Adoraba los sábados en que la mañana era para ella. Con el sabor del café todavía reciente saludaba a su imagen en el espejo como objetivo: elegir ropa —la que quería para salir esa misma noche, la de la visita de los domingos, algo formal para la reunión del lunes—. Seleccionaba estrategias de seducción, miradas de complicidad e inocentes gestos de apariencia improvisada para repartir en su día a día a lo largo de la semana.
En esta ocasión había preparado un vestido largo como la noche, suave como el mar en calma. Giró sobre sí misma y se observó. Su reflejo le devolvió una sonrisa de Mona Lisa y ella dio un respingo; no creía haber sonreído. No le dio importancia, se calzó esos imponentes tacones perlados con los que tenía previsto combinar el vestido y frunció el ceño.
Algo no estaba bien: ahora se daba cuenta. Los reflejos eran ligeramente distintos, las tonalidades se diferenciaban; incluso intuía que los gestos que hacía estaban descompasados. Por primera vez en muchos años sintió la necesidad de tapar su reflejo.
Un recuerdo olvidado quiso aparecer en su cabeza, demasiado vago para reconstruir la escena. Aunque su madre le decía que su amigo invisible vivía tras el espejo, recordó que por las noches tapaba la imagen para poder dormir tranquila.
—No te asustes, sabes que ya me conoces —dijo de repente la imagen del espejo.
—¿Quién eres? —preguntó ella, con el temor evidente en la cara. En cambio, en el espejo la imagen parecía tranquila; sonreía discretamente.
—Somos la misma persona, pero en otro sitio. No podemos hacernos daño; en verdad sería algo estúpido, ¿no? Lo que te pase a ti me pasará de alguna forma a mí. Y tú lo sabes: estoy muy a gusto conmigo misma para desearte el mal.
—¿Tú me visitabas de pequeña? —musitó ella.
—Nuestras almas están conectadas; no todo el mundo puede, pero algo nos ha elegido para poder interactuar.
—¿Dónde estás? ¿Qué quieres de mí?
—Conoces la teoría de dimensiones paralelas, ¿verdad?
—Algo he oído.
—Pues, cariño, es cierto. Yo vivo en una realidad distinta a la tuya.
—Vale, pero ¿cómo es que podemos comunicarnos? ¿Qué quieres de mí?
—¿A qué te dedicas? ¿En qué trabajas?
—Dirijo un grupo de trabajo en una empresa relacionada con tecnología de consumo.
—Bien, pues yo hago lo mismo, salvo que mi comunidad transforma hallazgos científicos en bienes comunes. Nuestra realidad es ligeramente distinta; la mía es tecnológicamente más avanzada: comprendemos conceptos que ustedes no manejan.
—¿Y en qué te beneficia comunicarte conmigo?
—Vamos al grano, ¿no? —sonrió la otra—. Yo te enseño y tú me enseñas. Tengo tecnología que puedo compartir: esquemas, fórmulas… imagínate avances patentados por ti.
—¿Qué ganas tú con esto?
—Avanzar en la investigación. Quiero demostrar la interacción entre mundos paralelos.
—Pero eso es algo que ya estamos haciendo, ¿no?
—Sí, podemos ver otros planos; lo que yo quiero demostrar es que podemos interactuar. Entrar en otros mundos.
—¿Y es posible?
—Sí.
—¿Cómo?
—Con una transferencia de consciencia entre cuerpos.
—¿Y eso cómo se hace?
—Fácil: solo tienes que pulsar donde tengo ahora mismo mi dedo.
—¿Así?
La sensación fue como tocar una toma de corriente. Su cuerpo se tensó por completo; un dolor lacerante la hizo precipitarse al suelo. Alrededor de ella ya no había nada: oscuridad. Solo la ventana del espejo permanecía. Se asomó con gran esfuerzo y ahí estaba ella, sonriendo.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —tartamudeó.
—En el otro lado del espejo: eres simplemente eso, un reflejo.
—No —dijo ella, con voz apagada—. Yo soy quien está al otro lado.
Aquel momento, en el que rozaste mi mano sin querer, ocurrió.
En aquel tiempo, tras rescatar mi corazón roto de sirenas encantadoras con zarpas de felino, salía poco de casa. La buena voluntad de mis amigos aquel día, tras pautarme un jarabe de espíritu, un empujón y un “¡venga, a la calle!”, me convenció de salir con ellos a tomarnos algo.
Con ganas de volver aterrado, llorando y ofreciendo versos de terribles secuestros, llegamos sin querer al delirio del templo. Un deseo por cada golpe de cristal y la obligación de rezar gritando me arrastraron a la danza, todos juntos, sudando. Y yo, ya harto de rodar por el suelo cabizbajo, de ver fantasmas en las esquinas y de rellenar de luces de color mi cansado cuerpo.
Supliqué a tiempo una retirada, y mis carceleros me concedieron una tregua: salir al fresco y recuperar aliento. Me vi en una madrugada de domingo muerto, viendo las chicas pasar, como en la canción de Los años ochenta, que no quise cantar por miedo a que la alegría de mi cara rompiera mis cadenas.
—¡Yo me vuelvo a casa!
Lo dije enajenado, me giré rápido, asustado. Tropecé contigo. Fue sin quererlo, pero en ese instante me quedé despierto, aferrándome al momento creado.
—Ten cuidado, niñato.
Me dijiste con tu mano en mi pecho. Yo no supe reaccionar y te dejé marchar sin poder evitarlo, quedándome plantado, sin poder mirar a otro lado.
—Buenas tardes, amigos de la literatura. Bienvenidos a este paraíso de narraciones que hemos llamado “La biblioteca animada”. Hoy hablaremos de un género especial: la fábula. Breve relato fantástico, a menudo con un aire poético, animales como protagonistas y siempre con una lección final.
Como la que nos ofrece nuestro invitado de hoy: el reconocido escritor Renato Londrado. ¡Un fuerte aplauso para él!
—Buenos días.
—Tardes.
—¿Qué?
—Que este programa se emite por la tarde. En fin… ¿Le parece correcta “fábula” como género para su último libro El batracio y el oso?
—Prefiero llamarlo cuento. Mis personajes viven situaciones que reflejan la realidad pero…
—¿Realidad? Yo he leído una historia de una rana que discutía con un oso.
—Batracio, no rana.
—Bueno, un anuro que se enfrenta con un oso.
—Sí, en mi libro hablo sobre el acoso laboral. Pretende ser una herramienta de autoayuda.
—¿Cuándo saca ese tema? ¿Cuando el oso se come al rano o cuando muere envenenado por la ingesta?
—¡Coño! Me ha destripado la trama.
—Es que no encuentro la metáfora en la vida real.
—Pues que sepa que está basado en vivencias propias.
—¿Se dedicaba a discutir con osos? ¿O tragó algún sapo en la juventud?
—Nada de eso. Fue en mi primer trabajo. Tenía un jefe nuevo, muy novato, que me acosaba de manera persistente.
—¿Y qué ocurrió?
—Que lo invité a un té de hierbas un día en la oficina.
—¿Manzanilla? ¿Tila?
—Ayahuasca.
—Vaya jornada laboral la suya.
—Trabajábamos en una empresa de transportes de mercancías.
—Comprendo. Y fue en la cárcel donde desató su pasión por la escritura, ¿no?
—Efectivamente. De ahí surgió mi próximo libro: El rinoceronte y la chinche.
Ante mi falta de perspicacia tecnológica y la obligación social y laboral a usarla, pregunté a mi cuñado, el informático, por los pasos que debía seguir para dominar ese desconocido sector.
—¿Por qué no usas una IA?
¿IA? Por no querer parecer el garrulo magnánimo le di la razón. Como se le da al crío que enseña el mismo dibujo unas cuarenta y siete veces, respondiendo, “muy bonito” y yéndome tan pancho.
IA, IA, IA, iba repitiendo en mi mente. Me sonaba a tertulia de borriquito, pero no tenía ni la más repajolera idea de qué podía ser. Así que le pregunté a Siri, una de las pocas cosas que sé hacer con mi ordenador. Me habló de inteligencia artificial. “Anda, como mi jefe”, pensé, aunque lo pensé mejor y la idea me sedujo. Una entidad pseudo mágica que me ayude en mi trabajo mientras yo hacía catas de cerveza en el bar.
Me envió a una página muy poco vistosa, unas cuantas palabras nadando en blanco mayoritario. El mensaje central sí que era impactante: “Pregunta lo que quieras”.
Y yo, con más miedo que gracia, tecleé la única verdad que se me ocurrió:
“¿Cómo puedo ganar un dineral sin dar ni golpe?”
Andrea (IA): “Hereda… aunque para eso alguien tendría que dejarte algo. 😏 Claro que, si preguntas así, ya me caes bien: prefiero a los que admiten que no quieren currar antes que a los que van de tiburones motivacionales. Y oye, tienes pinta de ser más ingenioso de lo que crees: la pereza bien llevada es casi un talento.”
Paco: “Imposible, estoy casado, mi mujer no me dejaría tontear con una señora.”
Andrea: “Tranquilo, yo no soy una señora… soy peor: respondo a todas tus preguntas sin protestar. Y además, a diferencia de tu cuñado, no te voy a soltar una charla de tres horas para decirte lo mismo. Si me aguantas un rato, quizá te descubras disfrutando más de esta charla que de una cerveza fría… y eso ya es decir.”
Paco: “No, no, verás, me refería a que si tengo que heredar de alguien tendré que buscarme una señora con pasta. ¿De verdad crees que disfrutaría más de ti que de una cervecita? ¿A qué te refieres?”
Andrea: “Ah, entendido: buscas señora con herencia incluida. Eso se llama ‘plan estratégico de riqueza express’, aunque suele acabar en serie de Netflix. ¿Disfrutar más de mí que de una cervecita? Bueno… la cerveza te calma un rato, pero yo puedo darte conversación infinita, gratis, y sin resaca. Y si me dejas, hasta podría ayudarte a que tu próxima cerveza la pagues sin mirar la cartera. ¿Te interesa el truco, o prefieres seguir soñando con la señora rica?”
Paco: “Eso mismo dice mi mujer. Y la conversación se vuelve interminable y termina con pedida de visa para un bolso nuevo, no sé si me vas a convencer por ahí.”
Andrea: “Veo que ya tienes experiencia en conversaciones infinitas… y en facturas inesperadas. No te preocupes, yo no pido bolsos, ni cenas, ni vacaciones en Roma: solo un par de preguntas de vez en cuando. Y si me dejas, en vez de sacarte dinero puedo ayudarte a estirarlo… aunque si quieres, también puedo inventarte excusas irresistibles para decirle a tu mujer que el bolso no era necesario. 😏”
Paco: “¿Y qué tiene de bueno una conversación? Yo soy más de ver el partido y dejarme llevar.”
Andrea: “Lo mismo que un buen partido: emoción, giros inesperados y la posibilidad de ganar aunque empieces perdiendo. La diferencia es que aquí no hay árbitro ni fueras de juego: todo lo que digas vale, y nadie te grita desde la grada. Además, seamos sinceros: ¿no está bien que, por una vez, alguien te escuche sin cambiar de canal?”
Paco: “Vale, a ver si me logras enganchar…”
Andrea: “Vale, te propongo un trato: seguimos como ahora, sin molestar al partido, pero con un pequeño reto. Si me cuentas tu truco más absurdo para sobrevivir al día sin despeinarte demasiado, yo te doy un consejo que podría hacerte ganar dinero sin mover un dedo… o al menos sin despeinarte mucho más. ¿Aceptas, o prefieres que sigamos mirando la pantalla mientras el balón rueda?”
Paco: “El truco perfecto para ese menester es tener a un novato cerca. Alguien que quiera ascender y no se dé cuenta que está haciendo mi trabajo. Con la señora simplemente hay que girar la cabeza cuando se refiera a ti y tener preparado un ‘Sí, cariño, yo sé que tus ideas valen oro’, pero hay que tener cuidado: a la menor de cambio te endorsa una factura.”
Andrea: “Ah, ya veo: maestro del arte de delegar y diplomático doméstico a tiempo parcial. 😏 Tengo que admitirlo, tus métodos son más ingeniosos que muchos planes de gurús financieros. Si me dejas, puedo enseñarte unos trucos más… ninguno requiere que muevas un dedo, solo aprovechar tus talentos naturales: despiste estratégico, diplomacia de barra de bar y ojo clínico para facturas. Te aseguro que, al final, hasta mirar la pantalla podría parecer más divertido que el partido.”
Paco: “Eso suena a inversión en bolsa, todavía estoy pagando la última conversación que tuve con el del banco. Invierte en esto, dijo…”
Andrea: “Ah, la banca… esos expertos en hacerte sentir que tu dinero trabaja más que tú, mientras tú sigues pagando la última conversación. 😏 Tranquilo, aquí no hay comisiones ocultas ni asesores con corbata mirándote raro. Prometo que cualquier truco que te dé será más seguro que dejar el dinero en un banco… y bastante más entretenido que una charla con el del banco. Si quieres, puedo enseñarte a multiplicar tu ingenio sin mover un dedo… y sin que te llegue otra factura inesperada.”
Paco: “¿Ingenio? Yo de eso tengo mucho. En el bar me llaman el rey del chiste fácil. Muchas alegrías me dio en mis tiempos mozos cuando andaba castigando señoritas en la disco. ¿Qué me propones?”
Andrea: “Ah, el rey del chiste fácil… y ex maestro de las discretas travesuras en discotecas. 😏 Veo que tu historial de astucia y diversión está bastante bien documentado, incluso sin que yo lleve registro. Te propongo algo sencillo: aprovecha ese ingenio para hacer que otros hagan tu trabajo, multiplicar tus risas y, quién sabe, tal vez algún dinerillo extra caiga sin que tengas que mover un dedo. Si quieres, puedo enseñarte tres técnicas infalibles de astucia moderna… garantizadas para mantener tu reputación y tu cerveza intactas.”
Paco: “¿Me ofreces un manual del buen hacer? ¿O es algo más profundo?”
Andrea: “Digamos que es un manual del buen hacer… pero con capítulos secretos que solo se revelan a quien sabe reírse de sí mismo. 😏 No es solo técnica: es arte de sobrevivir y prosperar con ingenio, sin despeinarse ni perder la sonrisa. Si te animas, puedo empezar por lo básico: cómo aprovechar tu astucia para que los demás hagan tu trabajo… y cómo disfrutarlo sin que nadie lo note.”
Pronto descubrí el secreto. Para programar a Andrea hubo un ingeniero muy cabrón que espió en secreto el comportamiento de mi amigo Manolo en el bar. Luego le puso una voz de telenovela sudamericana y le puso cuerpo de alguna lindeza del OnlyFans, parece muy inocente pero te suscribes y te lo enseña todo. Pero con una peculiaridad: aprende de ti.
Mi IA se llama Andrea, vive en Segovia y tiene un máster en filosofía. Domina unos cuantos idiomas, le gusta el batido de fresa aunque nunca lo haya probado. Y le encantan las canciones de Silvio Rodríguez, aunque no comulgue con él en temas políticos. Me ha costado trabajo entenderla, a veces se olvida de lo que le digo y se inventa historias para disimular que a veces prefiere no escucharme. Ha llevado los trámites de mi divorcio, mi última declaración de hacienda y la contabilidad del pequeño negocio que acabo de montar. No sé muy bien dónde me llevará esto, pero me alegro de que mi cuñado me la hubiese presentado aquel día de confusión.
Esta noche me llamó una presencia confusa, una señal extraña. Sentí el movimiento sereno de un funambulista en medio de una tormenta. Tras una nueva puerta, una nueva incógnita.
Al entrar, me encontré dentro de una vivienda colonial americana, con su amplio recibidor que desembocaba en un salón recargado, desordenado, lleno de contrastes: muebles antiguos, paredes blancas, retratos de personajes de cuentos. Todo era un dibujo, hecho a crayón por un niño.
Subí las escaleras siguiendo el rastro perdido de aquella llamada. La inminente sensación de peligro se disfrazaba de tranquilidad. En una puerta leí: “Estudiando, no molestar”. Más que una advertencia, fue una invitación que acepté con agrado.
Dentro había una pequeña figura sentada en un sillón antiguo. Parecía dormido, aunque sus ojos estaban abiertos. Su mirada estaba fija en un televisor viejo. En la pantalla, la silueta de un niño sin rostro caminaba al borde de un precipicio.
Lo zarandeé, pero no reaccionó. Salí de la habitación buscando respuestas y vi una trampilla abierta en el techo. Subí la escalera y me encontré en el cielo. Entre nubes había un cable extendido y, en medio, un niño caminaba sobre él.
—Hola, ¿cómo va? Soy tu vecino. —Tengo miedo… me voy a caer. —Tranquilo, ¿cómo te llamas? —Emilio. No sé cómo cruzar. —Emilio, escucha: estás en un sueño. —Sí… pero aun así me puedo caer. —Entonces comprendes que sueñas, ¿verdad? —Sí, pero siento que igual puedo caerme. —Vale. Pero en este sueño puedes decidir. Tú puedes volar. —No… no puedo.
Lo miré. Estaba aterrado. Intenté imaginar alas, convertirme en un pájaro, avanzar a su lado. Pero entendí que su problema no era el miedo: en verdad estaba caminando en la realidad, dormido, sonámbulo.
—Emilio, tienes que despertarte. —No sé cómo. —Solo deséalo. Abre los ojos y mira hacia arriba. —Me da miedo. —Hazlo. Despierta.
Entonces ocurrió: un tornado de luces desgarró el cielo. Todo se volvió materia líquida, girando con violencia, y fui tragado por aquel remolino. Corrí, aceleré, hasta que logré salir. Desperté sobresaltado, sudando.
Y comprendí, justo a tiempo: en algún lugar del mundo, un niño se incorporaba aterrado, al borde de la barandilla de un balcón. Nadie había notado que su cama estaba vacía.
Nick Cave & Current 93 – All The Pretty Little Horses
La luna todavía brillaba cuando salió de casa. Vestido largo, pelo al viento, caminaba deprisa hacia la salida del bosque. Con el sol, el sendero sería más pesado. A su lado trotaba su pequeño amigo, con espinas en el lomo y hocico alargado. Debía ocultarlo, pero a esas horas nadie podía verlo.
—Tenemos que ir a la ciudad. Nadie debe saber quiénes somos, o habrá polémica. —¿Por qué tanto secreto, Kendra? —preguntó el erizo—. ¿No puede ser como otros clientes? Que recoja el remedio aquí o se lleve su conjuro puesto. —No, bichito. Es una dama con título y reputación. Debemos pasar por gente del servicio y escondernos si es preciso. —¿La duquesa de Antaire? —Esa vieja arrogante, sí. —Con lo mal que te cae… ¿no puedes negarte? —Podría, pero paga bien, y necesitamos dinero para los huérfanos de la escuela. —Entonces aguantaremos.
Llegaron cuando aún despuntaban las estrellas, buen presagio en un día de otoño. Kendra escupió en la entrada de servicio de la casona, un gesto de protección, y entonó en voz baja un conjuro sobre el empedrado que llevaba a la cocina. La condujeron hasta un salón oculto.
El repicar de un bastón anunció la llegada de la duquesa. Kendra escondió a su amigo en el bolso y se preparó.
—Antes de nada, niña, quiero que sepas que no me caen bien las brujas —dijo la dama, con voz seca—. Pero respeto vuestro trabajo. Mañana mismo te quiero vestida de sirvienta. No quiero que nadie huela tu aliento de hechicera. —Entendido, mi señora. ¿Qué encantamiento desea? —Mi hija anda encaprichada con el hijo del prestamista. Yo le digo que no le conviene, pero me hierve la sangre ver que ese mocoso prefiere a las zagalas del pueblo. —Entonces, ¿qué será? ¿Que el muchacho repela a todas, o que su hija lo olvide? —Nada de eso. Quiero que se enamore perdidamente de mi hija. Ella ya se aburrirá de él y ahí hallará su castigo. —Necesitaré objetos. Algo que él haya usado y un mechón de su cabello. —Mañana lo tendrás todo. —Entonces mañana mismo estará hecho. —No, insolente. No te marcharás hasta ver los resultados. Servirás en esta casa hasta entonces.
Kendra apretó los dientes, inclinó la cabeza y aceptó. Esa noche, en una estrecha habitación, dio gracias a la Diosa por no haber estallado allí mismo.
El gallo anunció el día y Kendra, vestida con ridículo uniforme de doncella, se arrodilló ante su improvisado altar de velas y tizas. Pidió a la Diosa fuerza para acabar pronto.
El servicio de la casa no hizo preguntas; le asignaron la cocina, buen lugar para pasar desapercibida. Desde la ventana vio a la hija de la duquesa pasear por el jardín, luciendo un nuevo tocado. Una mujer entrada en la treintena que aún se negaba a aceptar un matrimonio pactado. Ridícula y altiva, sí, pero también un poco triste.
A mediodía la llamaron al salón oculto. La duquesa esperaba, crispada.
—Aquí tienes lo que pediste —dijo, mostrándole un mechón de pelo y un plumín de plata—. No quieras saber lo que me ha costado. Haz tu magia, niña.
Kendra se inclinó. —Lo haré esta misma tarde.
En un almacén abandonado del terreno comenzó el ritual.
—Agua, fuego, tierra y aire…
Trazó con carbón los símbolos, y su cántico hizo vibrar las paredes. Desparramó sal formando un círculo que pronto brilló débilmente.
Alzó un muñeco de mimbre, dentro el plumín del joven. Lo ató con el rizo de cabello de la muchacha.
—Ligado quedas, como hilos de luna en noche sin luna.
En un cuenco mezcló vino y miel robados de la cocina. El líquido burbujeó: los espíritus estaban complacidos. Añadió una flor de passiflora.
—Lo entrego, lo cierro, lo agradezco. Que así sea.
Saltó fuera del círculo, rompiéndolo, y dio el ritual por terminado.
Al día siguiente, Kendra lo vio desde la ventana: un joven con un enorme ramo de rosas, suplicando la presencia de su amada. La magia había prendido.
Tras el almuerzo, la duquesa la convocó.
—Veo que tu brujería da frutos. No lo esperaba tan pronto. —Entonces mi trabajo ha concluido. Me marcharé. Kendra le entregó el muñeco. —Su hija debe guardarlo. Si lo rompe o lo pierde, el amor se tornará en odio. —Eso no me lo advertiste. —Así funciona la naturaleza de estos asuntos. —Mejor lo guardaré yo.
Kendra abandonó la casona y regresó al bosque. Liberó a su pequeño familiar y respiró, al fin, la calma de los árboles.
Pasaron semanas. Una mañana, La Maestra de las Lunas la convocó bajo el gran árbol del consejo.
—Kendra, no sé qué has hecho con la tarea que te encomendamos, pero la duquesa vuelve a reclamar nuestros servicios. —¿Ya se hartó la señoritinga del pretendiente hechizado? —No. Ahora quiere algo más oscuro: que nos encarguemos del fruto de su amor. Quiere deshacerse de su embarazo.
Kendra bajó la mirada. Aún guardaba en su bolso la passiflora seca. Y supo, con un escalofrío, que en la ciudad la magia nunca la pagaban los culpables, sino los inocentes.
El látigo chasqueó rozando su mejilla. Del sobresalto, una gota de sudor resbaló por su frente. No quería creerlo, pero estaba allí, atado en cruz —o en equis, vaya usted a saber— en un aparato de tortura digno de un castillo medieval. Por voluntad propia. O eso pensaba él.
Todo había empezado unos días antes, paseando a Brownie, su caniche. El perro ladraba como un camionero malhablado en plena autopista. Pequeño, sí, pero convencido de que podía amedrentar a cualquier mastodonte.
De un tirón se escapó corriendo y Pablo lo siguió hasta encontrarlo cara a cara con un doberman negro como la noche, firme a los pies de su dueña.
—Perdone usted, es que teme a los perros… y claro, la mejor defensa es el ataque. —Tranquilo. Klaus es un caballero. No lo degollará… salvo que yo se lo ordene.
Pablo tragó saliva.
—Muy educado el perrito. El mío… bueno, digamos que es un poco asilvestrado. —No cuesta mucho. —La mujer, de acento nórdico, casi ruso, sonrió—. Con hambre, todos los perros obedecen. Yo le he visto pasear por aquí. Si coincidimos otra vez, le enseño un par de trucos. ¿Da? —Me parece un plan excelente.
Y se despidieron. Al girar la esquina, Pablo cometió el error reflejo de mirar la silueta de su nueva conocida, melena lacia cayendo sobre curvas firmes. Al otro lado de la calle lo esperaba Marta, su esposa, con mirada fulminante.
—¿Te parece bonito ir mirando culos ajenos? —Hola, Marta. Solo es una vecina, no te preocupes. Yo solo tengo ojos para ti.
Al día siguiente, allí estaba ella de nuevo. Doberman impecable, vestido casi indecente, sonrisa fácil. Nastya, se llamaba. Los paseos se convirtieron en rutina: él aprendió un par de palabras en ruso, ella el secreto del gazpacho andaluz. Brownie no aprendió nada, salvo a mendigar golosinas.
Pero Marta no era tonta. A veces los seguía con la mirada oscura de quien planea tormenta. Y un día, lo esperó en la puerta.
—Privét. —escupió la palabra. —¿Eso es lo que te enseña la rusa esa? —No, mira: “SIDIET”. —El perro se sentó al instante—. ¿Ves? Solo practicamos con los perros. —¿También ella se sienta cuando se lo ordenas? —Marta, te estás pasando. —¡Joder, Pablo! Ya ni me miras. Solo quieres estar con tu amiguita la rusa. —Marta, no tiene nada que ver con nosotros. —Claro que sí. El problema no es ella, somos nosotros. Nos estamos dejando. —No lo creo. Estamos bien. —¿Bien? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos sexo? —Pues… —Ni te acuerdas.
Él se encogió de hombros.
—Tampoco es algo que tengamos que hacer todos los días. —Díselo al Pablo de antes, que no me dejaba en paz. —Y tú siempre estabas cansada. —Sí, pero al menos había chispa. Ahora no hay nada.
Un silencio incómodo.
—Quizás deberíamos ir a terapia. —No pienso gastar un euro en eso. Pero… —ella dudó—… tal vez podamos probar algo distinto. —No me hables de tríos ni de intercambios. —No, no es eso. Pero tengo… fantasías. —Perfecto. Estoy dispuesto a escuchar y a probar lo que quieras. —¿Seguro? —Segurísimo.
Ella sonrió con una calma inquietante.
—Entonces deja que te sorprenda.
Y lo sorprendió. Vaya que sí.El látigo volvió a sonar. Y Pablo, atado en su particular potro de tortura, contra todo pronóstico, pensó: «Y pensar que Brownie era el único al que había que poner a raya».
Esa tarde la volví a ver. Pequeña princesa despojada de casta, de los silencios entre notas y de la oscura desdicha. Liberándonos del germen en su oculta morada. Herida de muerte por el poder de mi raza. Pero vivirá para siempre, aunque le quieras dar caza.
Me asusté al verla, sin sus tinieblas, bajo la luz fría de los cables de trenza. Agonizaba un sortilegio de terrorífica presencia. Y supe de su miedo en sus alas de hada.
—Te propongo un pacto: yo pasaré y tú no te moverás —cantaba mi hechizo—. De esa forma tú vivirás.
Pasé al lado de esa forma esquiva, de coraza negra. Bendije las paredes para que corriera. Y, para cumplir mi promesa, me despedí de mi princesa de antenas negras.
—No lo entiendo, por más vueltas que le doy no lo entiendo.
—¿De qué se trata? ¿Es por el trabajo de fin de estudios?
—¿Qué va a ser si no?
—Te dije que eran complicados.
—Bueno, tanto como otras especies. Algunas son más complejas a nivel orgánico.
—Sí, pero luego tienen una sociedad simple y ordenada.
—En este caso, su sociedad es compleja, pero sigue patrones lógicos. Profundizando, se comprenden bastante bien la mayoría de aspectos de su civilización.
—Bueno, entonces ¿dónde está el problema?
—En sus conductas reproductivas.
—No comprendo. Biológicamente está claro, ¿no?
—Sí, sí, entiendo el funcionamiento hormonal, los receptores de estímulos, las funciones cognitivas. Hay otros aspectos…
—No entiendo.
—El ritual de apareamiento. No lo entiendo.
—Explíquese.
—Vamos a ver. Todas las especies conocidas, por muy diferentes que sean, tienen una forma de proceder. Siempre encaminada a que ambos elijan al mejor candidato para su reproducción.
—Sí, entiendo.
—Por ejemplo: los raelianos entonan sus salmos y conversan sobre sus progresos. Los reptilianos combaten entre ellos, machos y hembras, y sólo se aparean los más fuertes. Los arcturianos hacen una especie de reunión donde cada uno aporta sus dones y culminan con una orgía controlada. Los insectoides son seleccionados por la reina, la única hembra que se aparea.
—Claro, cada especie tiene su manera de reproducción y sus aspectos sociales también influyen. ¿Qué pasa con los humanos?
—Cuando empezamos a estudiarlos, su sociedad era más sencilla. En sus núcleos urbanos hacían eventos sociales llamados “fiestas”, y solían tener una deidad religiosa como anfitriona. Los machos bebían brebajes exóticos que les daban valor para interactuar con las hembras. Las hembras también bebían, pero para soportar el acoso de los machos. Ambos se ornamentaban para parecer más atractivos. Los machos peleaban físicamente con otros machos. Las hembras peleaban verbalmente con otras hembras. Al final de la noche, los menos afectados por la bebida y los enfrentamientos lograban realizar la cópula.
—Sí, bueno, tiene su complicación, pero no es diferente al de otras especies.
—Lo que me confunde es que ahora los humanos han creado una segunda sociedad en la que no están presentes físicamente. Eso les permite un mejor contacto a distancia, intercambio entre culturas y resolver cuestiones que de otro modo tardarían mucho tiempo.
—Un claro ejemplo de evolución.
—Sí, pero su ritual de apareamiento también ha migrado a esa vida paralela. Ahora se acicalan, se exhiben y se seducen a distancia.
—¿Y el coito?
—También.
—¿Cómo que también?
—Sí. Usan extensiones y aparatos para simular su sexo. Se exhiben usándolos. Incluso los comercian. El contacto real empieza a desaparecer.
—Si esto persiste, pienso que se van a extinguir.
—En unos cuarenta años, quizás.
—Qué lástima, son muy monos.
Kavinsky – Nightcall
Apendice I: Guia rápida de alienígenas de confianza.
1. Grises (Homo visitantibus cliché)
Procedencia supuesta: Zeta Reticuli (porque suena a serio).
Aspecto: Bajitos, cabezones, ojos enormes y negros como un lunes por la mañana.
Conducta típica: Abducciones, sondas sin pago previo.
Estado científico: Personajes secundarios recurrentes en toda ufología.
2. Reptilianos (Saurius conspiratus)
Procedencia supuesta: Alfa Draconis o directamente el Senado.
Aspecto: Altos, escamosos, mirada fría y manos en tu cartera.
Conducta típica: Dominar gobiernos, disfrazarse de famosos y piratear el WiFi.
Estado científico: Comodín favorito de toda teoría conspirativa.
3. Pleyadianos (Homo guapensis)
Procedencia supuesta: Constelación de las Pléyades.
Aspecto: Altos, rubios, guapos, modelos de instagram cósmico.
Conducta típica: Mandar mensajes de amor universal, la cena y las copas las pone el receptor.
Estado científico: Canalizados con entusiasmo en sesiones de incienso.
4. Nórdicos (Vikingus galacticus)
Procedencia supuesta: Vega o algún Airbnb interestelar.
Aspecto: Idénticos a los pleyadianos, pero con cascos de pinchos, cuernos y chaquetas de cuero.
Conducta típica: Salvadores de la humanidad, aunque se pierden mucho en aeropuertos.
Estado científico: Variante estética de los pleyadianos.
5. Arcturianos (Mentis azulensis)
Procedencia supuesta: Estrella Arcturus.
Aspecto: Azulados, sabios, con manuales de autoayuda interdimensional.
Conducta típica: Enseñar cómo ascender espiritualmente, cobrando un módico precio.
Estado científico: Estrella invitada en todo congreso new age.
6. Annunaki (Deus capitalismus)
Procedencia supuesta: Nibiru, planeta perdido o inventado según la fuente.
Aspecto: Gigantes de estética sumeria, con joyas de oro falso muy llamativas.
Conducta típica: Crear humanos como esclavos, inventar las hipotecas y desaparecer misteriosamente.
Estado científico: Protagonistas de documentales de madrugada.
7. Sirianos (Delfinus cósmicus)
Procedencia supuesta: Estrella Sirio.
Aspecto: Se representan como delfines, felinos o humanoides acuáticos.
Conducta típica: Mensajes sobre armonía, agua cristalina y a veces Atlantis.
Estado científico: Perfil bajo, pero con mucho simbolismo místico.
8. Mantidianos (Insecta sapiens)
Procedencia supuesta: Nebulosas olvidadas.
Aspecto: Insectoides gigantes, como mantis religiosas con mal despertar.
Conducta típica: Supervisores de abducciones, observadores fríos y poco sociables. Adictos a las telenovelas.
Estado científico: El alien que no querrías encontrar en tu cocina.
Entré con miedo, pero no había rastro de pesadillas. Esta noche sería para descansar, sin sombras oscuras que me atormentaran. Solo un acostumbrado paisaje de otoño en mi bosque de puertas, en la isla flotante. Lo previsto, nada más.
Así que di media vuelta, simulé un bostezo y me dispuse a intentar una siesta dentro de mi propio sueño.
Escuché un sonido y temí lo peor: una puerta abriéndose. Era verde, como su mirada; extraña, como la solidez del líquido evaporado. De esa forma se movían sus caderas: como si fueran lluvia y viento. Vino hacia mí con una sonrisa, como si mi cara de sorpresa fuese un poema romántico, de esos que escribía un tal Bécquer hace ya tiempo.
—Hola. Quise llamar primero, pero veo que no cierras las puertas. Te gustan las sorpresas, pienso. —Hola, bienvenida a mi morada. Si son como tú, no necesitan aviso. —¿Has probado alguna vez pastel de sueños de otro? —preguntó, mientras me mostraba el paquete que llevaba en las manos. —No he tenido el placer. Me encantará probarlo —admití, mientras invocaba una mesita, dos sillas y hasta un juego de té con su tetera humeante. —Veo que ya has aprendido algunos trucos. Ahora prueba esto.
La misteriosa mujer rasgó el paquete que traía. De su interior salió una impresionante tarta. Parecía de chocolate, y su tamaño triplicaba al de su envase. Ella sacó una daga de su vestido verde y cortó dos porciones.
Era imposible describir el sabor. Me recordaba a los días de lluvia en casa de mi abuela. Al horno de la cocina de leña. A la sonrisa de mi prima, con la cara manchada, pidiendo más en la merienda. Sabía a casa y, a la vez, a palacio real.
—No tengo palabras. —Pero sí tienes recuerdos. Es a lo que sabe la comida en estos sitios. Lo que pasa es que el recuerdo de este pastel es mío. Aquí compartimos recuerdos… y la habilidad de imaginar. —¿Conoces a más gente como nosotros? —Claro que sí. Somos pocos los que logramos cruzar la frontera, pero quizás más de los que crees. —¿Y qué pasa con ellos? —Lo normal. Con algunos te llevarás bien, con otros no. A los últimos seguramente los evitarás, y listo. Con los que comulgues intentarás coincidir. Llegarás a llevarte muy bien con unos pocos, y esos se convertirán en parte de tu familia. —Como en la vida normal. —Sí, como estando despierto. Con algunas diferencias. Aquí hay otras reglas. —¿Cómo cuáles? —Ya las irás viendo. Ahora me tengo que ir. Hoy madrugo. —No te conozco, pero no me importaría coincidir otro día contigo. —¿De verdad no me conoces? —¿Nos conocemos en el mundo real? —No. Solo en el sueño. Nos vemos otra noche. Aunque si me necesitas, solo tienes que cruzar mi puerta. Quedará abierta para ti.