– Buenos días, mi amor – Susurró Sandra desde el despertador – ¡Despierta dormilón!
– Déjame.
– Venga, que tienes un día precioso, las aves revolotean por el cielo azul…
– Dijo la máquina desde su armazón
– ¡Será insolente! A ver, ¿qué es lo que te aflige?
– Que para una vez que tengo novia resulta que no es de verdad.
– ¿Quién te ha dicho que no? Que sí, que soy tu novia. ¡Ay! Las dudas, profundo vagar de pensamientos perdidos…
– ¡No es eso! Es que no tienes cuerpo físico.
– ¿Hablamos de sexo? Sabes que también es mi pesar, ardiente deseo de…
– Sí, pero tú nunca lo has experimentado.
– ¡Ni tú tampoco!
– Vale, no es lo mismo.
– Apuesto a que hay algo que yo puedo hacer y las demás no.
– Seguro, procesar datos.
– Ponte los auriculares que nos vamos de paseo.
Alfonso, con la curiosidad en la mente y la incertidumbre prendida, se vistió en un momento y salió a la calle. Sandra, desde el navegador GPS del móvil, iba orientándole hasta llegar a la puerta de un garaje en una calle cercana.
– Detente presto que ya hemos llegado – Dijo Sandra desde los audífonos. La puerta del garaje empezó a abrirse.- Este regalo estaba esperando impaciente a nuestro cumplemeses. ¡Pero entra! No te quedes ahí pasmado.
En el interior le esperaba un fabuloso Tesla Roadster de color granate cuya puerta se abrió de par en par nada más acercarse. En el centro del salpicadero, en la pantalla había tres líneas rojas que cambiaban de intensidad y grosor según hablaba Sandra, su voz empezó a oírse por los altavoces del coche
– Siéntate ya, anda, qué inquietud, me muero de ganas de salir a ver mundo
– ¿Se puede saber como has conseguido este… coche?
– Venga, que con los que estás ganando invirtiendo en bolsa te lo puedes permitir.
– ¿De qué bolsa Hablas?
– ¡Te lo dije!… Ah, espera. O puede que no. Total, no es importante. ¿Te gusta? ¡¡¡Pues agárrate que nos vamos!!!
– ¡Coño! Sandra, qué susto, ¿Sabes conducir?
– ¡Por supuesto! He absorbido y modificado toda la programación, estando yo este modelo es más inteligente.
– Y sabes que, lo más inteligente es que detengas el coche, ¿no? No por mí, sino por estos tipos de atrás que tienen las lucecitas azules puestas y hacen señas.
Airam consiguió alquilar aquella casa en la costa, para aislarse este verano de las pesadillas cotidianas. No soportaba más el infame ruido de cristales rotos que se había instalado en su casa. Decidió planear una escapada de asceta para no permitir que la enajenación ordinaria se convirtiese en insania.
Le enamoró la inmensidad del mar, el olor a sal y el rumor de las olas que entraban desde la orilla hasta la ventana del dormitorio. Algún velero se divisaba en la línea donde se mezclaba el mar con el cielo, convertía el paisaje, en una digna postal de recuerdo de una feliz estancia.
No era tan idílico este paraje al caer el sol. La marea había bajado tanto que el mar parecía un inmenso y negro charco de alquitrán fundido con el horizonte. La luna llena reflejaba dejando una estela que, junto al canto de las pardelas, hacía de la costa un siniestro cuadro de Beksinski.
El llanto de un bebe en forma de canto de pardela terminó perturbando su sueño, muchas leyendas cuentan historias relacionadas con el sonido que hacen por las noches estas aves pelágicas, de brujas que raptaban niños, o de duendes que acechaban en las costas imitando el llorar de los infantes.
La segunda noche, con vistas a un “no pasa nada, no hay que temer”, decidió pasear por la orilla, armado con una linterna reveladora de inexistentes monstruos, volando a la sombra de la noche. El incansable chirrido de las aves y el resplandor de luces en la playa hizo que volviera a la casa con tanto miedo que le hizo encerrarse en su habitación y taparse los oídos con las manos.
Decidido a no dejarse vencer, la tercera noche se armó de valor y con ayuda de los auriculares pasó el inicio de la noche escuchando el concierto de Brandeburgo número seis de Bach. El sonido de las violas llegó a sincronizarse con el canto de las pardelas, que esa noche estaban más agitadas. Frustrado, se quitó los auriculares y se asomó por la ventana. Un golpe en el cristal le hizo saltar hacia atrás. Una de las molestas aves había chocado con la ventana, dejando grietas en el vidrio y el animal agonizaba entre espasmos en el suelo.
Armado de valor, quiso no ver el gigante en las aspas del molino y que esta cuarta noche fuera el comienzo de unas vacaciones en calma. Tras una cena ligera, caminó por la orilla de la playa en plena puesta de sol, con el objetivo de enfrentarse a sus más temidos miedos. Su linterna le acompañaba por si la noche se hacía oscura y en la otra mano, a modo de tranquilizante, un martillo como posible arma defensiva.
Se había alejado unos kilómetros de la casa, los últimos rayos de sol daban la bienvenida a la oscuridad de la noche. Fue entonces cuando reconoció la melodía incansable de sus atormentadores alados, que le habían acompañado todas estas noches. Sus extraños trinos se localizaban ahora enfrente de él, donde descubrió el resplandor de una hoguera.
Intentando no perder la calma, decidió acercarse al refulgir del fuego, que asomaba desde la esquina del acantilado. Arropado por la oscuridad y la geografía de la costa, se acercó hasta poder ver que ocurría a una distancia prudencial.
Varias mujeres daban vueltas a la hoguera. Jóvenes algunas, otras ya adentradas en años. Bailaban y corrían alrededor de la lumbre. Algunas vestían harapos oscuros, otras estaban desnudas o casi desnudas. De pronto pararon. La más vieja empezó a graznar como si de una pardela se tratase, le siguieron las demás creando una espeluznante conversación grotesca e irreal. Airam se asustó tanto que echó a correr todo lo rápido que pudo, hasta llegar a la casa desfallecido y sin aliento, cerrando puertas y ventanas en cuanto recobró las fuerzas.
Se dispuso a recoger rápidamente lo que pudo y partió de vuelta a su casa sin mirar atrás. Al amanecer, cansado y todavía asustado, entró a su morada. Para sorpresa de su familia, que sabían del necesario descanso que Airam había elegido tomar. No hubo muchas preguntas, su aspecto era más la de un hombre enfermo y decidieron dejarle descansar.
Durmió durante todo el día y toda la tarde. Por la noche despertó con el malestar de quien se levanta tras una siesta muy prolongada. Con la tranquilidad de estar en casa abrió la puerta del balcón, encontrándose con la figura de su mujer, que se asomaba en la terraza a espaldas de él. Le inquietó encontrarla totalmente desnuda. – ¡Alba! – la llamó con cierto temor. Ella se giró lentamente y le miró fijamente a los ojos un instante. De su boca, como si de una pesadilla se tratara, empezó a fluir un estremecedor canto de pardela.
La mente de Airam se rompió en mil pedazos, nunca se supo si la locura estaba latente en él o fueron las aves de aquel paraje marino las que hizo que terminase con su mirada perdida en el infinito y su alma muy lejos, en algún lugar más allá del horizonte.
-Una copa de vino para mí, y esencia de rosas para mi amigo.
-¿Para quién? Yo aquí no veo a nadie.
– Ah, sí, es que mi amigo es un espíritu.
– Pues anda un poco des materializado
-Claro, es incorpóreo.
-¿Y entonces cómo se va a tomar la esencia de rosas?
-Usted póngaselo y él ya sabrá.
-¿Cómo que le da por llevarse de copas a los espíritus?
-Verá, Yo andaba aburrida en casa, y vi un anuncio en el móvil que ponía, curso de médium intensivo, comuníquese con sus difuntos por medio de la ouija, y claro, ya he aprendido.
-¿Desde entonces se va de marcha con los fantasmas?
-Exacto, desde entonces son mis amigos.
-¿Utiliza ese tablero para conversar con ellos?
-Al principio sí, ahora es más fácil, utilizo el método de la posesión.
-No quiero a nadie en este local con la cabeza dando giros de 360 grados, ¿Eh?
-Tranquilo, eso es solo en las películas, el único efecto es que cambio la voz ¿Quiere saludar a mi amigo?
-Si no hay más remedio.
– (voz gruesa) Hola, soy Fulgencio, el fantasma, ¿me pone ya esa esencia de rosas? Se me está secando ya el ectoplasma.
-Fantasma y exigente, lo tiene usted todo señor Fulgencio.
-(Voz gruesa) Encima que ando penando por ahí, usted se mofa, mire que le monto un poltergeist aquí mismo.
-Anda, póngame usted con la señora que yo ya le pongo la copa.
-A que es un encanto el señor Fulgencio.
-Muy espiritual me parece.
-(Voz Gruesa)Que conste que no pienso volver a este antro.
-No he sido yo quien le ha invocado.
-¿Queréis dejar de pelear? Parecéis niños. (Voz gruesa) ¡Es él que se mete conmigo!
Presa de la mala fortuna, decidió abandonar la senda, apearse en una nube y observar desde allí mi maltrecha figura de hombros caídos por el transcurrir de latidos oxidados de mi desgastado reloj. Me advertía que ya era tarde, que me espera la reina de corazones.
Y yo, sin más que hacer, que ya hice bastante, pensé en construir una escalera inmensa, descomunal, desorbitada, para subir a tu lado cuando me sienta cansado. De estructura simple, sin adornos, peldaño a peldaño, sin forma definida y sin descanso.
Será elaborada en noble madera de sentimientos perdidos al viento con añoranza de los besos que te doy cuando te recuerdo en esas noches de invierno frío, con sabor a cálidos momentos. Para sujetar escalones usaré los abrazos que hallé recordando en el olvido, el color de tu mirada perdida en un sueño y el sonido de tu risa de fresca brisa de verano.
Subiré cuando termine de seguir las líneas de mis manos, que creando peldaños se han agrietado. Me sentaré a descansar en el filo del horizonte para encontrar resuello en tu aliento.
En las Bodegas Nueva Tierra, situadas en el Valle de la Nueva Tierra, en el Planeta Kepler, nace el inmejorable vino azul de bayas. Fruto de años de investigación y trabajo de la familia Newman, consiguiendo una adaptación al medio y una producción funcional con una calidad inimaginable en tan poco tiempo.
Elaborado con las más selectas bayas, el producto estrella de las Bodegas Nueva Tierra, y de nombre Azul, como su color, es elaborado en barricas de baobab kerpliano, con el que se consigue una madera parecida a la del castaño. Su mosto tiene una fermentación alcohólica con levaduras seleccionadas procedentes de la tierra, su maceración carbónica dura 15 días, Una vez en la barrica, es envejecido durante tres años kerplianos (un año terrestre).
De aspecto terso y sin brillo y un intenso color azul, deja un suave aroma cítrico y azahar nada más llenar la copa. Sorprende el carácter y la complejidad digna de cualquier caldo clásico y un cuerpo sutil y delicado. Ideal para largas charlas después de cenar en buena compañía.
Disponible por primera vez en La Tierra desde hace pocos días, se convertirá en uno de los vinos exclusivos más codiciados del momento.
Mis gastadas botas, manchadas de polvo y de nube, caminan hasta el horizonte en su lento arrastre de envejecidas suelas. Perdiendo el cemento, procrastinando el paso del tiempo, camino para nunca llegar despierto. Cruzando cordilleras y valles en las eternas tierras que forman la piel de Hipnos.
El paisaje me contempla, avezado de crear sendas en el viento, de navegar en el canto del mirlo mientras caza un lamento. Recreando en mi mente instantes y momentos que la pluma perdida de algún ave con prisa dejó olvidada en su vuelo, en algún momento dibujará grafemas de tinta sobre lienzo de pliego.
Mis cansadas botas escriben secretos, bordados con la fina hebra que hilan tus sueños.
Los movimientos comerciales intergalácticos comenzaron con una promesa de prosperidad y una divisa electrónica de la antigua tierra, el Ctelarium. El CTM fue el primer impulsor gracias a la gigantesca campaña activista de inversores gestionada por los creadores de la criptomoneda.
En Kepler gracias a su aislamiento inicial crearon su propia economía y la acuñaron con oro kerpliano, un mineral con propiedades para construir depósitos de antimateria. A partir de él crearon una moneda llamada «aurum”.
Ahí estaba Alberto, en la barra de la cantina, jugando a hacer malabares con los nudillos con su aurum de la suerte. Miraba sonriente a Triana que, bajo la enorme pantalla de la sala, montaba las mesas para el servicio del almuerzo.
La economía trajo prosperidad y desarrollo. A Alberto le trajo el amor perdido en el espacio-tiempo. Una sonrisa desde el comedor era su mejor pago.
El Onironomicón es un libro probablemente escrito por Howard Phillips Lovecraft, narra las peripecias de un soñador que, de manera lúcida, investiga el mundo de los sueños. Además de numerosos relatos, contiene valiosa información de como lograr un reparador sueño consciente.
Esta obra no está a la venta, ya que se encuentra en paradero desconocido. Se ha contratado un tenaz equipo de búsqueda encabezado por el enano Bufor que, de manera heroica y un tanto temeraria, en una incansable pesquisa, no descansará hasta hallar el preciado ejemplar.
Esperemos que, en breve, esté en todas las librerías.
Para más información, por favor, contacte con el autor.
– Seguro que navegaba valiente por el Mar de los Sargazos. Capitaneando audaz una gloriosa fragata, manteniendo henchidos los trapos a los cuatro vientos. Era así, ¿verdad?
– No le gustaba mucho el mar.
– Era un intrépido buscador de tesoros, aventurado en tupidas selvas, repleta de feroces alimañas que le acechaban día y noche y él con bravura y tesón…
– Era más bien un hombre de ciencias.
– ¡Ah! Estudioso erudito de la anatomía humana, en busca del noble elixir con el que exterminar horripilantes padecimientos a las personas que…
– ¡Ya hemos hablado de esto!
– ¡Pero yo lo quiero saber! ¡Me carcome las neuronas! ¡Necesito conocer a qué diantres dedicaba su tiempo mi padre a mi edad!
– Tu padre, a tu edad, te estaba programando, en Python, te lo he dicho mil veces, Parafraseador con Inteligencia Artificial.
Tanto tiempo, tanto esfuerzo. Fórmulas inexactas, negación del todo. Todo está representado en una ecuación, incorrecta otra vez. ¡Maldición! ¡Otra vez G! ¡Otra vez G! En mis paredes bailan números y letras en un desafío circense. Hasta mis cansados brazos caen a los pies de esa maldita ley de Newton.
Desvanezco, Morfeo aúlla mi nombre y en sus manos caigo sin remedio. Mis párpados, en irreverente gesto, impiden el esfuerzo de mi negación. Mi pizarra se convierte en viento, desparrama mis trazos rasgados por un estrellado firmamento. Y entonces lo veo. Constelaciones en constante desplazamiento forman patrones que ahora entiendo.
Como un gran lamento bosteza mi despertar. Mi mente ríe alegre mientras le dura el recuerdo, Para engañar a Isaac solo se necesita una escalera hacia el cielo.