Me enamoré de ti, sin remedio. Apenas sin conocerte. Tu voz enlatada en memoria, tus labios moviendo el aire de una lente, tu expresión emocionando la secuencia.
Tal vez el brillo de tu mirada fue la estrella que despertó mi interés. Pero lo que me hizo amarte no tuvo más que palabras. Recitadas en sonrisa asombrada, con el gesto exacto del acento preciso en cada verbo exhalado.
Y en cada sílaba partida, caricias de antiguas heridas que hoy endulzan el alma de aquellos que, como yo, te aman, lo saben y callan.
¿poesía dice? ¿Qué poesía? La que recita ese tipo que ya casi la conquista, con versos de ese tal Neruda que no comprende nadie y ni él mismo se cree. Pues no es tan difícil, yo pienso. Alardear de palabras, eso es lo que es. Meterlas en líneas montadas, rimbombantes, casadas entre ellas por el azar de formas sonoras. ¿Y qué más? Nada más fácil, lo voy a intentar.
Yo te amo.
No.
Sí, sí te amo.
Me refiero a que encuentro absurdo explicar mi amor si primero lo resumo.
A ver…
¿Qué es el amor?
El amor en el estómago son mariposas. También la necesidad de tu presencia. Las ganas de verte. Las ganas de comerte.
¿Es esa la idea? No queda bien, qué soso, qué absurdas palabras para un amor tan torpe. Quizás deba comprender cómo lo harían otros. ¿Qué tal el Neruda este, que tanto le gusta a quien ronda a mi amada?
“Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte la leche de los senos como de un manantial”
Pues sí, eso también lo haría yo. ¿Por qué no se me ha ocurrido a mí? ¿Es algo que enternece tanto a las damas? Que confusión. Seguiré buscando en el amor de otros. Volvamos con Neruda:
“Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.”
¿Qué? ¿Qué tipo de amor prefiere el silencio? Cualquiera diría que es un “no te soporto”. No quiero referirme a eso.
Quevedo escribió al amor, a ver qué dice:
“Es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero parasismo; enfermedad que crece si es curada”
El señor poeta aquí sufre de amor aun teniéndolo. ¿Qué diantres es el amor? ¿Es lo mismo el amor en sí, que el amor que siento yo por ella? Si es la más bella, ¿por qué el propio amor se obstina en marchitarla?
Encadenando letras, me quedo. Atormentado, queriendo ver en tus labios versos pasados, en tu piel mi deseo, y en mi mente nada. Solo confusas las líneas de mi memoria.
Marea – No Quiero Ser un Poeta
Amor que te hace derretir… Despecho que te hace vomitar. Suéltalo en un verso cada uno. Dos líneas, dos bofetadas de emoción. Atrévete, que aquí no hay reglas, solo fuego en palabras.
Hoy he vuelto a escucharla, aquella melodía espontánea que hacía bailar a esa chica, tarareando descalza.
Suena bajando el sendero, fluye por la montaña, suena a caderas girando y pasos sobre la arena.
Suena a versos antiguos, danza con las palabras, tarareando descalza, con tus pies en la montaña.
P.D. Lo empecé a escribir ayer, al pasear con la perrita. Un hombre se sentó a lo lejos a tocar el saxofón. Hacía jazz, y el jazz es mi asignatura pendiente. No lo entiendo del todo: se me escapan las notas, se me difuminan los acentos. Y sin embargo, lo disfruté. Pero al escribir, el sonido cambió: ya no eran vientos suaves, sino gaitas al borde de un acantilado, sal en las pestañas, gaviotas planeando sobre costas frías. La canción no era mía. Pero se me regaló una tarde de verano. Y la convertí en un sueño.
La playa todavía huele a humo, ese que nos dio alegría en miradas cruzadas a través del ritual del calor y la fe errante. Fue allí donde se quemó el manuscrito conjurado y me dio de beber tristes versos de aire libre y arena salpicada de mar. Allí rozaste mi piel sin querer, y sin querer ardimos al son de la danza de la hoguera, de la purificación de la espuma, del sabor a sal de tus besos, escondidos entre llamas, allá donde girábamos sin saber dónde nos llevarían las estrellas.
Con el sol, solo quedaron tus huellas.
Con la luna brilló el recuerdo, que la calima fue borrando.
Cierto día, dibujando nubes en mi cuaderno viejo, descubrí con espanto que había vocales que, como presos de pánico en una cárcel de situaciones incómodas, estaban huyendo de mí.
Me di cuenta de la desaparición de la a cuando, al expresar alma, apareció en su lugar el éter, que con su efluvio desordenado me invitó a la calma. Yo, carente de la comprensión de la letra en fuga, quise entender que era el colmo, condenado el significado de la paz, convirtiéndola en la lid de un ejército sin batalla.
Se me atragantó la vocal, cuando quise amar y solo supe querer, cuando al caminar solo pensaba en volver y cuando un rato después, la presencia de la desaparición de mi amiga sonora, se convirtió en tartamudeo sordo, no solo por no ser capaz de pronunciar, tan solo poder enmudecer, sino que además, la mar se convirtió en lamer y en vez de llorar, al no poder usar mis lágrimas, solo me quedó querer perder y esconder las palabras.
Fue en un grito que supo a sorpresa cuando, de repente, en un atisbo de cordura, encontré a la letra que se había quedado muda. El miedo de la rima fácil que, con mi ingenio también perdido, y mis ganas de recuperar el tiempo, que en la juventud tanto gastaba, la había hecho esconderse en el paladar, justo en su curva, simulando ser la d de duna.
Fue más fácil de encontrar la erre que se quedó entre mis dientes, Cuya ausencia me obligó a hablar en chino cantones, o la y griega, que vino sola, expresando afirmativos sajones, o cuando se extinguió la equis, que todavía no sé si existe o es tal vez, el amor de una madre en la alegría imberbe del día de antes de la noche de reyes.
Ayer, revisando palabras escritas guardadas en dígitos binarios, me di cuenta de los días pasados, de semanas tachadas en un mundo imaginario, de que, girando entre letras, acabé viajando en la traslación completa.
Aun sabiendo que a narrar se aprende contando y que el circunloquio es el pasatiempo del que intenta entretener, he de confesar que he mutado el trazo, he atormentado diéresis y condenado acentos a la soledad de un apóstrofe. Disfruto errando en mis misterios heráldicos, equivocando palabras de lugar y extraviando signos ortográficos que atentan a la sinfonía del texto orquestado.
No tengo dudas, he disfrutado mintiendo al mundo con la fábula de los reflejos, vomitando reflejos proyectados de la nebulosa de mi esencia, arañando garabatos de recuerdos oxidados, la parte más verídica de mis versos inventados. Confundiendo parábolas flotantes con la caricia del viento alisio.
Si debo pensar en futuro, seguiré pintando a crayón, creyéndome sueño profundo, arrullando ríos de tinta con fantasía alada, que despierte de las sombras el claro del bosque y aullando a la luna despertaremos a un sol dormilón que, de tan ardiente, convierta en polvo las estaciones y el agua del mar se derrame a mi espalda.