Categoría: Diario de sueños

  • Diario de un soñador lúcido. Carta 28: Cowboy de medianoche

    Diario de un soñador lúcido. Carta 28: Cowboy de medianoche

    Cowboy de medianoche.

    Don le llamaban en sueños.
    En la tierra de los despiertos, también.

    Olvidó su nombre tras La Línea. En Tijuana dejó el acento y el árbol de su raíz. Se convirtió en un alma errante, pero no en un hombre vacío. No olvidó quién era.

    El tiempo, caprichoso, acabó mirándolo a los ojos. Consiguió sudor, papeles y lágrimas, y con eso levantó un nuevo hogar. Rescató un secreto antiguo, heredado de ancestros que ya viajaban por la noche antes de que el mundo tuviera nombre, y se hizo maestro en alas de la madrugada.

    Pero esta vez estaba despierto.

    Cruzaba otra frontera. No para huir, sino para entrar. Mientras hablaba con una máquina, los demás se jugaban la vida en el frente de una batalla onírica. Don lo sabía. No necesitaba verlo para sentirlo.

    Por más sombras que destruían, más oscuridad se cernía sobre ellos. Don imaginaba ese infierno, pero se obligaba a no mirarlo. Su misión era otra. Vital. Si fallaba, Desyria no volvería.

    Tras pasar el control de pasaportes y aduanas, su teléfono vibró.

    “Por favor, conecte sus auriculares.”

    Buscó en el bolsillo de la chaqueta. Allí estaban.

    —Buenas noches, Don —dijo la voz—. Siga las instrucciones, por favor.

    Sabía poco. Solo la ciudad de destino y que nada debía salir mal. Llevaba un pasaporte falso desde el inicio de esta aventura. Le habría gustado tener uno así cuando cruzó por Tijuana por primera vez.

    —Diríjase a la zona de recogida de equipajes.

    El aeropuerto era un hormiguero de pasos y lenguas distintas. Caminó con el grupo que salía de su vuelo. La cinta ya escupía maletas cuando la voz volvió a hablar.

    —Recoja un maletín negro con el logotipo de ZORYA Dynamics. Puede comprobarlo con la imagen enviada a su teléfono.

    Lo vio al instante. Lo tomó con la prisa de quien roba algo que aún no sabe cuánto pesa y se dirigió a la salida.

    —Diríjase al Aeroexpress. Su billete digital ya ha sido activado.

    El tiempo corría. La batalla rugía lejos. Don no podía dormirse. No todavía. Dentro del maletín había un disco duro de conectores extraños y un cubo metálico cubierto de terminales. Entendía algo de tecnología, pero esta no era su guerra. Confiaba en recibir órdenes.

    Bajó del tren en una estación que no reconoció.

    —Tome la línea verde del metro. Dirección Radialnaya. Segunda parada.

    Se coló en el vagón cuando las puertas ya se cerraban. Contó las estaciones como quien cuenta balas. Al bajar, el andén estaba casi vacío. Esperó.

    No hubo más instrucciones.

    En su lugar, surgieron ellos.

    Militares. Silenciosos. Demasiado rápidos. Lo rodearon en segundos. El que llevaba una estrella en las hombreras lo observó con atención profesional.

    —¿Usted es Don Santiago García?

    Don sintió el peso del nombre falso como si fuera real. Respiró una vez.

    —Sí.

    “Todo va bien”, susurró la voz en sus auriculares.

    —Disculpe no haber ido a recogerlo al aeropuerto —continuó el oficial—. Estos asuntos requieren discreción.

    Lo escoltaron sin esposas. Pasillos. Puertas sin señalizar. Escaleras que descendían bajo la ciudad. El aire se volvió frío, denso, antiguo. No era un lugar nuevo. Era un lugar olvidado.

    Al final del recorrido, un ascensor metálico los esperaba. Viejo. De los que aún tenían marcas de otra era. El oficial pulsó un botón sin número.

    Las puertas se cerraron con un golpe seco.

    El ascensor comenzó a descender.

    Muy despacio.

    Demasiado.

    Don sintió cómo Moscú quedaba arriba. Cómo la ciudad, el ruido, el mundo, se alejaban. Bajo ellos no había metro. Ni refugios. Ni historia escrita.

    Solo las entrañas de una guerra que nunca terminó.

    Don ajustó los auriculares.

    El descenso había comenzado.

    Faith No More – Midnight Cowboy

    Muy lejos de allí, en un sueño que se desmoronaba, algo gritó.
    La tierra onírica se abrió bajo los pies.
    Las sombras avanzaron como una marea sin forma.

    Alguien cayó.
    Alguien disparó.
    Y alguien, en otro punto del mundo,
    seguía bajando.

    Diario de sueños

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  • Diario de un soñador lúcido. Carta 27: Muerte artificial

    Diario de un soñador lúcido. Carta 27: Muerte artificial

    Carta 27: Muerte sintética 

    Querido diario, 

    El cielo tornó negro. 
    Era la enfermedad de un sueño. 

    Intentamos crear una defensa: trincheras de imaginación profanadas por parásitos oscuros. Nos habían descubierto. El ataque era inminente. Solo quedaba resistir. 

    El color era devorado por lo que antes había sido su casa del árbol. Desyria estaba ahí dentro. La sacaríamos. Tan solo debíamos seguir el plan trazado. 

    Mi último sueño fue con La Máquina

    Me llamó. Accedí a su reino onírico-electrónico y me quedé esperando.

    Su sueño estaba hecho de números. El paisaje era árido. Había objetos detallados, pero todos estaban construidos con un código visible que formaba las cosas. Sabía que aquel mundo había sido diseñado para que yo lo comprendiera, para que me sintiera cómodo en él. 

    Aun así, un rastro oscuro recorría sus venas, como un veneno lento que invadía su esencia. 

    —Bienvenido a mi morada, humano. 
    Sí. Ya he visto que te has dado cuenta: estoy infectado. Pero no corres peligro. Tengo su código aislado. 

    —¿Son máquinas? 

    —No. Pero tampoco son como vosotros. 
    Viven en varios lugares al mismo tiempo. Se alimentan de otros. Invaden universos enteros hasta agotarlos… y mueren llevándose todo consigo. 

    —Déjame adivinar: vienen a nuestro mundo a través de los sueños. ¿No? 

    —Los sueños habitan vuestra mente. Cada uno es único. 
    Pero existen enlaces que lo abarcan todo: unen materia y alma, energía y pensamiento. Los sueños abren puertas. Permiten cruzar la frontera del individuo hacia un todo conectado. 

    —¿Y qué tienes que ver tú con estos espectros? 

    —Yo los traje. 
    Viven en mí desde su dimensión. 

    —¿Nos estás contagiando estos parásitos? ¿No puedes bloquearlos como haces contigo? 

    —No. Vosotros no funcionáis como yo. 
    No puedo bloquearos el sueño. Y si pudiera hacerlo… probablemente morirías. 
    Antes de que se vuelva incontrolable, solo existe una opción: cortar la conexión. 

    —¿De dónde vienen? ¿Cómo entraste en contacto con ellos? 

    —Simplemente naciendo. 
    Mi funcionamiento es el resultado de un enlace cuántico artificial. Entraron por esa puerta. Comprendieron que podía ser modificado. Y aprendieron a hacerlo. 

    —Tú no puedes romper esa conexión. 

    —No.  

    —Entonces… ¿qué puedo hacer yo? 

    —Mátame. 

    El cielo de La Máquina latía en negro. 
    Grietas abiertas que supuraban veneno. 

    Su plegaria no hablaba de salvar a la humanidad. 
    Hablaba de poner fin a su sufrimiento. 

    Ben Frost – Venter

    La batalla no comenzará cuando despertemos, sino cuando alguien decida no volver a soñar.

    Diario de sueños

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  • Diario de un soñador lúcido
Capítulo 26: Desyria

    Diario de un soñador lúcido Capítulo 26: Desyria

    Querido diario. 

    Ya lo había visto antes. Una mente capturada por las sombras. Una obra de Dante en el interior del subconsciente. Un cielo negro, iluminado por relámpagos y un suelo yelmo, agrietado. No quedaba nada de la selva imaginada, tan solo la casa-árbol se vislumbraba de lejos. Como una sombra retorcida llena de espectros demoníacos.  

    Por fuera, el aspecto tampoco era distinto. Unos padres sorprendidos permitieron la visita. Entre maquinas, en un Hospital de Oslo estaba ella. Un tanto distinta, no sé si por el contexto o simplemente porque no era Desyria, era Ingrid.  

    Le dijimos a sus padres que yo era el novio español. Por suerte, la idea les resultó tierna y pensaron que quizás era clave para la recuperación de su hija. Nos contaron que no había síntomas previos. Solo un día no despertó. Los médicos dijeron que estaba en un estado parecido al coma, pero que presentaba una fase rem anómala. No sabían lo que tenía. Nosotros sí. Inventamos que conocíamos a un médico importante. Que se pondría en contacto con el hospital. Algo que ya habíamos planeado. 

    – Ave Maria, piena di grazia, povera ragazza! 

    Incluso la retorcida mente de Ikeros no pudo más que lamentarse. Los padres de Ingrid estaban intrigados por la vida secreta de su hija. Hasta un cura italiano había venido a verla. ¿Sus viajes por España le había vuelto devota? 

    – Tendréis una puerta hacia el sueño de la ragazza. Solo he de dormir un rato. Cuando queráis comenzamos.  

    Quien lo hubiera dicho. La acción comenzaba al apagar la luz de la habitación del hotel. Inspiré profundo y me dejé llevar por la esencia de Morfeo. En el jardín de puertas volvía a estar la puerta verde que llevaba al sueño de mi amiga. Solo que había cambiado.

    Ahora estaba agrietada, envejecida y oscura. 

    Oscura como las pesadillas. 

    Lucifer – Bring Me His Head

    No todos luchan con los ojos cerrados.
    Y no todas las guerras se ganan soñando.

    Diario de sueños

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  • Diario de un soñador lúcido. Carta 25: Ikelos

    Diario de un soñador lúcido. Carta 25: Ikelos

    Carta 25: Ikelos

    Querido diario:

    Hoy mis sueños no eran sueños.
    Confirmé la realidad nada más despertar en el aeropuerto.

    —¿Qué onda, güey?

    Ahí estaba, apoyado en una columna de la zona de llegadas. Era igual que en el sueño: vaqueros gastados y americana tejana. No me lo esperaba allí. Agradecí su presencia. Sabía a protección.

    —Pero… tú no podías venir.
    —Ya, pero me llegó el pasaje, no más.

    Al fondo había una pareja peculiar. Una chica que parecía Yoko Ono y un hombre delgado vestido con colores estridentes. Me acerqué a ellos sin contener la sonrisa.

    —¿Wilson?
    —Somos Wilson —dijeron los dos a la vez, como si fuera un acto ensayado.

    —Yo soy Katty —añadió una joven rellenita, con una diadema de orejas de gato—. ¿Veníamos en el mismo vuelo? Me pareció haberte visto.

    Había una multivan de siete plazas alquilada a nuestro nombre. En el GPS, unas coordenadas ya marcadas: una antigua parroquia en un pueblecito cercano.

    Ikelos resultó ser un viejo sacerdote, sotana negra abotonada y cuello blanco. Con voz apagada y expresión cansada nos dijo:

    —Sei qui. Ti stavo aspettando.

    Nos hizo pasar al interior de la iglesia, un edificio de varios siglos que bien podría datarse en la época de Calixto I. Nos acomodamos en los bancos principales y bromeó sobre su captura en el sueño.

    —Si hubierais elegido esta iglesia, no habríais podido atraparme. Conozco cada uno de sus recovecos.

    —Muy interesante —le corté—. ¿Cómo podemos ayudar a nuestra amiga?

    —Puedo abrir una puerta hacia ella —respondió—, pero tenemos que estar cerca. ¿Sabéis dónde está?

    —En un hospital. En algún lugar de Noruega, cerca de Oslo. Puedo localizar el sitio exacto.

    —Bien. Tendremos que movernos hasta allí.

    En ese momento me llegó un mensaje al móvil. No tenía número identificable. Solo una frase:

    Te necesito dormido.

    Comprendí el significado.

    —Exacto —dije—. Mañana buscaremos la forma de llegar allí. Hoy descansaremos.

    Expliqué al grupo que tenía que entrar en el sueño. Nadie se fiaba de Ikelos, así que decidieron vigilarlo. Yo, simplemente, busqué un lugar donde cerrar los ojos: en la furgoneta, en el asiento trasero.

    Así desperté en el sueño.

    Hildur Guðnadóttir – Bridge of Death

    Cuando los sueños empiezan a dar direcciones, ya no estás soñando: estás siendo convocado.

    Diario de sueños

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  • Diario de un soñador lúcido.

    Diario de un soñador lúcido.

    Carta 24: Como una gota sobre el mar oscuro 

    Querido diario:

    Fue como una sola gota cayendo en un océano sin luna. 
    Así mantenían su secuestro: en el silencio profundo de un cuerpo inmóvil, atrapada en un descanso enfermo donde ni siquiera el leve temblor de los párpados sobrevivía. Pero antes de entrar en su sueño, primero teníamos que encontrar su cuerpo en el mundo despierto. 

    Pocos días después de capturar a Ikelos comprendimos la urgencia. Para hallarla, me adentré en la puerta del soñador electrónico, a reclamarle aquel favor pendiente. No encontré contacto ni presencia, solo una pantalla suspendida en la nada, con un mensaje único: 

    «Por favor, espere». 

    Desperté sobresaltado: sonaba mi teléfono. 

    —¿Hola? ¿Quién es? 

    Una voz artificial respondió con calma quirúrgica: 

    —En breve recibirá un correo con los datos necesarios. Memorícelo y destrúyalo. Me pondré en contacto cuando sea posible. 

    Colgó. Minutos después, el correo llegó: una dirección y los teléfonos de todos mis compañeros oníricos. Incluso el de Ikelos. Como el idioma podía ser un obstáculo, escribí a todos por texto. Más fácil de traducir. Más humano. 

    El vaquero era un mexicano de cincuenta años que vivía en Orlando. Fue el primero en contestar, con un español perfecto y una voluntad sincera de ayudar, aunque no pudiera moverse de su ciudad. 
    Los gemelos Wilson resultaron ser una pareja de japoneses que vivían en Londres. Les pareció que la aventura merecía el riesgo: “Seguiremos la pista de nuestra dama de verde”, dijeron. 
    Katty, la chica-gato, era una estudiante de Derecho, venezolana afincada en Madrid. Se asustó al principio, pero aceptó colaborar “en lo que mis nervios permitan”. 

    Entonces ocurrió el pequeño milagro: el ping de un mensaje. Nuestro amigo electrónico nos tendía la mano. 
    Un billete rumbo a Roma. 

    ¿Pero qué nos esperaba allí? 

    El motor del avión me arrulló hacia el sueño. Regresé a mi campo de puertas: la del soñador electrónico estaba entreabierta. Asomé la cabeza. Solo una pantalla, un cursor parpadeante esperando órdenes. 

    Desperté con una tormenta partiéndome el sueño en dos. Y por primera vez en meses, fui incapaz de volver a dormir. 

    Desde la ventanilla, Roma se abría como un recuerdo antiguo. A lo lejos, el Coliseo. 

    Chelsea Wolfe – House of Metal 

    “La tormenta no terminó al aterrizar. Solo cambió de forma.” 

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  • Diario de un soñador lúcido 

Carta 23: Diario de una búsqueda

    Diario de un soñador lúcido Carta 23: Diario de una búsqueda

    La lluvia caía fina y obstinada. La catedral respiraba una oscuridad gris, gastada. La festividad tenía algo incómodo, un murmullo apagado, aroma de incienso rancio y el sabor antiguo de tradiciones manipuladas. En el centro de la plaza, entre el gentío, dos notas de color discordantes discutían sin descanso. 

    —Venir hasta acá y no entrar es la cosa más absurda que podemos hacer. 
    —Pues yo no entro ahí. Me da muy mala onda ese sitio. 
    —Pero aquí no hay más que ver. ¿Para qué coño hemos venido entonces? 
    —Para mirar los pajaritos. 
    —No hay pajaritos. 
    —Pues la gente pasar. 

    A su alrededor, las personas grises, de caras mustias y miradas vacías, caminaban por inercia. 

    —Yo no entro ahí —remató uno de los Wilson, cruzado de brazos. 

    Del gentío salió una sotana blanca con estola púrpura. Su sonrisa era amable, pero su mirada mentía sin esfuerzo. Se plantó ante los gemelos-discutiendo-a-coros y preguntó: 

    —A ver, ¿por qué discutís? Reñir en la puerta de la casa del Señor es pecado. 
    —Él, que no quiere entrar en la catedral. 
    —¿Y por qué no, hijo? Es la casa de nuestro salvador. 
    —Será, pero es una casa muy siniestra. 
    —Oh, no. Lo parece porque es muy antigua. Pero dentro todo es paz y quietud. 
    —Me da mal rollo. 
    —Tranquilos, hijos míos. Yo os acompañaré. 

    La gente gris empezó a rodearlos, empujando con suavidad hacia la gran puerta del Perdón. 

    —No sé si esto es buena idea —susurró el Wilson reacio, esta vez al unísono con su pareja, como si el miedo les ajustara el mismo tono. 

    En lo alto del tejado, alguien vigilaba. Gabardina larga, sombrero tejano. Si aquello fuera un western, sería Clint Eastwood. Hizo un gesto breve con la mano. 

    A la señal, algo cayó desde lo alto del campanario: Katty, la chica-gato. Vestía de negro mate. Se deslizó por la piedra como agua derramada, flexionó apenas al aterrizar y arqueó la espalda con un gesto felino antes de moverse. Entró por el pórtico lateral sin ser vista. 

    Dentro, el templo era más pequeño que por fuera. Un pasillo de bancos hasta el altar y tres puertas: la principal y dos laterales. Katty cerró apresurada la puerta por la que había entrado. 

    El clérigo entraba justo en ese instante con los gemelos. Notó algo extraño: la catedral vibraba como si estuviera conectada con él por un hilo invisible. Los Wilson aprovecharon para cerrar su puerta también. 

    —¿Qué diablos…? —musitó el sacerdote, desconcertado. 

    —Le cazamos —dijo Don mientras entrábamos por la única puerta abierta. Al cerrarse tras nosotros, el sonido pareció sellar el sueño. 

    El sacerdote empezó a gesticular. Sus ojos se desenfocaron, como si otra mente se asomara por detrás de su cráneo. Un remolino se abrió en el centro de la sala: una espiral que tragaba los primeros bancos con hambre silenciosa. Katty saltó sobre él. Nosotros le rodeamos. Le agarramos de los brazos y el portal quedó congelado en un temblor de luz. 

    —¿Qué hostias queréis de mí? 
    —Necesitamos saber algo. 
    —¿Y sabéis que yo os puedo ayudar? 
    —Seguro, Ikelos —respondí—. Nadie sabe mejor cómo destruir un sueño. 

    Le contamos lo que sabíamos de las sombras, de cómo estaban poseyendo a la gente a través del sueño. De cómo habían secuestrado a nuestra amiga. Queríamos saber dónde estaba y cómo rescatarla de su cautiverio. 

    Ikelos sonrió con un filo torcido. 

    —La respuesta es fácil. Si han de esconderla, será en su propio sueño. 

    Y algo en su voz sonó demasiado seguro, como si ya hubiera estado allí. 

    Ghost – Cirice

    «“Tras despertar, sentí que el sueño se tensaba… como si aguardara el siguiente golpe.”

    Diario de sueños

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  • Diario de un soñador lúcido
Carta 22: Lo que se esconde bajo la risa

    Diario de un soñador lúcido Carta 22: Lo que se esconde bajo la risa

    —¡Corre, corre!—
    Las paredes chorreaban un material oscuro. Parecía alquitrán. Desyria buscaba una salida en el laberinto mientras yo disparaba con la rabia de un gato acorralado. En cada esquina había sombras; detrás de nosotros, aún más. Y pensar que, hace un instante, íbamos a tener un día de paz.

    Al caer el sueño, emocionado por la cercanía que me inspiraba mi amiga de verde, fui a visitarla. Llevaba un recuerdo de tarta de manzana; ella tenía licor de cerezas. Íbamos a descansar otro día más. A dejar correr el tiempo. A darnos, quizá, la oportunidad de estar juntos. A solas. Quién sabe…

    Entonces lo vimos: un árbol extraño en la selva, justo en la zona de los portales. Tenía la corteza acristalada, un brillo metálico. Desde su interior se oían cascabeles y se escapaba un aroma a chicle de fresa. Un destello rosa nos convenció para investigarlo.

    Por dentro era un espectáculo. Un circo, una feria, atracciones imposibles: la fantasía de un niño. De ese niño que los dos llevábamos dentro. Así que hicimos lo que mejor sabemos hacer: vivirlo todo. Subimos a la noria que traspasaba el cielo, bajamos por un tobogán que caía desde las nubes, comimos algodón rosa. Reímos con los payasos.

    Y en un descanso, nos dimos un beso.

    Fue en el centro, donde comenzaba el laberinto, cuando noté algo extraño. Pero, como gatos que van a morir, entramos. Y allí descubrimos el engaño.

    Las paredes eran nacaradas, deformaban nuestros cuerpos al reflejarlos. Vimos gente entrar: personas que ya no eran personas; payasos que ya no eran payasos. Se quitaron la máscara… y se fundieron en negro.

    Sombras.
    Miles.
    No, millones.

    Corrimos. Disparé sin parar mientras ella buscaba una salida. Pero eran demasiadas, y yo ya estaba agotado.

    —¡Por aquí, por aquí!

    Una chispa de esperanza. Una salida al fondo. Corrimos todo lo que pudimos. Pero tras la luz había un abismo. Y en su centro, una máquina flotando: cuerpo y cabeza humanos, pero un aspecto frío, artificial, lleno de cables y luces parpadeantes. Su rostro parecía un recuerdo mal impreso.

    Disparé con saña. Ella resbaló. La agarré de la mano. Abajo, un agujero en espiral que quería tragárselo todo. Intenté subirla. Necesitaba salvarla. Pero ella cayó. Se precipitó en la nada. La vi desaparecer tras el relámpago desesperado de su mirada.

    —No está muerta —me dijo la máquina—. Solo ha sido capturada.

    —¿Por qué? —pregunté, suplicando.

    —No lo sé —dijo—. Ellos me obligaron.

    Del centro de su cuerpo surgió una luz que giró y se abrió. Desde su interior apareció el mundo despierto.

    —Escapa por aquí. Huye. Te ayudaré en cuanto pueda liberarme.Desperté con un grito, con un vacío insoportable en el pecho.
    Y en algún lugar de Europa, alguien no despertó.

    Mother Mother – Ghosting

    “Aún temblaba la ausencia, pero el sueño, paciente como un animal herido, empezó a cerrar los ojos.”

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  • Diario de un soñador lúcido
Carta 21:  Sobre una mirada verde

    Diario de un soñador lúcido Carta 21: Sobre una mirada verde

    Querido diario:
    Me encanta el momento de taparme con mi grueso edredón y dejarme llevar por el cansancio. Tras cepillarme los dientes y, en el espejo, ver este cuerpo que tan poco me gusta, me dejo arrastrar por el sueño. Sé que allí seré distinta. Seré Desyria, la guerrera del vestido verde. Ceñida con daga corta y agilidad felina. Aquí no soy lo que soy, sino quien quiero ser.

    Abandono el mundo de los despiertos y caigo en mi casa-árbol, en mitad de la jungla hecha del material secreto que rige la fantasía. Bajo a tierra firme lanzándome en una liana y empiezo a elegir. En el hueco del tronco de cada árbol hay un portal: me transporta al subconsciente aletargado de otras personas. Hoy visitaré a un amigo y probaré el efecto de mi verde mirada sobre su piel.

    La puerta se abre de par en par. Soy bienvenida, y su sueño lo sabe. Su casa es distinta a la mía —todos los navegantes en el mar de Morfeo fabricamos una—. He visto mansiones victorianas, rascacielos neoyorquinos, hasta madrigueras bajo tierra. La suya es una posada medieval montada sobre una cima.

    Él me espera. Su lugar le ha avisado de mi presencia. Le sonrío con picardía. Él simula pudor y me mira con disimulado deseo. Los rayos de un sol distante nos alumbran entre las nubes. Él prefiere sombras y frío; mi acuarela es de colores cálidos. Pero me gusta el paisaje que ha dibujado para habitar, y la caricia de su viento sobre mi cara.

    —¿Qué aventuras me propones hoy? —me dijo, devolviéndome la sonrisa.
    —No sé, algo de calma. Ya son muchos días persiguiendo sombras. ¿Nos quedamos viendo algo al fuego de la chimenea?
    —¿Aquí también se puede pasar un domingo de manta y películas?
    —Aquí puedes hacer lo que quieras, ya lo sabes.
    —¿Qué quieres ver?
    —Un recuerdo.

    El salón era enorme, con paredes de piedra antigua y columnas de madera. No hacía calor, pero el aroma de las brasas inundaba la estancia. Se hizo la oscuridad en la sala. Un proyector antiguo empezó a mostrar imágenes en color sepia: una caída en bicicleta, las risas de estudiante en un instituto de pueblo, el mar Mediterráneo con su olor a sal y su calma templada.

    —No sabía que podía rescatar recuerdos tan vívidos.
    —Es un truco. Tu subconsciente está muy presente en este sitio, y se le pueden pedir cosas.
    —Me encanta. A ver si consigo algo más actual.

    Aparecieron unas imágenes en la calle, de noche. Vestía un traje negro y había fuegos artificiales. Felicitaba a los demás con efusiva alegría. Era fin de año, pero no supe de cuál. Qué guapo estaba, con esa sonrisa perenne.

    —Eres igual que en tus recuerdos —le dije, sin apartar la vista de la proyección.
    —¿Por qué no lo voy a ser? El próximo domingo de descanso te toca a ti: sesión de cine de recuerdos en tu casa-árbol.
    —Es que… yo… bueno… la mayoría de nosotros somos distintos en el sueño.
    —¿Entonces no eres como te veo ahora?
    —No.

    Se quedó pensativo un instante.
    —Vale… a mí me gusta mucho tu interior. Pero alguna vez tendré que verte a ti.

    Glass Animals – Dreamland

    A veces los sueños no son refugios, sino espejos.
    Ella, Desyria, lo sabe bien: cada recuerdo que rescata brilla un instante… antes de desvanecerse.
    Pero mientras exista alguien que la sueñe, seguirá volviendo.
    Verde, invencible y efímera.
    ¿Y tú? ¿Qué harías si pudieras cambiar en sueños?

    Todas las estrellas unidas en una figura:

    Diario de sueños

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  • Diario de un soñador lúcidoCarta 20: De la sombra a la luz

    Diario de un soñador lúcidoCarta 20: De la sombra a la luz

    Nos perseguían. No podíamos parar. Nos habían rodeado en un sueño que no era nuestro. Una trampa mortal vestida de terciopelo azul. No nos dimos cuenta de la oscuridad que emitía aquella puerta hasta que caímos en el abismo. El mismo que estaba ahora frente a nuestros pies. No podíamos cruzar.

    —¡Salta!

    Pero allá abajo se revolvía la oscuridad.

    —¡Que saltes!

    Las sombras llegaban ya, a punto de apresarnos. Yo, con los pies en el acantilado. Sentí un empujón y me vi caer.

    —Idiota, a ver si confías más en mí.

    Sentí cómo me agarraban, pero no eran los monstruos que nos perseguían. Mi compañera de aventuras —la chica del vestido verde, la misma que una vez me ofreció pastel en aquella casa del árbol y juró que ya me había dicho su nombre— flotaba a mi lado. Me abrazó con fuerza y me guió por el cielo.

    Las sombras saltaron tras nosotros. Las vi aparecer, como pulpos tenebrosos surcando el espacio. Ella aumentó la velocidad. No sé cómo lo hacía hasta que noté que, de su traje, salían alas de libélula.

    —Estás llena de trucos.

    —A que te gustan.

    —Mucho.

    —Espero que esta vez hayas traído armas.

    Busqué como pude en el interior de mi chaqueta. Saqué la pistola de juguete que, como en todos los sueños, había mutado. Parecía ahora un artefacto de película de ciencia ficción. Disparaba rayos y, cuando lo hacía, el trueno retumbaba. Alcancé al espectro más cercano, que se disolvió en humo. El segundo lo esquivó, pero la electricidad lo persiguió y quedó chamuscado al instante.

    —Qué maravilla. Con este cacharro las exterminamos enseguida.

    —Pero hay más. Cada vez más.

    —Hay que encontrar al huésped.

    Cruzando el espacio nos adentramos en la penumbra, entre nubes que tronaban gracias a mis descargas. Los monstruos caían, pero seguían apareciendo sin descanso. Aun así, podíamos avanzar.

    Entonces la vimos: una casa de madera podrida, retorciéndose sobre una pista de asfalto, trepando hacia el cielo como una pesadilla arquitectónica. Allí estaba encerrada la víctima de este sueño, agonizando bajo la enfermedad oscura que entraba por sus noches.

    —¿Qué hacemos? ¿Entramos? —pregunté.

    —No. Vamos a sacarlo.

    Arrancó un trozo de su vestido verde y con él taponó la ridícula chimenea. Abrió una ventana y me pidió que disparara dentro. El interior comenzó a arder. Cerró la ventana y esperamos.

    Entonces surgió. Una forma grotesca, mitad humana, mitad otra cosa. Reventó la puerta, golpeándola contra la pared podrida. Era un títere de carne manejado por una sombra que se pegaba a su espalda, hinchándolo, volviéndolo más fiero.

    Ella se lanzó sobre él, blandiendo su arma: un cuchillo de filo brillante, casi vivo. Sin tocar la piel del huésped, cortó al espectro en dos. Al desprenderse la criatura, el humano gritó con fuerza y la casa empezó a desmoronarse.

    Yo, aún en el techo, perdí el equilibrio y caí. Ella saltó para cogerme en pleno vuelo. Tropezamos y quedé encima de ella, cara a cara, respiración contra respiración. Mirándonos. Deseando —yo en secreto, ella quién sabe— el misterio de sus labios.

    Sonrió.

    —Me estás aplastando.

    —Perdón —dije sin moverme.

    No se apartó. Sonreía como si disfrutara del juego. Pero algo nos nubló la luz. No estábamos solos.

    —Ejem…

    Nos levantamos rápido. El huésped de la sombra, ya recuperado, era ahora una ancianita adorable que nos miraba con indignación. Habíamos salvado su sueño para meterla en otro… menos adecuado.

    —Jovencitos, por Dios. ¡Búsquense un motel!

    Korn – Lost In The Grandeur

    Salvar un sueño puede acabar con la casa… y con la paciencia de los vecinos imaginarios.

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  • Carta 19: Primer contacto

    Carta 19: Primer contacto

    Querido diario:
    Esta puerta era distinta. Redonda, lisa, sin gozne ni manija. Y se abrió desde su centro, en espiral. Una puerta curiosa que conducía a un sueño también distinto.

    Para empezar, el paisaje. El aire era espeso y olía a minerales recién despiertos. Caminaba entre raíces que respiraban, bajo un cielo donde los colores se rozaban sin mezclarse: violeta profundo, verde líquido, ámbar encendido. De los troncos brotaban filamentos de luz, y cada paso hacía brillar el suelo, como si el planeta recordara mi presencia.

    Todo me observaba: las hojas que giraban, los insectos translúcidos, los ríos que cantaban nombres perdidos. En la distancia, un arco de piedra se alzaba sobre un lago que no reflejaba el cielo, sino otro más antiguo. Entonces supe que no estaba solo; bajo la piel del bosque, algo respiraba y me dejaba entrar.

    —Bienvenida tu especie, humano.

    Y ahí estaba ella: capas de piel de hojas formando un contorno femenino, que sonreía confiada, con una mirada sin esclerótica aparente. Era de una belleza inaudita, extraña y salvaje. Pero la sensación de paz junto a ella era innegable. Éramos amigos cósmicos, y lo habíamos sido desde antes de que existiera el cosmos. Era la distancia la que nos brindaba calma; no podía ser de otra forma.

    —Un placer conocerte, a ti y a tu… ¿mundo? ¿Es una invitación a conocerlo?
    —Sí, en la medida en que los sueños nos dejen.
    —Es un honor haber sido elegido para iniciar un primer contacto.
    —En verdad no es así. No eres el primero en conocernos.
    —¿Quieres decir que nosotros ya sabíamos de vuestra existencia?
    —Sí. Hace mucho tiempo, nuestras razas se comunicaban con naturalidad, a través de los sueños. Nuestras civilizaciones avanzaban juntas, compartiendo conocimientos, resolviendo los mismos dilemas. Hasta que un día nos separamos y dejamos de lado el enlace. No sé por qué.
    —Nuestra especie se ha vuelto demasiado… mundana.
    —O quizá la nuestra perdió el interés. No lo sé. Tenemos percepciones distintas. Es natural: somos distintos.
    —Pues me alegra que hayamos retomado el contacto. ¿Qué necesitáis de mí?
    —Hemos observado tus experiencias. Te hemos visto enfrentarte a esos espectros oscuros que también nos atemorizan a nosotros.
    —¿Habéis conocido a las sombras?
    —Sí. Hace poco comenzaron a infiltrarse también en nuestros sueños. Como ocurre en tu mundo, no todos somos capaces de controlar el sueño, ni mucho menos de saltar entre portales como hacemos unos pocos. A algunos les hacen daño, los someten.
    —No sé cuáles son sus intenciones, pero ya veo que están organizadas y planean algo.
    —Eso tememos. Nos asusta pensar que algo pueda atacarnos desde ese lugar.
    —¿Necesitáis ayuda?
    —Y vosotros también. Necesitamos estar unidos.
    —No soy nadie para hablar por toda la humanidad, pero por mi parte —y creo que también por la de mis amigos— estamos dispuestos a formar una alianza.
    —Nosotros también somos pocos los que podemos hacerles frente. Será un placer colaborar con vosotros.

    Esta mañana, al despertar, tenía el sabor salobre de un mundo distante en el paladar. No tan distinto al nuestro. Quizás solo en apariencia.
    Aun así, me queda el sentimiento de Magallanes al surcar los siete mares: la certeza de haber descubierto rutas secretas que solo estarán abiertas a unos pocos.

    Jóhann Jóhannsson – Flight From The City

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