Su camino cansado irrumpió en las grietas formadas en la arena, deshaciéndolas en polvo al pasar. Al parar su marcha observo el entorno. Aves negras alrededor formando círculos concéntricos, lastimosos árboles sedientos en espera del sortilegio de invierno o de una muerte anunciada. Golpeó su cayado de rama nudosa fuerte en el suelo y gritó.
Gritó al aire con rabia. Rompiendo la paz de los pájaros que huyeron presa del pánico, los pocos animales que había en el terreno, también lo hicieron.
II – Oración
El anciano se sentó, alzó las manos en alto y empezó su cántico. La melodía, expulsada desde sus pulmones, pasaba por su garganta, nariz y boca y era desparramado al ambiente. El aire transportaba su rezo al cielo y este respondía con una vibración. Cada átomo de la atmósfera del lugar que le rodeaba se estremecía esperando ser ordenados.
El hombre alzó la vista, agarró su bastón y se levantó
Silencio.
III – Danza
Su movimiento era suave, pausado. Su oración fue entonada de nuevo, sonidos graves de frases profundas que generaban contracción y dilatación en sus músculos, creando un ritmo al compás del movimiento. Una danza que empezaba en él y se expandía en sintonía con el aire, la temperatura variable del ambiente, las moléculas dispersas de humedad latente que, en un efecto Pigmalión cuántico. La brisa fue creando nubes negras que fue colapsando el cielo, eclipsando un débil sol cuyos rayos intentaban sobresalir entre los recovecos de los estratos.
Paró un instante y miró la nubosidad en proceso de formación.
IV – Lluvia
El anciano golpeó firme el terreno con el pie izquierdo, una gota cayó sobre su frente y sonrió.
Las nubes se deshicieron en una lluvia suave y continua que pronto empapó la tierra convirtiéndola en barro.
Su camino cansado se abrió paso entre los charcos en busca de cobijo.
Melodía de libélulas en vuelo rasante al compás de la tarde, vals de aves de tonos apagados en sintonía con el mecer de las ramas de los árboles. Las últimas gotas del calor del verano se depositaban en pinceladas de luz, despojando a las flores de sus pétalos, llevando su perfume lejos en el viento.
Y sin saber por qué, anocheció.
El sol se llevó el color, arrastró sus rayos absorbiendo el verde de las ramas agitadas. Fue arrancado el azul de los lirios y quedaron lánguidos y mustios, el rojo y el amarillo de las mariposas quedaron manchados de gris, su vuelo se volvió lento y cayeron como hojas marchitas de árboles secos esperando su fin.
Y sin saber cuándo, apareció la luna.
En blanco y negro quedó el paisaje, las enredaderas, en un saludo a Selene, abrieron sus campanillas blancas ante su resplandor. De los troncos huecos salieron, amenazando a la oscuridad con sus cabriolas, luciérnagas de tonos brillantes que bailaban a la noche, orquestadas por el aullar de la penumbra.
– ¿Y dice que su superpoder tiene carácter eléctrico?
– ¡Sí!
– Pero no nos da muchos detalles, esta entrevista es para poder averiguar si da el perfil para que pueda unirse a nuestro grupo de superhéroes: Los justicieros de Chipiona.
– Exacto, y yo tengo los requisitos que hacen falta. Se lo aseguro.
– Vale, nos conoce, ¿verdad?
– Claro que sí.
– Aun así le voy a explicar quiénes somos y lo que hacemos. Ese flaco de ahí vestido de folclórico, como ya sabrás, le llamamos Fandan Go. Su habilidad es que al arrancarse a cantar obtiene supervelocidad, puede alcanzar los 450 km/h a ritmo del zapateado. Además, tiene el ataque de lanzamiento de castañuelas.
– Sí, lo conozco, aunque no lo había visto.
– Eso es porque va muy rápido. Luego está el fortachón de la txapela. Su nombre es Koldo Garaiezina, que tala árboles con las manos y viene con Harri, el niño piedra, al que no duda en lanzar al enemigo si es necesario.
– ¿Este es el que se vuelve rojo, verde y blanco si se cabrea?
– Exacto. Esa señora del moño del fondo es Maruja la del Romero, que no te engañe su aspecto, es una poderosa bruja experta en maldiciones rimadas, con un 84% de efectividad inmediata.
– He oído que le dijo a uno “A ti, por malaje y traicionero, que nunca más te quepa el sombrero” y ahora transporta su cabeza con una carretilla.
– Totalmente cierto. El siguiente es aquel chique que viste con tantos colores, se hace llamar Rainbow Star y a su poder lo llama relincho. Grita tan fuerte que rompe hasta el mineral más duro, por eso el niño piedra no quiere estar a su lado.
– Yo a ese lo conozco, pero de YouTube.
– Sí, ese es su otro superpoder, pero no sirve para defender al débil, solo vale de somnífero. Y por último estoy yo, el Capitán Iberia que, como ya sabe, puedo volar.
– Además, eres el líder del grupo.
– Usted se hace llamar El Torpedo, yo no creo que se dispare y explote, así que cuéntenos su historia.
– Verás. Yo soy el nieto secreto del dios Thor. En su visita a Asturias él andaba tonteando con mi abuela Lola. Al quedarse embarazada, él se fue a no sé qué asunto llamado Ragnarok. Mi padre es un humano normal, pero yo sí alcancé a tener un superpoder.
– No me diga que heredó un martillo mítico.
– No, tiene que ver con su perfil de Dios del Trueno.
– Vale, pero ¿de qué se trata? ¿Cómo funciona? ¿Nos puede hacer una demostración?
– Ahora es imposible, necesito algo primero para activar mi poder.
– Bien, pues cuéntemelo, describa su poder.
– Es que me da vergüenza.
– Si quiere ser parte de Los Justicieros de Chipiona, tendrá que dar muestra de coraje y valor. Y bastante cara también.
– Bueno, vale, para desarrollar mi poder necesito antes haber comido judías. Unas buenas fabes si es posible.
– ¿Y eso qué tiene que ver con el trueno?
– Verás, yo soy Thor-Pedo, así que tras una flatulencia primero va el rayo y luego el trueno.
– Genial, expulsa electricidad anal.
– Un arco voltaico de 30.000 amperios testados, nada menos.
La piel se le erizó con el susurro de mi voz que, sin poder evitarlo, se desprendió de mi ser al cruzarme contigo.
Contemple tu mirada asustada, tu suspiro perdido, tus ganas de correr secuestradas por el murmullo del recorrido. Tu perfume a frío de escarcha con aroma desconocido.
Te pude ver bien al pasar, pero tú a mí no, porque ya no estaba. Hacía mucho tiempo que ya me había ido.
El sol abrasaba sin piedad, y la arena hacía bien su papel de asador sobre sus pies descalzos. El horizonte nublado de calor, el paisaje monótono que termina en locura y en muerte, pero el sabía que solo podía hacer una cosa, seguir caminando arrastrando su túnica a su paso.
– ¡Hola, guapo!
Su espejismo fue mujer, no agua, ni sombra, ni descanso merecido tras días de marcha. Una hermosa señorita, vestida de cuero corto y negro, ceñido hasta estrangular sus extremidades, que hacía caso omiso a las inclemencias del desierto para seducirle.
– Tengo algo que proponerte, ¿me acompañas?
– Largo, aparición, no tengo tiempo para ti.
– No soy una aparición, ¿quieres tocarme para comprobarlo?
– No, gracias, si paro muero, no consigo nada prestándote atención.
– Pero, ¿te has fijado en aquel oasis? Descansamos un rato allí y escuchas mi trato.
La mujer señaló hacia la izquierda, la bruma producida por el calor se disipó en un conjunto de palmeras con abundante vegetación en una pequeña extensión de terreno.
– No me interesa descansar.
– Vamos, hombre, date un respiro, no vas a perder nada por eso.
– Verdad, nada pierdo por desviarme un poco.
En lo que pareció un suspiro, se adentraron entre la sombra de los árboles, estaban protegidos por una baja formación rocosa que paraba la tormenta de arena. En el fondo, una grieta en la pared salpicaba el suelo de bendición líquida. Él corrió al sonido de la fuente y saltó sobre el charco que dejaba. La exuberante dama caminó hacia el hombre que se hallaba sentado en el agua.
– ¿Ahora si me vas a hacer un poco de caso?
– ¿Quién eres y qué quieres?
– Oh, eso no es importante, me llamo Lucy y quería hacer un trato contigo.
– ¿Lucy? ¿Cómo que no estás muerta? Con esa minúscula ropa de ramera y el poco cuerpo que tienes deberías estar seca. ¿Qué coño eres?
– No es lo que soy, sino lo que puedo hacer. Puedo sacarte del desierto.
– Estoy aquí por voluntad propia, saldré de él cuando lo necesite.
– ¿Quieres riqueza? Tengo la posibilidad de bañarte en oro.
– ¿Para qué? No necesito más de lo que yo mismo me procuro.
– También puedo ser tu fantasía.- Dijo la dama bajando lentamente la cremallera de su escote.
– Hace tiempo me hubiera encantado la idea, hoy, sin embargo, no. Además, no me resultas atractiva.
– Vamos, hombre, habrá algo que desees. ¿Una familia?
– Una cabra.
– ¿Una cabra?
– Sí, sí, una cabra, que pueda pasear con ella, llevarla a pastar y me dé leche fresca todas las mañanas. Ese sería mi deseo.
– ¿Seguro?
– Sí.
– Bueno, pues no se hable más.
La mujer dio una patada a una palmera con la punta del tacón, de esta cayó un coco enorme que, al romperse, salió una pequeña cabra joven balando.
– ¡Oh, es preciosa!
– Vale, ahora solo tienes que adorarme.
– ¿Qué? ¿Cómo se hace eso?
– Oye, para ser el hijo de Dios eres un poco bobito, ¿no?
– ¿Qué soy… quién?
– Tú no eres Jesús de Nazaret?
– ¿Te refieres al colgado ese que camina por el agua y abastece de vino en las bodas?
– Sí
– Me lo encontré hace días y me regaló su túnica, a saber como estará, con este sol y sin ropa…
Siete golpes de campana y yo saliendo de mí. Fue de repente, sin costarme nada, como el que se libera de la presión de los zapatos y quedas libre, caminando descalzo. Solo que ahora no había ropa, ni piel, ni aire en mis pulmones. Solo un resplandor que imaginaba un cuerpo desnudo y un cordón brillante que me ataba fuerte, al lugar donde reside mi mente.
Me quedaba todavía un rato, hasta la campanada del medio, esa que parte a la mitad el tiempo y me cuenta el momento perfecto, ese en el que la lluvia acaricia tu cuerpo, o tal vez solo me lo invento y quiero que ocurra eso. Quizás sería mejor un paseo para pasar el tiempo.
Con mi rastro incorpóreo fui capaz, con facilidad, de fundirme en el cemento. Atravesar el muro que me aísla oculto fue claramente alentador, también lo fue ver pasar a la gente sin estar yo delante. Aquel perro me ladraba como al fantasma que era, ese niño que sintió miedo por el roce de mi alma, al pasar a su lado no había nada.
La puerta de tu casa no era frontera, no acepté su invitación a quedarme fuera y pase a través de su madera. Quise subir las escaleras, pero bajabas tú, sin sombrilla ni vestido que te tapara. Brillabas como yo, incorpórea como el aire que por ti viajaba. Dijiste: “¿Qué haces aquí?” Yo no dije nada. Comprendí enseguida que simplemente soñabas.
Descubrí chispas en la mirada, el color del deseo en tu alma y en tus labios una llamada. Te quise abrazar y perderme en tu cintura al vals del misterio de tu delirio, ansiaba tu piel mis manos, mis dedos, la curva de tu cadera, pero no había más que alma, más que la esencia de nuestra hambre de besos. Penetré en tu psique interior y me quedé dentro, fundiéndome en el hueco de tu mente y tú en la agonía de mi anhelo.
Desperté sobresaltado, ocho golpes fueron tras ocho campanadas de tiempo. En la puerta tus nudillos ansiaban mi presencia, imaginé tu sonrisa, imaginaste tu mi espíritu mientras me esperabas.
– Adelante, Martínez, ¿qué no ha entendido esta vez en relación con el curso de atención al cliente?
– Verá, nos ha recalcado que la empatía es muy importante, que nos debemos poner en la piel del cliente, es así ¿Verdad?
– Así es, es muy importante escuchar al cliente, comprender su problema y actuar en consecuencia.
– Sí, sí, pero tengo alguna duda con el modo de proceder.
– Bueno, hemos explicado sobre la escucha activa y sobre la forma de obtener información y…
– Sí, lo del interrogatorio lo entiendo, lo que no llego a comprender es cómo poder ayudar.
– ¿Ayudar? No comprendo.
– Ya lo veo.
– No, no, póngame un ejemplo.
– Vale, un cliente adquiere uno de los flamantes frigoríficos de alta capacidad. En seis meses este electrodoméstico tiene un fallo de funcionamiento. El equipo se apaga a raíz de una descarga eléctrica. El técnico que lo repara decide un trato inadecuado en el uso y descarta la garantía en la reparación. Se informa al cliente y se le da un presupuesto, a mi gusto, bastante elevado.
– Vale, se le explica la situación y se le hace entender al cliente. ¿No es así?
– Sí, así es.
– Pues no sé dónde está el problema, además, si ha comprado un frigorífico de alta gama es porque su nivel adquisitivo es alto.
– Bueno… mi pregunta es más bien en relación con el método empático para tratar al cliente.
– Sigo sin entender…
– Verá, en el momento del contacto con el cliente es cuando se pone en práctica la escucha activa, en este caso el cliente ha comprado este tipo de producto por necesidad, tiene familia numerosa y lo que más le interesaba es la capacidad que tiene el producto y la durabilidad que explica la marca en su publicidad.
– Pero esa durabilidad es según el trato de…
– Sí, sí, déjeme explicarle. Como ya le dije, el cliente tiene familia numerosa. Nueve son los que usan el frigorífico: el cliente y su esposa, cinco niños, el abuelo y un caniche que se llama Pikachu.
– Buen ejemplo de escucha activa.
– Claro, claro. El problema empezó cuando el hijo mayor, en un descuido, tira la botella de leche y, por no sé qué peculiaridad del destino, le llega líquido a la instalación eléctrica interior del aparato. El adolescente recibe una descarga y el aparato enfriador muere entre chispas y destellos.
– Ahí está; negligencia del cliente.
– Nadie lo niega, aunque en el anuncio tan tierno que sale en la tele tiene carácter “child friendly”. Sí, donde el niño pasa el camioncito de la marca sobre las nevadas colinas de las empanadillas y se cabrea porque no hay escarcha.
– Sí, bueno, es solo una representación, sabe que a los críos no se les debe dejar…
– Comprendo, la historia sigue con las lágrimas de un padre preocupado que, no solo se siente estafado por el funcionamiento de un refrigerador que permite la entrada de líquido en lugares sensibles, sino que debe abonar una factura sin esperarlo. Además del retraso por envíos y espera a recambios, lo que le deja casi un mes sin poder usar su nevera. Sabiendo que tiene niños pequeños…
– Planificación, es algo que ya hemos visto en otros cursos; una buena planificación hace que…
– Sí, todo está previsto, pero el envío sale tarde. El técnico tiene tanto trabajo que retrasa la entrega y la pieza está en China y es mandada por barco, pasa por tres aduanas y el inspector nacional no sabe leer chino, por lo que retrasa el tiempo de espera buscando un traductor. A propósito, ¿se debe aplicar la empatía con el técnico que no le da tiempo y se le obliga a tener preferencia con determinados casos? ¿Y con el transportista que debe soportar atascos monumentales y se le aconseja trabajar más allá de lo indicado en el registro de su ruta para cumplir plazos de entrega?
– Vale, sí, pero a usted lo que le interesa es el cliente.
– Que va a esperar un mes y tiene que pagar ochocientos euros. Entiendo que debo ponerme en su piel, darle palabras de ánimo y hacerle entender que yo también sufro por él. Pero, ya que el tiempo de espera no lo puedo reducir, ¿le puedo descontar algo de la factura?
– Bueno, es complicado, los recambios tienen un coste, la mano de obra también, hay muchos gastos, tenemos beneficios mínimos…
– O sea, que no, que no hay descuentos posibles.
– No deberíamos hacer descuentos, no es una solución en este caso.
– Vale, entonces creo que donde quiere decir empatía realmente deberíamos poner otro término distinto.
El más veterano de los dos puso los ojos en blanco, hizo el gesto de mirar la hora en su muñeca y le dijo a su subordinado.
– El contacto tendrá lugar a las 04:44, tal y como se te concretó en el informe de la misión. Según mi reloj faltan siete minutos. ¿Tienes prisa?
– Mi teniente, con todo mis respetos, estamos en el lugar más deshabitado del sur de Europa, hemos caminado casi cincuenta kilómetros en la oscuridad, llevamos una caja que pesa casi cuarenta kilos, no nos han permitido la ayuda de la tropa, y estamos en un lugar inaccesible para la gran mayoría de vehículos. ¿Qué hacemos aquí?
– Cuando los veas lo comprenderás, hasta entonces no voy a dar explicaciones, sargento, limítese a cumplir las órdenes.
– A sus órdenes, mi teniente. Comprenderá que todo es muy misterioso.
– Será por eso que se le ordenó discreción y el nivel de la misión implicaba máximo secreto.
La ausencia de la luna regalaba un cúmulo de estrellas tapizando el lóbrego y helado cielo. La oscuridad fue rota por la aparición de un fuerte resplandor que, de improviso, apareció sobre las cabezas de los impacientes soldados. El mayor de ellos sonrió a su subordinado y le dijo.
– Ahora empieza lo bueno.
Encima de ellos, en la oscuridad de la noche, se abrió un agujero en el cielo y empezó a vomitar un chorro de luz. Era una luz espesa, con apariencia líquida, y servía como transporte a dos criaturas humanoides con cuerpo pequeño, brazos largos y una gran cabeza de aspecto grotesco.
– No te asustes, está todo previsto.
– A sus órdenes, mi teniente – Le dijo el sargento con el rostro blanco por el efecto de la luz o quizás por el miedo que parecía tener.
Las criaturas bajaron del haz de luz y se plantaron delante de los dos soldados, uno de ellos dio un paso adelante y saludó al teniente.
– Hola, Antonio, qué noche más fría, ¿no?
– Hola, Gñofr, sí, lleva unos días así, un frío aterrador, pero nada de lluvia. ¿Qué tal tu espalda?
– Bien, mucho mejor, va sanando. En fin, ¿Es eso? – Preguntó señalando con sus finos y largos dedos la caja que habían transportado. – ¿Puedo verlo?
– Claro que sí. – Respondió el militar haciendo un gesto a su subordinado para que hiciera la apertura de la caja. Al destaparla, la criatura se relamió.
– Perfecto –
Gñofr se aproximó y colocó la tapa en su sitio. El otro ser instaló un dispositivo en la caja y empezó a elevarse con ella siguiendo el carril del haz de luz.
– Lo acordado, bien, hasta la próxima entonces. – Le dijo mientras le daba un pequeño aparato extraño con minúsculas lucecitas en movimiento y un aparente latido. – Dile a tus superiores que no sean tan tacaños.
El ascensor luminoso absorbió en un instante a los dos humanoides. Al cerrarse la compuerta, se iluminó parcialmente una enorme esfera oculta en la oscuridad que, en un zumbido, desapareció, dejando reinar el silencio en la noche.
– Mi teniente, ¿qué ha ocurrido aquí?
– Ya te dije que es confidencial.
– Con todos mis respetos, mi teniente, no todos los días tengo encuentros con extraterrestres y necesito una explicación.
– Bueno, vale. Es un simple intercambio entre dos civilizaciones distintas.
– Pero ¿qué hostias es ese aparato que le han dado que parece derramar luz?
– Una muestra de su tecnología, no sé lo que es y ni tengo autorización para saberlo, ni quiero entender nada.
– Y lo que nosotros le hemos entregado es…
– Efectivamente, ha visto bien, cuatro patas de jamón ibérico. De la serranía de Córdoba exactamente, yo mismo me he encargado de conseguirlas. Están muy ricas.
El reflejo de los rayos del sol se quebró en siete colores en el preciso instante que la lluvia perdió intensidad, de los charcos grises aparecieron verdes ramas y de ellas flores azules, moradas y rojas que, con la intención de volar, se mecían con el frío viento, haciendo reverencia a la primavera en un esperado deseo de la llegada del calor.
La muerte del sol no fue en vano, la agonía de sus brazos desapareciendo en el horizonte logró pétalos abiertos, el aroma de noche en el resplandor de una nueva forma de luz creciente, redondeando el firmamento, con imprenta de estrellas tintineando en la melodía de la vida.
De la sombra creada por los árboles apareció volando, rebosando de colores salvajes, desafiando al viento con su baile sin rima, con tirabuzones emplumados de la fiesta del cortejo. Criaturas aullaban a lo lejos, orquestando el vals de la sangre, quebrantada en guadaña para un póstumo despunte de la existencia, quebrada en colores bajo un nuevo nacimiento solar.
– Tienen una forma de reproducirse de lo más interesante.
– Pues será como la de los demás animales del planeta, supongo.
– Bueno, sí, al fin y al cabo un sujeto introduce un miembro dentro del otro sujeto y le escupe un chorro de células incompletas que compiten en una maratón para fecundar o morir. Lo apasionante es el comportamiento sexual.
– ¿Qué hay de particular?
– ¡Uff! Es muy complejo, Gñorf. Existen muchos géneros, varios tipos de orientación y todos tienen una interrelación de lo más compleja. Fíjate, ¿Ves ese humano?
– ¿El del holograma? Sí, claro.
– Pues se llama Andrea y es del género femenino, pero ella se siente masculino, así que gracias a la tecnología humana la han podido transformar y ahora se hace llamar Andrés.
– Como quien cambia de traje, no le veo gran inconveniente, nosotros cambiamos de forma y no pasa nada.
– Resulta que a Andrés le gusta una humana que se llama Rosanna, que es hembra, pero le gustan las hembras y, ya que Andrés es algo femenino, se han propuesto tener descendencia. Algo imposible, ya que entre los dos no pueden.
– ¿Por qué no?
– Pues porque la tecnología humana no produce una transformación completa, en este caso le faltarían los órganos internos masculinos.
– Vale, ¿cómo solucionan esta ecuación de carácter sexual?
– El factor z es Javier, amigo de toda la vida de Rosanna.
– Es el masculino faltante, ¿no es así?
– No, él es demisexual, birromántico y antroxesual. Con Rosanna ha acordado la fecundación, pero con condiciones.
– ¿Qué se repartan los vástagos a partes iguales?
– No, que en el proceso copulativo también participe su pareja.
– Vale, y qué condiciones impone.
– Se llama Anabel y el pansexual poliamorosa, quiere que Andrés también participe.
– ¿Y qué problema hay?
– Que Andrés no quiere participar en el acto si está Javier, que Rosanna se inhibe si está Javier y necesita el vínculo afectivo de su amiga María.
– Vale, ¿cómo solucionaron esto?
– Pues todos juntos en un cuarto oscuro.
– ¿Y fueron felices y comieron perdices?
– Bueno… Andrés y Anabel se hicieron más que amigos y se fueron a vivir a Marbella. Javier ahora está con Rosanna y María fue la única que fue fecundada, que como ella no quería tener descendencia, ahora ejerce de vientre de alquiler. Por lo demás, Anabel es vegana, así que no come perdices, que ahora tiene una relación abierta con Sandra.
– ¿Quién es Sandra?
– La vecina, que se fue a quejar porque había mucho ruido y se quedó a participar.
– Todo esto es como el fútbol de segunda división, ¿verdad?
– No, la realidad del deporte es más complicada aún.
– Bueno, ese problema no lo tenemos nosotros, que con un roce y un poco de convicción ya nos quedamos fecundados.
– Como me vuelvas a poner el tentáculo encima, sales por la escotilla del ovni.