Querido diario El camino se retorcía de dolor bajo mis pies. Las nubes se alzaron negras, y mi piel se erizó con las primeras gotas de lluvia. El viento castigaba los árboles circundantes, y el sonido del trueno recorrió mi espalda en forma de escalofrío. Fue entonces cuando me di cuenta: Las sombras me perseguían. Otra vez. Pero esta vez, ya estaba harto de huir.
Me di la vuelta para esperar… y me encontré con algo que no esperaba. Ya no había camino, solo un precipicio que terminaba en oscuridad. Las brumas devoraban todo: el paisaje, las piedras, los matorrales… incluso la propia oscuridad era tragada por la niebla. Ya no quedaba nada. Hasta el terreno que pisaba comenzaba a disolverse en aquella bruma densa y azulada. Quedé suspendido en el aire. Y ahí lo comprendí. Estaba en un sueño sin construir.
Sabía lo que necesitaba para edificar un sueño. Siempre lo había sabido.
Empecé a tararear una melodía. Una que conocía desde niño. Una que aún vibraba en mi pecho. Sonaba a grillos en la oscuridad, al despunte de chispas de estrellas en notas de piano golpeando el cielo.
Se hizo el viento. Susurró arena de playa e hizo vibrar palmeras, doblándose bajo la luna llena. El mar bramó salvaje, percutiendo contra la costa en explosiones salinas, llorando de pasión marina.
El sol nacía en el horizonte, conjurando cánticos de rayos dorados. Ofreciéndome la luz de un lugar nuevo, creado desde mis recuerdos.
Paseando, marcando mis huellas sobre la arena mojada, apareció frente a mí, majestuosa: La puerta de mi despertar.
Esta noche, al meterme en la cama, el sueño me absorbió como quien es tragado por un desagüe. Rápidamente, y en círculos, fui depositado en las escaleras del edificio donde vivía. En mi casa de toda la vida, donde crecí cuando era niño. Caí en la época del terremoto. La gente salía de sus casas con el nervio de quien teme por su vida, y bajaba a toda velocidad. Algunos llevaban pijamas de rayas de colores, otros bajaban casi desnudos. Yo, en cambio, subía. El suelo temblaba. Las paredes se agrietaban y se desprendían. Me crucé con un apresurado vecino del quinto. Iba perdiendo el color por el camino, dejando una estela azul y blanca: el color de su pijama. En la azotea me encontré con un mundo oscuro, de edificios pardos y rotos, teñidos del sepia de las fotografías olvidadas. Una enorme espiral tenebrosa giraba lentamente en el cielo, tragándoselo todo. Hacia ella iban camiones, palmeras, fragmentos de calzada y, por supuesto, personas. Todo era absorbido por ese agujero abierto un poco más arriba del horizonte, que, al engullir, dejaba ausencia: una oscuridad tan potente que dolía mirar. Subí a la barandilla, dispuesto a dejarme arrastrar por el vacío. Pronto empecé a deformarme, a diluirme como una acuarela emborronada en el agua, y a elevarme. No tenía miedo, pues empecé a sospechar que estaba de la mano de Icelo, y me dejé arrastrar. Cuando llegué al horizonte de sucesos de ese monstruoso agujero negro, saqué de mi distorsionado bolsillo una lámpara antigua que comenzó a lucir. Mi abuelo tenía una igual: era de gas y producía un zumbido constante al funcionar. De pequeño, nos curábamos el miedo a la oscuridad encendiendo su luz azul en las noches sin luna. La grieta en el cielo empezó a absorber el resplandor de la lámpara y a llenarse de su color, hasta que quedó repleta… y cicatrizó en un sol radiante. El mar volvió a surgir. Las personas regresaban a sus hogares como si nada hubiera pasado. Y yo, en un paracaídas imaginario, descendí hasta mi lugar de partida. Una mujer, desde la barandilla de la azotea, miraba inexpresiva la puesta de sol. Al aproximarme a su vera, me dijo:
Esta noche, en mis sueños, había sombras. Sombras ocultas tras otras sombras. Escondidas en la penumbra que dejaban las luces al morir. Tristes rastros tenebrosos de algún misterio olvidado de mi mente, fruto del terror desconocido, en una despiadada lucha por superar mis miedos.
En esta ocasión, andaba por una calle conocida, recuerdo de mi niñez —no precisamente agradable—. El atardecer se deshacía en brumas frente a la vieja calzada. empezaron a tintinear las farolas, lanzando improperios amarillentos de luz, queriendo ser sol… y no dando la talla.
En el cruce la vi pasar, y supe de inmediato que venía a por mí. Ese viejo monstruo vestido de pardo por las tinieblas. Me esperaba debajo de cada coche aparcado, detrás de cada contenedor de basura aislado. Sintiéndome perseguido, empecé a apresurar mis pasos.
La niebla se hizo espesa. A tientas, pude discernir que el lugar al que había huido era un callejón sin salida. En las sombras, lento como el compás de un funeral. Con su mirada ardiendo y su aliento helado, el monstruo se iba aproximando.
Con los puños apretados y el sudor frío empapando mi cuerpo, recordé que de niño tenía un método para alejar mis miedos. Una canción infantil. Un mantra esotérico que recitaba las noches sin luna, para ahuyentar a las criaturas que habitaban en el armario.
Soy luz de luna llena, soy brisa y estrella, ningún monstruo oscuro puede entrar a mi vera.
La niebla empezó a menguar, tragada por las alcantarillas, dejando descubierto el terreno.
Tengo un escudo invisible, tengo luz en el corazón. Si algo ruge en la sombra, yo le canto mi canción.
Empecé a sentir esa calidez del “todo va a ir bien”, iluminando con cada palabra mis manos, mi piel, mi alma. Retrayendo las sombras. Despojando de misterio el callejón.
Soy luz de luna llena, soy brisa y estrella, ningún monstruo oscuro puede entrar a mi vera.
En el centro estaba el monstruo. Quieto, cabizbajo. Ya no amenazaba en la penumbra. Ya no era un terrible secreto.
Era un osito de peluche, sucio, manchado por el abandono y por la pena.
—¿Mumo?
El osito levantó levemente su desconchada cabeza. Dejaba ver, en el reflejo de la luz, ojitos de cristal con una pizca de arrepentimiento.
—¿Eres tú el monstruo, Mumo?
—Sí. Me abandonaste aquel día. Me quedé solo, postrado en aquella escalera… solo, mientras oscurecía.
—Y en mi memoria quedaste como el descuido de un pecado.
Me acerqué a él y lo abracé fuerte, volviendo a ser el niño que fui. Recordé las frases de combate. Las de un niño frente a sus pesadillas: “Si Mumo me abraza, el miedo se pasa.”
Esta vez no quise despertar. Pero entendiendo que el sueño llegaba a su fin, decidí hacerlo. Porque era mi voluntad.
El despertador aún no había sonado y el aroma a café recién hecho ocupaba ya los primeros rayos de sol.
Escaleras girando alrededor del abismo, así empezó mi sueño, bajando hacia ningún lugar en una espiral que me llamaba hacia lo desconocido. Tenía prisa por llegar, alguien a quien rescatar, o algo de lo que huir, no lo sé muy bien, solo sé que las escaleras no tenían fin.
Llegué a un descansillo, cansado, creyendo haber llegado, y allí encontré una oficina. Pregunté cómo seguir bajando. Me dijeron que cogiera número. Así hice: saqué un tique del dispensador que había colocado a pie de escaleras y me mantuve pendiente a que saliera el que me había tocado: el 72.
Había gente esperando frente a una mesa vacía, pero aun así los turnos iban pasando. Delante de mí, una señora de traje de encaje rosa con sombrilla. Un poco más adelante, un camello erguido sobre sus dos patas traseras, con un bombín y una bufanda a rayas.
La cola iba avanzando según se iluminaba el número siguiente. Mientras avanzaba de puesto tropecé con un carlino que, con el ticket numerado en la boca, no hacía más que dar vueltas a mi alrededor.
—Ten más cuidado —me dijo dejando caer el papelito—. La próxima llamo a seguridad. —Lo siento, no le había visto. —¿Es porque soy pequeño? Tú nunca ves nada. Siempre estás en las nubes. —¿Acaso me conoces? —Claro que te conozco, soy tu vecino, el del 5C. Ese que siempre te saluda y tú no haces caso. —Perdón, de nuevo.
El perro gruñó suavemente y empezó de nuevo con la carrera circular. Sonó otra vez la estridente alarma del paso de número; esta vez le tocó sentarse frente a la mesa vacía al camello. Hacía movimientos con las patas delanteras en señal de discusión, pero no veía a su interlocutor.
—Oiga, señor —me interrumpió la señora del vestido rosa—, tiene un número menor que el mío, ¿cómo es posible? —Yo qué sé, señora, me lo dieron así. —Usted está engañando al sistema, como siempre. Siempre se cuela en los sitios. —¿Usted también me conoce, señora? —Por supuesto, soy su vecina del 1ºD. Voy a llamar a seguridad.
La señora desapareció indignada por el pasillo, farfullando improperios mientras giraba la esquina. Sonó de nuevo el paso de los números; curiosamente era el mío. Imitando a los demás, me senté frente a la mesa. Me di cuenta de que, en el sillón con respaldo de cuero que parecía vacío, en realidad había un espejo.
—Buenos días, ¿qué desea? —preguntó mi reflejo. —Buenos días, necesito seguir bajando la escalera. —Bien, necesito que rellene el formulario 3C donde indique el motivo por el cual quiere bajar. —Pero no sé por qué necesito bajar. —Sin motivo no hay permiso, solo tendrá la opción de volver a subir. —Pero yo necesito bajar. —Pues explique en el formulario el porqué y séllelo en la ventanilla de la derecha. Entonces será valorado el permiso. —¿Y qué pongo? —Señor, desocupe el sitio, hay más gente en la cola. —Es algo urgente, tengo que bajar. —Mire, ese es.
La señora del vestido de encajes estaba de vuelta con una figura conocida: Gene Simmons, el bajista de Kiss, que con su bajo en forma de hacha venía amenazante hacia mí.
—Déjeme bajar, por favor.
Gene Simmons se aproximaba en cámara lenta, sacando una lengua descomunal y sangrienta.
—Para bajar, rellene el formulario.
Cada vez más cerca, con sus botas de plataforma haciendo eco en el suelo.
—Lléveselo, señor guardia —dijo el pug que seguía dando vueltas a mi alrededor—. Siempre me pisa.
El bajista de Kiss ya estaba frente a mí, me lamió la cara con su larga lengua y me gritó:
—You wanted the best!
Desperté de repente, con el rostro cubierto en sudor. Desde la ventana, el vecino del coche viejo tenía la radio a todo volumen. Se escuchaba esta canción:
Desperté, pero quería seguir durmiendo. Tenía el sabor rosa de una aventura que se esfumaba de mi mente, su perfume a rosas se disipaba dejándome solo con la sensación de cansancio. No quise dejarlo pasar; quería recuperar la memoria onírica y atrapar una buena historia para mi diario. Sabía que podía retomarlo aunque lo hubiera olvidado.
Me relajé y me dejé llevar. Me invadió el frescor de una ventana abierta, de brisas de verano de pueblo con olor a azahar, sonaba una verbena lejana, fiesta de pueblo y alegría vieja. Al girarme en la cama en la que todavía estaba, percibí su calor, el roce de su cuerpo, la caricia de su espalda al aproximarse. Ella se giró y posó su azul sonrisa sobre mí y dijo:
—Te has quedado dormido.
La pasión de mis labios explotó sobre los suyos, y ella me los permitió rozar un instante, un largo instante que me hizo querer más, pero ella me apartó, suave como la brisa cargada de risas que entraba por la ventana. Se incorporó y me dijo:
—Te has quedado dormido.
No quise conformarme y ella cedió a mi caricia; sus ojos se cerraron y su cuerpo se arqueó entre mis manos. Pero hubo algo en ella que no pudo sostener: una sonrisa que se rompió en risa y le hizo mirarme para decirme:
—Te has quedado dormido.
—Pero, ¿no me ves? Estoy bien despierto.
—¡No! Te has quedado dormido.
Entonces, frente a su cuerpo semidesnudo, me di cuenta del sueño… y desperté. La luz del sol me abrazaba, el sobresalto llegó con una reprimenda del despertador apagado, contándome que llegaba tarde. Pensé si en verdad era buena idea esto de apuntar mis experiencias en el reino de Oniros; no solo llegaba tarde a trabajar, sino que además no iba a recuperar tan buena compañía esta noche.
Doy gracias por haber podido despertar hoy. Aunque el sueño fue confuso y recuerdo bien poco, el sabor de la angustia por la experiencia pasada quedó conmigo, y así lo plasmo en estas líneas matutinas que se van convirtiendo en un acto diario.
Fue muy simple: solo me sentí caer en la oscuridad. No veía estrellas, árboles, luces… nada. Me derrumbaba en un escenario tenebroso, girando sobre mí mismo, sintiendo el aire traspasar mi cuerpo, y un final duro de trayecto que nunca llegaba.
El terror de sentirme descender fue cediendo a una sensación de pérdida, como si el tiempo se escurriera como la arena de un reloj entre los dedos de una mano incapaz de sujetar nada. Es así como empecé a ver mi vida proyectada frente a mí, por completo, desde el principio.
Contemplé el imposible momento de mi nacimiento. Desde el primer llanto me vi creciendo, recreando escenas olvidadas: el sabor del calor de mi madre, el frío de una habitación vacía cuando llegó el momento. Imágenes en blanco y negro de una caída en bici, de las olas del mar entre mis pies descalzos, con ese tono sepia que tienen los recuerdos antiguos que un día se perdieron en la memoria y solo dejaron el olor a mueble viejo.
Mi primer beso fue ya a color. Sonaba la melodía de despedida y el ruido de cristales rotos que, aunque restaurados con pegamento, nunca volvieron a sonar igual las veces que se rompieron después. Pasaron las tardes de verano paseando por la alameda; esos días de ocio y calor desaparecieron en la oficina. De monitor de pantalla verde se reflejó entonces mi vida.
La danza de cortejo a golpes de tambor con sonido envolvente terminó en marcha nupcial, en telarañas en los bolsillos, y en dejar las risas en casa, acomodadas en el sofá sobre películas eternas de falsos documentales de vidas ajenas.
Con el primer crujido de espalda, el primer suspiro de aliento difícil entre escalones, el tiempo se hizo más rápido y el camino más adverso. Me advirtieron del acecho aceitoso de sabores tradicionales y de la conspiración dulce del café amargo. Quisieron que caminara rápido, sin descuidar el trabajo, sin descansar en tramos largos, porque a fin de mes llegaba descalzo.
Cuando ya quise intuir un final de cruces plantadas en fosas comunes y palabras de ánimo para la familia, caí en la cuenta de que no había pasado todavía. Que me daba tiempo a seguir con mi vida, a domar mi destino. Decidí despertarme ya y no esperar a ver el final del abismo.
El olor a café desde mi ventana me supo a victoria.
Hoy he despertado nublado, triste, con la sensación de abandono de aquel can que, en su afán por encontrar restos de una familia desconsiderada, acabó varado en el asfalto. Supongo que se debe al sueño que tuve esta noche, y como va siendo costumbre, aquí lo dejo por escrito.
Las sombras tocaban mi ventana con un aroma reconocible y dulce: jazmín, azahar y vainilla. Me acerqué, quise verla flotar, esperando entrar, y como si cumpliéramos una cita previamente pactada, la dejé pasar. Pero al abrazarla se hizo humo. No podía tocarla. Era solo el reflejo de una necesidad antigua: la de querer, y no poder amar.
En una sonrisa apenas distinta de una caricia, se acercó a mi oído y me susurró su forma. Me dio un nombre: el de una súcubo que destierra la frontera entre éter y piel, entre el deseo de valer y la posibilidad de lograr. Me dijo que solo tenía que desearlo, que gritara su nombre y lo hiciera mío. Pero por más que quería, no podía. El aire no pasaba por mi cuerpo. No había sonido en mi mundo mudo.
Desirya.
Grité al sol, a los astros, al viento que seguía esperando paciente tras la ventana. Grité al amanecer, a esa luz escondida entre nubes que apenas asomaba. Grité también a mi propio lamento. Pero ya no había nada. Ya estaba despierto.
Abrió los ojos de repente, la oscuridad todavía dominaba el horizonte. Una musiquilla de violín recorría la atmósfera, no supo si residuo de un sueño todavía latente o una extraña hora de ensayo de un vecino desconsiderado. Eso le hizo recordar, encendió la luz de la lámpara auxiliar, recogió el bloc de notas de la mesilla de noche y empezó a escribir.
…
Querido diario,
Mi terapeuta me ha insistido que es importante anotar cada uno de los sueños que pueda recordar, como soy obediente y creo que la aventura valdrá la pena, aquí empiezo con el primero.
Con los pies en el agua del río, iba caminando lento, con la dificultad de ir a contracorriente. Habían más personas en este sueño, unos conocidos, otros no, pero todos iban a la dirección contraria. Pasó una dama de traje largo, mojado hasta media pierna, que saludaba con un pañuelo con encajes de color marfil. Un señor con bigote dalinesco, que cruzaba el cauce con una bicicleta antigua, de esas de paseo ingles de finales de los 60, iba haciendo zig zag y tocando el timbre con pasión. El que más me llamó la atención, fue un hombre con la cara empolvada de talco y mayas victorianas que tocaba una melodía con un instrumento imaginario al compas del trino de pajarillos azules que revoloteaban a su alrededor.
…
El vecino del violín no quería dar tregua a su ensayo, por mucho que los rayos de un sol perezoso y asustadizo, aun no hubiera hecho más que asomar tímidamente. Pero ya empezó a cantar el gallo, a trinar los jilgueros de la vecina del cuarto y a sonar el motor del utilitario viejo del de la vivienda de enfrente.
…
El río empezó a dejar de ser cristalino como las gotas de rocío, pronto empezó a llenarse de humo negro, de carbó tiznado que ensuciaba todo lo que tocara. Al fondo, un antiguo Nissan Patrol de defensas oxidadas y cornamentas impresionantes en el capó amenazaba a rugidos acelerados con arremeter contra mi. Con dificultad empecé a dar la vuelta, pensando en correr, huir de esa monstruosidad motorizada con explosiones humeantes y llamas en el escape, pero el agua se había convertido en alquitrán y me pesaba mucho andar.
…
La naturaleza dio luz a la sala, con ella la brisa fresca de la mañana hizo aparición por la ventana abierta y por ahí entraron unos pajarillos que se fueron a posar en las rodillas del escritor del diario que, molesto por el ruido del motor del coche de su vecino, le hacia difícil concentrarse en formar recuerdos.
…
No me habia dado cuenta hasta ahora, de que mi cuerpo, o mi vestimenta estaba provisto de un par de alas enormes, dignas de un arcángel. La cercanía del terrible engendro de cuatro ruedas y mis prisas por huir hizo que las batiese con fuerzas, desplazando aire y elevando lentamente mi persona. Aunque el alquitrán que formaba ahora el cauce del río se quedaba pegada en mis pies, dejándome una conexión oscura con el resto del pestilente fluido. Ya estaba cerca el diabólico aparato de resoplido de fuego y rugir de motor y yo estaba frente a su zona de impacto.
Una de las aves que cantaban con el violinista se posó en mi hombro a pesar de mi desfigurado rostro de miedo. Fue entonces cuando desperté…
…
Los párpados eran pesados pero su respiración agitada, se incorporó de la cama con violencia y así dio por finalizado, de repente, su extraño sueño. Era hora de coger la libreta que guardaba en su mesita de noche para poder escribir su primer sueño.