Categoría: Diario de sueños

  • Carta 18: Vestido verde con vuelo de estrellas

    Carta 18: Vestido verde con vuelo de estrellas

    Querido diario:
    Me pierdo en su mirada sin poder evitarlo. No sé por qué. No sé si es esa parte del sueño que escapa a mi control. Solo sé que es algo que necesito: estar a su lado.

    La veo venir con su vestido verde, cercana, sonriendo. Me trae mundos de colores, donde luchar con las sombras es imposible y rendirse no cabe. Me enseña a saltar entre nubes y a llover con ellas. En la calma, nos tumbamos en ellas. Conoce el nombre de las estrellas, aunque sean imaginadas. Aunque yo no vea más allá de sus labios al pronunciarlas.

    A veces todo parece extraño. Pienso en esta realidad como fragmentos desconocidos. No distingo lo real de lo fingido. No sé qué es mío y qué es suyo. Si el disfraz que lleva es mi invento o tan real como puede ser un sueño. Y ahí está, delante de mí, con su eterno cuerpo de hada. Quiero dejar de mirarla, pero no puedo.

    Sin darme cuenta, comienzo a hablarle en voz alta:

    —Estás muy raro hoy, ¿qué te pasa?
    —Estaba pensando si esto es real.
    —¿Real? ¿Qué quieres que sea real? Son sueños, y los sueños están vivos. A nosotros se nos ha dado el don de recorrerlos.
    —¿Pero nosotros seremos reales en el mundo despierto?
    —¿Nosotros? ¿Nuestro equipo? ¿Nuestra amistad?
    —Sí, lo que sea que tengamos.
    —No sé muy bien a dónde vas. Pero si te refieres a conocerme fuera del sueño, te diré algo… Es complicado.
    —¿Por qué?
    —A ver, aquí somos una cosa y en el mundo despierto somos otra. No es mentira lo que pasa aquí, simplemente es otra realidad.
    —¿Y cuál es tu realidad despierta?
    —¿Quieres saber de mí entonces?
    —Sí.
    —Vale. Pero vas a conocer a alguien que no es la que estás viendo ahora.
    —¿Te comportas distinto cuando estás despierta?
    —No… bueno, sí. Somos distintos, más capaces…
    —Sí, podemos ser más aventureros, sin tantos límites, pero también hay cosas interesantes, ¿no?
    —Bueno, es nuestra otra vida. ¿Qué quieres saber?
    —Nunca me he aclarado mucho si la distancia tiene que ver con el sueño. Yo vivo en Elche. ¿De dónde eres tú?
    —¿Elche?
    —Sí, cerca de Alicante.
    —¿Alicante?
    —Sí, España.
    —Conozco Barcelona, fui una vez en viaje de estudios.
    —¿De dónde eres, entonces?
    —De Bekkestua, muy cerca de Oslo.
    —Pues hablas muy bien mi idioma.
    —A duras penas: “Hola” y “Guapo”.
    —Entonces, ¿por qué te entiendo tan bien?
    —Porque en el sueño el idioma es otro, y siempre sabemos hablarlo.

    Beach House – Space Song

    Todas las estrellas unidas en una figura:

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  • Carta 17: La casa del árbol y los nombres prohibidos

    Carta 17: La casa del árbol y los nombres prohibidos

    Querido diario:

    En esta ocasión el sueño me llevó a una gran casa árbol. Colgaba de un sauce llorón como una campana inmensa. En una de sus terrazas tomaban té de recuerdos. Mi amiga del traje verde, cuyo nombre aún no sabía, había quedado en presentarme a sus amigos.

    En ese mismo instante llegó un hombre alto, vestido de azul marino y armado con una gran lanza perlada. Su sombrero de ala ancha le tapaba los ojos. Nosotros hablábamos con una pareja, él y ella, idénticos como dos gotas cayendo al océano. Se hacían llamar Wilson, y narraban juntos sus hazañas en el mundo onírico.

    —Este es Don, es el más viejo de nosotros. Aprendimos de él, aunque no sea mucho de contarlo.

    Se sentó en una de las sillas de mimbre, invocó una taza con un gesto de la mano y se sirvió de la tetera de la que todos habíamos bebido.

    —¿Y estos dos son gemelos? ¿O en verdad son una sola persona? Debe de ser complicado sincronizarse para dormir.
    —Más difícil todavía: son pareja.
    —Pero… se parecen tanto…
    —No deja de ser un disfraz.
    —Es un homenaje a unos personajes de dibujos coreanos —dijo la Wilson mujer.
    —¿Podéis transformaros? ¿Rostro y cuerpo?
    —¿Tú no lo haces? —preguntó la anfitriona.
    —¿Yo? No sé hacerlo. Bueno… no se me había ocurrido…
    —¿De verdad? Interesante —observó Wilson mujer—. Estás muy bueno.

    Enseguida noté el rubor en mis mejillas. Wilson hombre miró de reojo a su pareja y soltó una carcajada nerviosa.

    —Me parece que ha llegado la invitada que faltaba.

    De una rama se descolgó, se balanceó en una pirueta imposible y cayó de pie. Katty, la chica gato. Vestía poco, casi nada. Si lograbas apartar la vista de su cuerpo, descubrías sus orejas felinas y sus garras negras. Sonrió y me dijo:

    —Prrrrrrr.
    —¿Nos conocemos, no?
    —No sé… creo que coincidimos alguna vez… en tus sueños.
    —Bueno, ya estamos todos —dijo mi amiga—. Ahora haré la presentación oficial. Este es… Bueno, tienes que ponerte un nombre.
    —Me puedo llamar Oniros.

    Todos protestaron. Ella me dijo, sonriendo:

    —Esos nombres están vetados. Además, ya hay un DeOniros por ahí, aunque no se entere de mucho: anda escribiendo historias absurdas de sus sueños. Y Morfeo no es un nombre de persona, es un sitio. Anda, sé original.
    —Debería llamarme Olvido.
    —Eso es de chicas —dijo Wilson hombre.
    —A mí me parece sexy —dijo Katty, la gata.
    —¿Por qué Olvido?
    —Cuando empecé a caminar en sueños, lo hice para olvidar mis pesadillas.
    —Buen nombre, entonces —me dijo, acariciándome con sus ojos verdes.
    —Ahora faltas tú. No sé tu nombre.
    —Ya te lo dije una vez.

    Fever Ray – When I Grow Up

    Todos los pasos del viaje quedan grabados en estas páginas.
    Aquí encontrarás cada carta, cada encuentro y cada sombra de la saga “Diarios de un soñador lúcido”

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  • Carta 16: El hilo verde que borda la brecha oscura

    Carta 16: El hilo verde que borda la brecha oscura

    Sueños y batallas contra las sombras

    Querido diario.


    Armado con el recuerdo del mejor bizcocho que hubiera hecho mi abuela, me dispuse a hacer una visita. Su puerta estaba marcada de verde, resplandor de su mirada. Quise asegurarme de estar presentable, así que, antes de entrar, conjuré de mi vida aquel traje de marca que usé en una boda.

    Traspasé la puerta y caí en una selva salvaje, digna réplica del Amazonas. El rumor del río y el aullar del saraguato componían la samba de la naturaleza. Una grieta oscura amenazaba con partir el radiante paisaje en dos.

    Sospechaba lo que ocurría, me lancé a adentrarme en ella. Llegué hasta la zona rota, donde las plantas enfermaban con la presencia de un resplandor oscuro. Quise abastecerme con la energía del terreno, fabricar algún arma de luz con la esencia de este sueño. Pero no estaba su dueño para permitírmelo; solo logré un pequeño tirachinas de cuero que disparaba destellos.

    Aun así, me adentré en el territorio oscuro. Manchándome los zapatos de humo y de alquitrán, llegué a una fisura humeante de donde salían espectros negros. Disparé a dos de ellos, haciéndolos convertirse en polvo que manchaba el terreno. Los demás advirtieron mis disparos y avanzaron rápido hacia mí.

    Me rodeaban ya una docena de engendros oscuros cuando la luz, en forma de diosa con vestido verde, saltó a mi rescate. Llevaba en la mano una especie de espada luminosa, al más puro estilo Jedi. Con ella desintegraba a las horribles criaturas. En poco tiempo había despachado a todas y empezaba a cerrar la brecha oscura también a espadazos, como si bordara el cielo con una centella.

    —Quise rescatar tu mundo y al final mi heroína fuiste tú.
    —Todavía te quedan trucos que aprender. ¿Viniste a devolverme el pastel?
    —Sí, algo así.
    —Y totalmente desarmado.
    —Bueno, pero me cargué a dos con…
    —Tienes que crearte un equipo con la materia de tus sueños.
    —Eso hice, me vestí para ir a verte.
    —Estarías muy guapo, pero ahora estás todo manchado. ¿A que cada vez que me ves tengo un traje parecido?
    —Sí, siempre vas de verde.
    —En verdad no.

    Dijo ella pasándose la mano por el lateral del vestido. Tras su gesto, la prenda cambió de color: morado, rojo, amarillo, hasta volverse negro mate como las criaturas que combatimos.

    —¿Y dónde puedo comprar algo así?
    —Aprenderás a hacerlos.

    Coil – Ostia

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  • Carta 15 : Pacto con el alambre

    Carta 15 : Pacto con el alambre

    Querido diario:

    Esta noche me llamó una presencia confusa, una señal extraña. Sentí el movimiento sereno de un funambulista en medio de una tormenta. Tras una nueva puerta, una nueva incógnita.

    Al entrar, me encontré dentro de una vivienda colonial americana, con su amplio recibidor que desembocaba en un salón recargado, desordenado, lleno de contrastes: muebles antiguos, paredes blancas, retratos de personajes de cuentos. Todo era un dibujo, hecho a crayón por un niño.

    Subí las escaleras siguiendo el rastro perdido de aquella llamada. La inminente sensación de peligro se disfrazaba de tranquilidad. En una puerta leí: “Estudiando, no molestar”. Más que una advertencia, fue una invitación que acepté con agrado.

    Dentro había una pequeña figura sentada en un sillón antiguo. Parecía dormido, aunque sus ojos estaban abiertos. Su mirada estaba fija en un televisor viejo. En la pantalla, la silueta de un niño sin rostro caminaba al borde de un precipicio.

    —Eh, jovencito, ¿ocurre algo? ¿Estás bien?

    Silencio. Ningún movimiento.
    —¡Eh, niño!, despierta.

    Lo zarandeé, pero no reaccionó. Salí de la habitación buscando respuestas y vi una trampilla abierta en el techo. Subí la escalera y me encontré en el cielo. Entre nubes había un cable extendido y, en medio, un niño caminaba sobre él.

    —Hola, ¿cómo va? Soy tu vecino.
    —Tengo miedo… me voy a caer.
    —Tranquilo, ¿cómo te llamas?
    —Emilio. No sé cómo cruzar.
    —Emilio, escucha: estás en un sueño.
    —Sí… pero aun así me puedo caer.
    —Entonces comprendes que sueñas, ¿verdad?
    —Sí, pero siento que igual puedo caerme.
    —Vale. Pero en este sueño puedes decidir. Tú puedes volar.
    —No… no puedo.

    Lo miré. Estaba aterrado. Intenté imaginar alas, convertirme en un pájaro, avanzar a su lado. Pero entendí que su problema no era el miedo: en verdad estaba caminando en la realidad, dormido, sonámbulo.

    —Emilio, tienes que despertarte.
    —No sé cómo.
    —Solo deséalo. Abre los ojos y mira hacia arriba.
    —Me da miedo.
    —Hazlo. Despierta.

    Entonces ocurrió: un tornado de luces desgarró el cielo. Todo se volvió materia líquida, girando con violencia, y fui tragado por aquel remolino. Corrí, aceleré, hasta que logré salir. Desperté sobresaltado, sudando.

    Y comprendí, justo a tiempo: en algún lugar del mundo, un niño se incorporaba aterrado, al borde de la barandilla de un balcón. Nadie había notado que su cama estaba vacía.

    Nick Cave & Current 93 – All The Pretty Little Horses

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  • Carta 14: Recuerdos del pastel de sueños.

    Carta 14: Recuerdos del pastel de sueños.

    Querido diario:

    Entré con miedo, pero no había rastro de pesadillas. Esta noche sería para descansar, sin sombras oscuras que me atormentaran. Solo un acostumbrado paisaje de otoño en mi bosque de puertas, en la isla flotante. Lo previsto, nada más.

    Así que di media vuelta, simulé un bostezo y me dispuse a intentar una siesta dentro de mi propio sueño.

    Escuché un sonido y temí lo peor: una puerta abriéndose. Era verde, como su mirada; extraña, como la solidez del líquido evaporado. De esa forma se movían sus caderas: como si fueran lluvia y viento. Vino hacia mí con una sonrisa, como si mi cara de sorpresa fuese un poema romántico, de esos que escribía un tal Bécquer hace ya tiempo.

    —Hola. Quise llamar primero, pero veo que no cierras las puertas. Te gustan las sorpresas, pienso.
    —Hola, bienvenida a mi morada. Si son como tú, no necesitan aviso.
    —¿Has probado alguna vez pastel de sueños de otro? —preguntó, mientras me mostraba el paquete que llevaba en las manos.
    —No he tenido el placer. Me encantará probarlo —admití, mientras invocaba una mesita, dos sillas y hasta un juego de té con su tetera humeante.
    —Veo que ya has aprendido algunos trucos. Ahora prueba esto.

    La misteriosa mujer rasgó el paquete que traía. De su interior salió una impresionante tarta. Parecía de chocolate, y su tamaño triplicaba al de su envase. Ella sacó una daga de su vestido verde y cortó dos porciones.

    Era imposible describir el sabor. Me recordaba a los días de lluvia en casa de mi abuela. Al horno de la cocina de leña. A la sonrisa de mi prima, con la cara manchada, pidiendo más en la merienda. Sabía a casa y, a la vez, a palacio real.

    —No tengo palabras.
    —Pero sí tienes recuerdos. Es a lo que sabe la comida en estos sitios. Lo que pasa es que el recuerdo de este pastel es mío. Aquí compartimos recuerdos… y la habilidad de imaginar.
    —¿Conoces a más gente como nosotros?
    —Claro que sí. Somos pocos los que logramos cruzar la frontera, pero quizás más de los que crees.
    —¿Y qué pasa con ellos?
    —Lo normal. Con algunos te llevarás bien, con otros no. A los últimos seguramente los evitarás, y listo. Con los que comulgues intentarás coincidir. Llegarás a llevarte muy bien con unos pocos, y esos se convertirán en parte de tu familia.
    —Como en la vida normal.
    —Sí, como estando despierto. Con algunas diferencias. Aquí hay otras reglas.
    —¿Cómo cuáles?
    —Ya las irás viendo. Ahora me tengo que ir. Hoy madrugo.
    —No te conozco, pero no me importaría coincidir otro día contigo.
    —¿De verdad no me conoces?
    —¿Nos conocemos en el mundo real?
    —No. Solo en el sueño. Nos vemos otra noche. Aunque si me necesitas, solo tienes que cruzar mi puerta. Quedará abierta para ti.

    Cocteau Twins – Lorelei

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  • Carta 13:  Sombras en los sueños

    Carta 13: Sombras en los sueños

    Querido diario:

    Mi sueño hoy estaba oscuro. Era un mal presagio. Las nubes emborronaban el horizonte, y el sol era apenas una minúscula estrella que alguna vez existió. Llovía en el jardín de las puertas, empapando los senderos que llevan hacia otras mentes durmientes.

    Una de esas puertas me era desconocida. El aire se respiraba entrecortado, oscureciendo el entorno. Algo enfermo habitaba allí, rezumando maldad y ganas de huir. Pero yo me negaba a renunciar a mi espacio secreto. Tendría que enfrentarme a ese destino.

    Abrí la tenebrosa puerta. Era la pesadilla de un demente: viento arrasando un lugar olvidado por las lágrimas, polvo en las aceras, herrumbre en las señales de tráfico. En ese lugar yo vestía cuero negro. Mi linterna se había convertido en un farol de mano, y la pistola de plástico, ahora, en una ballesta con flechas luminosas.

    Caminé por la carretera hasta encontrar un edificio en medio del vacío. Una casa muerta, enorme y deforme, no una torre que buscara el cielo. Escupía sombras por su puerta y de sus ventanas supuraba una sangre oscura, enferma.

    Me acerqué con cautela. Entrar no era mi idea, así que esperé. A ver si el mal que habitaba allí quería mostrar su rostro.

    Y lo hizo. De su interior emergió algo que una vez fue humano, mirándome con ojos infectados de penumbra.

    —Has entrado en el sueño de un insano. Pronto estarás con nosotros.

    Dijo la horrenda criatura, acercándose lentamente. Disparé cerca, a sus pies. Sabía que el daño que le hiciera a la criatura también lo recibiría el dueño de esta pesadilla. El dardo rozó su pierna y se clavó en el suelo, incendiando la oscuridad con un destello.

    La criatura sonrió, inmóvil. Le afectaba la luz tanto como a nosotros el fuego.

    —¿Crees que eso nos va a detener? —respondió, avanzando cojeante, riendo.

    Hurgué en mi bolsillo. Era el momento. Allí no estaba la campanilla que me había entregado el extraño visitante, sino un teléfono viejo. Sonó de repente, con un timbre áspero y gastado.

    Contesté la llamada, asustado por la cercanía del ser oscuro.

    —¿Quién es?
    —Veo que por fin te has enfrentado a tu primera sombra. ¿Es muy grande? ¿Está sola?
    —Es poco más alta que un hombre, pero salió de una casa viva, que destila oscuridad.
    —Esa es su guarida, la puerta por la que ha entrado. ¿Tienes algo que ilumine?
    —Sí.
    —Bien. Si no es muy grande, temerá la luz. Hazla retroceder, que vuelva a su refugio. Luego ingeníatelas para quemarla. Si la sombra te toca, estarás perdido. No dejes que ocurra.

    Reaccioné rápido. Dos disparos frente a sus pies hicieron que retrocediera. Disparé entre sus piernas, varias veces, hasta levantar un muro de luz. La criatura avanzaba a trompicones hacia atrás.

    Mi gatillo se hizo ligero. Dos flechas más ocuparon el lugar donde ella había estado, y la sombra terminó por retirarse. Ya cerca de la casa, fue arrancada del cuerpo que poseía: una espesa criatura de humo negro, atravesada por mis dardos, fue engullida por la mansión tenebrosa.

    El cuerpo quedó desplomado en el suelo. Corrí a socorrerlo. Antes, estampé mi farol en la puerta del edificio, que ardió al instante. El hombre, recobrando su forma humana, abrió los ojos con miedo. Fue entonces cuando comprendí que estaba despertando.

    Corrí hacia la puerta de mis sueños. Crucé sin aliento. Desperté sudando, en un instante.

    Murcof – Cosmos II

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  • Carta 12: Aullidos en la noche

    Carta 12: Aullidos en la noche

    En mi mundo de sueños hay un jardín de puertas. Las hay azules, pequeñas, de madera envejecida a la intemperie o incluso de ascensor. Aparecen según les place. Cuando quieren, se van. Algunas están cerradas con llave, otras se abren solas.

    Esta se abrió de repente y derramó oscuridad. Una profunda niebla se apoderó del lugar y dejó entrar a la criatura. Oculta entre la sombra, dejó ver sus luminosos ojos, aterradores, acompañados de un aullido feroz que descorchó un cuento: el de Caperucita Roja y su fiero y astuto depredador.

    Saltó sobre mí como una maldición blanca, con su hilera de dientes afilados en fauces abiertas. Me tiró al suelo y puso sus patas de lobo viejo sobre mi pecho. Yo preparé mi defensa, pero él fue más rápido: empezó su ataque de lametones en la cara, llorando como un cachorro y moviendo la cola contento.

    —Pero, chico… ¿Quién eres tú que me conoces? ¿Qué haces en mi sueño?

    Me agarró de la manga y me llevó adentro, a la puerta que conducía a su terreno de caza. Entonces empecé a ver todo distinto. En su camino, volutas de colores sordos me llevaban a un destino. Sonidos lejanos, paisajes azules y grises con rastros de amarillo. Me llevó a su hogar, que hacía tiempo fuera el mío, y empecé a comprender el misterio que envolvía su designio.

    Su pelaje blanco y feroz se fue volviendo gris y su tamaño, más pequeño. Su morro se achicó, feliz de saberse conocido. Se convirtió en quien era; ya me había mostrado quien quiso haber sido. Y en aquel lecho vi a aquel perro viejo que me echaba de menos.

    —¿Argos? Me has encontrado, ¿verdad, chico?

    Era un intento de mover la cola, un lamento quieto, la ilusión de juegos en parques eternos lo que me dejó frío. Pensé en despertar y volver a casa. Volver a ser niño, querer tenerlo de nuevo corriendo alrededor, pidiendo juego. Me miró con el deseo de un premio y yo le entregué mis sentimientos.

    —Buen chico, Argos.

    Me despertó el rugido de un teléfono hambriento. Descolgué aunque no quería hacerlo. Ya sabía la noticia, aunque no quisiera saberlo.

    Stars of the Lid – Requiem for Dying Mothers

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  • Carta 11: No estás solo

    Carta 11: No estás solo

    Querido diario:

    Despertar en un sueño es algo complicado de imaginar. Un entorno abstracto que envuelve tu mente, y de pronto sabes que estás dormido. Pero es como montar en bicicleta: preparas el pedal, saltas y ya estás dentro. Construyendo un mundo en tu interior con la efímera materia que nos presta Morfeo.

    Ahora, cada vez que entro en sintonía onírica, aparezco en la cima volante donde construí mi hogar. Levanté sus muros con piedra y musgo, con madera envejecida por el viento. Y quise que significara descanso, pues yo estaría durmiendo.

    Tras mi humilde morada, y a modo de cementerio, había un bosque de puertas plantadas. Se erguían como enigmas, aparecían cuando querían. Algunas persistían, otras se desvanecían. Solo sé de ellas que son puentes: unas llevan a mis recuerdos, otras a mis anhelos y algunas a lugares extraños, fuera de mí, donde se ocultan los secretos.

    Normalmente soy yo quien las cruza, pero hoy vi una abrirse… y entró un visitante inesperado. Llevaba un bastón decorativo, un traje oscuro de etiqueta, sombrero, y caminaba lento. Parecía salido de una película muda. Se acercó a mí y me saludó con un gesto.

    Me considero educado, así que le traté con respeto:

    —Bienvenido a mi mundo. Tome asiento, ¿quiere un refrigerio?
    —Es muy bonito este sitio, una versión realista de los cuadros de Leonora Carrington.
    —Gracias, aunque todavía le doy los últimos toques. Está quedando divino. ¿Qué le trae por aquí?
    —¡Oh! Es por simple cortesía. Le vi por estos lugares y quería que supiera que no está solo.
    —¿Se refiere a que hay más que han aprendido a caminar dormidos?
    —Me refiero a que ya no solo hace eso: usted salta entre mundos, y eso no es nada fácil. Es tarde, y debo levantarme muy pronto. Solo vine a darle este presente.

    Dejó en mi mano una bolsita de terciopelo morado. Dentro encontré una campanilla plateada. Lo miré sorprendido, y él dijo:

    —Es un instrumento de aviso, úselo cuando crea que debe hacerlo.

    El hombre del cinematógrafo antiguo se disolvió en el viento. Desperté preguntándome si todo aquello había sido un sueño.

    Little Dragon – Ritual Union

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  • Carta 10: El objeto transformado

    Carta 10: El objeto transformado

    Querido diario.

    Salí de la cama en pijama y con un gorro de dormir, al estilo de los dibujos animados antiguos: un poco ridículo, un tanto inútil. Salí por la ventana sin pensarlo y comencé a subir por peldaños de nubes grises, que crujían truenos al pisar. Por supuesto, ya sabía que estaba soñando.

    En mis experimentos en el reino de Oniros había ido creando terreno para refugiarme, por si llueve mucho en sueños húmedos. Construí una isla flotante en un mar de nubes, y levanté una posada por si algún día vienen amigos. Tras ella hay una explanada verde, de hierba cortada y flores silvestres con aroma a lavanda.

    Al dirigirme hacia allí, vi aparecer una puerta de madera oscura y remaches dorados. El resplandor me sorprendió al entrar: una fuerte iluminación blanca, paredes acolchadas manchadas de rojo carmín y una puerta metálica con ventanilla enrejada. En la esquina estaba ella, con triste mirada y camisa de fuerza. Me dijo:

    —Vete, van a venir a verme.
    —¿Quién? ¿Quién te va a visitar?
    —El doctor. Me tienen que dar el alta. Yo… yo estoy bien.

    La puerta se abrió de golpe, con un sonido apagado. Entró un señor con bata blanca y un artilugio raro sobre una mesita con ruedas.

    —Señorita, tenemos que hacerle pruebas, no ponga resistencia para que no le duela.

    El facultativo empuñó el extraño instrumento: estaba hecho de cuchillas de afeitar que giraban a derecha e izquierda, formando una terrorífica batidora. Sonrió complacido ante la expresión de terror de la joven. Se aproximó a ella, riendo bajo. De la mesita con ruedas tomé un bisturí y, sin pensarlo mucho, se lo clavé en la espalda al médico insano.

    Sin dejar de lado su hilarante aspecto, giró la cabeza pero no el cuerpo. Me miró a los ojos y me dijo:

    —¿Crees que eso puede detenerme, extraño?
    —No, yo no puedo… pero ella sí.

    Rápidamente me dirigí a ella, me agaché para mirarla a los ojos y ayudarla a levantarse, mientras le decía:

    —No temas, es solo una pesadilla. Tú tienes poder sobre tus sueños. No dejes que tus miedos te hagan sufrir.
    —Pero es mi doctor, me dice que estoy loca.
    —Pero tú no lo crees.
    —Pero yo no lo creo.

    El temible médico empezó a volverse transparente, pero siguió avanzando con su mirada siniestra y su arma cercenadora.

    —En ti está el poder, en él no. Quítaselo todo.

    Ya estaba encima, pero no era más que una sombra.

    —Hazlo desaparecer, no tengas miedo; no hay nada cierto si tú no quieres que lo sea.

    El doctor se hizo humo y se disolvió en el ambiente. El arma cortante cayó justo a mis pies: se había transformado en una inofensiva pistola de plástico, de aspecto futurista, como las que usaban los niños en el pasado. Disparé a la pared y abrí una brecha con el rayo que lanzaba.

    Por el corte entró arena de playa y aroma a Mediterráneo. La cogí de la mano —ya se había liberado de la camisa de fuerza— y la saqué de la habitación sombría.

    Pasamos un buen rato hablando y riendo, sentados en la playa, muy cerca de la orilla. Le conté mis aventuras entre mundos oníricos; ella sonreía complacida, sorprendida de estar en mi mundo. Pero ya era tarde y había que despertar. Así que antes de despedirme, le pedí algo:

    —Esto estaba en tu sueño —le enseñé el arma de juguete—, pero creo que me podría ser útil. ¿Me la puedo llevar?
    —Tómalo como un recuerdo de esta tarde de playa en mi sueño.

    Así lo hice y regresé al mío, apresurando mis pasos. Al llegar me di cuenta de que ya no era una pistola de plástico: ahora era una ballesta de madera de tejo, oscurecida por las sombras de las pesadillas. El gatillo y los remaches eran de plata, color de luna llena reflejada en el lago. Y tenía una sola flecha, eterna, que me defendería en mis peripecias.

    Ozzy Osbourne – Diary of a madman

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  • Carta 9: El  sueño de un alma perdida.

    Carta 9: El sueño de un alma perdida.

    Querido diario
    Hoy me incorporé en la cama y me dispuse a desayunar. Pero el despertador, que tenía alas, salió volando apresurado. Quise poner los pies en el suelo… pero mi cama también flotaba en el aire. Entonces empecé a comprender.

    No es fácil empezar a tomar las riendas, pero ya tengo a Morfeo calado. Así que, suspirando un conjuro, hice aterrizar mi lecho sobre una nube y salí de él. Frente a mí apareció una puerta. Sabía que no era la salida al mundo real: conducía a otro sitio.

    Mi deber era cruzarla. Me adentré en la oscuridad que se derramaba al abrirla. Era un camino amarillento en un paisaje sombrío. Las nubes se retorcían de rabia y los relámpagos señalaban la soledad.
    Había una joven perdida que se asustó al verme.

    —No temas, solo quiero ayudarte —le dije al ver el miedo en su mirada.
    —Tenemos que huir —me dijo, y al instante me agarró de la mano.

    El terreno se volvió árido, el camino se retorcía. Las sombras ocultaban alimañas que nos perseguían. El sendero terminó de golpe, un afilado precipicio nos dijo que no había más.

    Tocaba enfrentarse a quien venía detrás.

    De una bolsa que no sabía que llevaba saqué una linterna. La miré y le hice una promesa:

    —Si me das el poder de este sueño, te prometo que te sacaré de aquí.
    —Esto no es una pesadilla —respondió ella.
    —Sí lo es, solo tienes que entender qué hay de verdad en ella.

    La linterna se encendió. Su luz disolvió la oscuridad. El cielo se volvió azul. Las nubes, blancas. La sombra que nos perseguía ya no era más que un anciano. Él recorría la senda, confuso. Era como un alma errante.

    —¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con el corazón en vilo.
    —No lo sé… Solo acudí a tu llamada.
    —¿Por qué me persigues entonces?
    —No soy yo. Eres tú quien me ata. Mi camino no está aquí. Solo necesito que liberes mi alma.

    El viejo y la joven se fundieron en un abrazo.
    Y yo, que sé cuándo sobro, me fui a buscar otra puerta abierta. Camino a mi despertar.

    La sombra lo cubrió todo de nuevo, pero ya no había miedo.
    Solo quedaba el duelo.

    Alva Noto & Ryuichi Sakamoto – Aurora

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