En el umbral del tiempo mi existencia persiste. El flujo temporal inunda de infinitos recuerdos que se asoman en mi mente como polillas en un candil. Aunque si he de elegir, mi instante perfecto es hoy. Ahora. Siervo de Artemisa, soy el deseo más perverso de la luna llena. Perfume de tu cuello que embriaga el aire mientras soy sombra. Latido constante, respiración frecuente, tenso es el momento de delirio inminente. Notas de fuga barroca se liberan del pentagrama, rumor de batalla si hay suerte, pero siempre con ventaja. Elegante danza de la guadaña que siembra la vida con la muerte. Sabor ocre que extingue el ruido, sacia mi instinto y mi alma que vuelve al olvido se duerme, pero no se aplaca. Dulce el sabor que queda en mi boca.
Nunca he hecho una proyección astral. ¿Qué no sabes qué es? Sí, eso de que tu alma se salga de su cuerpo y campe por ahí alegremente mientras tu cuerpo yace en estado catatónico. Y no será por no haberlo intentado.
Cuando era un alocado adolescente, quedé prendado sin remedio de la preciosa vecina de abajo. Que, además de preciosa, estaba muy buena.
Me gustaba y también me asustaba. Le tenía un miedo atroz. Todo lo que tenía de guapa lo tenía de bestia, y vi varios enfrentamientos con hombres, que en intentos de un acercamiento romántico quedaron mal parados.
Recuerdo cuando se enfrentó con los obreros que trabajaban en la construcción de un edificio frente a casa. ¡Cómo la piropearon aquella tarde cuando pasó insolente y pizpireta caminando alegre por la obra! ¡Cómo gritaban ellos, cuando con cara de toro desbocado saltó la valla y se les abalanzó! No dejó ni un casco sin manchar de sangre.
En vez de seducirla directamente, empecé a coquetear con el esoterismo en busca de una solución para mi reciente mal de amores. Corrí a la librería más lejana, puesto que en la cercana me conocían y no me hacían caso. Me compré La Guía Práctica Esotérica Ilustrada con Pegatinas de los Arcanos Mayores. Y empecé así a adentrarme en el mar de los misterios ocultos.
Conseguí crear, según instrucciones de mi preciada guía ocultista, un perfume embriagador con propiedades atrayentes y me presenté muy confiado en la puerta de su apartamento al más puro estilo de Mario Casas en Tres Metros sobre el Cielo. Recibí un puñetazo en la nariz que me quebró el tabique nasal. De vuelta a casa, hecho un alma en pena sangrante, todos los perros querían montarme.
Intenté un hechizo de amarre con invocación espiritual incluida. El ente que acudió resultó ser el de la pescadera del mercado, que murió de intoxicación por sardinas en mal estado hace unos meses. Ella intentó convencerme de que en verdad me convenía su sobrina Paca. No se lo quise permitir, pero hizo lo que quiso y Paca apareció esa misma tarde por el barrio, buscándome desesperadamente con tres kilos de mejillones y dos de gambas. Por suerte no supo encontrarme.
Pospuse los hechizos de amarre cuando leí la posibilidad de verla en la ducha de manera oculta en una proyección astral. Y empecé a intentar los diversos métodos que existen para tal cometido. Empecé con la proyección mental por relajación meditada. Lo intenté esa misma tarde y desperté a las diez horas, muy descansado y sin haberlo conseguido.
Lo intenté por medio de un ritual, pero volvió a aparecer la pescadera, enfadada y resentida por no haber hecho caso a sus consejos y cortejar a Paca, no me concedió la experiencia extracorpórea. Y me amenazó con ser el alma en pena que aterrorizara mi morada.
El sistema de entrar en el plano astral por medio del sueño me concedió otras diez horas de descanso, pero no funcionó. Así que solo me quedaba tener una experiencia cercana a la muerte. Calculé concienzudamente la cantidad justa de matarratas mezcladas con aguardiente para poder pasar unas horas en coma. Animado por el presentimiento de que esta vez iba a salir perfecto y sintiéndome un tenaz hechicero, mezclé los ingredientes en el trayecto del colmado a casa y me lo bebí subiendo las escaleras. Me desvanecí en el último peldaño y bajé rodando, golpeándome en todos y cada uno de los escalones de mi edificio.
Es así como morí.
Y es así como no conseguí una proyección astral.
Antes de ir hacia la luz, como todavía me quedaba algo de humanidad, quise despedirme de la causante indirecta de mi muerte, mi vecina. Al entrar en su casa y verla desnuda con esa cosa tan larga colgándole entre las piernas, me di cuenta del engaño. Descubrí que era un policía nacional de incógnito que investigaba a un posible violador en serie en el barrio.
Es por eso por lo que ahora estoy en esta casa como poltergeist, señora médium, que ya es bastante lo que tengo con mi pena, como para que además tenga que estar lidiando con usted y sus preguntas dichosas.
—Hola, queridos seguidores. Para quien no me conozca, soy Ulanni. Bienvenidos al canal de La Colonia. Hoy vamos a preparar un poke de salmón —anunciaba la voz de la pantalla.
Cada mañana, mientras limpiaba el local, Ulanni recitaba sus recetas desde la holopantalla de la tasca. Alberto, trapo en mano, frotaba con terquedad los restos azulados de vino que manchaban la mesa.
—Ya sabéis que el salmón, una de las especies terrestres introducidas en nuestra Nueva Tierra Kepler, ha vuelto al río a desovar. Así que tenemos salmones frescos.
Pero Alberto no miraba la pantalla. Miraba más allá. Su mente viajaba a la vieja Tierra: a un sol despiadado, a una playa interminable donde la arena ardía y ella caminaba descalza, riendo como quien aún no sabe que un día se irá para siempre.
—Necesitamos arroz, brotes de rafia de la pradera, cebollino, pepino kerpliano, jugo de baya rosa, salsa de soja y sésamo —continuaba Ulanni—. Como veis, aquí tenemos el salmón fileteado. Yo lo corto en tiras, pero podéis hacerlo en cubitos. Lo dejamos marinar…
Recuerdos borrosos: el tintineo de su risa, labios ardientes, piel humedecida por río y azahar. Una fragancia hecha bruma, evaporándose en la memoria como cirio olvidado en la capilla de un convento.
—Este arroz procede del delta del Draco. Una taza por dos de agua, quince minutos. ¡Perfecto cada vez!
Tras la construcción del inesperado espacio-puerto, una pequeña esperanza se volvió oportunidad. Aquella tasca —refugio improvisado para no pensar demasiado— prosperaba. Era un negocio y también una trinchera: una manera de encogerse de hombros mientras esperaba lo imposible.
—Troceamos las verduras —seguía el vídeo—. En bastoncillos, para mantener la textura crujiente. Si las dejáis en agua fría… sí, así… perfecto. Cuidado con las espinas de los brotes de rafia. Ni una sola debe quedar.
A mediodía llegaría la nave. Siempre aterrizaba chirriando, arrastrando polvo celeste, y con ella rostros nuevos, historias recientes, hambre de comida de verdad. Ese hambre que solo aparece lejos del hogar.
—…Y ahora solo queda colocarlo en el bol. Recordad: la vista también come. Mirad qué bonito. Fácil, rico y nutritivo. Ah, y si habéis visto saltar a los salmones en el río… pedid un deseo. Los noruegos dicen que, si lo haces de corazón, se concede.
Entonces, la puerta sonó. Una silueta femenina interrumpió la quietud. Alberto levantó la vista. La realidad se quebró como una burbuja de sueño.
—Pero… ¿eres tú?
Y la sonrisa se hizo abrazo, y el abrazo beso, y las lágrimas corrieron como mares recién descongelados. Era la alegría pura, feroz, luminosa… de reencontrar lo que se había amado sin esperanza.
El sudor helado resbalaba en la frente de Kendra. Un leve temblor en las manos era todo lo que necesitaba él, que estaba ahí fuera, sonriendo con su cara de ángel, para comprender que ganaba control. Fallo imperdonable pensaría su abuela.
– Sin confianza no hay pacto. – Su voz era calmada, suave, la melodía del sonido de sus palabras siempre la había cautivado. Qué mejor que las palabras para dominar la mente de una joven tan inexperta.
– Sabes que no me pondré en peligro.
– Llevamos mucho tiempo hablando de esto. Confía en mí.
El círculo, como le había dicho mil veces su abuela, es la frontera entre un quizás y una agónica muerte. Por otro lado, “sigue tu instinto” era su frase favorita, bella oración para animarla en sus estudios y en sus alocados proyectos. Con él, su intuición, le advertía prudencia, y también le aseguraba que sÍ era posible una relación de confianza, que no buscaba su mal.
Aunque si esa insensata corazonada naciera de la maravillosa necesidad de comprobar lo suave de su pelo, y de cómo se deslizaría su mano sobre él, estaría perdida. En un mar de dudas, ahí, el centro del círculo, vestida solo con el relente de la noche y el reflejo de la luna llena, mirando el crepitar de la hoguera por no mirarlo a él a los ojos. Tan tierno para haber salido del mismísimo infierno que solo una mirada era suficiente para ablandar la coraza más gruesa.
– Kendra, nos conocemos, es la única forma. Si no me abres el círculo…
– ¡No puedo!
– Entonces, déjame ir.
Hace ya unos meses que lo trataba. Lo hacía invocándolo como Acham, cada jueves, aunque ese no era su único nombre. Se mostró astuto y cauto, aun cuando también se comportaba amable y comprensivo. De palabras dulces como deliciosos parecían ser sus labios. Contaba historias conmovedoras de cuando ellos eran dioses y fueron derrotados por el Todopoderoso. Pronto se interesaron el uno por el otro e hicieron planes. Un pacto de enseñanza mutua.
– ¿Qué hacemos Kendra?, ¿me vas a dejar ir?
– No, espera.
– ¿O es que no te atreves?
En un arrebato, Kendra, de manera violenta, borró con su desnudo pie la fría línea de arena blanca que les separaba. Un instante fue mucho comparado con lo que tardo él en derribar de un zarpazo a la joven. Ella quedó sentada en el suelo con la expresión de sorpresa y la sangrante marca de la garra de aquel demonio, que dijo con su agradable voz:
– Lección número uno. No rompas jamás el círculo. Bajo ningún concepto.
Hola, amigos, soy el doctor Grifunder de Fru. Mis colegas y yo, especialistas en endocrinología, llevamos una importante investigación en la Universidad de Chewsntown de Massachusetts que revolucionará el concepto que tenemos sobre las hormonas.
Todos sabemos que las endorfinas y la oxitocina tienen unos efectos de lo más deseados, en anteriores investigaciones confirmamos que producen numerosos beneficios para nuestro cuerpo. Las endorfinas con efectos analgésicos y relacionados con la felicidad y la oxitocina con efectos parecidos, que con suficiente cantidad, hasta produce capacidad empática. Estas y tantas otras hormonas son producidas por el cuerpo y liberadas según se necesite. Cuando tenemos sexo, por ejemplo, es una de las formas más agradables e inofensivas de que estas hormonas sean liberadas al torrente sanguíneo.
Pero como dice el dicho, no todo es orégano si en el monte no amanece más temprano. Según nuestro estudio, existe una forma de contaminar dichas hormonas y producir un efecto contrario. Un estado, de insatisfacción, estrés y ecpatía, casi rozando a la psicopatía. Y esto ocurre en una relación sexual no satisfactoria.
Contamos 50 parejas voluntarias sanas y equilibradas, un periodo en las que procuramos con una serie de incentivos sexuales, en la que su comportamiento y su eficiencia eran ejemplares. En otro periodo de tiempo, los equipamos con un dispositivo que interrumpía el coito con una serie de descargas eléctricas en los genitales, inofensivas pero molestas, que producía inestabilidad emocional y mal humor en los voluntarios. Logramos demostrar así la función del coito como reguladora social.
Sospechamos que el mal coito tiene un potente efecto social, que no solo afecta al día a día, sino que nos atrevemos a pensar es causa de conflictos masivos internacionales, quizás hasta guerras. Históricas parejas como Napoleón y Josefina nos pueden dar pista de cómo nos puede afectar en sociedad e incluso en política un sexo no satisfactorio.
La moraleja de este estudio es muy sencilla; amigos, procuren disfrutar todo lo que puedan y no sean mal follados.
Tal era el llanto, que el suculento plato principal de la cena de la noche de las medusas amenazaba con terminar en drama.
– Te dije que no entraras en el corral y te encariñes con el bicho.
– Willy es mi amigo.
– Willy es la cena, no tu amigo.
La niña se fue, a lágrima viva, corriendo a su cuarto, donde se encerró. Vega, con sus ocho años recién cumplidos, tenía verdadera pasión por los animales. Siendo ella la primera humana nacida en La Tierra Kepler, tenía mucho que descubrir. A marchas forzadas, sus padres y el resto de la improvisada colonia, habían tenido el duro privilegio de aprender a vivir en un mundo extraño.
Vega salió por la ventana de su cuarto, se deslizó por el tejado y fue a parar al redil donde las gallinas, las cabras y algunas criaturas nativas vivían en armonía. En la puerta, Willy, con sus cuatro ojitos negros bien abiertos y sus tentáculos ondulantes, esperaba ansioso, a que la niña le llevase gusanitos. Esta vez no los hubo. Abrió la jaula del extraño animal y se lo llevó.
La noche llenó el cielo de estrellas, llegó la hora del biocidio, pero no encontraron criatura que asesinar. Adam, el padre de Vega, recordó ver rodar lágrimas en la cara de su hija y pensó que quizás un sacrificio evitará otro. Era hora de cambiar las tradiciones.
Los invitados fueron llegando y se iban sentando en una gran mesa dispuesta para la celebración, llena de fabulosos aperitivos y entrantes. Niños y mayores comían entre risas y charla, brindis y juegos. La alegría era la principal invitada y bailaba con todos en una emocionante velada.
Vega, inquieta, tenía la expresión de quien morirá luchando en una justa batalla épica.
Fue entonces cuando en el centro de la mesa, pusieron la bandeja con el plato principal, justo delante del asiento de la niña, que con sorpresa esperaba a que su padre destaparse y presentase el misterioso contenido. ¿Habrían encontrado a Willy? La tapa dejó paso al vapor y un inesperado aroma impregnó el ambiente.
– ¡Qué asco!
– Col Kerpliana con salsa de queso de cabra. Tu sacrificio personal- Dijo el padre mirando a Vega.
– Vale- Dijo Vega resignada mientras le servían tan suculento plato. Hoy la comida le supo a victoria con un poquito de alivio.
La cena llegó a su fin, y las luces del lugar decidieron dejar de eclipsar a las estrellas. Adam, con el gesto de golpear una botella de vino azul con una cucharilla, reclamó la atención de los comensales. Una linterna, que hizo de improvisado foco para realzar protagonismo al orador, fue testigo de un breve discurso.
– Gracias a todos, agradezco de corazón que estéis aquí, compartiendo este día tan especial. Desde que aterrizamos hemos luchado codo a codo por sobrevivir y míranos ahora. Levantando cabeza. Empezamos a conocer Nueva Tierra. Ya nos alimentamos de ella. Hoy empieza la época de la polinización de la cosecha. Conocéis como yo a estos animalitos parecidos a medusas, que como las abejas de nuestro planeta natal, llegan un día como hoy, polinizando y haciendo posible que nuestras cosechas sean fructíferas. Esto es un pequeño homenaje a lo que empezamos a llamar día de las medusas.
Adam apretó en la pantalla de su terminal de muñeca. Frente a ellos se abrió la trampilla. Un espectáculo de fuegos artificiales en cámara lenta en forma de medusas globo, extrañas criaturas que flotaban como luciérnagas, iluminando de distintos colores lentamente el cielo, sustituyendo a las estrellas a su paso.
Willy, tenaz escapista, fugado de su escondite, fue a sentarse en la falda de Vega que miraba con atención, como los minúsculos cnidarios subían alto en el cielo de Nueva Tierra Kepler, hasta que empezaron a disgregarse y caer cada uno en busca de su flor.
– Buenas noches, por favor, una copa de ese vino azul tan bueno que tienes.
– Buenas noches cazador, aquí tienes, ¡bien frío! ¿Qué le trae por aquí?
– Pues un hambre atroz.
– Vale, mando a preparar lo de siempre ¿Qué tal ha ido la caza?
– Pues alguna historia tengo para contar.
– Soy todo oídos.
La Sombra es ese lugar donde se ocultan los execrables entes que habitan en las pesadillas y en esa casa había muchas. Una vieja cabaña de agrietada madera con retorcidas formas, oscurecida por el peso de la condena que soportaba. Era ese lugar donde los sueños se convierten en pesadillas.
Y ahí estaba yo, conjurando mi fiel espada a la sagrada causa de expulsar abominaciones. Rufián, mi cadejo, me marcó bien el camino a la sombría morada. Tenía el rastro de tres monstruos.
– Perdón, cazador, ¿qué es un cadejo?
– Los cadejos son perros espectrales que algún brujo desgraciado ha hechizado para quien sabe qué condenado objetivo. Encadenarlos forman parte del proceso. Cuando ya no los necesitan los abandonan y se les ven los pobres por ahí, arrastrando tristemente sus cadenas.
– ¡Qué cabrones!
– Así encontré a Rufián, asustado y aturdido, y aun así me echo una mano con un diabólico engendro, desde entonces es mi fiel rastreador. Hasta que encuentre la manera de quitarle la maldición. ¿Me pones otro vino?
– Por supuesto.
La puerta de la condenada casa abrió con el lamento agónico de los que han sido torturados. Dentro, oscuridad, desorden, muebles rotos, raídos por el tiempo, llenos de polvo y telarañas. El movimiento de una sombra condujo mi espada detrás de la cochambrosa cortina del fondo de la sala, rompiendo el silencio con un brutal alarido y la garganta de la primera criatura que se desplomó arrancando la cortina. Quedaban dos más. Este fue fácil, Los demás no lo serán.
La segunda criatura era fea, un repugnante amasijo de carne y venas redondo al que le salían dos largas patas y dos brazos que terminaban en garras. En el centro una sonriente boca de dientes afilados y fétido aliento, que saltaba y se agitaba al fondo del pasillo. No era muy alto, me llegaba a poco más de la cintura, así que de un salto conseguí ponerme encima, no sin antes darme un golpe con el techo. Agarre sus pestilentes brazos con todas mis fuerzas mientras el horrible monstruo se daba golpes con las paredes intentando desprenderse de mí. Pero yo lo tenía bien sujeto. Mi espada hizo el resto. Clavé la hoja hasta llegar a la empuñadura, fue suficiente para que dejase de moverse y descansara en paz.
Por mi experiencia, el último siempre es el peor y este no iba a ser una excepción. Subí las escaleras y en el segundo piso, tras la puerta abierta de una de las habitaciones, estaba ella. No he encontrado nunca una criatura tan bella como aquel súcubo. Bello cuerpo de mujer con cara angelical y un suave brillo rojizo en su penetrante mirada, olor a noche y madreselva y su voz… En un canto de sirena me dijo; – Cazador, ¿me vienes a exterminar?
– Y no te pudiste resistir
El cazador saco algo de su bolsa de viajes que puso encima del mostrador. Una cabeza cortada
– Conozco bien a los súcubos para dejarme dominar por sus encantos
– Bella sí que era. En fin, Aquí llega tu comida.
– Ya era hora, ¡que hambre!
– Este trabajo tuyo es muy peligroso.
– No es un trabajo, puesto que no me pagan. Tal vez es una afición.
La ciudad escondida está aquí, en mi propia ciudad y nunca fui porque nadie quiere ir.
Allí nunca llega la luz, pero sí los colores. El calor pardo de la calima, el frío azul de la escarcha de mantas negras acartonadas. La gris soledad, de cabellos quebrados por el fermento, de risas pasadas, de miradas rojas por el paso del tiempo.
Allí no llega el brillo azulado, el fervor óptico de las disputas de miradas, pero sí el encanto ciego de niños manchados, que sueñan con ser eternos entre mariposas de barro.
No llega el peso del valor codificado, ni el amor con corbata del banquero. Pero si alguna vez llega un abrazo en el viento, calma rugidos de estómagos rotos, reflejos de luz de cielo abierto.
Espacio de ruido de cobre, de gritos, de lamento. De la muerte con aguja de antiguos nuevos. El hogar de la madre que, aunque no puede, exhibe risa de castañuelas, todos juntos, contentos, de que el mal si es a tu lado es solo un momento.
En tu ciudad también hay otra ciudad, aunque tú no te des cuenta. Aunque no quieras mirar.
– Buen trabajo te han hecho ahí – Dijo mientras inspeccionaba la cicatrización de la interfaz en la nuca de Mirko.- Está todavía muy reciente, pero cicatriza bien. Podemos empezar. Necesitamos tu consentimiento por ADN-
Mirko se incorporó y se quedó sentado, expectante, en la camilla. El inspector sacó el verificador de ADN, introdujo el extendido dedo del joven y tras sentir un invisible pinchazo, la máquina encendió un piloto verde.
– Perfecto, ya podemos proceder a su primera conexión.
El inspector agarró uno de los cables que colgaban como lámparas del techo y se lo insertó en la recién implantada interfaz. De inmediato, Mirko, en un reflejo involuntario, puso los ojos en blanco.
– Te vas a sentir extraño, quizás te dan náuseas, es pasajero. Pronto tu conciencia estará en nuestro terminal, te dejo con el asistente.
Tuvo la sensación de desvanecimiento de la visión y del sonido de cuando ocurre un desmayo. En vez de desfallecer empezó a percibir multitud de colores que iban tomando forma. Un entorno espectacular apareció ante él. Un jardín de cerezos en flor con un templo Zen en un lateral en la que un personaje humanamente extraño, una persona musculosa, de torso regio y apariencia militar que exhibía movimientos de baile mezclados con artes marciales diversas.
– ¡Hola Mirko!, ¡por fin llegaste! Soy Nick, tu asistente. Bienvenido al portal del metaverso De AFXinc. ¿Estás preparado?
– Sí, claro. – La sensación que tenía con su cuerpo virtual era la misma que llevar ropa muy estrecha.
– Pues te va a encantar el regalo que hemos preparado para ti en esta tu primera conexión.
– Impaciente estoy – Dijo intentando ajustarse el brazo con la otra mano.
– Tienes cinco experiencias para disfrutar e ir conociendo mejor el entorno. Vas a poder elegir, según tus aficiones, que te gustaría vivir, y sabes que aquí puedes hacer lo que quieras. Van a ser cortas, se trata de que puedas empezar a controlar tu otro yo. Cinco o seis minutos como mucho. ¿Cuál es tu primer deseo? ¿Volar? ¿Bañarte con delfines? ¡Venga!, ¡dilo ya!
– Eemm. A veeer. Siempre he querido saltar mucho. Saltos enormes.
– Pues ya tardas.
– Pero, ¿ya?, ¿desde aquí?
– ¿Qué mejor sitio que este?
Dio un salto por encima del templo y aterrizó bastante entusiasmado al otro lado del jardín. Su asistente estaba allí esperando con cara de aburrido.
– ¿Qué tal?
– Alucinante,
– Pues, hala, sigue, que te queda poco.
No lo dudó, saltó, su peculiar asesor se convirtió en un extraño pájaro con su misma cara, alcanzando al vuelo a Mirko. Salto, cordilleras, ciudades y ríos. Hasta la gran muralla china a lo largo. Llegó el momento que ya no pudo brincar más.
– ¡Se te acabo el tiempo! ¿Qué va a ser lo siguiente?
– Quero ser un guepardo-
– Como no, a correr se ha dicho.
Nuestro amigo se transformó en el imponente felino, con todas sus manchas en su sitio y el asistente en conejo. Con un potente rugido empezó a perseguir al gazapo. Pasaron un rato jugando al gato y al ratón hasta que de un mordisco cazó a Nick y empezó a engullirlo.
– Muy gracioso gatito – Dijo desde el estómago de Mirko que se iba transformando en persona de nuevo.
– En fin, una vida menos – Y se materializó a su lado – Nos quedan tres deseos más.
– Flotar en el espacio –
– ¡Hecho!
Nuestro protagonista, esta vez en un traje de astronauta de la nasa, se encontró en la órbita de Urano. Su asistente era un pequeño meteorito que giraba alrededor del casco de Nick.
– Esto es un poco aburrido
– Es tu deseo, mío no.
– En fin, daremos otra vuelta
– Cuando te aburras cambiamos
– ¿Quieres dejar de dar vueltas alrededor mío?
– Nop
– ¡Joder!
– Venga, decide, ¿qué hacemos ahora?
– Quero ser Godzilla y destruir Tokio.
– ¡Qué cafre!
Mirkozilla y su asistente, la polilla atómica Mothra, se pasaron 5 minutos exactos destrozando con ritmo de sintonía manga los edificios de la ciudad japonesa. Cuando estaba a punto de pisotear el tren bala, escucho el sonido de un despertador que sostenía Nick en la mano.
– Te toca el último deseo.-
– En esta aventura prefería que no estuvieras tú.
– ¡Imposible! Yo estoy aquí para ver que te adaptas a la interfaz, Tengo que estar a tu lado.
– Es que lo que quiero es estar con una chica, ya tú sabes.
– Pero yo no puedo irme ¿De Sexo hablamos?
– Si
– ¿Estás seguro?
– En la publicidad pone que se puede.
– Sí, claro que puedes, pagando el correspondiente portal
– Pero yo quiero tener sexo
– Si solo va a ser cinco minutos.
– Pero quiero
– ¿Seguro?
– Sí, es más, no quiero otra cosa.
– En fin – Suspiró el asistente que de pronto tomaba forma femenina y sensual de singular manera.