
El saber de ella, esa cálida tarde de primavera, la que me crucé con su triste mirada cabizbaja, que de reojo quiso un encuentro y sentir que mi corazón se desbocaba arrogante, golpeando mi pecho con rabia, sin escrúpulos, se convirtió en una emergencia al volverme atrás y entre la marea de prisas por seguir, encontrarme con su ausencia.
Las luces rotaron en rojo, como una alarma constante, hasta que mis ansias de sanar mi sobresaltado músculo, suspirando el momento idóneo, de encontrar la paz de un alma, que cure la ausencia de ti en el calor de otros labios. Así que siguiendo el sendero de su recuerdo, dibujé un plan en la funda de la almohada, soñando un encuentro cercano donde atrapar el movimiento de sus caderas al compás de la hoguera de San Juan y del crepitar de su fuego.
Me detuve a investigar su rastro, en el lugar del cruce del camino, la melodía de la pista escondida que llevara a tu encuentro mi destino. El desenfado de su risa me llevó al momento, rumbo a sus huellas difuminadas en la arena de la playa. Supe que estaba en el camino acertado cuando encontré el aroma de su piel entre el salitre de la orilla, suspirando por el suelo que pisaba.
La descubrí al amor de la sombra de un bar, donde un café revuelto le hacía compañía, sin más conversación que el tintineo de la cucharilla y el chocar del circular de monedas. Yo le ofrecí la mía, auspicio de lo imposible, que creía a la deriva, serendipia de su sonrisa al verme sentar a su vera, al mostrar que se aburría.
Exorcice a Ennui en ciernes con la invocación de risas furtivas cazadas, saque de mi chistera las palomas que había escondido para la cita adecuada, que pacientes guardaban su oportunidad de vuelo, alto, hacia la copa de las palmeras y arriesgué de su vuelta el olvido. Ella me susurró al oído misterios de vidas pasadas, de cristales de jarrón roto, pegado a trazos de pincel, de su cariño por las almas de hocico húmedo, que lamen su cara contentos cuando vuelve y del signo de que sus ojos tristes, soportaban la ausencia de a quien su amor alejaba, más allá de la luna, en una estrella, esperaba.
La película terminó en largos besos de falta de caricias en las frías noches de invierno, con el anticipo de una segunda parte en la sesión de la noche del viernes, en el mismo bar, con el mismo café revuelto, conversando con la cuchara y la taza, solo que me encontré que no eras tú y tú nunca llegabas.
A la brisa del cierre quien me vino a cobrar me dijo que te habías ido lejos a donde su tristeza miraba, allá donde vos eres tú y el invierno calienta amenazante de estío.
Deambulaba perdido sintiendo en secreto la lluvia sobre mi cara, cuando el roce casual me hizo encontrarme con una sonrisa urgente, que se perdía en la noche, arrastrada por la primavera, llevándole a iniciar un secreto al recordar mi tristeza.








