Circunloquio circuncidado circunscrito en sosa prosa. Sincretismo de tránsito a la sinarquía crónica sinfónica de un sinvergüenza repatriado. Sonrojados rugidos sonorizados que sinterizaríamos sonetizando sin sentimientos certeros. Cercenando cabezas celebérrimas certeramente cerciorándose la simetría del tajo asestado. Asiendo viento asegurando hacer envalentonados versos travestidos de truhanes trueques trashumantes. Acertando acechando cetrinas zarigüeyas aceleradas hastiadas de ser hasaníes.
Cerrando el circunloquio, me ducho diestro en zozobró de dicha desmayado arte, ante una muerte súbita dialéctica.
Soy el oscuro tremor, y en la noche sacudo tu lecho, rasgando la cortina del más plácido y profundo deliquio, ponzoña silenciosa en busca del grito de espesa turba. Desparramando tu exaltado aliento, hacia el abismo tenebroso, te expulso de la esfera de Hipnos a caer a mi cruel deseo de relámpagos exaltados que debilitan tu aliento.
Soy el que perturbo tu descanso arañando con mis garras todas las leyes de Morfeo. Creando delirio a mi paso, soy quien secuestro la paz, sin descanso, en tu descanso maltrecho, por la huella de mi envenenado beso, tu alma suplicará por los pecados que inducen a tu conciencia, mi presencia, envenenando el efímero momento de sosiego, hasta que supliques al ocaso que te mantenga despierto.
Phobetor es mi nombre, en la pesadilla habito, mi placer es tu tormento.
El Onironomicón es un libro probablemente escrito por Howard Phillips Lovecraft, narra las peripecias de un soñador que, de manera lúcida, investiga el mundo de los sueños. Además de numerosos relatos, contiene valiosa información de como lograr un reparador sueño consciente.
Esta obra no está a la venta, ya que se encuentra en paradero desconocido. Se ha contratado un tenaz equipo de búsqueda encabezado por el enano Bufor que, de manera heroica y un tanto temeraria, en una incansable pesquisa, no descansará hasta hallar el preciado ejemplar.
Esperemos que, en breve, esté en todas las librerías.
Para más información, por favor, contacte con el autor.
En eterna espera de lanzamiento de la nave. Adam exorcizaba el terror de la incertidumbre entre las líneas de dolor de una carta de despedida.
From: <ANewman@ code#485147KddR#sa.gob.uk > To: <ESanchez@ code#6852147Xz#r3z.gob.es >
Querida Eva,
No hace más que un momento que me marche de tu lado y ya te extraño, como extraño se me hace el camino de vuelta sin ti.
Mi lamento crece como crece el espacio entre los dos, pero sé que ahora llevo algo de ti en mí. Que crecerá aún en la distancia convirtiéndose por el instante que dure, en eterna.
En mí nace la esperanza, de que la distancia es temporal. Sé que solo hace falta un salto entre tu mundo y el mío y que en breve se cruzaran de nuevo nuestras miradas. Entre tanto miraremos a la vez la misma estrella en un cielo diferente.
Pensé que algo así nunca me iba a pasar, pero ya ves, al rozar tu piel murió el frío y decidiste hacer de mi pensamiento tu morada. No me queda otra que visitarte cada mañana y revolotear contigo hasta que ese beso me diga que descanse, hasta mañana.
Te Quiere.
Adam
PD. Los momentos en los que tu luz se derramaba salvaje sobre mi espalda no solo cicatrizan bien, además quedaron tatuados en mi memoria con el profundo fuego del deseo, no dudaré en recrearme en ellos a la espera de volver.
El ruido del despegue anunció el corte de toda comunicación no prescindible. Apresurado envió la carta antes de que no fuera posible. Quizás estas sean las últimas palabras que podía enviarle. O puede que no…
Tanto tiempo, tanto esfuerzo. Fórmulas inexactas, negación del todo. Todo está representado en una ecuación, incorrecta otra vez. ¡Maldición! ¡Otra vez G! ¡Otra vez G! En mis paredes bailan números y letras en un desafío circense. Hasta mis cansados brazos caen a los pies de esa maldita ley de Newton.
Desvanezco, Morfeo aúlla mi nombre y en sus manos caigo sin remedio. Mis párpados, en irreverente gesto, impiden el esfuerzo de mi negación. Mi pizarra se convierte en viento, desparrama mis trazos rasgados por un estrellado firmamento. Y entonces lo veo. Constelaciones en constante desplazamiento forman patrones que ahora entiendo.
Como un gran lamento bosteza mi despertar. Mi mente ríe alegre mientras le dura el recuerdo, Para engañar a Isaac solo se necesita una escalera hacia el cielo.
—¿Café? No me queda. Estoy esperando al proveedor… tuvieron un percance por el camino. Pero puedo ofrecerle un té chai excelente.
—Ah, vale. Póngame uno.
—Aromático y humeante. Aquí tiene.
—Qué curioso… estaba soñando con una casa, y de pronto aparecí aquí.
—Es normal, señora. ¿Cómo era esa casa?
—No soy muy buena narradora, pero lo intentaré…
Por fuera era oscura, con paredes agrietadas y cansadas. El tiempo la había entristecido, y ahora suspiraba con la puerta abierta. Tejas desordenadas, descoloridas, como rendidas, cubrían dos pisos de ventanas turbias y abatidas.
—¿Entró?
—Por supuesto.
La expresión somnolienta de la casa era una invitación. Una llamada de auxilio. Entré dispuesta a descubrir su enfermedad y liberarla.
Dentro reinaba el caos: un germen despreciable había contaminado la estructura, deformando todo. La escalera se retorcía como la cola muerta de una lagartija gigante, atrapada en un juego cruel entre garras y colmillos.
—¿Más té?
—Sí, gracias.
—Aquí tiene… y tarta de chocolate, cortesía de la casa.
—Qué detalle.
—Continúe, la escucho.
Al final de la escalera esperaba algo. Tras la puerta donde se había instalado. Una criatura espantosa: más oscura que la oscuridad, una mancha de alquitrán viva, supurando veneno y corrompiendo la pared que la contenía.
—¿Y se enfrentó a ella?
—Fue muy sencillo. Siempre llevo un bote de matamoscas en el bolso. Lo rocié… y huyó despavorido por la ventana.
—Vaya… tenemos una cazadora de sombras.
—Suena bien. Pero si voy a quedarme tendré que venir más seguido. Necesito un hogar.
—Y creo que hay una casa que le estará agradecida. Hable con ella.
Mushroomhead – Carry On
Las casas también sueñan. Y hay ruinas que solo piden que alguien las escuche.
Mi lugar es mutable, de existencia superflua, de profundidad sombría. Tiene el brillo de aquel amor olvidado,que entre la nieve del desierto queda. La chispa de tu mirada perdida, que en tu mente la rutina no es excusa. Tiene sabor a mar, olor a lluvia, a tierra mojada, es suave como la seda, o áspero como dialecto felino.
Es un lugar terco y volátil, que te apremia sin buscarlo a escondidas, de un estruendo se hace el silencio que se filtra suave en melodía, su cosecha mancha pentagramas si su recuerdo no se derrite al sol de la mañana. Donde se agrieta el espejo en el que Kora refleja su brillante cabello recién carmenado.
Es el tétrico lugar, donde figuras sombrías, raptan la inocencia sagrada, de Venus ultrajada por Eros, en una arrebatada pugna de caricias del acento. De recuerdos urgentes atados y de la voluntad deshecha en el viento. Deseo intacto de nube sublimada en hielo, o de hielo evaporado en nube.
Ese rincón es donde anhelo mi morada, donde mis raíces arden en el empeño de agarrarse en su insustancial terreno, en la desidia de un rincón mundano, dejé el frívolo mundo cuerdo, para liberar el enredo me he aventurado de reino de la poesía al mundo de los sueños.
Necesito dormir para estar despierto. Para exorcizar la dictadura de la arena, de la marea que revuelve el firmamento. Necesito quebrantar hormigón, huir del cemento y descalzo perseguir los pasos del viento, que será si dormir es estar despierto. Para llenar de signos y runas las huellas, y percibirlas en braille al cruzar tu camino. Necesito que el sueño me lleve contigo, de madrugada, exhaustos, del intenso latir en los hombros, de soportar el milagro vivo de un deseo. Tan solo dormir y que me lleve el sueño.
—Buenas noches, ¿me pone una copa? —Buenas noches. ¿Le parece bien este vino azul? Aquí causa furor. —Vino del vulgo. Magnífico. Vamos a probarlo. Oye… ¿qué sitio es este? —¿A qué se refiere? —No sé. Estaba atrapado en una pesadilla absurda, crucé una puerta y aparecí aquí. —¿Una pesadilla? Suena prometedor. Cuénteme. —Verá, soy delegado de zona en una gran multinaci… —¿Delegado de zona? —Sí, sí. Delegado de zona. —Ajá. ¿Y eso qué es? —¿No sabe lo que es? ¡El mejor invento desde la Coca–…! —Sé lo que es. Quiero oírlo de usted. —Bien. Superviso filiales. Aseguro que sigan mi estrategia. —Entiendo. Y si no lo hacen… —¡Los aterrorizo! Ja ja ja jaaaa —Claro. Y si la forma de ellos resulta ser mejor… —Imposible. Tenemos un equipo de técnicos especialistas que… —Vale, vale. Su pesadilla. —Había un operario que me contradijo. ¡Y nadie lo castigaba! Intenté que lo destituyeran… y nada. —¿Eso era todo? ¿No había monstruos, sangre, cuchillos? —No. ¿Qué miedo va a dar un monstruo? El verdadero terror es real: que alguien cuestione tu autoridad. —Aburridísimo. —¡Perturbador, diría yo! —Categoría nueva: terror tedioso. —Era espantoso, horripilan… —Sí, sí. Terror nocturno a ser contradicho. —¡Oiga! ¿No sabe que el cliente siempre tiene la razón? —Aquí, desde luego, no. —¿Y eso? ¡Qué descaro! —Porque estás en mis sueños. Y aquí mando yo.
Korn – Y`all Want a Single
Hay pesadillas con monstruos. Y otras, peores, que sólo tienen orgullo.
La nebulosa de Orión se alzaba radiante, inmensa, envolvente. Como un rito sagrado, cada día a las 7:35 hora terrestre, Logar Maswani, tras su escaso desayuno y la oración prometida a su divinidad, se sentaba en la plaza de la cúpula para contemplar el fulgor de las estrellas. Observaba los suaves destellos y el torrente de colores que formaba aquella Xibalbá cósmica: la puerta del inframundo según los maya.
Logar siempre pensó que por eso estaba allí, frente al infierno. Había sido su alternativa a prisión: un asesino sin escrúpulos convertido en guardián silencioso, gracias a sus conocimientos técnicos. Ahora disfrutaba de una calma inmensa en los confines del espacio, a veinticinco años luz de la Tierra, en un trabajo que todos los aptos rechazaban por su lejanía.
Su estación orbitaba el artefacto de tránsito ON5-132, un portal que conectaba con galaxias remotas. Tras la meditación, se dirigía al puesto de mando, donde supervisaba androides semiautomáticos que patrullaban la estructura. Su misión: limpiar los residuos de partículas que impactaban contra el campo de fuerza.
El portal tenía una masa apenas inferior a Venus aunque su tamaño fuera mucho menor: un anillo elíptico marfil, del tamaño y forma de la isla de Corvo, en Azores, con un núcleo de plasma azul que latía como un corazón antiguo. Toda su gravedad dormía en ese núcleo denso.
Logar desconocía los movimientos de tránsito hasta poco antes del paso de una astronave: una simple notificación bastaba. No tenía que actuar. Las naves cruzaban el pórtico y, en minutos, encendían sus motores, perdiéndose como estrellas fugitivas en la inmensidad.
Solo una vez todo fue distinto. Una nave militar averiada, la Beta Caronte, emergió del portal. Venía de un conflicto cerca de Nueva Gaia. La tripulación abordó con protocolo marcial, confinaron a Logar y repararon en tres días, entre botas metálicas y androides despistados rodando como fantasmas tecnológicos.
Las naves proveedoras sí llegaban solas: robotizadas, surtían agua y alimentos para medio año, descargaban suministros y cualquier petición hecha por ansible. Logar podía comunicarse con casi cualquier lugar habitado, con pocas horas de retraso. Rara vez lo hacía.
Poco antes del almuerzo, al llegar a la sala de comunicaciones, vio el resplandor rojo de la señal de emergencia en todos los monitores. Sus implantes en muñeca y retina ya le habían avisado.
Una pequeña astro-recolectora pedía auxilio. El protocolo exigía motivo y diagnóstico: el soporte vital estaba a punto de colapsar. Logar autorizó la apertura de emergencia, envió instrucciones y desactivó el campo de fuerza.
Los remolcadores acudieron a la Sigma Arquemist, una nave dedicada a recolectar flora y fauna en mundos habitables del universo conocido. Tripulación pequeña, menos de veinte personas; expediciones financiadas, en parte, por contrabando: drogas exóticas para ricos nuevos y minerales luminosos para coleccionistas.
La nave emergió como una enorme beluga espacial. Como Alicia cruzando la madriguera del conejo, atravesó el portal. Su motor agonizaba; los remolcadores la guiaron con suavidad.
Mientras la nave se acercaba al muelle, Logar corrió a su camarote. Desempolvó un instrumento antiguo y precioso: una daga ritual para honrar a Kali.
Aquella noche, a la hora de la cena, su diosa tendría sangre. Su sacrificio. Y su ansiado silencio de nuevo.