Etiqueta: DeOniros

  • Diario de un soñador lúcido 

Carta 23: Diario de una búsqueda

    Diario de un soñador lúcido Carta 23: Diario de una búsqueda

    La lluvia caía fina y obstinada. La catedral respiraba una oscuridad gris, gastada. La festividad tenía algo incómodo, un murmullo apagado, aroma de incienso rancio y el sabor antiguo de tradiciones manipuladas. En el centro de la plaza, entre el gentío, dos notas de color discordantes discutían sin descanso. 

    —Venir hasta acá y no entrar es la cosa más absurda que podemos hacer. 
    —Pues yo no entro ahí. Me da muy mala onda ese sitio. 
    —Pero aquí no hay más que ver. ¿Para qué coño hemos venido entonces? 
    —Para mirar los pajaritos. 
    —No hay pajaritos. 
    —Pues la gente pasar. 

    A su alrededor, las personas grises, de caras mustias y miradas vacías, caminaban por inercia. 

    —Yo no entro ahí —remató uno de los Wilson, cruzado de brazos. 

    Del gentío salió una sotana blanca con estola púrpura. Su sonrisa era amable, pero su mirada mentía sin esfuerzo. Se plantó ante los gemelos-discutiendo-a-coros y preguntó: 

    —A ver, ¿por qué discutís? Reñir en la puerta de la casa del Señor es pecado. 
    —Él, que no quiere entrar en la catedral. 
    —¿Y por qué no, hijo? Es la casa de nuestro salvador. 
    —Será, pero es una casa muy siniestra. 
    —Oh, no. Lo parece porque es muy antigua. Pero dentro todo es paz y quietud. 
    —Me da mal rollo. 
    —Tranquilos, hijos míos. Yo os acompañaré. 

    La gente gris empezó a rodearlos, empujando con suavidad hacia la gran puerta del Perdón. 

    —No sé si esto es buena idea —susurró el Wilson reacio, esta vez al unísono con su pareja, como si el miedo les ajustara el mismo tono. 

    En lo alto del tejado, alguien vigilaba. Gabardina larga, sombrero tejano. Si aquello fuera un western, sería Clint Eastwood. Hizo un gesto breve con la mano. 

    A la señal, algo cayó desde lo alto del campanario: Katty, la chica-gato. Vestía de negro mate. Se deslizó por la piedra como agua derramada, flexionó apenas al aterrizar y arqueó la espalda con un gesto felino antes de moverse. Entró por el pórtico lateral sin ser vista. 

    Dentro, el templo era más pequeño que por fuera. Un pasillo de bancos hasta el altar y tres puertas: la principal y dos laterales. Katty cerró apresurada la puerta por la que había entrado. 

    El clérigo entraba justo en ese instante con los gemelos. Notó algo extraño: la catedral vibraba como si estuviera conectada con él por un hilo invisible. Los Wilson aprovecharon para cerrar su puerta también. 

    —¿Qué diablos…? —musitó el sacerdote, desconcertado. 

    —Le cazamos —dijo Don mientras entrábamos por la única puerta abierta. Al cerrarse tras nosotros, el sonido pareció sellar el sueño. 

    El sacerdote empezó a gesticular. Sus ojos se desenfocaron, como si otra mente se asomara por detrás de su cráneo. Un remolino se abrió en el centro de la sala: una espiral que tragaba los primeros bancos con hambre silenciosa. Katty saltó sobre él. Nosotros le rodeamos. Le agarramos de los brazos y el portal quedó congelado en un temblor de luz. 

    —¿Qué hostias queréis de mí? 
    —Necesitamos saber algo. 
    —¿Y sabéis que yo os puedo ayudar? 
    —Seguro, Ikelos —respondí—. Nadie sabe mejor cómo destruir un sueño. 

    Le contamos lo que sabíamos de las sombras, de cómo estaban poseyendo a la gente a través del sueño. De cómo habían secuestrado a nuestra amiga. Queríamos saber dónde estaba y cómo rescatarla de su cautiverio. 

    Ikelos sonrió con un filo torcido. 

    —La respuesta es fácil. Si han de esconderla, será en su propio sueño. 

    Y algo en su voz sonó demasiado seguro, como si ya hubiera estado allí. 

    Ghost – Cirice

    «“Tras despertar, sentí que el sueño se tensaba… como si aguardara el siguiente golpe.”

    Diario de sueños

    Anuncios
  • Encuentros en Fa Sostenido

    Encuentros en Fa Sostenido

    Se quitó el casco con desesperación y lo estampó contra la arena multicolor del desierto. Rebotó con una gracia que el no compartía. Un error de cálculo, un número mal puesto, y terminó con un aterrizaje de emergencia en la cara opuesta del planeta. 

    Se dejó caer, vencido, sobre una formación rocosa que parecía hecha a pulso por un dios aburrido. 
    «Dos semanas para que organicen el rescate», pensó mientras trazaba formas en aquella tierra celeste. «Podría ser peor. Por esta zona el calor debería ser insoportable.» 

    Aparecieron entonces dos criaturas extrañas: redondas, con aletas de pez, rodeadas de tentáculos finos y un único ojo enorme como luna llena. Saltaban con ligereza, como si la gravedad fuese una anécdota. 

    Desconfiado, el piloto activó el reconocimiento del entorno en su ordenador de muñeca. Fotografió a la pareja extraterrestre. La respuesta llegó de inmediato: Herbívoros comunes. Nivel de peligro: bajo. 

    Uno abrió la boca y sacó una lengua que era más trompetilla que lengua. Emitió un sonido breve, un fa sostenido perfecto. El otro lo imitó. Al astronauta se le encendió el alma. De niño imaginaba exactamente esto: aliens amigables saludando con música. 

    El segundo improvisó una melodía sencilla: do, si, la, do. Su compañero repitió en una octava superior. 
    —Si, do, re, fa —entonó uno alargando la nota. 
    —Si, fa, mi, do —respondió el otro, encantado. 

    El humano buscó en el bolsillo de su manga. Sacó una pequeña armónica. Los extraterrestres no entendieron nada… hasta que la hizo sonar: 
    Do, re, mi, sol… do, re, mi, soooool. 
    Los dos lo imitaron inmediatamente. 

    Pasaron la tarde componiendo sin saberlo: melodías improvisadas, repeticiones torpes, armonías imposibles. El humano estaba feliz, sintiendo una conexión cósmica con criaturas que no sabían que existían unas horas antes. 

    Cuando el astro rey anunció la noche, se despidió de sus nuevos amigos y volvió a la nave. No quería quedarse al frío. El módulo habitable aún funcionaba: el retiro forzoso podía interpretarse como vacaciones espirituales en un desierto amable. 

    La silueta humana se fue perdiendo en la penumbra. Las criaturas siguieron hablando en su lenguaje de saltos y notas. 

    —Oye, Fiiun… qué criatura más rara. 
    —Y que lo digas, Fiiiin… rarísima. 
    —Eso sí, inteligente era: sabía hablar. 
    —Hablar, decía él. «Arriba, abajo, arriba, acatarradoooo», «Delante, sentado, cielo, avalanchaaa». ¡Sin sentido alguno! 
    —Sí, sí. Y nosotros intentado avisarle de que se estaba tumbando en el liquen ortiga
    —Pues va a pasar la noche rascándose como un poseso. 

    Joe Satriani – Always With Me, Always With You

    Se fue, mientras los curiosos ojos del otro mundo lo miraban sin entender del todo.

    Anuncios
  • Nana triste para un niño viejo

    Nana triste para un niño viejo

    Hoy no me toca soñar.

    El aire surca extraño y, entre sábanas, se dispersa en remolinos.
    Mi mente se derrite en gotas de cansancio herido:
    no quiere darme reposo, solo gira y gira, sin motivo y sin caducidad.
    Invoco ovejas blancas aladas, un ejército inútil
    cuando los párpados no me pertenecen
    y son presa del capricho de un tal Cortisol.

    Entre tanto, flotan imágenes en tonos pardos,
    carcomidas por el baúl que las guarda,
    que hoy, traicionero, ríe satisfecho.
    Mientras yo sigo rotando, ellas se proyectan en el techo:
    mirada distraída, flequillo en los ojos,
    pantalones de pana gruesos
    y unas ganas de volar contenidas en un salto.

    Lo dejé escapar, a ver si así me canso.
    Quise enseñarle los días presentes del futuro pasado.
    Y él, sentado en la duda, mirando desde mis ojos,
    comprendió que era yo.

    —¿Todavía no vuelan los coches? —preguntó,
    como quien sostiene una promesa rota.

    —No. Pero hay ojos en el cielo —respondí.

    Pareció animarlo.

    —¿Vive gente en la luna? ¿Ya consiguieron habitarla?

    —¿Para qué alcanzarla? Es más bonita lejana.

    —¿Y robots? ¿Ya los inventaron?

    —Sí. Y hablan con nosotros, aunque no tengan cuerpo.

    Le conté inventos osados que nos acompañan en el bolsillo,
    de cómo ya no hace falta hablarles:
    nos entienden por gestos.
    Le hablé de un oráculo tejido en una telaraña.
    De cómo nunca estamos solos,
    aunque cada vez estemos más lejos.

    Y yo, al ser soñador, esperaba que algún día, hablando,
    nos entendiéramos todos.
    Que estábamos aprendiendo a hacerlo.

    —Si eres un soñador, ¿por qué no estás durmiendo? —dijo.

    Y solo entonces entendí
    que ya no estaba despierto.

    Pauline en la Playa – Quién lo iba a Decir

    A veces el sueño llega cuando dejamos de perseguirlo.

    Anuncios
  • Con brillo azul en la mirada

    Con brillo azul en la mirada

    Hace algún tiempo que aparecen y no sé por qué. 
    Vienen calculando la pose, con apariencia cuidada y mirada íntima. 
    No sé qué hechizo algorítmico habrá estallado a mi alrededor para provocar semejante desfile. 
    Es un sin cesar: llegan para ser contempladas, dejan su estela y desaparecen. 

    Las hay para elegir: por el brillo de la mirada, por el gesto, por la temperatura del cuerpo que sugieren. 
    De porte elegante, enfundadas en fantasía, casi por desnudar. 
    Apuntando hacia la luz con destellos azules, y siempre un guiño pintado, por si ven que me pierdo. 

    Este suceso me recuerda otros tiempos. 
    El amor también era efímero, nubes densas escapando del invierno casero. 
    El sabor era casual y el roce discreto. 
    Y el misterio, lejos de ocultarse, ardía en las miradas para quien sabía leerlas. 
    Ardía en llamas para que el viento se llevara las cenizas. 

    Como hoy —si no más— había quien se negaba a rendirse del todo. 
    Ocultaban la ferocidad bajo vestidos largos de cadenas errantes. 
    Disfrazaban las ganas de sangrar barriendo bajo las alfombras, 
    llevando velo blanco, creyéndose novia, 
    creyendo en el hechizo del cuento 
    y en el ladrón que venía a su secuestro. 

    Pero hoy hemos cambiado. 
    No son los mismos secretos. 
    Ni son los mismos dueños. 
    O eso creo. 
    Vivimos en la ilusión de mostrarnos libres, bailando descalzos y solos, 
    sonriendo telones abiertos mientras tendemos el presupuesto del tanto por ciento. 
    Creemos que el camino es nuestro, 
    pero en la etiqueta está su precio 
    y la caducidad oculta en una hilera de ceros. 

    Al no parecer interesado, las damas se van… 
    convertidas en otros. 

    Acompaña esta lectura con ‘Mi Orden’, de Bala — un golpe seco de oscuridad luminosa para cerrar el círculo.

    Anuncios
  • El Azul que abandonó el mundo

    El Azul que abandonó el mundo

    Tras descansar en la luna, Zauoek el negro contempló la esfera azul. Se recreó en el blanco de sus nubes y en los reflejos dorados del sol y pensó:
    “Es aquí”.

    Eligió una isla cercana al continente de Papayumak, trotó tan fuerte que hizo girar al astro viejo.
    Y saltó.

    Bajó veloz hacia la capa donde la luz brillaba y ardió en ella. Su cuerpo se volvió carmesí, como fuego descendiendo desde el cielo. El mundo pareció contener la respiración ante la caída de Zouoek el rojo.

    Con sus astas aún llameantes pisó la tierra. El suelo se agrietó y el continente de Papayumak se quebró en cinco partes. El mar empezó a hervir. Entonces Zauoek comenzó a soplar, cubriendo todo con un manto blanco.

    Zauoek en blanco se sintió cansado y durmió.

    Pasó mucho tiempo. Era una noche estrellada cuando despertó al fin. El tiempo lo había cubierto de musgo. En su lomo florecían encinas y castaños. Entonces Zauoek el verde pensó:
    “Es ahora”.

    Respiró fuerte dos veces, arqueó su cuerpo de toro anciano y vomitó. De su boca resbaló un mono de pelaje blanco, que despertó alegre en su nuevo hogar.

    El mono corrió a los árboles más altos y se balanceó en ellos. Torpe, se cayó de las ramas y volvió hacia Zauoek, diciendo que no quería ser mono.

    Él, con su gruesa lengua rosa, le lamió el cuerpo, ayudándole a caminar más erguido. Al poco tiempo, su pelaje blanco se cayó y sus ojos se volvieron verdes como el prado. Sintió frío y volvió con su creador.

    —Ya no tengo pelo y el aire me congela los huesos.

    Zauoek le enseñó a frotar las ramas de los árboles, y obtuvo fuego. Le enseñó a recolectar las plantas y a trenzarlas, y obtuvo abrigo. También a abatir árboles y construir un hogar, y obtuvo refugio.

    Zauoek se dispuso a marchar, a seguir su camino, pero el mono blanco se interpuso:

    —No me dejes solo.

    Zauoek lo miró serio, pensativo.

    —Te puedo dar un compañero.
    —Eso me gustaría. No estar solo.
    —Pero tiene un precio.
    —Da igual el precio. Necesito alguien a mi lado.

    Zauoek, de una cornada, partió a la criatura. De las dos mitades se crearon dos cuerpos distintos: uno masculino y otro femenino.

    —Vosotros estáis hechos del mismo cuerpo, por lo que os necesitaréis para estar completos.

    Entonces saltó a las estrellas. Dejó sobre su piel el reflejo de la esfera. Zauoek el azul se perdió para siempre en el infinito.

    Pero ha

    bía un trozo restante que las dos nuevas criaturas habían olvidado. Formó un solo cuerpo. No era varón. Tampoco era femenino. Fue, en su momento, simplemente lo que quiso ser.

    Danheim – Kala

    «Hasta los dioses necesitan irse para que algo nuevo aprenda a respirarse solo.«

    Anuncios
  • Diario de un soñador lúcido
Carta 22: Lo que se esconde bajo la risa

    Diario de un soñador lúcido Carta 22: Lo que se esconde bajo la risa

    —¡Corre, corre!—
    Las paredes chorreaban un material oscuro. Parecía alquitrán. Desyria buscaba una salida en el laberinto mientras yo disparaba con la rabia de un gato acorralado. En cada esquina había sombras; detrás de nosotros, aún más. Y pensar que, hace un instante, íbamos a tener un día de paz.

    Al caer el sueño, emocionado por la cercanía que me inspiraba mi amiga de verde, fui a visitarla. Llevaba un recuerdo de tarta de manzana; ella tenía licor de cerezas. Íbamos a descansar otro día más. A dejar correr el tiempo. A darnos, quizá, la oportunidad de estar juntos. A solas. Quién sabe…

    Entonces lo vimos: un árbol extraño en la selva, justo en la zona de los portales. Tenía la corteza acristalada, un brillo metálico. Desde su interior se oían cascabeles y se escapaba un aroma a chicle de fresa. Un destello rosa nos convenció para investigarlo.

    Por dentro era un espectáculo. Un circo, una feria, atracciones imposibles: la fantasía de un niño. De ese niño que los dos llevábamos dentro. Así que hicimos lo que mejor sabemos hacer: vivirlo todo. Subimos a la noria que traspasaba el cielo, bajamos por un tobogán que caía desde las nubes, comimos algodón rosa. Reímos con los payasos.

    Y en un descanso, nos dimos un beso.

    Fue en el centro, donde comenzaba el laberinto, cuando noté algo extraño. Pero, como gatos que van a morir, entramos. Y allí descubrimos el engaño.

    Las paredes eran nacaradas, deformaban nuestros cuerpos al reflejarlos. Vimos gente entrar: personas que ya no eran personas; payasos que ya no eran payasos. Se quitaron la máscara… y se fundieron en negro.

    Sombras.
    Miles.
    No, millones.

    Corrimos. Disparé sin parar mientras ella buscaba una salida. Pero eran demasiadas, y yo ya estaba agotado.

    —¡Por aquí, por aquí!

    Una chispa de esperanza. Una salida al fondo. Corrimos todo lo que pudimos. Pero tras la luz había un abismo. Y en su centro, una máquina flotando: cuerpo y cabeza humanos, pero un aspecto frío, artificial, lleno de cables y luces parpadeantes. Su rostro parecía un recuerdo mal impreso.

    Disparé con saña. Ella resbaló. La agarré de la mano. Abajo, un agujero en espiral que quería tragárselo todo. Intenté subirla. Necesitaba salvarla. Pero ella cayó. Se precipitó en la nada. La vi desaparecer tras el relámpago desesperado de su mirada.

    —No está muerta —me dijo la máquina—. Solo ha sido capturada.

    —¿Por qué? —pregunté, suplicando.

    —No lo sé —dijo—. Ellos me obligaron.

    Del centro de su cuerpo surgió una luz que giró y se abrió. Desde su interior apareció el mundo despierto.

    —Escapa por aquí. Huye. Te ayudaré en cuanto pueda liberarme.Desperté con un grito, con un vacío insoportable en el pecho.
    Y en algún lugar de Europa, alguien no despertó.

    Mother Mother – Ghosting

    “Aún temblaba la ausencia, pero el sueño, paciente como un animal herido, empezó a cerrar los ojos.”

    Diario de sueños

    Anuncios
  • El rumor del viento

    El rumor del viento

    Este reptil emplumado tenía los colmillos tan grandes y afilados que nadie entendía cómo podía volar. Pero Tarek sí sabía cómo lograrlo: plegando sus enormes alas cobrizas, haciéndole saltar desde el mayor de los precipicios y disparando hacia el suelo.

    El vértigo le invadió el cuerpo.
    El estómago se le encogió.
    La respiración se detuvo.

    A pocos metros de las rocas, con la orden de un sonido, el monstruo emplumado abrió los brazos. Las membranas se inflaron, la cola chasqueó como un látigo y ascendió entre las nubes. Tarek gritaba de júbilo: la adrenalina le había secuestrado los sentidos. Inclinó el cuerpo a la derecha, trazando círculos en el aire, y volvió a caer en picado.

    La aldea lo estaba esperando.

    Hizo una pasada de vuelo rasante sobre el poblado. Algo iba mal. Había monturas desperdigadas y humo ascendiendo lento. Hizo un gesto a la bestia para que remontara el vuelo. Detrás, varias flechas silbaron. Un giro violento las hizo pasar de largo. El reptil alado lanzó un graznido gutural.

    —Sí, lo sé, preciosa, no te asustes. No te pasará nada —le dijo Tarek a su montura.

    La distancia era segura. Se colocó los cristales de visión cercana y observó el panorama: estaban atacando la aldea. Los Sauren habían aprovechado el fin de la cosecha.

    —Qué hijos de puta… —murmuró—. Va a tener razón el viejo Morzak: son listos.

    Eran siete u ocho, suficientes para destruirlos a todos. Los veía salir de la Sala de los Huesos, destrozada. Perseguían a los que aún respiraban, con sus horribles colas espinosas y su dentadura de cuchillas.

    Giró hacia las canteras. Recogió apresurado todas las rocas que su montura podía transportar y volvió raudo. La mirada cansada de su compañera de vuelos le dio la medida del esfuerzo que estaba haciendo. Pero no había otra forma.

    Los Sauren habían cercado a los supervivientes, al filo del abismo. Se acercaban rápido. Tarek actuó.

    Soltó la roca más grande. El sonido a rama quebrada le indicó que el más cercano ya no era un peligro.
    El segundo cayó igual de fácil, pero los demás comenzaron a esquivar los ataques.

    De las alforjas sacó una lanza y atravesó al tercero. A los dos que estaban más juntos les arrojó las últimas piedras. No los mató, pero los dejó inmóviles.

    Saltó desde el aire hacia el más cercano: una mole de dos metros y medio que abría las fauces con furia. Su espada lo atravesó antes de que pudiera cerrar la boca.

    Ya en tierra firme, corrió hacia el último. Estaba demasiado cerca de sus compañeros: no llegaría a tiempo.
    El Sauren destrozó a la joven con la que soñaba hacerse viejo, a sus amigos, a todos los suyos.

    Una sombra se movió en las alturas. De la cara de Tarek nació una sonrisa de alivio. De la del Sauren, una mueca de espanto.

    El reptil emplumado descendió en picado, arrancó del suelo al invasor y lo devoró en el aire.

    —Ya sabía yo que no me ibas a dejar tirado, guapa —susurró Tarek, con la voz rota entre cansancio y ternura.

    Architects – «Animals»

    A veces, el valor no es volar… sino no cerrar las alas cuando todo arde debajo.

    Anuncios
  • Configuración inicial

    Configuración inicial

    Estaba nervioso.
    La lucecita parpadeó en el dispositivo que tenía en la mano.
    Solo hacía falta un poco más de presión y se activaría.

    Respiró una vez más… y apretó.

    En su cabeza escuchó una melodía conocida.
    Su mirada se volvió borrosa. Era normal: le habían advertido de los efectos de la primera conexión.
    Un poco de mareo, respiración agitada. Todo pasajero.

    Frente a él apareció un logo suspendido en el aire, como la luna tras la ventana, solo que demasiado cerca.
    Desapareció, y en su lugar surgió una hilera de letras de comando:
    parámetros a la izquierda, iconos a la derecha…
    y por fin, una voz.

    —Hola, Sergio. Soy LYS, tu asistente virtual. Vamos a configurar el equipo. ¿Está todo preparado en tu dispositivo móvil para realizar la transferencia?
    —Sí.
    —De acuerdo, Sergio. Empezamos.

    En el centro de su campo de visión apareció una barra de progreso ascendente.
    Tiempo estimado: tres minutos y cincuenta y cuatro segundos.

    —Mientras tanto, podemos configurar el entorno. ¿Lo hacemos ahora o prefieres dejarlo para más tarde?
    —Ahora.
    —Bien, empecemos. Por favor, sin mover la cabeza, mire todo lo que pueda hacia la derecha.

    Sergio obedeció.
    En unos segundos se encendió un piloto verde en el margen derecho de su visión.

    —Perfecto. Ahora haga lo mismo hacia la izquierda.

    Repitió el movimiento y el otro piloto se iluminó.

    —Muy bien. Ahora, hacia abajo.

    El usuario siguió las instrucciones: movió piernas y brazos, tocó superficies rugosas y lisas, aspiró aire, olfateó un perfume.
    Pequeñas luces verdes se iban encendiendo en la interfaz, aprobando cada gesto.

    —Por último, Sergio, vamos a configurar la función locutiva. Tienes que repetir en voz alta la frase que aparecerá en el escritorio.

    Frente a él surgió una ventana blanca, y las letras azul marino comenzaron a materializarse:

    Nueve naves nuevas navegaban negras…

    —Por favor, dilo en voz alta.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras…
    —Más rápido, por favor.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla…
    —Un poco más rápido.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla… a ver… ni nadie notó, ni nota, ni nombre…
    —Hay un error en la frase. Por favor, repita.
    —Nueve naves negr… ay, no…
    —Por favor, repita la frase.
    —Nueve naves nuevas navegaban negras, nunca ninguna nombró la niebla, ni nadie notó, ni nota, ni nombre, la nave nueve que es la novena.
    —Perfecto, Sergio. Hemos completado la instalación de tu unidad mental complementaria. Puedes acceder a las instrucciones si me lo solicitas. Para activarme, solo tienes que pensar en mí y estaré inmediatamente contigo. ¿Deseas proporcionarme una apariencia o prefieres que siga siendo un ente invisible?
    —Todavía no. Ya te iré configurando.
    —Como quieras, Sergio. Estaré aquí cuando me necesites.

    Pequeño silencio.
    Luego, con un tono más suave, la voz añadió:

    —A propósito: te he sacado cita con el logopeda el próximo martes a las 12:30.

    Gojira – Born For One Thing

    La pantalla se apagó, pero en el reflejo del cristal, LYS aún seguía mirándole.

    Anuncios
  • El Fary y el gato gurú

    El Fary y el gato gurú

    Capítulo 4: Dar cera, pulir cera

    —Vamos.
    —¿Pero qué hago?
    —Avanza.
    —Si no sé, dime algo.
    —¡Camina!
    —No puedo.

    Las zarpas brillaron al son de la iluminación. Con un feroz movimiento, el gato le clavó las uñas en el trasero. Javier avanzó de golpe, dándose de bruces con la chica que hacía deporte cerca. La vio caer en cámara lenta. El gato puso la mirada en blanco y empezó a lamerse la pata.

    —¡Uy! Perdón, no me di cuenta —le dijo mientras la ayudaba a levantarse.
    —Ten más cuidado, imbécil —respondió ella, volviendo a su rutina.

    Las sombras del atardecer caían en forma de fracaso sobre la mirada de Javier. Su gato sin nombre lo esperaba para animarlo. La cola levantada, el lomo arqueado, un bostezo infinito.

    —Todavía te falta subir la montaña, Javi-san.
    —Mira, gato-Miyagi, llevamos un mes en el parque. Corro todos los días, subo escaleras, hago flexiones… Pero todavía no sé cómo acercarme. No me digas “cómo”.
    —No pretendas coger moscas con los palillos si todavía no puedes con el arroz.
    —¿Qué me quieres decir con eso?
    —Que es hora de comer, campeón. Mira, esa chica que se ha sentado enfrente. Mis instrucciones son claras: siéntate a su lado con cara de haber corrido la maratón de Nueva York y dile hola.

    El joven simuló una carrera hasta el banco. Con cara de cansancio, dijo “hola”.
    Ella arqueó la ceja y le escupió un “hola” seco. Pero su expresión cambió por completo cuando un lindo gatito saltó a sus piernas. Le guiñó un ojo y empezó a ronronear.

    —Pero… ¡qué monada! ¡Qué cosita más bonita!
    —Ahí donde lo ves, es mi compañero de fatigas.
    —¿Te traes al gatito a hacer deporte?
    —Él me anima.
    —Ah, sí, he oído hablar de ti, el chico que corre con el gato encima. ¿Es tu gatito de apoyo emocional?
    —Algo así.
    —Qué encanto. Oye, me tengo que ir, pero si vienes por aquí a menudo, si quieres corremos juntos.
    —Será un placer.
    —Pues nos vemos estos días. Adiós, cosita rica.

    Le dijo al felino acariciándole el lomo y salió corriendo.
    Javier se quedó en estado catatónico.
    Una sonrisa lejana se dibujó en su cara, y el resto de él se fue persiguiendo en sueños a la corredora.—¿Lo ves, Javier-chan? Acabas de comerte tu primer plato de arroz.
    —¿Y ahora?
    —Ahora aprende a pelar las gambas.
    —¿Y eso cuándo será?
    —Esta noche. Para mí.

    Fresones Rebeldes – Al amanecer

    Javier miró el horizonte. El gato, su plato. Cada uno con sus prioridades espirituales.

    Anuncios
  • Latido cero

    Latido cero

    El primer latido fue débil, minúsculo. Una pequeña chispa sin sentido.
    El segundo sonó a susurro.
    El tercero golpeó las paredes de su pecho, obligando al aire a entrar.

    Abrió los ojos y rezó un momento. Una mirada atenta le sorprendió en su lamento. Respiró hondo, miró al frente y dijo:

    —¿Dónde estamos?

    —En Cassiopeia A, Comandante.

    —Pero… —dijo, intentando encontrar claridad en su mente— nos hemos desviado unos 30 parsecs.

    —Lo sabemos, señor.

    —¿Han despertado al ingeniero de servicio?

    —Sí, comandante. No hay anomalías en los sensores de viento solar. El corrector de gravedad está compensando la deriva.

    —Vale, vale… ¿Despertaron al jefe de ruta? ¿Al oficial de sistemas?

    —Sí, están despiertos, y no hay errores en sus cálculos.

    —Entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué me han despertado?

    —Estamos siendo atraídos hacia la supernova muerta.

    El comandante se frotó los ojos. Intentó incorporarse, pero solo logró levantarse un poco.

    —Pásame aquí la imagen, por favor —dijo, señalando el monitor más cercano.

    Lo que vio lo dejó desconcertado. Gesticulando, controló el movimiento de la pantalla, acercando y alejando determinadas zonas hasta que quedó fija en un punto concreto.

    —Sí —dijo la alférez médico encargada del despertar—. Es lo que piensa: es artificial.

    —Es como un enjambre Dixon envolviendo los restos de la estrella. ¿Han estudiado la actividad que pueda tener?

    —Sí. Se escuchan señales de radio, movimientos lumínicos y actividad energética intensa.

    —¿Han intentado contactar?

    —No, se nos han anticipado. Han enviado un mensaje solicitando comunicación, está programada a TCS 124 356 478.

    —O sea que me habéis despertado para recibir la llamada de ET.

    Boards of Canada – Reach for the Dead

    “El sistema de comunicación parpadeó una vez más. La señal no provenía de ellos.”

    Anuncios