
Unos cien metros en picado le separaba del mar, un azul espectáculo rompiendo en blanco algodón, en la distancia no se percibía violencia, solo la calma del planear de las pardelas y el olor a sal que inundaba el firmamento. Él suspiraba el atardecer sentado en una roca, solicitando en silencio al cosmos la presencia de un amor esquivo.
– ¡Hola! ¿Qué haces? – Apareció de la nada esa voz cándida, de mujer muy joven, imaginó, pero no pudo ver a nadie.
– ¿Hola?
– Sí, eso dije, hola.
– ¿Quién eres? ¿Dónde estás?
– Coño, aquí, al lado tuyo.- Una gaviota blanca le observaba ladeando ligeramente la cabeza.
– Hostias, un loro.
– Oye, ¿tú ves plumas de colores? ¿Ves un pico curvado ávido de cacahuetes? ¿Escuchas un parloteo incesante con estridentes notas discordantes?
– No, pero no sabía que había más aves parlantes.
– Para tu información, los cuervos también hablan.
– Sí, pero traen la muerte.
– Qué sabrás tú de pájaros.
– Y… ¿Qué hace una gaviota por aquí?
– ¿Estás ligando conmigo?
– No, pero si no somos de la misma especie.
– Bueno, en verdad, soy una princesa encantada. Me hechizaron y ahora soy gaviota.
– ¿Pero eso no ocurría solo con ranas?
– Qué anticuado, ¿no? En ranas y orangutanes, además de gaviotas, claro. En contadas ocasiones en suricatas y comadrejas, que es el mismo animal con distinto número de serie.
– ¿Te sientes feliz siendo gaviota?
– Al principio sí, era libre volando sobre el mar eterno, chillando a los marineros, manchando a los que pasean por la orilla de la playa. Luego me dio hambre y sentí la necesidad de comer pescado muerto. Ahora me dan náuseas cuando me alimento, me dejó de gustar ser gaviota, prefería ser zarigüeya o solifugo.
– ¿Eso no es una araña?
– Sí, pero es tan mona…
– Da un poco de cringe.
– Bueno, ¿me vas a ayudar, o no?
– ¿Ayudarte? ¿A qué?
– A volver a convertirme en princesa.
– Claro, claro, ya me dirás cómo romper el conjuro.
– Joder con la juventud de hoy en día. ¿No has leído ningún cuento de hadas?
– No, yo solo leo las letras grandes que salen en Tik Tok.
– Para romper una maldición, besa al bicho con pasión.
– Pero ¿dónde, en el pico?
– Sí, sí. Bésame, machote.
La gaviota extendió sus alas en un peculiar intento de dar un abrazo al joven que, con un cuidado escrupuloso, propinó un beso en la ranfoteca del ave. El animal cambió de color y empezó a transmutar en un agónico canto. Poco después apareció en su lugar una anciana, vestida de túnicas de colores y una lujosa tiara entre los tirabuzones grises de su cabello.
– Antes de que proponga alguna situación de carácter sexual, milady, ya le digo yo que no.
– Pues qué conste que, en mi época, este tipo de beso constituye un matrimonio inmediato.
– Ande y corra a conquistar Terabithia.
Quedó solo, enfrascado en sus pensamientos, mientras el rojo morir del sol se fundía a mar en el ocaso. De pronto notó unas patas diminutas ascendiendo por su espalda, y una voz angelical le susurro al oído.
– Perdone, ¿Es usted el humano que se dedica a besar princesas encantadas?
La lagartija se quedó esperando respuesta en el último rayo de luz de un astro ya cansado.
Silvio Rodriguez – La Gaviota
