El verano me regaló tu nombre y el invierno me lo hizo olvidar. Sabor a licor, de frío norte, buscando el cálido contacto de una caricia. Azul penetrante en mar en calma, susurrabas de camino la canción que te enseñé en la alcoba. Fue tan breve que olvidarás mi rostro, tan intenso que compartiremos el dolor de las hojas de otoño al caer, heridas al suelo. Pensaré en tu extraño “te quiero”, en el silencioso abismo del adiós.
El verano me regaló tu nombre, otra vez.
Doble Pletina – Música Para Cerrar las Discotecas.
Recuerdo aquel día nublado y triste, hace tanto tiempo que me sabe borroso ya, en la primavera de mis primeros versos, marcado en la memoria del calendario, rodeado en el rojo de los besos más tiernos. Pasé un rato escondido de rabia, pero supiste encontrarme. Tu cabello en ese instante, fue el sol que brillaba dorado, desafiando el gris despertar de la lluvia de otoño. Y me dejaron solo, solo la luz azul de tus ojos, no había más a mi alrededor. Tu sonrisa, el mar y un “te quiero” con un adiós en medio.
Me hablaste del calor de los vientos de levante, de la alegría a palmas de primaveras bajo el olivo, de las lágrimas que saltaron por volver a vestir lunares, del perfume de azahar que a tu cuello se agarra, salvaje. Quise creer pasear por el río contigo de la mano, burlar la curva de los girasoles, agarrando tu cintura, alrededor de faroles y caballos, danzando a ritmo de una guitarra.
El abrazo no quería terminar solo, me quemaste los labios con tu dedo y el adiós murió en deseo.
Era un cuadrado de cartón con una figura iluminada de luz negra en el centro. Hice el gesto de saludar a mi fortuna con él y lo deposité en la punta de mi lengua. Amargo era el sabor y también la despedida, que me dejó perfume en el abrazo, un tal vez confuso y un deseo cierto. Me quité la careta y salí del antro de estridentes tonos y espacio apartado para los apodados por Cayetano.
Quise pasear por las sombras de los árboles, llegar lejos andando lento, pero la carita sonriente, que habitaba en mi boca, empezó a cantar su canción. Y me quedé perdido en la cadencia de su ritmo.
Los pasos se me hicieron cortos y el aire espeso, el rocío era de colores extraños y la brisa eran susurros, que tomaron forma de mí, allá dentro de unos años. Salió de entre los arbustos, mi anciano yo, de aspecto serio, de mirada intensa por vivir mis pecados y aprender a esquivarlos.
– ¿Buscas acaso la muerte, niño? – Me dije desde el cuerpo del otro más viejo.
– Lentamente, ya va en camino. – Respondí mirándole lento. – Desde que nací está conmigo.
– Ahora para ti es un juego. – Reprocho mi yo vetusto.- Pero no eres eterno. No eres, como te crees, un ser infinito. Vendrán más y te cogerán de la mano. Te llevarás contigo su futuro, o te dejarán y caerás solo. Serás tu propio olvido.
– Y vienes con el sermón
– Vengo a permanecer vivo.
El anciano, cojeando despacio, se dirigió hacia el frondoso bosque imaginario. Allí se fundió entre las brumas de mis recuerdos.
La cabeza me arañaba dentro, amanecí desnudo. El río se llevó la mancha de mi vicio, mojó mi ropa y embarró el recuerdo. Amaneció el frío frente a la decisión de respirar hondo y caminar lento.
La conocí una noche de luces brillantes conectando mentes, rima fácil en letras de Shakespeare y elegancia grotesca de tambores lejanos. Me fijé en su mirada atenta, ardiendo en verde, en su pelo ondeando al viento, lento a pesar de las prisas y de su marca en el hombro de una enorme tarántula grabada a tinta.
Al poco tiempo nos cogimos de la mano y gritamos atentos al escenario, nos sabíamos todos los versos y cuando no, nos comíamos a besos, hasta pasar de tonada, o hasta que nos acordábamos de la gente a nuestro lado que empujaban de envidia al ver nuestras caricias sin importancia ajena.
La luz encendió nuestra necesidad de intimidad, una mirada cómplice con una invitación a una copa. “Vamos a mi casa”, me dijo, “ahí son más baratas”. Cruzamos la calle de los enamorados, buscando fuego en la parada del metro, contando segundos en el trayecto.
En el portal un beso, entrando desenfreno, arañamos el sofá, volcamos la pecera, dimos cuenta del suelo. Nos amamos hasta la luz del sol, no hasta decir basta, hasta quedarnos secos.
Sin tiempo para dormir, quiso contarme un secreto, me dijo que me lo enseñaría, que esperara un momento. Esperé un instante y solo recibí un grito, escuché un misterio de un vivero tumbado. ¿Sería aquello que tiramos de tanto amor?
Sí, estaba en lo cierto. Estaba encima de mí, trepando lento, sus patas peludas subían por mi pecho. Lullaby, vino a mi mente, al ver la araña tatuada en el brazo de ella caminando por mi cuerpo. Ese era su secreto, alimentaba a su mascota con las sobras de sus amantes.
Tu mente era una mancha de tinta tirando a china, sangrando gotas gruesas en el mar de las mil dudas que se deslizaban gritando espacio. Lamentando heridas de claustro sin ventana que, presa del fervor procesado a vírgenes llenas de gracia y salero de poco peso, pues resultó que no llegaban ceros para el cambio de tus hábitos, de pasarela camino a la playa, de bronce extendido por el culto al cuerpo rendido.
Así que salté del barco en marcha a buscar la marea, me rodeé de ruido blanco en vez de hundirme en brea, me escondí en la arena por no ver el sol.
Tal vez debí esperar tu boca, aunque sé cómo roncea, parar frente tu falda y ver cómo vuela, pero no es buena idea, mejor digo adiós.
Si vuelvo y me desangras, yo todavía herido, me pierdo en la constancia del andar de tus latidos, de las curvas de mi huida y esas piernas larga que de finas no terminan si en sueño las conservas.
Por eso, escapo en silencio para recorrer otras tierras. Para sentir frío en caricias de noche, calor en ríos lejanos, donde brillan estrellas ajenas y se hacen cálido el olvido. Donde la paciencia es un sobre sin carta que espera respuesta y la miel sintética escribe ceros al color de piel pintada.
Desde el firmamento centelleó la estrella y se derramó como una lágrima, deshaciéndose en polvo de hadas brillante frente a ella. Por un momento tomó una forma conocida y se esfumó con el viento.
– ¿Papá?
Y en su mente llovieron bonitos recuerdos de un pasado presente.
Es mágico encontrar un recuerdo extraño, que en una tarde de tintineos de copas chocadas y tonadas alegres y eternas a coro, lo adoptas carente de sentido y le das sitio en tu mente como reminiscencia propia de tiempos lejanos. Decorándolo con la canción de la brisa y serifas en la caligrafía, impregnando en él la esencia del elixir de los sueños ansiados y traduciéndolo en números en el laberinto de libros sin páginas, será ofrenda para la sed de emociones de un amante acérrimo y devoto de momentos.
¿Y si volvemos a aquel tiempo de escaparnos a bailar? Aquel tiempo más fácil y puro, que atraídos por el brillar de la feria, íbamos dando tumbos disfrazados de juglar.
¿Y si fuera posible volver atrás? A aquellas caricias gritadas y que a escondidas se hacían eternas y pedíamos más. Y lucíamos de fiesta de la mano, y no importaba el que pasara.
Veníamos de frente, todos juntos, atemorizando ancianas con trajes de ruiseñor crispados, en el hocico de humo del no miraremos atrás.
Y volvíamos cansados de tanta riña, sin el perjuicio del que dirán, con la vista alta, la sonrisa ancha y mil aventuras que contar.
Cuando cerremos el círculo y volvamos a encontrarnos, entonces.
– En asuntos de atracción es todo una sucesión de intenciones. Pásame el destornillador, ese, el de estrellas.
– Pero, Javi, ¿cómo puedo saber si le gustó?
– No lo sabrás.
– ¿Entonces, cómo puedo hacer, me aterra el rechazo?
– A lo que me refiero es que no hay una fórmula matemática, no podemos aplicar una ley como la de la atracción de Newton, no nos atraemos sin más cómo ocurre con las partículas. Pásame la abrazadera, corre.
– ¿Y qué hago, Javi?
– Atrévete, haz el tonto, llámale la atención, pero dile algo. Dame la hexagonal, la del 15.
– ¿Le digo que me gusta?
– Puedes, pero le quitarás la gracia. ¿Ya has hablado con ella? Dame las bujías… de una en una.
– No, no sé qué decirle.
– ¿Te has fijado si te mira? Pero tú la miras, ¿no?
– Sí, claro que la miro, pero no sé si se ha dado cuenta. Aparto la mirada enseguida.
– Cuando consigas un cruce de miradas, ocurrirá algo mágico. Pásame la hexagonal.
– ¿Conseguiré gustarle?
– Conseguirás llamarle la atención, gustarle es otra cosa, a veces instantáneo, a veces ocurre más lento. Muchas veces no ocurre.
– Pero ¿qué pasa si me dice que no?
– Qué lo habrás intentado, y en ese caso espero que su rechazo sea tan digno como la manera en que haya sido tu intento. Venga, súbete y dale al contacto.
– ¡Hala, arranca!
– Si ya te lo decía yo, que al coche del abuelo solo le faltaban un par de ajustes, una puesta a punto y listo. Bueno, mi gatita ya ronronea. Cuando te atrevas y le digas algo a la chica te la presto para que la lleves de paseo.