Etiqueta: Deseo

  • Con brillo azul en la mirada

    Con brillo azul en la mirada

    Hace algún tiempo que aparecen y no sé por qué. 
    Vienen calculando la pose, con apariencia cuidada y mirada íntima. 
    No sé qué hechizo algorítmico habrá estallado a mi alrededor para provocar semejante desfile. 
    Es un sin cesar: llegan para ser contempladas, dejan su estela y desaparecen. 

    Las hay para elegir: por el brillo de la mirada, por el gesto, por la temperatura del cuerpo que sugieren. 
    De porte elegante, enfundadas en fantasía, casi por desnudar. 
    Apuntando hacia la luz con destellos azules, y siempre un guiño pintado, por si ven que me pierdo. 

    Este suceso me recuerda otros tiempos. 
    El amor también era efímero, nubes densas escapando del invierno casero. 
    El sabor era casual y el roce discreto. 
    Y el misterio, lejos de ocultarse, ardía en las miradas para quien sabía leerlas. 
    Ardía en llamas para que el viento se llevara las cenizas. 

    Como hoy —si no más— había quien se negaba a rendirse del todo. 
    Ocultaban la ferocidad bajo vestidos largos de cadenas errantes. 
    Disfrazaban las ganas de sangrar barriendo bajo las alfombras, 
    llevando velo blanco, creyéndose novia, 
    creyendo en el hechizo del cuento 
    y en el ladrón que venía a su secuestro. 

    Pero hoy hemos cambiado. 
    No son los mismos secretos. 
    Ni son los mismos dueños. 
    O eso creo. 
    Vivimos en la ilusión de mostrarnos libres, bailando descalzos y solos, 
    sonriendo telones abiertos mientras tendemos el presupuesto del tanto por ciento. 
    Creemos que el camino es nuestro, 
    pero en la etiqueta está su precio 
    y la caducidad oculta en una hilera de ceros. 

    Al no parecer interesado, las damas se van… 
    convertidas en otros. 

    Acompaña esta lectura con ‘Mi Orden’, de Bala — un golpe seco de oscuridad luminosa para cerrar el círculo.

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  • Los tres reflejos Capitulo 2: Cristales empañados

    Los tres reflejos Capitulo 2: Cristales empañados

    Al ver el cristal del coche empañado, Pedro sintió una oleada de recuerdos. 
    El mismo lugar, la misma sensación de no volverá a pasar
    Ella se fue y no volvió. 
    Hasta ahora. 
    Quién sabe, quizá esta vez no quiera irse. 

    El móvil rompió el ensueño con un sonido chivato lleno de remordimientos. 

    Marta: ¿Te queda mucho? No quiero acostarme muy tarde. 
    Pedro: No tardaré, pero métete en la cama. 
    Marta: Despiértame si me duermo. 
    Pedro: Tranquila, estaré de vuelta antes. 

    Qué sorpresa se llevó al verla en su casa. Pedro había vuelto hacía poco de un viaje: una visita rutinaria a la oficina central en Madrid. Unas cuantas reuniones que lo mantuvieron fuera diez días. 
    Al regresar aquella tarde, se la encontró allí, en el salón. 
    Parecía que el tiempo no había pasado por su piel. 

    —Ah, ¿pero os conocéis? —dijo Marta, su mujer—. Es la amiga de Silvia de la que te hablé, la que salió con nosotros este viernes. 

    —Pues sí… Laura es del pueblo, ¿verdad? —dijo Pedro con una sonrisa. Dos besos y un recuerdo pendiente a comentar—. ¿Cómo está tu hermano Juan? 

    —Bien —Laura no salía de su asombro—. Se casó hace unos meses… con Estrella. 

    —¿Estrella Estrellada? 

    —La misma. 

    —¿Pero ella no andaba con Berto? 

    —Ya ves, los cambios que da la vida. 

    —¿Y Berto? 

    —Salió del armario y vive con un culturista en Sanlúcar de Barrameda. 

    —Veo que tenéis conversaciones pendientes —dijo Marta, con una chispa divertida en la mirada—. Podemos quedar este viernes. ¿Te apetece venir a cenar? 

    —El viernes es genial —respondió Laura—. Vengo a las seis y te ayudo con la cena. 

    Hubo complicidad oculta entre las dos, reflejos de sonrisas que Pedro no captó aquel día. 
    Pero sí notó algo: que el encuentro a la salida del trabajo no había sido fortuito. 

    Fueron a tomar café… y terminaron dibujando en el parabrisas empañado. 
    Corazones rotos que, con el calor, se fueron borrando. 

    —Tengo que volver a casa, Marta me está llamando. 

    —Lo comprendo. ¿Quedamos otro día? 

    —No sé… Nunca le había hecho esto a Marta —dijo Pedro, pensativo—. No sé qué decirle. 

    —Es complicado… 

    —En el pueblo era más fácil. 

    —¿A qué te refieres? 

    —A que el roce hace el cariño. Éramos pocos, y te enamorabas con el tiempo. 

    —¿Eso te pasó conmigo? 

    —Yo me enamoré perdidamente de ti. Pero no me refiero a eso. Lo que digo es que allí nos emparejábamos sin pensarlo. Una vez hechas las parejas, ya no había más. Fue cuando empezamos a irnos a la ciudad cuando todo se rompió. 

    —No, Pedro. Lo nuestro estaba condenado. Yo necesitaba salir, ver el mundo. Quería vivir en Londres, y allí estuve… hasta que me harté. 

    —Y ahora has vuelto. 

    —Sí. Ahora necesito otras cosas. 

    —¿Una pareja estable? ¿Un lugar donde te esperen? 

    —Sí y no. Aún hay mucha confusión en mi cabeza. Soy rara, lo sabes. 

    —Más que un piojo bizco. 

    —Anda, vámonos ya. 

    La besó apasionadamente. 
    En la radio sonó Iggy Pop: 

    “It’s a rainy afternoon in 1990 
    The big city 
    Geez, it’s been 20 years 
    Candy, you were so fine.” 

    La humedad de la noche quedó atrás con el chasquido de la llave en la cerradura. 
    El calor del hogar se le hizo raro, oscuro, de mentira. 

    Tras una ducha rápida, se deslizó desnudo entre las sábanas. 
    Abrazó a Marta, que dormía ajena a los pensamientos de su marido. 
    Ella se dio la vuelta y lo abrazó. Él se apretó contra ella. 

    —Ya llegaste —susurró, envuelta en una sonrisa somnolienta. 

    Le besó. Él le devolvió el beso. 
    Unas caricias. 
    Una risa sofocada por las mantas. 

    —Marta, tengo que contarte algo… 

    —Mañana me lo cuentas —dijo Marta, abrazándolo—. 
    Ahora follame. 

    Maria Rodés – Recordarte

    “El pasado susurra bajo el cristal empañado, mientras el presente arde entre sábanas y deseos.”

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