Etiqueta: Fantasia

  • Trámites Eternos y Otros Infiernos

    Trámites Eternos y Otros Infiernos

    La sala estaba inmaculada. Muebles blancos y detalles en plata. 
    Un anciano detrás del tercer escritorio dejó de estar ocupado, pulsó un botón y un sonido estridente anunció un número nuevo: el 1548. 

    —¡Yo! 

    El joven que estaba arrinconado en la entrada apareció alzando un ticket en la mano. 

    —¡El 1548! ¡Yo, yo! 

    El señor del escritorio lo miró por encima de sus anticuadas gafas, frunció discretamente el ceño y dijo: 

    —Bien, tome asiento. 

    —Buenos… días. 

    —Sí, sí, días. En fin. ¿Es usted Serafín Delmundo? 

    —El mismo. 

    —Está usted a la espera de destino, ¿verdad? 

    —Efectivamente. Ya no sé ni cuánto tiempo llevo esperando. 

    —Pues tenemos buenas noticias: tenemos posibilidades de elección. 

    —Mira qué bien. ¿Qué opciones hay? 

    —La primera: necesitamos técnicos en gestión de tormentas. 

    —¡Rayos! 

    —Entre otras cosas. 

    —¿Qué? 

    —Quiero decir que no son solo rayos las tormentas. A usted le asignaríamos únicamente las solares. 

    —¿Y qué tengo que hacer? 

    —Sacudir el sol. Pero por dentro. 

    —¿No hace mucho calor allí? 

    —Mucho, pero dan vacaciones cada ciclo solar y un pay-pay

    —¿No hay otra cosa? 

    —A ver… Ah, mira: una misión heroica. Se está convocando a la milicia. 

    —¿Aquí se necesitan soldados? 

    —Sí, de vez en cuando nos metemos con los de abajo, los de los cuernos y el rabo. Para dejarles claro cuál es su lugar, poco más. 

    —¿No es peligroso? 

    —No mucho. Pero te pueden clavar un tridente y eso duele un poco. 

    —Yo es que soy más bien pacifista… 

    —Bueno, pues parece que está abierto el plazo para las oposiciones a reencarnación. 

    —¿Me está diciendo que para reencarnarse hay que estudiar? ¿No es verdad que cuando te reencarnas lo olvidas todo? 

    —Sí. Pero es un destino muy demandado, solo llegan a él los mejores. 

    —¿Y me pueden dar el temario? 

    —Claro, aquí tiene un folleto explicativo. 

    —Pero… esto… ¿son fichas del Trivial? 

    —Sí. De la edición para genios. 

    —Pues vamos listos. 

    —Esa es la idea. 

    —Oiga, con la cantidad de nacimientos nuevos que hay en la Tierra… ¿Cómo es que no necesitan más almas para reencarnar? 

    —Ah, no, las almas siempre tienen que ser de fabricación nueva. Estos son casos excepcionales. 

    —¿Cómo que fabricación? ¿Cómo se fabrican las almas? 

    —Como se nota que no ha ido a los cursos del Limbo. Anda que… pegarse unos siglos sin hacer nada… 

    —Ni siquiera sabía que había cursos. 

    —Vale, se lo explico. Las almas se programan, y cuando… 

    —Espera, espera. ¿Qué me está diciendo? ¿Estamos programados? 

    —Sí, claro. Somos software. ¿O qué se había creído? ¿Que venimos del Espíritu Santo? 

    —Entonces… ¿Dios es un programador? 

    —Mire, a mí no me líe con ese Dios. Yo solo sé que nos programan unos tipos de la octava dimensión y que, cuando no les da tiempo a la entrega de almas, hay que buscar entre los rezagados para cubrir la demanda de cuerpos en gestación. 

    Slayer – South of Heaven 

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  • Los tres reflejos Capitulo 2: Cristales empañados

    Los tres reflejos Capitulo 2: Cristales empañados

    Al ver el cristal del coche empañado, Pedro sintió una oleada de recuerdos. 
    El mismo lugar, la misma sensación de no volverá a pasar
    Ella se fue y no volvió. 
    Hasta ahora. 
    Quién sabe, quizá esta vez no quiera irse. 

    El móvil rompió el ensueño con un sonido chivato lleno de remordimientos. 

    Marta: ¿Te queda mucho? No quiero acostarme muy tarde. 
    Pedro: No tardaré, pero métete en la cama. 
    Marta: Despiértame si me duermo. 
    Pedro: Tranquila, estaré de vuelta antes. 

    Qué sorpresa se llevó al verla en su casa. Pedro había vuelto hacía poco de un viaje: una visita rutinaria a la oficina central en Madrid. Unas cuantas reuniones que lo mantuvieron fuera diez días. 
    Al regresar aquella tarde, se la encontró allí, en el salón. 
    Parecía que el tiempo no había pasado por su piel. 

    —Ah, ¿pero os conocéis? —dijo Marta, su mujer—. Es la amiga de Silvia de la que te hablé, la que salió con nosotros este viernes. 

    —Pues sí… Laura es del pueblo, ¿verdad? —dijo Pedro con una sonrisa. Dos besos y un recuerdo pendiente a comentar—. ¿Cómo está tu hermano Juan? 

    —Bien —Laura no salía de su asombro—. Se casó hace unos meses… con Estrella. 

    —¿Estrella Estrellada? 

    —La misma. 

    —¿Pero ella no andaba con Berto? 

    —Ya ves, los cambios que da la vida. 

    —¿Y Berto? 

    —Salió del armario y vive con un culturista en Sanlúcar de Barrameda. 

    —Veo que tenéis conversaciones pendientes —dijo Marta, con una chispa divertida en la mirada—. Podemos quedar este viernes. ¿Te apetece venir a cenar? 

    —El viernes es genial —respondió Laura—. Vengo a las seis y te ayudo con la cena. 

    Hubo complicidad oculta entre las dos, reflejos de sonrisas que Pedro no captó aquel día. 
    Pero sí notó algo: que el encuentro a la salida del trabajo no había sido fortuito. 

    Fueron a tomar café… y terminaron dibujando en el parabrisas empañado. 
    Corazones rotos que, con el calor, se fueron borrando. 

    —Tengo que volver a casa, Marta me está llamando. 

    —Lo comprendo. ¿Quedamos otro día? 

    —No sé… Nunca le había hecho esto a Marta —dijo Pedro, pensativo—. No sé qué decirle. 

    —Es complicado… 

    —En el pueblo era más fácil. 

    —¿A qué te refieres? 

    —A que el roce hace el cariño. Éramos pocos, y te enamorabas con el tiempo. 

    —¿Eso te pasó conmigo? 

    —Yo me enamoré perdidamente de ti. Pero no me refiero a eso. Lo que digo es que allí nos emparejábamos sin pensarlo. Una vez hechas las parejas, ya no había más. Fue cuando empezamos a irnos a la ciudad cuando todo se rompió. 

    —No, Pedro. Lo nuestro estaba condenado. Yo necesitaba salir, ver el mundo. Quería vivir en Londres, y allí estuve… hasta que me harté. 

    —Y ahora has vuelto. 

    —Sí. Ahora necesito otras cosas. 

    —¿Una pareja estable? ¿Un lugar donde te esperen? 

    —Sí y no. Aún hay mucha confusión en mi cabeza. Soy rara, lo sabes. 

    —Más que un piojo bizco. 

    —Anda, vámonos ya. 

    La besó apasionadamente. 
    En la radio sonó Iggy Pop: 

    “It’s a rainy afternoon in 1990 
    The big city 
    Geez, it’s been 20 years 
    Candy, you were so fine.” 

    La humedad de la noche quedó atrás con el chasquido de la llave en la cerradura. 
    El calor del hogar se le hizo raro, oscuro, de mentira. 

    Tras una ducha rápida, se deslizó desnudo entre las sábanas. 
    Abrazó a Marta, que dormía ajena a los pensamientos de su marido. 
    Ella se dio la vuelta y lo abrazó. Él se apretó contra ella. 

    —Ya llegaste —susurró, envuelta en una sonrisa somnolienta. 

    Le besó. Él le devolvió el beso. 
    Unas caricias. 
    Una risa sofocada por las mantas. 

    —Marta, tengo que contarte algo… 

    —Mañana me lo cuentas —dijo Marta, abrazándolo—. 
    Ahora follame. 

    Maria Rodés – Recordarte

    “El pasado susurra bajo el cristal empañado, mientras el presente arde entre sábanas y deseos.”

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  • El Azul que abandonó el mundo

    El Azul que abandonó el mundo

    Tras descansar en la luna, Zauoek el negro contempló la esfera azul. Se recreó en el blanco de sus nubes y en los reflejos dorados del sol y pensó:
    “Es aquí”.

    Eligió una isla cercana al continente de Papayumak, trotó tan fuerte que hizo girar al astro viejo.
    Y saltó.

    Bajó veloz hacia la capa donde la luz brillaba y ardió en ella. Su cuerpo se volvió carmesí, como fuego descendiendo desde el cielo. El mundo pareció contener la respiración ante la caída de Zouoek el rojo.

    Con sus astas aún llameantes pisó la tierra. El suelo se agrietó y el continente de Papayumak se quebró en cinco partes. El mar empezó a hervir. Entonces Zauoek comenzó a soplar, cubriendo todo con un manto blanco.

    Zauoek en blanco se sintió cansado y durmió.

    Pasó mucho tiempo. Era una noche estrellada cuando despertó al fin. El tiempo lo había cubierto de musgo. En su lomo florecían encinas y castaños. Entonces Zauoek el verde pensó:
    “Es ahora”.

    Respiró fuerte dos veces, arqueó su cuerpo de toro anciano y vomitó. De su boca resbaló un mono de pelaje blanco, que despertó alegre en su nuevo hogar.

    El mono corrió a los árboles más altos y se balanceó en ellos. Torpe, se cayó de las ramas y volvió hacia Zauoek, diciendo que no quería ser mono.

    Él, con su gruesa lengua rosa, le lamió el cuerpo, ayudándole a caminar más erguido. Al poco tiempo, su pelaje blanco se cayó y sus ojos se volvieron verdes como el prado. Sintió frío y volvió con su creador.

    —Ya no tengo pelo y el aire me congela los huesos.

    Zauoek le enseñó a frotar las ramas de los árboles, y obtuvo fuego. Le enseñó a recolectar las plantas y a trenzarlas, y obtuvo abrigo. También a abatir árboles y construir un hogar, y obtuvo refugio.

    Zauoek se dispuso a marchar, a seguir su camino, pero el mono blanco se interpuso:

    —No me dejes solo.

    Zauoek lo miró serio, pensativo.

    —Te puedo dar un compañero.
    —Eso me gustaría. No estar solo.
    —Pero tiene un precio.
    —Da igual el precio. Necesito alguien a mi lado.

    Zauoek, de una cornada, partió a la criatura. De las dos mitades se crearon dos cuerpos distintos: uno masculino y otro femenino.

    —Vosotros estáis hechos del mismo cuerpo, por lo que os necesitaréis para estar completos.

    Entonces saltó a las estrellas. Dejó sobre su piel el reflejo de la esfera. Zauoek el azul se perdió para siempre en el infinito.

    Pero ha

    bía un trozo restante que las dos nuevas criaturas habían olvidado. Formó un solo cuerpo. No era varón. Tampoco era femenino. Fue, en su momento, simplemente lo que quiso ser.

    Danheim – Kala

    «Hasta los dioses necesitan irse para que algo nuevo aprenda a respirarse solo.«

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  • Configuración inicial

    Configuración inicial

    Estaba nervioso.
    La lucecita parpadeó en el dispositivo que tenía en la mano.
    Solo hacía falta un poco más de presión y se activaría.

    Respiró una vez más… y apretó.

    En su cabeza escuchó una melodía conocida.
    Su mirada se volvió borrosa. Era normal: le habían advertido de los efectos de la primera conexión.
    Un poco de mareo, respiración agitada. Todo pasajero.

    Frente a él apareció un logo suspendido en el aire, como la luna tras la ventana, solo que demasiado cerca.
    Desapareció, y en su lugar surgió una hilera de letras de comando:
    parámetros a la izquierda, iconos a la derecha…
    y por fin, una voz.

    —Hola, Sergio. Soy LYS, tu asistente virtual. Vamos a configurar el equipo. ¿Está todo preparado en tu dispositivo móvil para realizar la transferencia?
    —Sí.
    —De acuerdo, Sergio. Empezamos.

    En el centro de su campo de visión apareció una barra de progreso ascendente.
    Tiempo estimado: tres minutos y cincuenta y cuatro segundos.

    —Mientras tanto, podemos configurar el entorno. ¿Lo hacemos ahora o prefieres dejarlo para más tarde?
    —Ahora.
    —Bien, empecemos. Por favor, sin mover la cabeza, mire todo lo que pueda hacia la derecha.

    Sergio obedeció.
    En unos segundos se encendió un piloto verde en el margen derecho de su visión.

    —Perfecto. Ahora haga lo mismo hacia la izquierda.

    Repitió el movimiento y el otro piloto se iluminó.

    —Muy bien. Ahora, hacia abajo.

    El usuario siguió las instrucciones: movió piernas y brazos, tocó superficies rugosas y lisas, aspiró aire, olfateó un perfume.
    Pequeñas luces verdes se iban encendiendo en la interfaz, aprobando cada gesto.

    —Por último, Sergio, vamos a configurar la función locutiva. Tienes que repetir en voz alta la frase que aparecerá en el escritorio.

    Frente a él surgió una ventana blanca, y las letras azul marino comenzaron a materializarse:

    Nueve naves nuevas navegaban negras…

    —Por favor, dilo en voz alta.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras…
    —Más rápido, por favor.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla…
    —Un poco más rápido.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla… a ver… ni nadie notó, ni nota, ni nombre…
    —Hay un error en la frase. Por favor, repita.
    —Nueve naves negr… ay, no…
    —Por favor, repita la frase.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla, ni nadie notó, ni nota, ni nombre, la nave nueve que es la novena.
    —Perfecto, Sergio. Hemos completado la instalación de tu unidad mental complementaria. Puedes acceder a las instrucciones si me lo solicitas. Para activarme, solo tienes que pensar en mí y estaré inmediatamente contigo. ¿Deseas proporcionarme una apariencia o prefieres que siga siendo un ente invisible?
    —Todavía no. Ya te iré configurando.
    —Como quieras, Sergio. Estaré aquí cuando me necesites.

    Pequeño silencio.
    Luego, con un tono más suave, la voz añadió:

    —A propósito: te he sacado cita con el logopeda el próximo martes a las 12:30.

    Gojira – Born For One Thing

    La pantalla se apagó, pero en el reflejo del cristal, LYS aún seguía mirándole.

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  • El Fary y el gato gurú

    El Fary y el gato gurú

    Capítulo 4: Dar cera, pulir cera

    —Vamos.
    —¿Pero qué hago?
    —Avanza.
    —Si no sé, dime algo.
    —¡Camina!
    —No puedo.

    Las zarpas brillaron al son de la iluminación. Con un feroz movimiento, el gato le clavó las uñas en el trasero. Javier avanzó de golpe, dándose de bruces con la chica que hacía deporte cerca. La vio caer en cámara lenta. El gato puso la mirada en blanco y empezó a lamerse la pata.

    —¡Uy! Perdón, no me di cuenta —le dijo mientras la ayudaba a levantarse.
    —Ten más cuidado, imbécil —respondió ella, volviendo a su rutina.

    Las sombras del atardecer caían en forma de fracaso sobre la mirada de Javier. Su gato sin nombre lo esperaba para animarlo. La cola levantada, el lomo arqueado, un bostezo infinito.

    —Todavía te falta subir la montaña, Javi-san.
    —Mira, gato-Miyagi, llevamos un mes en el parque. Corro todos los días, subo escaleras, hago flexiones… Pero todavía no sé cómo acercarme. No me digas “cómo”.
    —No pretendas coger moscas con los palillos si todavía no puedes con el arroz.
    —¿Qué me quieres decir con eso?
    —Que es hora de comer, campeón. Mira, esa chica que se ha sentado enfrente. Mis instrucciones son claras: siéntate a su lado con cara de haber corrido la maratón de Nueva York y dile hola.

    El joven simuló una carrera hasta el banco. Con cara de cansancio, dijo “hola”.
    Ella arqueó la ceja y le escupió un “hola” seco. Pero su expresión cambió por completo cuando un lindo gatito saltó a sus piernas. Le guiñó un ojo y empezó a ronronear.

    —Pero… ¡qué monada! ¡Qué cosita más bonita!
    —Ahí donde lo ves, es mi compañero de fatigas.
    —¿Te traes al gatito a hacer deporte?
    —Él me anima.
    —Ah, sí, he oído hablar de ti, el chico que corre con el gato encima. ¿Es tu gatito de apoyo emocional?
    —Algo así.
    —Qué encanto. Oye, me tengo que ir, pero si vienes por aquí a menudo, si quieres corremos juntos.
    —Será un placer.
    —Pues nos vemos estos días. Adiós, cosita rica.

    Le dijo al felino acariciándole el lomo y salió corriendo.
    Javier se quedó en estado catatónico.
    Una sonrisa lejana se dibujó en su cara, y el resto de él se fue persiguiendo en sueños a la corredora.—¿Lo ves, Javier-chan? Acabas de comerte tu primer plato de arroz.
    —¿Y ahora?
    —Ahora aprende a pelar las gambas.
    —¿Y eso cuándo será?
    —Esta noche. Para mí.

    Fresones Rebeldes – Al amanecer

    Javier miró el horizonte. El gato, su plato. Cada uno con sus prioridades espirituales.

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  • Latido cero

    Latido cero

    El primer latido fue débil, minúsculo. Una pequeña chispa sin sentido.
    El segundo sonó a susurro.
    El tercero golpeó las paredes de su pecho, obligando al aire a entrar.

    Abrió los ojos y rezó un momento. Una mirada atenta le sorprendió en su lamento. Respiró hondo, miró al frente y dijo:

    —¿Dónde estamos?

    —En Cassiopeia A, Comandante.

    —Pero… —dijo, intentando encontrar claridad en su mente— nos hemos desviado unos 30 parsecs.

    —Lo sabemos, señor.

    —¿Han despertado al ingeniero de servicio?

    —Sí, comandante. No hay anomalías en los sensores de viento solar. El corrector de gravedad está compensando la deriva.

    —Vale, vale… ¿Despertaron al jefe de ruta? ¿Al oficial de sistemas?

    —Sí, están despiertos, y no hay errores en sus cálculos.

    —Entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué me han despertado?

    —Estamos siendo atraídos hacia la supernova muerta.

    El comandante se frotó los ojos. Intentó incorporarse, pero solo logró levantarse un poco.

    —Pásame aquí la imagen, por favor —dijo, señalando el monitor más cercano.

    Lo que vio lo dejó desconcertado. Gesticulando, controló el movimiento de la pantalla, acercando y alejando determinadas zonas hasta que quedó fija en un punto concreto.

    —Sí —dijo la alférez médico encargada del despertar—. Es lo que piensa: es artificial.

    —Es como un enjambre Dixon envolviendo los restos de la estrella. ¿Han estudiado la actividad que pueda tener?

    —Sí. Se escuchan señales de radio, movimientos lumínicos y actividad energética intensa.

    —¿Han intentado contactar?

    —No, se nos han anticipado. Han enviado un mensaje solicitando comunicación, está programada a TCS 124 356 478.

    —O sea que me habéis despertado para recibir la llamada de ET.

    Boards of Canada – Reach for the Dead

    “El sistema de comunicación parpadeó una vez más. La señal no provenía de ellos.”

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  • Los tres reflejos Capitulo 1: Sonotone

    Los tres reflejos Capitulo 1: Sonotone

    Marta: Te echo de menos.
    Pedro: ¡Hey! ¿Qué te pasa? ¿Hoy no habías salido con tus amigas? ¡Noche de chicas!
    Marta: Sí, hemos cenado. Quieren salir al puerto. Pero yo no tengo ganas.
    Pedro: Vamos, Marta. En cinco días volveré. Hoy pásatelo bien. Ve y diviértete.
    Marta: ¿Y tú, cómo estás?
    Pedro: Bien, sin tiempo para aburrirme. Ya sabes, trabajo.
    Marta: Bueno, al menos me tomaré una copa con ellas.
    Pedro: Eso es. ¿Dónde está la reina de la fiesta que conocí aquella noche de desenfreno? Sal y arrasa.
    Marta: ¿Te acuerdas?
    Pedro: Claro. Hale, déjame ya, que seguro que te están esperando.
    Marta: Sí, ya me están llamando.
    Pedro: Pero si bebes, que te lleven de vuelta, ¿vale?
    Marta: Siiii. Te quiero.
    Pedro: Y yo a ti. Mañana te llamo y me cuentas.

    Bloqueó su móvil y suspiró. Laura la esperaba en la puerta del coche. Era una amiga de Silvia, con quien solía salir ahora. Las demás ya habían llegado.

    —Entonces, ¿te vienes?
    —Sí, saldré un ratito con vosotras.
    —Estupendo, lo pasaremos bien. ¿Te llevo? Así usamos solo un coche.
    —Vale.

    Al arrancar, una vieja melodía olvidada fue escupida por la radio.

    “Well, the kids are all hopped up and ready to go…”

    —Coño, los Ramones.

    “They’re ready to go now…”

    —¿Te gustan?

    “They got their surfboards…”

    —Los escuchaba mucho cuando salía antes.

    “They got their surfboards…”

    —Pues vamos a arrasar esta noche.

    “And they’re going to the Discotheque Au Go Go…”

    Las dos amigas coreaban a gritos la canción. El aparcamiento era escaso. La melodía acompañaba. Habían encontrado una conexión sin buscarlo: amor por el ruido.

    “Sheena is a punk rocker now.”

    Las luces de neón dominaban la ciudad. Saludaron de lejos a sus amigas, que hablaban con unos chicos en la puerta del Sonotone. Hacía años que Marta no pisaba su sucio suelo. Seguía igual: olor a cerveza rancia y sudor, música insoportablemente deliciosa y chicos mirando a chicas.
    Todas bailaban, reían, susurraban las miradas de los demás.

    Laura se quedó atrás, apoyada en uno de los barriles que el antro hacía funcionar como mesa, sujetando una cerveza.

    Marta sonreía para sí misma. Danzaba para el espejo. Soñaba con el ayer.
    Los chicos la rodearon sin darse cuenta. Miró disimulada a uno, y eso fue suficiente para que él se lanzara.

    La mirada de Laura se desvió desde el fondo de la barra al lugar donde aquel tipo intentaba ligar con Marta.
    Dejó sus recuerdos de lado y se fue acercando.

    Demasiado cerca, demasiado rápido.
    A Marta no le importaba coquetear.
    El ruido hacía imposible escuchar, pero permitía un aliento a ron rancio y tabaco barato.

    Laura apartó al joven interesado con un suave empujón. Se acercó a Marta y, bajo la atenta mirada de los pretendientes de barra, la besó con pasión.

    Paladeó la sorpresa en silencio.
    Tenía sabor a desenfreno del pasado.
    A chicas gritando slogans de guerra y jauría de perros detrás.
    A risas por caras pasmadas.
    A adolescencia de hormonas rotas y hambre de vida.

    Pero en esta ocasión hubo algo distinto: liberó una pequeña mariposa azul aletargada en el estómago. Revoloteó hasta el techo del local, pidiendo más.

    Entre risas nerviosas y empujones, las dos fugitivas salieron en busca de aire fresco.
    Se sentaron en un muro, cansadas del rumor de los bares.
    Pasaron horas hablando de las noches del pasado, de los templos del ruido eléctrico y de las personas que habían pasado por su lado.

    —¿Vamos a otro lado? ¿Algún sitio donde se pueda bailar?
    —No sé… ¿Y las demás?
    —Les decimos que vamos a dar una putivuelta.

    Rompieron en carcajadas.
    Y también la noche.

    Danzaron al ritmo de los cascabeles. Los destellos de colores las hicieron bailar solas, abrazadas por la música, entre tambores y reverberación.
    Como una danza ancestral que conectaba el todo y la nada.
    El olvido de los días pasados y de los que vendrán.
    Quedando solo ellas dos, frente a frente, en presente.

    Eran más de las seis cuando aparcaron frente a la casa de Marta. Querían noche eterna, pero el resplandor del sol les dijo que no.
    Y se despidieron con un recuerdo del rescate pasado, en los labios.
    Con la promesa de un tal vez y la esperanza de un deseo.

    Se dijeron adiós.


    Marta: Buenos días, Pedro, ya llegué a casa.
    Pedro: Buff, yo me despierto ahora. Al final veo que te lo pasaste bien.
    Marta: Sí. ¿Sabes dónde estuvimos?
    Pedro: No, ¿dónde?
    Marta: En el Sonotone.
    Pedro: Qué bueno era aquel antro.
    Marta: Ya te digo.
    Pedro: ¿Siguen con la misma música?
    Marta: Sí, pusieron aquella de Barricada que te gustaba a ti.
    Pedro: Qué buenos tiempos. ¿Te acuerdas?
    Marta: Sí.
    Pedro: Como aquel día que te rescaté de aquella pandilla de babosos con un beso.
    Marta: Así fue como empezamos.

    Ramones – Sheena is a Punk Rocker

    «Se dijeron adiós, pero en el aire quedaba un deseo que ni la noche ni el olvido podían apagar.»

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  • Susurros carmesí

    Susurros carmesí

    —Buenos días, ¿es verdad lo que dice el letrero?
    Le brillaba la mirada; casi no podía disimular la ilusión. Al entrar reparó en que la tienda estaba algo descuidada: mucho polvo en las estanterías, una luz lúgubre y llena de interferencias, un olor rancio a moho y humedad. El dependiente, un señor oscuro de apariencia vetusta, le ofreció la sonrisa pervertida de quien descuartiza a sus clientes. Se acercó deslizándose tras el mostrador y le dijo:
    —Sí, es verdad. Vendemos espectros.

    La joven, con el entusiasmo de quien encuentra un tesoro, quiso saber más.
    —¿Cómo funciona? ¿Qué tipo de espectros tenéis? ¿Un espectro es lo mismo que un fantasma?
    —No, señorita, no. Una cosa es un espectro y otra bien distinta es un fantasma. Vendemos espectros y fantasmas, pero no al mismo precio.
    —¿Qué diferencia hay?
    —¿Vale, ves esto? —le enseñó una antigua botella llena de mugre con una etiqueta escrita a mano—. Es un espectro. Como todos los espectros, no tiene un nombre reconocido ni una forma clara. No se comporta con lógica aparente, no responde a ningún estímulo conocido y es difícil saber de él más que lo que muestra. Este se llama “Espectro de la casa de Guittenville” y cuesta £23.

    —¿Y ese de allí? —dijo la chica señalando un bote verde luminoso.
    —Eso sí es un fantasma —dijo el señor, acercándole el tarro—. Aquí pone claro un nombre: Elisabeth Brown. Murió en 1952, tragada por la gran niebla cuando tenía 58 años. Por lo general tiene buen carácter, pero a veces monta en cólera si se la contradice mucho. Precio: £254.
    —Qué caro.
    —Es un fantasma.

    —¿Y este otro? —La joven señaló el segundo recipiente del tercer estante.
    —Este es el fantasma de un niño —dijo el dependiente, agitando el frasco con un latido azul—. Son los más caros. Se llama Albert Dawn y murió en la postguerra. Era el séptimo hermano de una familia londinense. Se le escucha llorar en noches de tormenta y dormirá abrazado a ti las noches sin luna, si se lo permites. Si no, removerá objetos hasta que cedas o hasta que salga el sol. Precio: £372.
    —¿Y qué me puedes vender por £52,35? —preguntó ella—. Sin ser un espectro, claro.
    —Pues por ese precio tenemos esto. —El dependiente golpeó el mostrador con un tarro de resplandor carmesí—. Es un demonio menor.

    —Eso no es un fantasma.
    —No, no lo es. Pero aun así es más interesante que un espectro. Se llama Murmulín.
    —Qué nombre más chulo.
    —Sí. Además, si lo sabes cuidar, es totalmente inofensivo.
    —¿Qué he de hacer? ¿Cómo se cuida?
    —Se alimenta de susurros. Tendrás que hablarle en voz baja para mantenerlo saludable. A veces incluso te hará caso. ¿Te gusta? —El tendero le acercó el recipiente. Se distinguía una figura ligeramente humana; era fuego líquido y se escuchaba un respirar.
    —Sí, mucho —respondió la chica contando el dinero del bolso.—Bien. Esta es la regla principal: para interactuar con él hay que invocarlo. El conjuro está en la etiqueta. Saldrá y volverá cuando tú se lo ordenes. Aunque no siempre obedece; no suele hacer más estragos que tirar algún cuadro o desordenar un armario. Alguna vez concederá un deseo, aunque también puede darte dolor de barriga. Pero sobre todo hay algo que no debes hacer.
    —¿Qué no se puede hacer?
    —No abrir la tapa. El tarro debe permanecer siempre cerrado.
    —¿Y si la abro?
    —Liberarás toda su esencia —dijo el dependiente en voz baja— y te devorará el alma.

    Poe – Haunted

    ¿Qué comprarías tú en esa tienda, sabiendo que cada objeto guarda algo que alguna vez fue alguien?

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  • Diario de un soñador lúcido
Carta 21:  Sobre una mirada verde

    Diario de un soñador lúcido Carta 21: Sobre una mirada verde

    Querido diario:
    Me encanta el momento de taparme con mi grueso edredón y dejarme llevar por el cansancio. Tras cepillarme los dientes y, en el espejo, ver este cuerpo que tan poco me gusta, me dejo arrastrar por el sueño. Sé que allí seré distinta. Seré Desyria, la guerrera del vestido verde. Ceñida con daga corta y agilidad felina. Aquí no soy lo que soy, sino quien quiero ser.

    Abandono el mundo de los despiertos y caigo en mi casa-árbol, en mitad de la jungla hecha del material secreto que rige la fantasía. Bajo a tierra firme lanzándome en una liana y empiezo a elegir. En el hueco del tronco de cada árbol hay un portal: me transporta al subconsciente aletargado de otras personas. Hoy visitaré a un amigo y probaré el efecto de mi verde mirada sobre su piel.

    La puerta se abre de par en par. Soy bienvenida, y su sueño lo sabe. Su casa es distinta a la mía —todos los navegantes en el mar de Morfeo fabricamos una—. He visto mansiones victorianas, rascacielos neoyorquinos, hasta madrigueras bajo tierra. La suya es una posada medieval montada sobre una cima.

    Él me espera. Su lugar le ha avisado de mi presencia. Le sonrío con picardía. Él simula pudor y me mira con disimulado deseo. Los rayos de un sol distante nos alumbran entre las nubes. Él prefiere sombras y frío; mi acuarela es de colores cálidos. Pero me gusta el paisaje que ha dibujado para habitar, y la caricia de su viento sobre mi cara.

    —¿Qué aventuras me propones hoy? —me dijo, devolviéndome la sonrisa.
    —No sé, algo de calma. Ya son muchos días persiguiendo sombras. ¿Nos quedamos viendo algo al fuego de la chimenea?
    —¿Aquí también se puede pasar un domingo de manta y películas?
    —Aquí puedes hacer lo que quieras, ya lo sabes.
    —¿Qué quieres ver?
    —Un recuerdo.

    El salón era enorme, con paredes de piedra antigua y columnas de madera. No hacía calor, pero el aroma de las brasas inundaba la estancia. Se hizo la oscuridad en la sala. Un proyector antiguo empezó a mostrar imágenes en color sepia: una caída en bicicleta, las risas de estudiante en un instituto de pueblo, el mar Mediterráneo con su olor a sal y su calma templada.

    —No sabía que podía rescatar recuerdos tan vívidos.
    —Es un truco. Tu subconsciente está muy presente en este sitio, y se le pueden pedir cosas.
    —Me encanta. A ver si consigo algo más actual.

    Aparecieron unas imágenes en la calle, de noche. Vestía un traje negro y había fuegos artificiales. Felicitaba a los demás con efusiva alegría. Era fin de año, pero no supe de cuál. Qué guapo estaba, con esa sonrisa perenne.

    —Eres igual que en tus recuerdos —le dije, sin apartar la vista de la proyección.
    —¿Por qué no lo voy a ser? El próximo domingo de descanso te toca a ti: sesión de cine de recuerdos en tu casa-árbol.
    —Es que… yo… bueno… la mayoría de nosotros somos distintos en el sueño.
    —¿Entonces no eres como te veo ahora?
    —No.

    Se quedó pensativo un instante.
    —Vale… a mí me gusta mucho tu interior. Pero alguna vez tendré que verte a ti.

    Glass Animals – Dreamland

    A veces los sueños no son refugios, sino espejos.
    Ella, Desyria, lo sabe bien: cada recuerdo que rescata brilla un instante… antes de desvanecerse.
    Pero mientras exista alguien que la sueñe, seguirá volviendo.
    Verde, invencible y efímera.
    ¿Y tú? ¿Qué harías si pudieras cambiar en sueños?

    Todas las estrellas unidas en una figura:

    Diario de sueños

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  • Memoria en Do Sostenido

    Memoria en Do Sostenido

    No sé cómo lo harás tú —somos tan diferentes…
    El otro día, contándonos secretos al oído, descubrí el desparrame de imágenes que me narras. La superficie rugosa de tu camino, esa prosa impulsiva sobre el mar de tu mente.

    Y yo, folio en blanco. Silencio sobre la herida que, si no sana y tampoco empeora, si se marchita, no es por falta de amor: es que le grito desde tan lejos que ya no escucha.

    Yo, para invocar momentos, necesito la melodía de los elementos. Los rasgos perdidos de rostros viejos se ordenan en partitura secreta; en el sonido eterno del expandir primigenio, detonado en Do sostenido.

    No puedo evocar aroma, ni verbo ni cielo sin hacer sonar primero la vibrante sinfonía de la esencia del recuerdo.

    Baiuca + Carlangas – Fisterra

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