Categoría: Gato Gurú

  • Doce campanadas y un maullido

    Doce campanadas y un maullido

    Capítulo especial de fin de año de:

    El Fary y el gato gurú.

    —Venga, que van a dar las campanadas. Yo sé que no comes uvas, pero te he traído atún.

    —Verás, es que yo…

    —Una… ñom.

    Las campanadas, como tantos otros años atrás, hicieron repicar la ilusión de las personas. Hubo risas, brindis y algún atraganto. Cada alma tenía una esperanza distinta. Solo coincidían en una cosa: querían un año nuevo mejor, lleno de ilusiones por construir.

    En un rincón de la plaza, Javier y su gato brindaban en secreto. No por su futuro éxito, sino porque juntos ya no estaban solos.

    Un rayo de luz ensombreció la mirada del gato. El cielo reventó en colores. Cerró los ojos con fuerza y se desplomó en los brazos de su amigo.

    —¿Gato? ¿Qué te pasa?

    El felino yacía inmóvil, con la respiración débil y el pulso acelerado.

    —Gato, responde… ¿qué te está pasando?

    Entre la muchedumbre apareció ella. Vestido corto, gafas de marca y ese paso rápido y decidido de las heroínas de los telefilmes de Marvel. Se agachó junto a ellos y, con voz calmada, dijo:

    —Soy veterinaria. Déjeme verlo.

    —Estaba bien… ha sido de repente.

    —¿Coincidió con los fuegos artificiales?

    —Sí. Justo cuando empezaron.

    —Vale. Tengo la clínica a dos calles de aquí. ¿Vamos y le echamos un vistazo?

    —Sí, por favor.

    Tardaron unos minutos en llegar, pero durante el camino el gato empezó a reaccionar. Ya en la clínica fue reconocido, auscultado y tratado. Ella le inyectó una sustancia transparente y se lo devolvió a su amigo. El gato temblaba. Javier lo apretó con cuidado contra su pecho.

    —No se preocupe. Solo ha sido un susto.

    —Menos mal… estaba muy preocupado.

    —Debe de tener miedo a los fuegos artificiales. A veces, tras un susto muy fuerte, pueden desmayarse. El corazón está bien.

    —Es un alivio. No sé qué haría sin él.

    —Les he visto pasear por el parque estos días. Es conmovedor ver a alguien llevar a su mascota a todas partes, pero no es buena idea traer a un gato a una fiesta de fin de año. No le voy a cobrar la consulta… pero me debes una copa.

    —Las que quieras.

    —Y sería bueno que lo trajeras para un chequeo completo. Cuanto antes, mejor.

    —Sin falta.

    —El día dos, a las tres y media.

    —Perfecto.

    —¿Cómo te llamas?

    —Javier.

    —No, el gato.

    —Eh… Bigotitos.

    —Ni de coña me vas a llamar así —dijo el gato, saliendo de su letargo.

    Ella se quedó paralizada.

    —¿O eres ventrílocuo… o tu gato está hablando?

    El gato levantó una ceja. Solo una.

    LA CASA AZUL – La Revolución Sexual

    Hay años que empiezan con propósitos.
    Otros empiezan con un gato que decide hablar.

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  • El Fary y el gato gurú

    El Fary y el gato gurú

    —¡Auuuu! ¿Qué pasa ahora? 

    Tras el zarpazo del gato había un misterio. El gato sonrió sin demostrarlo. Se acercó al humano para susurrarle al oído un conjuro de ánimo. 

    —¿Ves a esa chica con la que acabas de cruzarte? 
    —Sí. 
    —Felicidades, ha sonreído. Y esta vez ha sido a ti. 

    Javier, variando el ritmo, dio una sutil vuelta a su recorrido y, jadeando un poco, fue en dirección a la dama mencionada. Su guía felino le propinó otro zarpazo. 

    —¿Se puede saber a dónde vas, grumete sin rumbo? 
    —Me ha sonreído. Iba a ver si lo hacía de nuevo. 
    —No lo quieras todo a la vez, joven padawan. 
    —Pero ¿por qué no? 
    —A ver… ¿sabes imaginar? 
    —Creo que sí. 
    —Visualiza en tu mente. Yo tengo una sardina. 
    —Vale, tienes una sardina. 
    —¿La ves? ¿Ves la sardina? 
    —Bueno, imagino la sardina. 
    —¡No! Tienes que sentir la sardina, ser la sardina, oler como la sardina. 
    —Qué asco, ¿no? 
    —¡No! A ti te encantan las sardinas. 
    —Vale, soy una sardina y me encantan las sardinas. 

    El gato, impaciente, le dio otro zarpazo. 

    —Pon que, en un momento, yo, que tengo una sardina, te la doy. 
    —Vale, qué rico —dijo con una sutil cara de desagrado. 
    —Ahora ves que yo estoy esperando a que te la comas. 
    —Pero si acabo de desayunar. 
    —Cómetela. 
    —Que no. 
    —Que te la comas, coño. 
    —Ufff… me está empezando a oler mal esa sardina. 
    —Pues a la chica de la sonrisa le va a pasar lo mismo. Se va a hartar de sonreírte si la fuerzas. 
    —¿Y qué debo hacer? 
    —Esperar y… 
    —¿Esperar y qué? 
    —Debes ser paciente, Javi-san. Solo tienes que esperar y tener aroma a sonrisa
    —Pues es buen nombre. Creo que te voy a llamar Sonrisitas. 
    —Hazlo y morirás joven. 

    Niña Polaca – Joaquin Phoenix

    “Fin del capítulo. O eso parece… porque el gato ya me observa como quien prepara un plan.
    Y cuando ese felino planea… siempre acabamos en la pescadería.”

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  • El Fary y el gato gurú

    El Fary y el gato gurú

    Capítulo 4: Dar cera, pulir cera

    —Vamos.
    —¿Pero qué hago?
    —Avanza.
    —Si no sé, dime algo.
    —¡Camina!
    —No puedo.

    Las zarpas brillaron al son de la iluminación. Con un feroz movimiento, el gato le clavó las uñas en el trasero. Javier avanzó de golpe, dándose de bruces con la chica que hacía deporte cerca. La vio caer en cámara lenta. El gato puso la mirada en blanco y empezó a lamerse la pata.

    —¡Uy! Perdón, no me di cuenta —le dijo mientras la ayudaba a levantarse.
    —Ten más cuidado, imbécil —respondió ella, volviendo a su rutina.

    Las sombras del atardecer caían en forma de fracaso sobre la mirada de Javier. Su gato sin nombre lo esperaba para animarlo. La cola levantada, el lomo arqueado, un bostezo infinito.

    —Todavía te falta subir la montaña, Javi-san.
    —Mira, gato-Miyagi, llevamos un mes en el parque. Corro todos los días, subo escaleras, hago flexiones… Pero todavía no sé cómo acercarme. No me digas “cómo”.
    —No pretendas coger moscas con los palillos si todavía no puedes con el arroz.
    —¿Qué me quieres decir con eso?
    —Que es hora de comer, campeón. Mira, esa chica que se ha sentado enfrente. Mis instrucciones son claras: siéntate a su lado con cara de haber corrido la maratón de Nueva York y dile hola.

    El joven simuló una carrera hasta el banco. Con cara de cansancio, dijo “hola”.
    Ella arqueó la ceja y le escupió un “hola” seco. Pero su expresión cambió por completo cuando un lindo gatito saltó a sus piernas. Le guiñó un ojo y empezó a ronronear.

    —Pero… ¡qué monada! ¡Qué cosita más bonita!
    —Ahí donde lo ves, es mi compañero de fatigas.
    —¿Te traes al gatito a hacer deporte?
    —Él me anima.
    —Ah, sí, he oído hablar de ti, el chico que corre con el gato encima. ¿Es tu gatito de apoyo emocional?
    —Algo así.
    —Qué encanto. Oye, me tengo que ir, pero si vienes por aquí a menudo, si quieres corremos juntos.
    —Será un placer.
    —Pues nos vemos estos días. Adiós, cosita rica.

    Le dijo al felino acariciándole el lomo y salió corriendo.
    Javier se quedó en estado catatónico.
    Una sonrisa lejana se dibujó en su cara, y el resto de él se fue persiguiendo en sueños a la corredora.—¿Lo ves, Javier-chan? Acabas de comerte tu primer plato de arroz.
    —¿Y ahora?
    —Ahora aprende a pelar las gambas.
    —¿Y eso cuándo será?
    —Esta noche. Para mí.

    Fresones Rebeldes – Al amanecer

    Javier miró el horizonte. El gato, su plato. Cada uno con sus prioridades espirituales.

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  • El Fary y el gato gurú

    El Fary y el gato gurú

    Capítulo 3: Hasta que duela… y luego un poco más

    Perlaba el sudor sobre su frente. Su respiración empezaba a perder el ritmo. Quiso reponer el aliento, pero una zarpa le rozó la oreja izquierda. Javier paró en seco y exclamó, cabreado:

    —¡Auuu!
    —Deja de quejarte y a correr.
    —Bien, entiendo lo de correr. Llevamos algunos días y siento que ya voy cogiendo fondo —reconoció el coachee—. Lo que no entiendo es que tengas que estar sobre mi cabeza mientras me entrenas.
    —Joven padawan, recuerda que, como mentor, tengo que estar siempre encima tuya.
    —Claro, claro. Pero… ¿tiene que ser tan literal? Tengo que mantener el equilibrio porque, cuando te resbalas, te agarras a mi cabeza con las garras.
    —Es parte del entrenamiento. Además, por ahora es tu única baza para atraer a las féminas al pasar. Recuerda: sembrar semillas… Hale, ponte a correr.
    —Vale. Pero… ¿qué tendrá que ver atraer a las mujeres con un gato en la cabeza?
    —¿Ves a esa chica que pasa por allí?
    —Claro, como para no verla. Menudo cuerpo…
    —Fíjate en su mirada, pedazo de salido.
    —¡Nos está mirando!
    —¡Error! Me mira a mí.
    —¡Nos está sonriendo!
    —También a mí. Pero, a su vez, cuando ve mi cuerpito portentoso encima de tu cabeza, siente ternura por el hombre que lo transporta.
    —Oh, eso está muy bien.
    —Cuando tengas el corpore sano, empezaré a tratar también tu mente. Entonces, de friki de ciudad pasarás a ser alfa.
    —Mira, mira, también sonríen aquellas dos.
    —¿Quieres dejar de mirar y ponerte a correr?
    —Oye, ya que te tengo en casa pienso que te voy a llamar “Miki”.
    —Haz eso y te desfiguro la cara.

    Ginebras – La Ciudad Huele a Sudor

    No siempre tendrás claridad. A veces solo tendrás un gato gritándote que corras. Con eso basta para empezar.

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  • El Fary y el gato gurú.

    El Fary y el gato gurú.

    Capitulo II – Dulce despertar

    Con la ventana abierta, el fresco de la mañana descendía en un alegre remolino para posarse sobre la cama. Javier roncaba apacible. Soñaba plácido, y las sábanas, con su relieve traicionero, dejaban adivinar que el sueño venía con curvas incluidas.

    Una figura felina llegó al son de su propio ronroneo. Observó la escena con calma, y de pronto le propinó un mordisco cariñoso en la nariz.

    La expresión de angustia fue instantánea. Javier saltó del sobresalto y, de un manotazo, derribó la mesilla entera. El gato esquivó los objetos con elegancia olímpica y lo miró fiero, como quien reprende a un niño maleducado.

    —Te parecerá bonito dormir hasta tan tarde.

    —¡Qué susto, joder! No te esperaba.

    —Pero yo sí —dijo el gato, malhumorado—. Tenemos que empezar tu entrenamiento y no puedo hacerlo con el estómago vacío. ¿Para cuándo mi salmón?

    —¡Oh! ¿Mi rey quiere salmoncito?

    —Tanto como tú quieres mojar el churrito. Venga, corre: desayunamos y nos ponemos al lío.

    Javier abrió la nevera y empezó a preparar algo.

    —¿Con la panza que tienes crees que te conviene salmón? No, no, no. Primer paso del entrenamiento: mens sana in corpore sano.

    —El salmón tiene omega 3.

    —Buenísimo para los gatos —reflexionó el felino—. A los humanos como tú os crea panza. A partir de ahora, solo comida verde.

    —¿Ecológica?

    —No. Verde de color.

    —Este queso está verde, ¿sirve?

    —¡Perfecto! —sentenció el gato con un brillo malévolo en los ojos—. Come rápido, que hoy te toca correr.

    Arde Bogotá – Los Perros

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  • La esfinge del Fary y el gurú felino

    La esfinge del Fary y el gurú felino

    “¿Me sonríe?”
    “¿Es a mí?”

    Ante la duda, forzó media sonrisa sin gracia. Víctima de su baja autoestima, Javier no supo hacerlo mejor. Ya sabía que era imposible que esa sonrisa fuera para él. Y así fue. Llegó un caballero andante a rescatar a la dama de la furiosa mirada lasciva del dragón.

    —Sigue así y mueres virgen.

    ¿De dónde venía esa voz? En el banco del parque donde pasaba sus penas no había nadie.

    —Estoy aquí, imbécil.

    De entre los setos salió un enorme gato, pardo como la noche que empezaba. Lo miraba fijamente, como esperando una explicación. Javier, asustado, estaba paralizado.

    —No te he comido la lengua. Háblame de una vez.

    —¡Eres un gato!

    —¡No! Soy un búfalo salvaje y vengo a rescatar el guerrero que hay en ti.

    —Pero hablas.

    —Sí. Tus plegarias han sido escuchadas. Voy a ayudarte.

    —¿A qué?

    —Coño, a ligar. Te veo todas las tardes mirando a las chicas pasar. Todas se asustan de ti, claro. Te ven friki y rarito. Y yo voy a cambiar eso.

    —¿Cómo vas a cambiar eso? Si no se fijan en mí es porque soy feo.

    —Ser feo es una parte del problema. Nada que no se pueda disimular un poco. Pero hay otras cosas más atractivas que la cara de uno.

    —Vale, te escucho.

    —Debo entrenarte. Mis honorarios son estos: libre disposición de entrada y salida a tu casa y comida a demanda.

    —¿Croquetas de esas de bolsa?

    —¿Me ves con cara de animal de granja? ¿Crees que este cuerpo felino lo alimenta el pienso? Quiero pescado fresco: salmón, atún, sardinas…

    —Me vas a salir caro.

    —Y tú seras un conquistador imparable. Estás a un mes de tu primera conquista. ¿Hay trato?

    —Sí, hay trato.

    —Pues vamos, no hay tiempo que perder. Desde hoy serás una persona nueva.

    —Sí, alguien que necesitará atención psiquiátrica por hablar con los gatos.

    —Calla y llévame a la pescadería, machote.

    La La Love You – El Fin del Mundo

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