Aquel momento, en el que rozaste mi mano sin querer, ocurrió.
En aquel tiempo, tras rescatar mi corazón roto de sirenas encantadoras con zarpas de felino, salía poco de casa. La buena voluntad de mis amigos aquel día, tras pautarme un jarabe de espíritu, un empujón y un “¡venga, a la calle!”, me convenció de salir con ellos a tomarnos algo.
Con ganas de volver aterrado, llorando y ofreciendo versos de terribles secuestros, llegamos sin querer al delirio del templo. Un deseo por cada golpe de cristal y la obligación de rezar gritando me arrastraron a la danza, todos juntos, sudando. Y yo, ya harto de rodar por el suelo cabizbajo, de ver fantasmas en las esquinas y de rellenar de luces de color mi cansado cuerpo.
Supliqué a tiempo una retirada, y mis carceleros me concedieron una tregua: salir al fresco y recuperar aliento. Me vi en una madrugada de domingo muerto, viendo las chicas pasar, como en la canción de Los años ochenta, que no quise cantar por miedo a que la alegría de mi cara rompiera mis cadenas.
—¡Yo me vuelvo a casa!
Lo dije enajenado, me giré rápido, asustado. Tropecé contigo. Fue sin quererlo, pero en ese instante me quedé despierto, aferrándome al momento creado.
—Ten cuidado, niñato.
Me dijiste con tu mano en mi pecho. Yo no supe reaccionar y te dejé marchar sin poder evitarlo, quedándome plantado, sin poder mirar a otro lado.
—No lo entiendo, por más vueltas que le doy no lo entiendo.
—¿De qué se trata? ¿Es por el trabajo de fin de estudios?
—¿Qué va a ser si no?
—Te dije que eran complicados.
—Bueno, tanto como otras especies. Algunas son más complejas a nivel orgánico.
—Sí, pero luego tienen una sociedad simple y ordenada.
—En este caso, su sociedad es compleja, pero sigue patrones lógicos. Profundizando, se comprenden bastante bien la mayoría de aspectos de su civilización.
—Bueno, entonces ¿dónde está el problema?
—En sus conductas reproductivas.
—No comprendo. Biológicamente está claro, ¿no?
—Sí, sí, entiendo el funcionamiento hormonal, los receptores de estímulos, las funciones cognitivas. Hay otros aspectos…
—No entiendo.
—El ritual de apareamiento. No lo entiendo.
—Explíquese.
—Vamos a ver. Todas las especies conocidas, por muy diferentes que sean, tienen una forma de proceder. Siempre encaminada a que ambos elijan al mejor candidato para su reproducción.
—Sí, entiendo.
—Por ejemplo: los raelianos entonan sus salmos y conversan sobre sus progresos. Los reptilianos combaten entre ellos, machos y hembras, y sólo se aparean los más fuertes. Los arcturianos hacen una especie de reunión donde cada uno aporta sus dones y culminan con una orgía controlada. Los insectoides son seleccionados por la reina, la única hembra que se aparea.
—Claro, cada especie tiene su manera de reproducción y sus aspectos sociales también influyen. ¿Qué pasa con los humanos?
—Cuando empezamos a estudiarlos, su sociedad era más sencilla. En sus núcleos urbanos hacían eventos sociales llamados “fiestas”, y solían tener una deidad religiosa como anfitriona. Los machos bebían brebajes exóticos que les daban valor para interactuar con las hembras. Las hembras también bebían, pero para soportar el acoso de los machos. Ambos se ornamentaban para parecer más atractivos. Los machos peleaban físicamente con otros machos. Las hembras peleaban verbalmente con otras hembras. Al final de la noche, los menos afectados por la bebida y los enfrentamientos lograban realizar la cópula.
—Sí, bueno, tiene su complicación, pero no es diferente al de otras especies.
—Lo que me confunde es que ahora los humanos han creado una segunda sociedad en la que no están presentes físicamente. Eso les permite un mejor contacto a distancia, intercambio entre culturas y resolver cuestiones que de otro modo tardarían mucho tiempo.
—Un claro ejemplo de evolución.
—Sí, pero su ritual de apareamiento también ha migrado a esa vida paralela. Ahora se acicalan, se exhiben y se seducen a distancia.
—¿Y el coito?
—También.
—¿Cómo que también?
—Sí. Usan extensiones y aparatos para simular su sexo. Se exhiben usándolos. Incluso los comercian. El contacto real empieza a desaparecer.
—Si esto persiste, pienso que se van a extinguir.
—En unos cuarenta años, quizás.
—Qué lástima, son muy monos.
Kavinsky – Nightcall
Apendice I: Guia rápida de alienígenas de confianza.
1. Grises (Homo visitantibus cliché)
Procedencia supuesta: Zeta Reticuli (porque suena a serio).
Aspecto: Bajitos, cabezones, ojos enormes y negros como un lunes por la mañana.
Conducta típica: Abducciones, sondas sin pago previo.
Estado científico: Personajes secundarios recurrentes en toda ufología.
2. Reptilianos (Saurius conspiratus)
Procedencia supuesta: Alfa Draconis o directamente el Senado.
Aspecto: Altos, escamosos, mirada fría y manos en tu cartera.
Conducta típica: Dominar gobiernos, disfrazarse de famosos y piratear el WiFi.
Estado científico: Comodín favorito de toda teoría conspirativa.
3. Pleyadianos (Homo guapensis)
Procedencia supuesta: Constelación de las Pléyades.
Aspecto: Altos, rubios, guapos, modelos de instagram cósmico.
Conducta típica: Mandar mensajes de amor universal, la cena y las copas las pone el receptor.
Estado científico: Canalizados con entusiasmo en sesiones de incienso.
4. Nórdicos (Vikingus galacticus)
Procedencia supuesta: Vega o algún Airbnb interestelar.
Aspecto: Idénticos a los pleyadianos, pero con cascos de pinchos, cuernos y chaquetas de cuero.
Conducta típica: Salvadores de la humanidad, aunque se pierden mucho en aeropuertos.
Estado científico: Variante estética de los pleyadianos.
5. Arcturianos (Mentis azulensis)
Procedencia supuesta: Estrella Arcturus.
Aspecto: Azulados, sabios, con manuales de autoayuda interdimensional.
Conducta típica: Enseñar cómo ascender espiritualmente, cobrando un módico precio.
Estado científico: Estrella invitada en todo congreso new age.
6. Annunaki (Deus capitalismus)
Procedencia supuesta: Nibiru, planeta perdido o inventado según la fuente.
Aspecto: Gigantes de estética sumeria, con joyas de oro falso muy llamativas.
Conducta típica: Crear humanos como esclavos, inventar las hipotecas y desaparecer misteriosamente.
Estado científico: Protagonistas de documentales de madrugada.
7. Sirianos (Delfinus cósmicus)
Procedencia supuesta: Estrella Sirio.
Aspecto: Se representan como delfines, felinos o humanoides acuáticos.
Conducta típica: Mensajes sobre armonía, agua cristalina y a veces Atlantis.
Estado científico: Perfil bajo, pero con mucho simbolismo místico.
8. Mantidianos (Insecta sapiens)
Procedencia supuesta: Nebulosas olvidadas.
Aspecto: Insectoides gigantes, como mantis religiosas con mal despertar.
Conducta típica: Supervisores de abducciones, observadores fríos y poco sociables. Adictos a las telenovelas.
Estado científico: El alien que no querrías encontrar en tu cocina.
Hoy se abrirá un ciclo. Los astros se alinearán, terminará el sepelio. Se abrirán las puertas del nirvana, las almas se elevarán desde sus oscuros féretros. Habrá juicio, júbilo errante, canciones de inicio. Nos reencarnaremos en aquello que deseamos.
La crucifixión quedará atrás. No habrá batallas, ni mentiras, ni duelo. Solo orden. Solo silencio. Un descanso roto en la felicidad de muchos. Un sol radiante en un ocaso pactado.
La cola era inmensa, una serpiente hambrienta, inquieta, intentando cazar su presa. Tanto trámite moderno por internet, y aún así, aquí estábamos: esperando. El cielo reflejado en gris me devolvía al mismo lugar de siempre, la cola del paro.
—Perdona, ¿eres la última? —Pues sí. Ya lo ves. Ahora eres tú el que va detrás. —Eso parece.
Venía bien distraerse con esos pantalones cortos y esa cara de descaro. Eran días malos y cualquier distracción servía. Tanto luchar por mantener un trabajo digno y, después de diez años, echarme por no cumplir no sé qué requisitos. En fin, mejor pensar en el futuro, aunque la crisis en ciernes y la falta de estudios no presagiaban suerte, sino malos augurios.
—¿Ha cambiado mucho la cosa? Hace unos diez años que no venía por aquí. —No lo sé, mi caso es parecido. —Pues andamos apañados. —¿Diez años en la misma empresa? —Sí. Me echaron por no tener determinados estudios. —¿Qué hacías? —Trabajo de oficina: revisaba contratos, llamaba a clientes… algo así como secretario de un gestor. ¿Y tú? —Camarera, en un bar de copas. Me pillaron sisando el bote. Pero en realidad descubrí quién lo hacía: nuestro propio jefe. —Qué cabrón. —Y aún así, un cabrón intocable. —Me imagino. ¿Y cuánto tiempo llevabas? —Cinco o seis años. Aunque ya estaba buscando otro curro. Un restaurante te deja sin vida. —Ya, trabajo de actores y estudiantes. —¿Cómo? —Que se gana dinero, pero para toda la vida no sirve. —Nada, te ha salido una rima. —¿De verdad? Es que llevo un poeta dentro. —¿Ese es tu método para ligar? —¿Qué? No. En serio, me gusta la poesía. Pero no lo voy pregonando. —Pues ya que tenemos tiempo, recítame algo. —Pero soy muy malo recitando… además no me sé ninguno de memoria. —Venga ya, seguro que un poeta tiene recursos. —No, de verdad. Qué vergüenza. —Si me gusta, te invito a una cerveza. —Vale… intentaré improvisar algo. —Pero me tiene que gustar, ¿eh? —Ejem, a ver…
“La cola era inmensa, una serpiente hambrienta, inquieta, intentando cazar su presa. Tanto trámite moderno por internet, y aún así, aquí estaba de nuevo, en la cola del paro. El cielo reflejado en gris me lo recordaba.”
—Me gusta. Pero eso no es poesía. —Es prosa poética. —Sí, lo que tú digas. Pero te lo estás inventando. —De eso se trata: inventarme algo. —¿Para ganar una cerveza? —Para beber de tu risa. —De mi risa y de mi tiempo. —Ya que nos sobra… vivámoslo en el momento. —Pues nos queda una eternidad. —Vivirla contigo no suena mal. —Más que poeta pareces rapero. —Trabajo pendiente… si volvemos a vernos.
—Vale, la cerveza te la has ganado. Aunque no sé si con tus rimas fáciles conseguirás trabajo.
En la oscuridad de su hogar la esperaba, cabizbajo, temeroso. Quizás hoy ya no vendría, o quizá fuera la última noche. Guardaba la poca energía que le quedaba para recibirla. El sopor lo arrullaba en una duermevela que parecía la hibernación de su desdicha.
Ese aura azul tocó a la puerta y lo despertó de inmediato. Ya la sentía cruzando la calle, subiendo las escaleras, dudando frente a la entrada. Cuando abrió, ella se abalanzó a sus brazos, buscando entregarse entera, refugiándose en el sabor de la almohada.
No hubo saludos, flores ni cenas con velas: solo la desesperación de dos cuerpos devorando la espera. Terminaron en silencio. Ella, con el aura gris, cansada; él, sonriendo por dentro, con un destello azul en la mirada.
—Jonas, ¿a dónde va lo nuestro? —No va, Sofía, simplemente fluye. —No sé por qué sigo viniendo. —Porque me deseas más allá de lo lógico. —Pero podríamos evolucionar, ser algo más que una visita de viernes. —Somos distintos. De otro modo no funcionaría. —Algún día encontraré a alguien y esto terminará. —Mientras tanto seguirás viniendo. —Sí, aunque empieza a ser peligroso. —No te lo niego. —Cuando salgo me siento vacía. —Y si nos viéramos todos los días te sentirías así siempre. Lo sabes. —Lo intuyo. —Es mejor esto. —Dime al menos que me quieres. —Te quiero. Te necesito más de lo que imaginas. Pero no te puedo dar más. —Me tengo que ir. —Lo sé. ¿El viernes? —Puede.
Cerró la puerta dejando tras de sí su estela oscura. Hambre de cariño en cada paso, dispuesta a buscarlo afuera para entregárselo luego, cuando su aura vuelva a ser azul y el cielo brille oscuro.
El suspiro se lo llevó todo. Una vida de sueños, un rincón donde resguardarse de la fatiga y del viento. También se fueron los nervios de esperarte. Y de tanto esperar, me casé con la ausencia.
Resbalé sobre una lágrima y caí. Fui a parar al fondo de mi infierno, que de tanto verlo en fotos me resultó familiar. Seguí el rastro de amantes imaginarios que me aguardaban en la brisa de este mundo. Pero yo no quise quedarme: preferí conocer mundo.
Escalé por las grietas de mis heridas que, de tan hondas, abrían salida. Al otro lado estaba el mar, y sin dudarlo comencé a nadar.
Era de noche cuando llegué a la orilla. Entre la arena negra y el brillo del romper de las olas encontré a una sirena llorando, sola. Me senté a su lado, pero el miedo la devolvió al mar de su pasado. Seguí mi rumbo sin pensarlo. Mejor con los peces que con piernas de plástico.
Subí el sendero, crucé el desfiladero, alcancé la cima primero. Y ahí estaba yo, sentado, mirando al cielo, con mi luna lejana alumbrando el firmamento.
El eco me prometió luces de palmeras meciéndose sobre la vereda; me mostró el camino de regreso y me insistió en una vida nueva. Donde otros labios me esperan, al final de la primavera.
Hoy soy viento, frase cortada al azar, desvarío del mar, en tempo lento. Sin ver espejismos, acariciando estrellas al pasar, cayendo en sal, queriéndome en olvido. Creyendome suspiro, surcando en huellas al pasar, no busco más, solo abismo.