Etiqueta: Fantasia

  • Muy lejos

    Muy lejos

    Por ahí baja.

    Desciende del cielo, apresurada.
    Buscando alivio en su cansancio.
    Paralizada de miedo en su propio movimiento.
    Es una chispa de vida en pausa que, al no poder respirar,
    busca abrigo en un suspiro.

    Y así remonta el vuelo.
    Lejos.
    Muy lejos.

    Randy Rhoads (Guitarrista de Ozzy Osbourne) – Dee

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  • Nada en un átomo

    Nada en un átomo

    Nada.

    En ese momento no había nada.
    Nada comprimido en un átomo
    que colapsó en una décima de segundo.

    Y estalló.

    Y se expandió.

    Y se quedó helado.

    Del frío salió el calor.
    El calor se transformó en materia.
    Y la materia comenzó a emitir un sonido constante.

    Tic tac.
    Tic tac.

    Las partículas giraban rápido y chocaban entre sí.
    Se agrupaban y se dividían,
    formando filamentos que se entrelazaban.

    Giraban y se expandían, formando nubes de materia energética,
    iluminando el espacio creciente.

    Espirales.
    Órbitas.
    Caos sincronizado.

    Cuerpos rocosos empujados al infinito,
    avanzando, expandiéndose
    en la oscuridad interminable.

    Hasta que no hubo cadencia.

    La inmensidad se volvió fría y dispersa.
    El tiempo se congeló.

    Las estrellas se apagaron
    en explosiones de hielo.

    La inercia se acabó.

    Y empezó a caer.

    A contar los segundos hacia atrás.

    La roca volvió sobre sus pasos,
    disgregándose en llamas,
    acumulándose de nuevo en el espacio.

    Cada vez más pequeño.

    Cada vez más caliente.

    Cada vez más denso.

    Colapsando en sí.

    Nada.

    Nada en un átomo.

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  • Los tres reflejos. Capítulo 5: Perfect Day

    Los tres reflejos. Capítulo 5: Perfect Day

    Laura deslizaba imágenes en su móvil. Pero su mirada estaba lejos, más allá de la pantalla; perdida en otra órbita, en ese imposible movimiento de tres cuerpos que parecía empeñado en repetirse.
    La reproducción se detuvo un instante y dejó escapar el audio del reel. Una sonrisa le tembló en la boca.

    Just a perfect day. Drink sangria in the park…

    Marta no podía vivir en silencio. El silencio la roía, le subía por la nuca. Volvió a dar “play”. No recordaba aquel vinilo que nunca quitó del tocadiscos. Temió un pinchazo en el pecho y quiso mover la aguja. Pero esta solo avanzó unas líneas, dócil, y la canción continuó.

    And then later, when it gets dark, we go home…

    Pedro conducía sin rumbo. Sin prisa por llegar a ningún sitio. Las noticias pasaban ante él como lluvia en un parabrisas: ruido, nada más. En la entrada de la autopista dejó atrás al locutor, apretó el botón del dial. Surgió una canción vieja, un espejismo de tiempos que ya no sabía si le pertenecían.

    Just a perfect day, feed animals in the zoo…

    Los tres escucharon la misma canción.
    Los tres, en puntos distintos del mapa y en un mismo punto del alma.
    Lou Reed suspiró desde su tumba y se puso las gafas de sol para mirar la casualidad.

    Then later a movie too, and then home…

    Los tres empuñaron el teléfono. Marcaron.
    Comunicando.
    Después, las llamadas perdidas.

    Oh it’s such a perfect day…
    I’m glad I spent it with you…
    You just keep me hangin’ on…

    En el arcén, los cristales de Pedro se cubrieron de lluvia. Y la memoria, aprovechando el hueco, le devolvió aquel día entre risas y juegos.

    —Seis, cinco. Bebes tú —dijo Laura señalándolo.
    —¿Yo otra vez? Voy a acabar mal… —Pedro casi pudo saborear el trago que ya no tenía en la mano.
    —Me está entrando sed —dijo Marta, mirando su vaso vacío—. Relleno la jarra y cambio el disco. Este va a suplicar clemencia como siga girando.
    —¿Qué vas a poner? ¿The Clash, como esta tarde? —preguntó Laura.

    Las dos sonrieron con esa complicidad que a veces da vértigo.

    —A ver —dijo Marta—. ¿Cuál es la balada que no te cansarías de escuchar?
    —Tengo muchas… Como Ever Flow, de Pearl Jam…
    —No, balada —insistió Marta—. Las baladas envejecen rápido. Se pegan a los sentimientos, y los sentimientos… mudan de piel.
    —Yo he salido con otras chicas y me ha pasado igual con la misma balada —dijo Pedro sirviendo los vasos.
    —Sí: la de Holiday de Scorpions —respondió Marta.
    —¡Es verdad! Siempre estabas con esa cursilada —rió Laura—. La única que no me cansa es Perfect Day. Es profunda y no va de amor.
    —Sí que va de amor —dijo Pedro, teatral, ofendido.
    —Va de amor —confirmó Marta—. Pero a las drogas.
    —Para mí va de desamor —replicó Laura—. Pero con ese golpe dulce de recordar lo bueno.

    El teléfono de Pedro empezó a sonar. Era Laura.
    Puso el manos libres, pero el WhatsApp se encendió antes de que pudiera arrancar.

    —Hola, Laura. ¿Cómo estás?
    —Bien. Estaba escuchando una canción y me acordé de ti. ¿Tienes las ideas claras?
    —Estoy hecho un lío. ¿Tú no?
    —Yo no. Yo tengo claro lo que quiero.

    Chat paralelo
    Marta: ¿Ya no me respondes las llamadas?
    Pedro: Te estaba llamando ahora. Comunicabas. ¿Podemos hablar?
    Marta: Te echo de menos.
    Pedro: Y yo a ti.

    —¿Y si quedamos? —propuso Pedro.

    Marta: Vente a casa.
    Pedro: Voy para allá. Pero estoy lejos.

    —Podemos quedar, sí —dijo Laura—. Pero también deberíamos hablar con Marta.
    —Voy a verla ahora.
    —Voy yo también.
    —Déjame ir primero, y luego vemos.

    Laura colgó. Miró las gaviotas cruzando el cielo y llamó a Marta.

    —Hola, Laura.
    —Te estuve llamando.
    —Y a mí me dio miedo responder.
    —Tranquila. ¿Estás bien?
    —Estoy hecha un lío. Te echo de menos… pero también a Pedro.
    —¿Y eso es malo?
    —No te entiendo.
    —¿Podemos quedar?
    —He quedado con Pedro. ¿Nos vemos después?
    —Creo que voy para allá.
    —Pero deja que hable con él antes.
    —Estoy en la costa. Tardaré un rato.

    Marta quiso dejarse llevar por la música, pero los nervios eran más fuertes. Le arañaban el vientre como un gato impaciente. Quería dormirse y despertar cuando alguno llegara. Le daba igual cuál. Solo quería que alguien rompiera la grieta del silencio. El tiempo a solas solo le enseñó una verdad: no quería estar sola.

    Pedro aceleraba. Se había ido demasiado lejos. Ahora debía desandar ochenta kilómetros. Lluvia, carreteras secundarias, un coche que avanzaba lento y una mente que corría demasiado.
    ¿Y si ellas habían decidido que estaban mejor sin él?
    ¿Y si perdía a las dos?
    No sabía qué iba a pasar. Solo sabía que la herida empezaría a cerrar cuando la viera.

    No.
    Cuando las viera a ellas dos.

    Suspiraron al mismo tiempo, sin saberlo.

    Pedro subió las escaleras de dos en dos. Perdió al subir el norte y la respiración. Laura estaba allí, frotándose el frío de las manos. Mirando el timbre como si pudiera adivinar el futuro. Con la tripa hecha un nudo.

    —Hola, Laura —dijo Pedro con la respiración golpeándole el pecho—. ¿No te dije que esperaras?

    Se abrazaron. Se negaron el beso. Llamaron al timbre. Él no quiso usar la llave: sentía que no tenía derecho.

    Marta abrió. Quiso abrazarlos a los dos. Su cuerpo fue más sincero que su cabeza.

    —Entrad.

    Se desplomó en el sofá. Las ojeras le brillaban con lágrimas recién peleadas.

    —¿No ibais a venir por separado? Ahora no sé a quién abrazar.

    Pedro dudó. Laura no. Ella entendió antes lo que Marta necesitaba.

    —Ven aquí, Pedro —dijo Laura, firme y suave—. Ahora, lo que necesita Marta.

    El abrazo fue torpe. Tenso. Raro. Se separaron.
    El silencio se espesó. Laura lo rompió.

    —No os entiendo.
    —¿Qué no entiendes? —preguntó Pedro.
    —Esto es mejor en el suelo. Así se habla mejor. En triángulo.

    Marta sonrió apenas.

    —¿Vas a hacernos terapia de grupo?

    —Algo así. A ver, Pedro: te gusta Marta. La quieres. Te atrae. Te cae bien. Pasáis buenos ratos. ¿Sí?

    —Sí…

    —Y tú, Marta: ¿sientes lo mismo? ¿Le has echado de menos? ¿Te lo comerías ahora mismo? ¿Querrías que lo vuestro no terminara?

    —Sí… pero…

    —Ahora vamos con los “peros”. Marta: ¿te gusto? ¿Te caigo bien? ¿Te atraigo?

    —S… sí —susurró Marta.

    —¿Y tú, Pedro? ¿Te gusto? ¿Te haces bien conmigo?

    —Sí.

    —Vosotros me gustáis a mí. Los dos. Marta me ha hecho descubrir un mundo. Pedro, desde siempre. Incluso cuando yo fui la que te dejó —dijo Laura, sin apartar la mirada.

    —Pero habrá que elegir —dijo Pedro.

    —Sí. Elegir lo que menos nos rompa.

    —No sé si es… —Marta tragó aire.

    —Te lo pregunto así —dijo Laura—: ¿tienes algún motivo para odiarme? ¿Crees que puedo hacerte daño?

    —No.

    —¿Y tú, Pedro? ¿Crees que puedo haceros mal?

    —Creo que no.

    —Yo quiero estar con vosotros. Pero si alguno no puede, o no quiere, desapareceré. No seré un estorbo. ¿Queréis pensarlo a solas?

    Marta y Pedro se miraron.

    —Sí… déjanos pensar. Pero…
    —Quédate esta noche —dijo Marta.

    —¿Me dejaréis ir por ropa para mañana?

    Laura se levantó para salir, pero Marta le sujetó la mano. Firme y dulce.

    —No. Te dejo algo mío.

    Extremoduro – Buscando una Luna

    Ilegales – Destruye!

    Marta miro el disco, una versión extraña grabada en directo, sin pausa para los surcos, sin sello de la discográfica. Lo deposito con cariño en el aparato y pulso para que la aguja se enamorara de la rugosidad del surco.

    – Que triste, ayer cayó Jorge Martinez y hoy Robe.

    – ¿Quen es Jorge Martinez? – Pregunto Laura cuando empezo los vitores del concierto que estaban reproduciendo.

    – El calvo de Los Ilegales.

    – Joder, ¿También ha muerto?

    – Si, se van los mejores.

    – Como Pedro, que se va siempre de viaje de trabajo sin llevarnos.

    – Hablando de Pedro… ¿Has pensado si te gustaría tener hijos?

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  • La granja azul

    La granja azul

    Aquí no había tardes. No había noches. Solo un resplandor de sol eterno y una esfera azul flotando entre miles de estrellas.
    Él se detenía a meditar unos instantes, en silencio, en su amanecer perpetuo, contemplando el firmamento.

    Pero hoy algo cambió.
    Una estrella fugaz se convirtió en un aparato. Cayó despacio desde el cielo oscuro y se posó cerca, como un insecto extraño.
    Él siguió sentado en su mecedora, esperando el encuentro.


    En Houston le habían hablado de la anomalía.
    La misión oficial: estudiar el terreno lunar.
    La real: averiguar qué demonios era aquella estructura que habían detectado. Una cúpula brillante del tamaño de un campo de fútbol.
    Las imágenes satelitales no lograban revelar nada más.

    Sospechaba encontrar algo extraordinario.
    Pero jamás habría imaginado esto.

    El astronauta se detuvo frente a la cúpula. Parecía cristal de copa fina, pero de cerca no era cristal en absoluto: era… nada. Aire sólido. Un borde sin borde.

    Dentro, árboles frutales, cultivos: lechugas, tomates, algo parecido a berenjenas, arbustos desconocidos. Dos ovejas. Un perro. Y un burro con cuernos que masticaba con dignidad lunar.
    Toda una granja protegida por un campo invisible.

    En el porche de una casa de troncos, un hombre con barba anaranjada y sombrero de paja viejo lo miraba. Le hizo señas.

    El astronauta dudó, pero entró. Caminó hasta la entrada.
    Allí lo esperaba aquel imposible habitante de la Luna.

    —Buenos días.
    —Buenos… días —respondió el astronauta, la luz de su casco iluminándole el rostro.
    —Lamento no poder ofrecerle nada; no esperaba visita. Pero por aquí hay oxígeno de sobra. No le cobraré el que use.

    El mensaje estaba claro.
    Se quitó el casco. Su rostro asiático, serio, casi temblando, quedó al descubierto.

    —Usted dirá —continuó el habitante lunar.
    —No sé por dónde empezar.
    —Por el principio, hijo, por el principio.

    —No esperaba encontrar a nadie viviendo aquí. ¿Qué hace en la Luna?
    —Ah, pues soy granjero y vivo aquí.
    —Ya… ya veo que tiene una granja. Lo que no entiendo es cómo puede… vivir aquí.
    —Pues sin muchas comodidades, hijo. Pero es el mejor sitio que encontré.
    —Le aseguro que abajo hay lugares mejores —dijo el astronauta señalando la Tierra.
    —¿Eso? No, no. Esa es solo mi casa. La granja está allí —respondió él, señalando el mismo punto.

    —¿Va todos los días a trabajar allí?
    —Rara vez. Lo controlo desde aquí.

    —No entiendo nada.
    El granjero se rascó la barba, pensó un instante.—Me advirtieron que esto podía pasar.
    —¿Quiénes?
    —Los que me contrataron. No creerá que puedo costearme un planeta.
    —¿Y qué le dijeron que hiciera si aparecíamos?
    —Que empezara el proceso de recolección de la cosecha.

    Oklou – unearth me

    Y tú… ¿qué harías si lo extraordinario te recibiera con un “buenos días”?

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  • Dulce aroma de invierno

    Dulce aroma de invierno

    El invierno se precipitó entre luces parpadeantes.
    No fue bien recibido: fue inevitablemente aceptado.
    El dolor de tripa hizo el resto y lo arrastró hasta ese lugar tan frío, donde cosían con hilo negro la agonía que trae el destino.
    Era hora de dormir para despertar nuevo.
    O tal vez, para no hacerlo.

    Suspiró lento. Se aferró al sonido que lo mantenía vivo.
    Imaginó agarrarse a la tierra, al aire, a la raíz de un árbol… pero se desvaneció pronto y comenzó el sueño.

    —Todo va a ir bien —decía alguien, blandiendo una aguja.
    —No pasa nada —susurraban las máquinas.
    —Tranquilo… —dijo su corazón, agotado de galopar.

    El olor a desinfectante y el silbar de los aspiradores se fueron apagando.
    Se volvieron calor.
    Calor de manos en la frente.
    Abrasos que te devuelven al cielo de la infancia.
    Aroma de clavos y miel, de anís y fuego.
    La textura de la harina en las manos hábiles, arrugadas por el tiempo.

    Se vio niño, en aquella casa.

    —Hola, mi niño.
    —¿Abuela? ¿Eres tú?
    —¿Quién voy a ser si no?
    —¿Estoy muerto?
    —Oh, no. —Entornó la mirada y sonrió—. Siempre tan dramático.
    —Entonces… ¿por qué estoy aquí?
    —No estás aquí. Yo solo quería que comprendieras que no estás solo. Que la vida fluye, y que lo malo casi siempre tiene remedio.
    —¿Entonces…?
    —Despertarás. Y sanarás.
    —Y me perderé tus roscones de vino…
    —Y ganarás una sonrisa cuando abras los ojos.

    La figura de la anciana empezó a desvanecerse.

    —Espera, abuela… dime qué pasa luego. ¿Qué hay cuando ya no estemos?
    —¿Y perder la sorpresa? —rió—. Mejor espera. No pienses en eso.

    La voz se alejó hasta volverse un murmullo.
    Se confundió con el ruido de las máquinas, las luces intensas y el zumbido del aire fresco.

    Una dama de bata blanca se acercó.
    En una sonrisa radiante le dijo:

    —Ya pasó lo malo. Todo fue bien. Ahora toca reposo.
    —¿Qué pasará ahora?
    —Tranquilo. Yo cuidaré de ti.

    Popol Vuh – Kyrie

    Sonrió. Todo estaba bien. O al menos, eso quiso creer cuando el silencio volvió a quedarse a su lado.

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  • Los tres reflejos. Capitulo 4: El Kinito del deseo

    Los tres reflejos. Capitulo 4: El Kinito del deseo

    —¿Recuerdas las acampadas en el lago? —dijo Pedro sonriendo a Laura. 

    —Parece una canción de Melendi —observó Marta, con el ceño ligeramente fruncido—. 

    —Éramos muy críos —puntualizó Laura, sacándole la lengua a Marta—. Hacíamos locuras como bañarnos desnudos en primavera. 

    —Pues allí debía hacer frío —comentó Marta en voz alta—. En pleno Somiedo. 

    —Salíamos encogidos, pero el frío se quitaba jugando —dijo Pedro, sosteniendo la mirada de Laura. 

    —El juego iba antes del baño —aclaró Laura—. Era un juego de dados. ¿Te enseñó Pedro a jugar al Kinito? 

    —No. 

    —Espera, que creo que guardo algo. —Laura sonrió, mientras Pedro abría el armario bajo la escalera. Entre estanterías recién ordenadas encontró un cubilete de cuero bordado y un par de dados blancos. Lo agitó con cuidado y, de un golpe, los dejó sobre la mesa. 

    Las dos lo miraron. Los dados hablaban por sí mismos. 

    —Ha salido doble seis. ¿Quién bebe? 

    —¿Te acuerdas de las reglas, Pedro? 

    —Con la de veces que las cambiábamos ya ni me acuerdo. Pero un doble seis es imbatible. 

    —Sí, pero no lo podías destapar y podías mentir —recordó Laura. 

    —Esperad, voy a preparar kalimotxo —dijo Pedro, levantándose. 

    Ambas se miraron. No estaban seguras de que beber ahora fuera buena idea; había secretos que el alcohol podía sacar a la luz. Pedro regresó con la jarra de la bebida morada y tres vasos de chupito, que tendió con una sonrisa. Marta agitó el cubilete con desgana. 

    —Empiezas tú, que eres la novata —le indicó Laura. 

    Golpeó la mesa y destapó. 

    —¡Ostias, 5 y 6! —dijo Laura. 

    —¿Y qué pasa? 

    —Bebe quien tú quieras. 

    —Pues hala, tú, por hablar. 

    Durante un rato, dispararon dados, bebieron el elixir de sus recuerdos e intercambiaron miradas cómplices. Quisieron hacer beber a Marta, pero ella se alió con el destino y fue la que menos alzó el codo. Cuando la jarra quedó vacía, Pedro tuvo una idea: 

    —Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos de fiesta? 

    —Yo no conduzco ahora —dijo Marta. 

    —Hay una discoteca a diez minutos andando —apuntó Laura. 

    —La de música electrónica, ¿no? —preguntó Marta. 

    —Sí, fuimos el otro día y nos lo pasamos bien —sonrió Laura—. Venga, un ratito. 

    —¿Llamo un taxi? 

    —Mejor caminamos —dijo Pedro—. Así aprovechamos la noche. 

    Avanzaron hacia la diversión. Cantando viejas glorias callejeras, ofrendas al espíritu del vino y al calor de la barra del bar. En un instante, se reflejaron los tres en el escaparate de La Casa de Los Espejos. Se sorprendieron de la sincronía de sus manos, dejando un halo de misterio kármico, de sentimientos alados que pasaban de aliento a aliento. 

    Una copa más, un salto a la pista, luces de colores que vibraban en las paredes. Entre el rugir de los tambores se abrazaron al ritmo. Mezclaron sudor y licores, y salieron casi al amanecer, queriendo prolongar la noche. 

    —¿La última en casa? 

    —Mientras no juguemos de nuevo al Kinito ese, ya sabéis que os gano. 

    Subieron las escaleras con el cansancio de buscar calma y el fuego en los ojos, ocultando las ganas. Pedro miraba a Laura, Laura a Marta, Marta a ambos. Entrando en la casa quisieron fundirse entre ellos, hacer uno solo de sus tres cuerpos. El sereno les pidió calor. No se conformaron con un beso. 

    Un beso a tres los sorprendió en la cama. Entre mentes heridas por el licor y manos inquietas, crearon un sueño confuso, sin reconocer quiénes eran. No importaba nada, solo descargar lo que su instinto dictaba. 

    Despertó desnudo entre las dos damas. Quiso pensar, pero le dolía la cabeza. Dejó que el sol del mediodía le dijera qué pasaba. Salió de casa sin hacer ruido y se despidió con una mirada confusa. 

    Extremoduro – Al Día Siguiente

    «Y mientras la noche se apagaba, una chispa quedó encendida entre ellos… ¿quién se atreverá a soplarla primero?»

    Por si a alguien le interesa el funcionamiento del juego, el Kinito crea historias por el simple hecho de participar. En el blog de mariacabados lo explican con mucho cariño. Beban con moderación, por favor.

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  • Memorias de una cueva

    Memorias de una cueva

    La pared era un tanto rugosa, pero a él no le importaba. La acarició dándole forma: curvas alargadas, una pasada larga para asegurar el contorno. Se alejó un poco y respiró complacido. Ya estaba adoptando una forma concreta. Cerró los ojos y lo vio: primero una lanza en movimiento; después, la urgencia de sus patas. Aspiró el aroma de paz y comprendió de inmediato lo que faltaba. 

    Miedo. 

    Faltaba miedo en la pared. 

    El miedo que mueve las figuras. La rabia de los brazos lanzando sus armas. El coraje de arriesgar vidas en el intento. Eso era lo que él deseaba, y no le dejaban hacerlo. Agarró cenizas y grasa con rabia, dispuesto a destruir su obra. Pero, al llegar a la pared, solo pudo acariciarla. Rellenó formas, construyó objetos. 

    Se apartó de nuevo. 

    Escuchó el murmullo del viento. El calor del fuego. El aroma de paz que da el alimento. Respiró hondo y comprendió que aún faltaba algo. 

    Sed, frío y cansancio. 

    El rugir de tripas que impulsa a correr. La agonía de la herida. El latido de un corazón descalzo, sintiendo el río helado hasta las rodillas. Agarró el carbón aún ardiendo y lo precipitó sobre su lienzo, con la calma que da la rabia en un lugar tan seguro. 

    Se alejó otra vez, y lo supo completo. 

    Tan completo como podía hacerlo. 

    No podía de otro modo. 

    El niño entonces se sentó en el suelo y se deshizo en llanto. 

    El padre gruñó a lo lejos. 

    La madre se acercó y dijo: 

    —¿Qué haces aquí, lamentando lo que no has vivido? Deberías correr, trepar árboles, hacerte fuerte para cazar con ellos. Deja de manchar las paredes con experiencias que no te pertenecen. 

    El abuelo llegó cojeando. Descansó las piernas junto al niño y observó la obra que lo había tenido tan ocupado. 

    Se quedó sorprendido. 

    En la pared había un bisonte siendo cazado. Había calculado sus heridas, su sufrimiento. El arrojo de los hombres hambrientos que esquivaban sus cuernos. El respeto a los pequeños bovinos que huían. El temor por las heridas de los suyos y las ganas de volver a verlos. Pronto. 

    —¿Hiciste esa ilustración sin haber cazado nunca? —preguntó el abuelo, mirando al muchacho que aún tenía los párpados húmedos. 

    —Ojalá hubiera ido. 

    —Mujer —dijo a la madre—. Tu hijo será buen cazador. Probablemente llegue a ser tan viejo como yo. Cuidará de los suyos y llevará alimento a esta comunidad. Déjale hacer. No solo está aprendiendo: está enseñando cómo se hace. 

    El niño, satisfecho con su obra, buscó refugio junto al fuego. 

    Iron Maiden – Quest for Fire

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  • Diario de un soñador lúcido 

Carta 23: Diario de una búsqueda

    Diario de un soñador lúcido Carta 23: Diario de una búsqueda

    La lluvia caía fina y obstinada. La catedral respiraba una oscuridad gris, gastada. La festividad tenía algo incómodo, un murmullo apagado, aroma de incienso rancio y el sabor antiguo de tradiciones manipuladas. En el centro de la plaza, entre el gentío, dos notas de color discordantes discutían sin descanso. 

    —Venir hasta acá y no entrar es la cosa más absurda que podemos hacer. 
    —Pues yo no entro ahí. Me da muy mala onda ese sitio. 
    —Pero aquí no hay más que ver. ¿Para qué coño hemos venido entonces? 
    —Para mirar los pajaritos. 
    —No hay pajaritos. 
    —Pues la gente pasar. 

    A su alrededor, las personas grises, de caras mustias y miradas vacías, caminaban por inercia. 

    —Yo no entro ahí —remató uno de los Wilson, cruzado de brazos. 

    Del gentío salió una sotana blanca con estola púrpura. Su sonrisa era amable, pero su mirada mentía sin esfuerzo. Se plantó ante los gemelos-discutiendo-a-coros y preguntó: 

    —A ver, ¿por qué discutís? Reñir en la puerta de la casa del Señor es pecado. 
    —Él, que no quiere entrar en la catedral. 
    —¿Y por qué no, hijo? Es la casa de nuestro salvador. 
    —Será, pero es una casa muy siniestra. 
    —Oh, no. Lo parece porque es muy antigua. Pero dentro todo es paz y quietud. 
    —Me da mal rollo. 
    —Tranquilos, hijos míos. Yo os acompañaré. 

    La gente gris empezó a rodearlos, empujando con suavidad hacia la gran puerta del Perdón. 

    —No sé si esto es buena idea —susurró el Wilson reacio, esta vez al unísono con su pareja, como si el miedo les ajustara el mismo tono. 

    En lo alto del tejado, alguien vigilaba. Gabardina larga, sombrero tejano. Si aquello fuera un western, sería Clint Eastwood. Hizo un gesto breve con la mano. 

    A la señal, algo cayó desde lo alto del campanario: Katty, la chica-gato. Vestía de negro mate. Se deslizó por la piedra como agua derramada, flexionó apenas al aterrizar y arqueó la espalda con un gesto felino antes de moverse. Entró por el pórtico lateral sin ser vista. 

    Dentro, el templo era más pequeño que por fuera. Un pasillo de bancos hasta el altar y tres puertas: la principal y dos laterales. Katty cerró apresurada la puerta por la que había entrado. 

    El clérigo entraba justo en ese instante con los gemelos. Notó algo extraño: la catedral vibraba como si estuviera conectada con él por un hilo invisible. Los Wilson aprovecharon para cerrar su puerta también. 

    —¿Qué diablos…? —musitó el sacerdote, desconcertado. 

    —Le cazamos —dijo Don mientras entrábamos por la única puerta abierta. Al cerrarse tras nosotros, el sonido pareció sellar el sueño. 

    El sacerdote empezó a gesticular. Sus ojos se desenfocaron, como si otra mente se asomara por detrás de su cráneo. Un remolino se abrió en el centro de la sala: una espiral que tragaba los primeros bancos con hambre silenciosa. Katty saltó sobre él. Nosotros le rodeamos. Le agarramos de los brazos y el portal quedó congelado en un temblor de luz. 

    —¿Qué hostias queréis de mí? 
    —Necesitamos saber algo. 
    —¿Y sabéis que yo os puedo ayudar? 
    —Seguro, Ikelos —respondí—. Nadie sabe mejor cómo destruir un sueño. 

    Le contamos lo que sabíamos de las sombras, de cómo estaban poseyendo a la gente a través del sueño. De cómo habían secuestrado a nuestra amiga. Queríamos saber dónde estaba y cómo rescatarla de su cautiverio. 

    Ikelos sonrió con un filo torcido. 

    —La respuesta es fácil. Si han de esconderla, será en su propio sueño. 

    Y algo en su voz sonó demasiado seguro, como si ya hubiera estado allí. 

    Ghost – Cirice

    «“Tras despertar, sentí que el sueño se tensaba… como si aguardara el siguiente golpe.”

    Diario de sueños

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  • Con brillo azul en la mirada

    Con brillo azul en la mirada

    Hace algún tiempo que aparecen y no sé por qué. 
    Vienen calculando la pose, con apariencia cuidada y mirada íntima. 
    No sé qué hechizo algorítmico habrá estallado a mi alrededor para provocar semejante desfile. 
    Es un sin cesar: llegan para ser contempladas, dejan su estela y desaparecen. 

    Las hay para elegir: por el brillo de la mirada, por el gesto, por la temperatura del cuerpo que sugieren. 
    De porte elegante, enfundadas en fantasía, casi por desnudar. 
    Apuntando hacia la luz con destellos azules, y siempre un guiño pintado, por si ven que me pierdo. 

    Este suceso me recuerda otros tiempos. 
    El amor también era efímero, nubes densas escapando del invierno casero. 
    El sabor era casual y el roce discreto. 
    Y el misterio, lejos de ocultarse, ardía en las miradas para quien sabía leerlas. 
    Ardía en llamas para que el viento se llevara las cenizas. 

    Como hoy —si no más— había quien se negaba a rendirse del todo. 
    Ocultaban la ferocidad bajo vestidos largos de cadenas errantes. 
    Disfrazaban las ganas de sangrar barriendo bajo las alfombras, 
    llevando velo blanco, creyéndose novia, 
    creyendo en el hechizo del cuento 
    y en el ladrón que venía a su secuestro. 

    Pero hoy hemos cambiado. 
    No son los mismos secretos. 
    Ni son los mismos dueños. 
    O eso creo. 
    Vivimos en la ilusión de mostrarnos libres, bailando descalzos y solos, 
    sonriendo telones abiertos mientras tendemos el presupuesto del tanto por ciento. 
    Creemos que el camino es nuestro, 
    pero en la etiqueta está su precio 
    y la caducidad oculta en una hilera de ceros. 

    Al no parecer interesado, las damas se van… 
    convertidas en otros. 

    Acompaña esta lectura con ‘Mi Orden’, de Bala — un golpe seco de oscuridad luminosa para cerrar el círculo.

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  • Ella ya no está

    Ella ya no está

    Hoy no estaba.

    No estaba.

    Se fue para siempre.

    Mi alada compañera de sombras.

    Sin despedirse, sin siquiera suspirar mi nombre.
    Tan bien como me conocía… y no pudo decirme su adiós.

    Pinté una cruz en su ausencia:
    recuerdo de las veces que me contesté por ti.
    Cuando una mañana gris apareciste y yo grité tu nombre.
    Me escondí en mis principios difamados.
    Deseé tu muerte y desaparecí de tu lado.

    Pero volviste.
    Y me esperaste, silenciosa, a que pasara.
    Me asustaste de nuevo y huí como un cobarde,
    deseando veneno para tu especie
    y para ti un final más cruel.

    Otra vez estabas. Y otra más.
    Intenté luchar. Conseguí escapar.
    Me oculté en la luz y me dejaste en paz,
    inmóvil en tu rincón.

    Hubo un pacto:
    una firma de sangre,
    de tolerancia con margen lateral.
    Con cláusulas de distancia
    y letra pequeña.
    Muy pequeña.
    Insignificante y oculta.

    Esta vez saludaste.
    Lo hiciste con mi voz, claro,
    pero educada, moviendo flagelos de ritmo lento,
    respetando distancias
    y evitando enfados.

    Hubo tiempo de conversación fugaz,
    ritmo de ascensor y sonido disperso.
    Psicotronía del atardecer cálido y ventoso,
    arena pesada en mis párpados
    y en ti mis lamentos.
    Y tú ahí estabas, dándome espacio,
    escuchando atenta mi desaliento.

    El tiempo te convirtió en aliada.
    Ideas obtusas de hadas absurdas.
    Caricia del son de una nana.
    “Invadiréis el mundo”, dije entre risas un día,
    y al siguiente me pareciste más bella.

    Hablabas sin voz.
    Mirabas atenta.
    Quisiste ser mi musa y pensé:
    “buena idea”.
    ¿Qué puedo perder?
    ¿Mi cordura, tal vez?
    Qué va.
    Imposible hallar donde nunca existió un tal vez.

    Tósigo en el ambiente,
    señal aséptica de la masacre.

    ¡Corre!
    ¡Huye!

    Asesinos con máscara,
    de bata blanca y desinfectada fragancia.

    ¡No le hagáis daño,
    ella no ha hecho nada!

    Venían a llevarla
    entre las celdas de una escoba.

    Pero no estaba.

    Ella ya no estaba.

    Hoy hago memoria de un lamento.
    Mañana tu nombre se habrá olvidado.

    Tulsa – Autorretrato

    A veces las ausencias duelen más que los miedos que las preceden…
    y tú, ¿qué criatura imposible te ha dejado un hueco impensable en tu alma?

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