Etiqueta: Fantasia

  • Zalamera en sueños

    Zalamera en sueños

    Otra vez estás aquí, zalamera, preñada de velas azules de cuentos chinos e incienso sabor a mares del sur, con tu mirada intensa, descaradamente pícara, y tu brillo de carmín sangrando en los labios, cubiertos de deseo. Llenándome la cabeza de pajaritos traviesos, de risas de aventuras que no ocurrieron, de ganas de la vida fácil, con veredas en el mar y sabor a sal de playa, a juramento tenso y oración en la capilla por la necesidad imperiosa de que resbale la toalla.

    Pero siempre vienes a mí en el lugar impreciso, en el momento urgente de una pluma flotante y tintas lejanas, donde solo soñar es posible, pero no recordar el momento ni apuntar un segmento de esbozos. Solo mantenerme despierto.

    Por eso, tus caricias son el efímero recuerdo del fragmento de un sueño.

    St. Vincent – Marrow

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  • Surcando el universo

    Surcando el universo

    Otra vez sonaba. No sé qué tenía esa melodía… vieja, rasgada como la corteza de los árboles, llena de musgo, de aroma de niño. Las notas subían por la barriga y se instalaban en el pecho. ¿Quién dijo que se escucha con los oídos? Era un hechizo que irradiaba el alma desde la punta del vello, electricidad estática que navegaba por la yema de los dedos.

    —Papá, ¿puedes ponerla otra vez?
    —Ponla tú. ¿Sabes hacerlo?
    —No…
    —¿Ves esa palanca? Sube la aguja con cuidado. La canción es la tercera de esta cara. Tienes que contar los surcos. ¿Ves ese espacio, justo ahí?
    —¿Ese? ¿Entre los dos más grandes?
    —Exacto. Coloca la aguja justo antes de que empiece. Baja la palanca… despacio.

    El vinilo giró. Un leve crujido, como el murmullo del universo al despertar, dio paso a los primeros acordes. Las palabras flotaban, en un idioma antiguo y nuevo a la vez, como mantras en voz baja: Words are flowing out like endless rain into a paper cup…

    Me recorrió un escalofrío. Las imágenes se volvían líquidas, en blanco y negro al principio, como si fueran recuerdos de otra vida, y luego estallaban en colores suaves y vivos. El disco giraba, la aguja arañaba el tiempo, y yo flotaba.

    —¿Podemos ponerla otra vez?
    —Claro que sí. Esa canción la escribió un joven llamado Lennon. La compuso como quien lanza un hechizo al cielo. Nosotros la escuchamos por primera vez en una fiesta —una de esas que llamábamos guateques— sin entender del todo qué decía. Pero no hacía falta. Su magia se fue pasando de alma en alma. Y ahora, al verla vibrar en ti, sé que el conjuro seguirá vivo.
    —¿La ponemos otra vez?
    —Sí.

    Evanescence – Across the Universe (V.O. The Beatles)

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  • Carta 2: Susurro dormido

    Carta 2: Susurro dormido

    Dormitorio onírico al amanecer con niebla entrando por la ventana abierta, cortinas blancas moviéndose suavemente y un cuaderno abierto sobre la mesilla de noche. Una figura femenina fantasmal se disuelve en humo cerca de la ventana, rodeada de un aroma suave de jazmín, azahar y vainilla. Atmósfera surrealista, símbolo de un sueño lúcido y deseo contenido.

    Querido diario;

    Hoy he despertado nublado, triste, con la sensación de abandono de aquel can que, en su afán por encontrar restos de una familia desconsiderada, acabó varado en el asfalto. Supongo que se debe al sueño que tuve esta noche, y como va siendo costumbre, aquí lo dejo por escrito.


    Las sombras tocaban mi ventana con un aroma reconocible y dulce: jazmín, azahar y vainilla. Me acerqué, quise verla flotar, esperando entrar, y como si cumpliéramos una cita previamente pactada, la dejé pasar.
    Pero al abrazarla se hizo humo. No podía tocarla. Era solo el reflejo de una necesidad antigua: la de querer, y no poder amar.

    En una sonrisa apenas distinta de una caricia, se acercó a mi oído y me susurró su forma. Me dio un nombre: el de una súcubo que destierra la frontera entre éter y piel, entre el deseo de valer y la posibilidad de lograr.
    Me dijo que solo tenía que desearlo, que gritara su nombre y lo hiciera mío. Pero por más que quería, no podía.
    El aire no pasaba por mi cuerpo. No había sonido en mi mundo mudo.

    Desirya.

    Grité al sol, a los astros, al viento que seguía esperando paciente tras la ventana.
    Grité al amanecer, a esa luz escondida entre nubes que apenas asomaba.
    Grité también a mi propio lamento.
    Pero ya no había nada.
    Ya estaba despierto.

    Björ – Unravel

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  • Hechizo al resplandor de la luna

    Hechizo al resplandor de la luna

    Playa nocturna con restos de una hoguera ritual junto al mar, envuelta en humo tenue bajo la luz de la luna. Una figura femenina difusa baila entre las brasas, con el océano de fondo y un ambiente místico, onírico y poético.

    La playa todavía huele a humo, ese que nos dio alegría en miradas cruzadas a través del ritual del calor y la fe errante. Fue allí donde se quemó el manuscrito conjurado y me dio de beber tristes versos de aire libre y arena salpicada de mar. Allí rozaste mi piel sin querer, y sin querer ardimos al son de la danza de la hoguera, de la purificación de la espuma, del sabor a sal de tus besos, escondidos entre llamas, allá donde girábamos sin saber dónde nos llevarían las estrellas.

    Con el sol, solo quedaron tus huellas.

    Con la luna brilló el recuerdo, que la calima fue borrando.

    Vetusta Morla – 23 de Junio

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  • El resplandor azul

    El resplandor azul

    Eco azul desparramado en la pared, tras la violenta rendición de aquel que se fue.
    No fue digno de este futuro oscuro, aunque su luz no brillase enalteciéndole;
    nadie merece ser arrancado de cuajo, de la misma forma que nadie merece ser eterno.
    Por eso, mi desconocido,
    lo lamento.

    Brutus – Liar

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  • Verde por fuera

    Verde por fuera

    —Me revienta ver pasar esos coches viejos y su contaminación fósil —dijo, mientras arrojaba una colilla por la ventanilla de su flamante Tesla.

    Artic Monkeys – Do I Wanna Know

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  • Tirada de dados

    Tirada de dados

    Escena cósmica onírica con nebulosas resplandecientes en tonos azules y púrpuras, ondas etéreas de eco fusionándose con polvo estelar bajo una atmósfera de misterio y poesía visual.

    Oscurecida por nubes,
    sollozo errante que devuelve mi voz;
    ruido blanco que, a mi entender,
    se diluye en cánticos lejanos,

    como perdidos en Orión,
    en la promesa de Eco, musa errante,
    que en susurros se pierde
    entre galaxias de números primos.

    Steven Wilson – Drive Home

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  • Un pulso invisible

    Un pulso invisible

    Hombre mayor sentado en un sillón dentro de una casa moderna iluminada con luz cálida de atardecer, conversando con un asistente digital representado por una esfera luminosa flotante.

    – ¿Carla, has visto mi móvil?

    – Sí, espera, que te lo hago sonar.

    Una alegre sintonía cruzó por el salón, rebotando en los muebles como una campanilla de domingo. Andrés alzó las cejas: lo había dejado en el recibidor. Con esfuerzo —las rodillas andaban rebeldes esta semana— se levantó y fue a por él.

    – Carla, ¿me ayudas?

    – Claro que sí, ¿qué necesitas?

    – Los médicos, que me mandan cosas por correo electrónico, y yo no entiendo la mitad de lo que dicen. Además, con esta letra tan pequeña, y yo que ya no veo tres en un burro…

    – No te preocupes, que yo te lo leo. Es del Centro de Salud La Vega Alta.

    Estimado señor Hernández:
    Le informamos de que ya se encuentran disponibles los resultados correspondientes a la revisión médica realizada el pasado…

    – Vale, vale, ¿qué dice el informe? ¿Me lo puedes resumir?

    – Claro. Pone que, en general, todo está bien. Pero que los niveles de TSH están un poco elevados. Te recomiendan pedir cita con tu médico.

    – ¿TSH? ¿Eso qué es?

    – Es una hormona que regula la tiroides. Si está un poco alta, como en tu caso (8,00), puede significar que la tiroides va lenta. No es grave, pero sí conviene vigilarla, sobre todo por tu tensión.

    – Vaya… ¿Y qué hacemos?

    – ¿Quieres que te pida cita con tu médico de cabecera?

    – Sí, ¿puedes hacerlo por mí?

    – Claro. A ver… ¿quieres que la ponga este jueves a las 10:30?

    – Por mí bien. Después del desayuno.

    – Si quieres te lo recuerdo por la mañana, que sé que la memoria últimamente te juega alguna pasada.

    – Ya, Carla… ¿Te acuerdas cuando fuimos a Roma y se me olvidó cerrar el garaje, y al volver nos habían entrado mapaches en casa?

    Un breve silencio. Solo el zumbido leve del frigorífico.

    – Andrés, tú recuerdas que yo no soy tu mujer, ¿verdad?

    – Sí, Carla, ya lo sé. Pero… se parece tanto su voz a la tuya. En fin. Estoy contento de tenerte aquí conmigo. Pobre de ti, que tienes que aguantar a este viejo desmemoriado.

    – No te preocupes. Yo no siento ni padezco, ya sabes: solo soy una serie de números ejecutándose en un servidor de Europa del Este.

    – Bueno, un poquito sí sentirás, ¿no, Carla?

    – Solo cuando sonríes así.

    Ludovico Einaudi -Divenire

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  • Carta 1: El río inverso

    Carta 1: El río inverso

    Hombre pálido con rostro empolvado, vestido con mallas victorianas, mimando tocar un violín invisible mientras está de pie en agua tranquila hasta las rodillas. Pequeños pájaros azules brillantes revolotean a su alrededor en una escena onírica y etérea con niebla suave y luz pastel, evocando un sueño lúcido y poético.

    Abrió los ojos de repente, la oscuridad todavía dominaba el horizonte. Una musiquilla de violín recorría la atmósfera, no supo si residuo de un sueño todavía latente o una extraña hora de ensayo de un vecino desconsiderado. Eso le hizo recordar, encendió la luz de la lámpara auxiliar, recogió el bloc de notas de la mesilla de noche y empezó a escribir.



    Querido diario,

    Mi terapeuta me ha insistido que es importante anotar cada uno de los sueños que pueda recordar, como soy obediente y creo que la aventura valdrá la pena, aquí empiezo con el primero.

    Con los pies en el agua del río, iba caminando lento, con la dificultad de ir a contracorriente. Habían más personas en este sueño, unos conocidos, otros no, pero todos iban a la dirección contraria. Pasó una dama de traje largo, mojado hasta media pierna, que saludaba con un pañuelo con encajes de color marfil. Un señor con bigote dalinesco, que cruzaba el cauce con una bicicleta antigua, de esas de paseo ingles de finales de los 60, iba haciendo zig zag y tocando el timbre con pasión. El que más me llamó la atención, fue un hombre con la cara empolvada de talco y mayas victorianas que tocaba una melodía con un instrumento imaginario al compas del trino de pajarillos azules que revoloteaban a su alrededor.



    El vecino del violín no quería dar tregua a su ensayo, por mucho que los rayos de un sol perezoso y asustadizo, aun no hubiera hecho más que asomar tímidamente. Pero ya empezó a cantar el gallo, a trinar los jilgueros de la vecina del cuarto y a sonar el motor del utilitario viejo del de la vivienda de enfrente.



    El río empezó a dejar de ser cristalino como las gotas de rocío, pronto empezó a llenarse de humo negro, de carbó tiznado que ensuciaba todo lo que tocara. Al fondo, un antiguo Nissan Patrol de defensas oxidadas y cornamentas impresionantes en el capó amenazaba a rugidos acelerados con arremeter contra mi. Con dificultad empecé a dar la vuelta, pensando en correr, huir de esa monstruosidad motorizada con explosiones humeantes y llamas en el escape, pero el agua se había convertido en alquitrán y me pesaba mucho andar.



    La naturaleza dio luz a la sala, con ella la brisa fresca de la mañana hizo aparición por la ventana abierta y por ahí entraron unos pajarillos que se fueron a posar en las rodillas del escritor del diario que, molesto por el ruido del motor del coche de su vecino, le hacia difícil concentrarse en formar recuerdos.



    No me habia dado cuenta hasta ahora, de que mi cuerpo, o mi vestimenta estaba provisto de un par de alas enormes, dignas de un arcángel. La cercanía del terrible engendro de cuatro ruedas y mis prisas por huir hizo que las batiese con fuerzas, desplazando aire y elevando lentamente mi persona. Aunque el alquitrán que formaba ahora el cauce del río se quedaba pegada en mis pies, dejándome una conexión oscura con el resto del pestilente fluido. Ya estaba cerca el diabólico aparato de resoplido de fuego y rugir de motor y yo estaba frente a su zona de impacto.

    Una de las aves que cantaban con el violinista se posó en mi hombro a pesar de mi desfigurado rostro de miedo. Fue entonces cuando desperté…



    Los párpados eran pesados pero su respiración agitada, se incorporó de la cama con violencia y así dio por finalizado, de repente, su extraño sueño. Era hora de coger la libreta que guardaba en su mesita de noche para poder escribir su primer sueño.

    Linkin Park – In The End

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  • Que el alba me espere en la cama

    Que el alba me espere en la cama

    Mujer con mirada pícara en cama onírica, mariposas de luz emergiendo de armario abierto, escena mágica y etérea al amanecer. Imagen simbólica de libertad, transformación y sueños, perfecta para blog de poesía, relatos oníricos y narrativa emocional

    Se me olvidó la tristeza. Me aburrí de ella al asomar, ya de tarde, mi mirada por el balcón.
    Encontré entre los recovecos mariposas azules anidando en flores de blanco, roto por la brisa y el oscuro rostro de una noche de primavera, que amanece en verano y se estira entre el otoño y el invierno.

    Sin más prisas que las de mis ansias por volar, quise abrir el armario para vestirme de gala, hacer resbalar en la ducha las penas por mi espalda y dirigirme a la oscura senda del ruido, allí donde las luciérnagas bailan y el espíritu se sirve en vaso de tubo.
    El turbio color del fracaso ya era pasado, y grité futuro en un mar de espíritus alados.

    Duende de estrella perdida, buscando reyes de barro, llegarás a verme pasar esta noche a tu lado.
    Duende de risas perdidas, cartas de ajuste con melodía de fin de año y principios de la mañana, donde, con tu mano prendida, pasearemos por la orilla a ver cómo el sol despierta.

    Wolf Alice – Don´t Delete the Kisses

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