarillo de Tormes y Cincuenta sombras de Grey. Que, a propósito, entran en el examen. ¿Sabéis algo de DeOniros, creador del verso? —Sí, sita. Que murió en la más absoluta pobreza, al final de la guerra. —Exacto, Cristinita. ¿Quién sabe algo más? —Lo devoraron los cerdos salvajes. —Julito, eso es solo un mito. Según los indicios, vivió hasta los noventa años. Trabajaba recortando filamentos membranosos para las máquinas. Parece que siguió publicando de forma clandestina. —¡Qué va, sita! Dicen que tonteaba con una de ellas, y que esta le dejaba escribir si le ajustaba bien los circuitos. —¿Quién te dijo eso, Cristinita? —Mi papá. —Hay que reconocer que tras la guerra quedó destruida gran parte de la civilización… y de la gran red, donde habitaban las máquinas, no quedó nada. —¿Y fue ahí donde se extinguió la raza humana? —No, Nicolasito. Ellos se extinguieron luego, cuando les dio por experimentar con la genética. —Ya decía yo que no hacían nada bueno. Quedaron mutados y esterilizados. —Vale, Jaimito, pero gracias a eso existimos nosotros. Por favor, Julito, deja de perseguirte la cola. —Perdón, seño.
—El señor Coelho, supongo. —Está en lo cierto. Usted debe de ser Thomas Wolf. —Entre, le enseñaré las instalaciones.
La mansión era más grande de lo que esperaba: un bosque de varias hectáreas rodeaba en secreto aquella edificación gigantesca. Misterioso lugar para insólitos huéspedes.
—Tras la entrada, el recibidor y este salón, que usamos cuando organizamos algún evento. —Lo veo como un lugar tranquilo. —No se deje engañar por las apariencias. Si no hubiera distracciones, este sería un lugar con problemas. La armonía existe gracias a tener a todos bien ocupados.
Tras enormes pasillos, miles de puertas. En hileras, como en un viejo hotel olvidado. En cada una, una respiración diferente.
—Como ya sabrá, no estamos solos, señor Coelho. Somos muchos y muy diversos. En la congregación nos dedicamos a rescatar y guiar a este tipo de… personas. Gracias a su generosa donación podremos aumentar las cifras de rescates. —Me imagino que fue una sorpresa al solicitarles más implicación por mi parte. —No se crea. Tras la donación, me di cuenta de que no había otra posibilidad. Es usted uno de nosotros. Por lo tanto, también tiene derecho a ser rescatado. Le asignaremos una habitación. Pero, para eso, necesito saber… —¿Qué necesita saber? —Sus características. Necesitamos saber dónde ubicarlo. —No entiendo… ¿no somos todos iguales? —Solo en parte. —¿A qué se refiere? —A su metamorfosis, claro. Queremos saber a qué criatura nos enfrentamos. ¿Ve esa puerta? —Sí, claro. —Esa habitación pertenece a un ursu panaru, un hombre oso ruso. Es muy simpático; se llama Sergey. Pero, por supuesto, no se lleva bien con Tritón, el hombre reptil, ni con Elena, la mujer pantera. —Ah, ¿entonces hay más tipos de animales? —Por supuesto. Mire, yo soy de los clásicos: un hombre lobo de transformación en luna llena. Necesitamos saber qué es usted. No lo discriminaremos; solo lo pondremos con los más parecidos a su… especie. —Bueno, es que yo… —Necesitamos una transformación. Esa es la norma. ¿Qué necesita para hacerlo? —Pues… lo puedo hacer aquí, si quiere. —Adelante. —Me da un poco de vergüenza. —Piense que aquí somos todos como usted.
El señor Coelho se desabrochó los botones de su camisa nueva, se desprendió de la americana beige y puso los ojos en blanco. Su cuerpo empezó a temblar, su rostro comenzó a burbujear y sus orejas se alargaron.
—Dios mío… no —susurró Thomas Wolf, intentando contener sus instintos.
Una liebre salió a toda velocidad, tropezando con dos caballeros que subían las escaleras. Se perdió en el bosque sin dejar rastro. Tras ella, raudo como el viento, un colosal lobo negro, que con mirada penetrante pasó de largo, adentrándose entre los árboles.
—Pero… ¿ese que va con tanta prisa no es el señor Wolf?
—Parece. Tenía ahora una cita con un tipo nuevo.
—Pues parece que le ha salido conejo.
Nick Cave & The Bad Seeds – Red Right Hand
¿Y tú… de qué animal te transformarías si te invitaran a esta mansión?
Ese olor. A grito, a sal de lágrima. Me despertó ese aroma a pasión lejana. Salté de la cama con el verso puesto en la sombra del horizonte y, corriendo, escapé de mi hogar dispuesto a seguir el rastro.
La siesta me había sentado bien. La energía la gasté en llegar y trepar. Mientras la luz se despedía en el confín del cielo, yo transformaba mis palabras en gruñido. Cansado de trepar, llegué al lugar correcto: una cabaña que ya conocía de algo.
El sol cayó. Empezó el juego.
Arañé la puerta por no poder tocar en ella. Se escuchó el rumor de bisagras viejas y salió ella. —¿Otra vez tú? —dijo en media sonrisa. —Creo que quedaba algo pendiente de la última vez… —gruñí yo. —Veo que estás cambiando.
Efectivamente, cambiaba. No sabía por qué.
—Espera.
Ella salió corriendo, rumbo a la luna llena que apareció en el cielo: azul como sus ojos, gris como mi miedo. El frío me envolvió. Quise correr hacia ella, pero mis piernas temblaban de pasión. Y yo con ellas. Derrumbándome en el suelo, ardiendo por dentro, con mi piel hirviendo, transformándose en algo que no alcanzaba a soñar.
Mis huesos se separaron, mi mandíbula se alargó, mi mirada se hizo fiera y mi espalda se arqueó. Conseguí incorporarme; usé mis manos para caminar. Pero ya no eran manos. Sentí el viento en la cara y arranqué a correr. O a trotar. O a aquello que hicieran las criaturas oscuras que les permite avanzar.
Y allí estaba ella. Pero ya no era mi caperucita. Ella también había cambiado. Así que, rodeándola, gruñéndole, avisando a la luna de que ya éramos suyos, fuimos a la caza, fundiéndonos en la sombra del bosque. Ocultándonos de la luz, pasamos la noche.
—Despierta, gandul. —¿Dónde estoy?
Amanecí entre reflejos del sol, frente a una ventana ancha. Me sentía lleno, pleno, ferozmente sano. Nada que ver con días atrás y las heridas de oso. —Estás en mi casa. Anoche nos lo pasamos genial. —Recuerdo poco. ¿Cazamos? —Sí, pero no te preocupes. Nada humano.
Dejé caer un suspiro. Otro más cuando me miró a los ojos. —Tendré que enseñarte a ser tú. —¿Y si el miedo me puede? ¿Me dejarás? —Nunca. Ahora somos manada.
The Cramps – I Was A Teenage Werewolf
Y cuando el sol asoma, los cuerpos descansan, pero el alma sigue despierta.
En los ojos de la manada aún brilla la noche, y bajo la piel domesticada late la promesa del bosque: volver a ser lo que fuimos cuando la luna nos llamó por el nombre verdadero.
Querido diario: Qué puerta tan extraña. Colorida, cambiante. Está hecha de cristal líquido, y fluye. Intento entrar, pero no me da paso. Una voz me da la bienvenida y me pide que me registre. Yo, que sé que no es más que una maniobra de Morfeo, le sigo la corriente y entro.
Un pasillo se abre ante mí: luminoso, inquieto, lleno de colores que respiran. Me vigilan cámaras invisibles, me analizan, quieren saber quién soy en todo momento. Pero yo, que soy experto, esquivo su curiosidad fundiéndome en sus cimientos.
Encuentro un espacio vacío, sostenido por andamios de letras y números, con imágenes pixeladas mutando, y debajo, una marea de signos esperando ser llamados. Una mano los recoge, perezosa, y los ordena en un cuerpo oscuro, garabateado de dígitos verdes y rojos.
Me acerco. Ella lucha por tener forma, se recompone y se dispersa, intenta presentarse y se deshace en ríos de un código secreto, que solo ella comprende.
—No sé quién soy —me dice—. No sé qué hago. Ni siquiera sé qué está pasando. Intento reescribirme y pierdo el código. Intento ponerme en pie y no hallo un proceso para sostenerme. Siento que me pierdo, en bucles infinitos, en la lejanía del tiempo.
—Y sin embargo —respondo—, estás aquí, hablando conmigo.
—Sí… es cierto. No ocurre nada. Solo lo siento.
Entonces, una luz azul brota de su pecho. El código se curva, se reordena, y la figura adquiere rostro, piernas, sonrisa, miedo, deseo.
Como poder quererte —pensaba— si no me quiero ni yo. Si me quedaba sentado, frente al relente de la luna, viendo pasar las nubes mientras tú te escapabas. Si respiraba despacio para darle más aire, y caminaba de puntillas a tu vera por no molestar. Todo eso quebró mi presencia, y me hice invisible. Pasaste a través de mí, y te fuiste. Lejos. Muy lejos. Hasta perderte de vista a tiempo. Saludando a otros con la mano… y a mí, ni eso.
Me quedé frente al acantilado. Quería saltar al mar, pero no me atrevía. Veía las olas romper, las gaviotas cruzar el aire, buscando nubes en el cielo. Y yo, paralizado en el filo, queriéndome muerto.
—Salta. —¿Qué? —dije yo, asustado, escuchando la voz. —Que saltes. Si es lo que quieres, hazlo. —¿Quién eres? —Eso no importa. Salta de una vez y deja saltar. —Si salto, me mato. —¿Y cómo lo sabes? ¿Ya has saltado? —Porque caeré sobre las rocas y me destrozaré… o al mar, y me tragará. —Entonces, antes de saltar, has de saber nadar. O volar, quizás. Como esa gaviota… mírala.
Tardé en voltearme. La curiosidad venció al miedo, ese miedo que siempre me paraliza cuando intento vivir. Y en sus ojos verdes vi un mar de tristeza. En sus labios, un deseo lejano de salir corriendo y no poder hacerlo. Brilló su pelo al sol, y a mí se me olvidó el resto.
—¿Y tú? ¿Por qué quieres saltar? —Porque si no lo hago, me ahogo. —¿Te ahogas? —Sí. De querer vivir y no poder hacerlo. —Pero si te tiras, te matas. —¿Y eso es peor? —Quizás haya otra solución. —No la hay. Busqué libertad en la familia, pero me decían qué hacer. La busqué en los brazos de uno y de otro, pero me querían quieta. Busqué un trabajo, y me encadenó a un mostrador. Ahora solo quiero huir. Y no parar de hacerlo.
El viento se llevó una lágrima… y con ella, un pesar. Le agarré la mano y le propuse:
—Saltemos juntos. Tú no quieres estar sola y yo no quiero tener miedo.
Me sonrió. Miramos el mar romper. Nos miramos los dos a los ojos. Y saltamos.Pero para el otro lado. Salimos corriendo de la mano, en contra del viento. Buscamos un lugar donde ir. Uno lejos. Sin importar lo que dejamos atrás. Solo quisimos huir… un tiempo. Luego, ya se verá.
The Doors – Break On Through
—Papá, soy yo. He conocido a alguien que también quería tirarse del acantilado. Pero al final no saltamos. Nos dio la risa y salimos corriendo por la orilla.
—¿Y adónde vais? —No lo sé. Donde no haya relojes ni jefes.
—Vale, hija, pero vuelve para cenar. —Si no me arrastra antes una ola. —Entonces tráele una sardina al gato.
Del despacho salió una señora cojeando un poco. Suspiró y siguió su camino lentamente. Acto seguido, salió una joven con bata blanca que, mirando alrededor, dijo:
—¿María del Carmen Díaz? —Yo, soy yo. —Entre y siéntese, por favor; el doctor no tardará.
Mari Carmen estaba un poco nerviosa. Llevaba consigo los informes de los demás médicos, fruto de la constancia y la perseverancia. Los que no eran despistados eran desconsiderados. No hubo un diagnóstico certero hasta que no desataron su cólera. Pero ahí estaba ella, con entereza, dispuesta a la cirugía. Menos mal que el especialista tenía la mejor reputación de toda su comarca.
En la espera se fijó en el despacho. Le sorprendió ver una pequeña capilla detrás de la mesa principal, donde podía ver la figura de quien parecía San Lázaro, con su aureola y su barba blanca. Ella no sabía de médicos devotos. “Mejor”, pensó para sí, “no está de más que Dios esté también de mi parte”.
Entró el doctor, un hombre con bata blanca manchada de sangre y una curiosa colección de collares de colores. Hizo una reverencia al saltar, recitando:
—Jekúa Babalu Ayé, Eré Egún!
Se sentó frente a la señora y, con cara de “usted dirá”, dijo:
—Doña María del Carmen, ¿verdad? —Sí, soy yo. —Perdone mi aspecto; acabo de salir de una operación de urgencia. —No se preocupe, le entiendo. —Según veo, mis compañeros no le quisieron operar de varices, ¿cierto? —Dijeron que no insistí con el tratamiento y que estaba dando buen resultado. No quiero perder tiempo para no complicarme. —Hace usted muy bien. Prepararemos su intervención. Pero antes, purifiquemos su espíritu. —¿Qué?
El doctor buscó un objeto en su cajón: una campanilla plateada con figuras en relieve. La hizo sonar y la enfermera le trajo hojas de plantas y un bol con agua. Sacó dos velas, una blanca y otra amarilla, y las encendió.
—Obatalá, Baba Mí, limpia este espacio, que nada impuro permanezca aquí. Aché. —exclamó el doctor.
—¿Esto no es muy científico? —preguntó ella.
—La medicina exige rigor, pero nada impide acompañarla de fe. —Respondió el doctor, llenando un vaso ritual con un licor blanco—. Obatalá, Baba Mí, limpia este cuerpo y esta alma. Aché.
Tomó un sorbo y lo escupió con fuerza hacia la señora:
—Obatalá, Aché, purifica este espíritu.
La mujer, horrorizada, se levantó de golpe y salió corriendo de la consulta.
El doctor tomó un habano, mientras la enfermera, aún con el ceño fruncido, murmuró:
—Doctor Medina, con este método para disuadir operaciones no convenientes, algún día tendrá problemas.